Los límites del «no a la guerra»

<p>En la carta que <strong>Pedro Sánchez</strong> dirigió este domingo a los militantes socialistas, el presidente criticó a «quienes hablan de paz, pero nunca molestan a quienes hacen la guerra». Se entiende que su equipo de comunicación buscaba lanzar un dardo contra el PP por sus ambigüedades respecto a la guerra en Irán. Sin embargo, la frase cobra un cariz distinto a la luz de la información publicada por este diario sobre el uso de las bases de Morón y Rota, y su papel dentro del despliegue logístico de Estados Unidos. La pregunta no es tanto si resulta oportuno que el Ejecutivo acepte esta utilización de las bases. La pregunta, más bien, es si la postura de nuestro Gobierno verdaderamente «molesta», o si solo supone una irritación pasajera y sin mayor consecuencia.</p>

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 «Se aprecia una distancia cada vez mayor entre la relevancia que Sánchez busca dar a la actitud de España y el efecto real que tiene ese posicionamiento»  

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En la carta que Pedro Sánchez dirigió este domingo a los militantes socialistas, el presidente criticó a «quienes hablan de paz, pero nunca molestan a quienes hacen la guerra». Se entiende que su equipo de comunicación buscaba lanzar un dardo contra el PP por sus ambigüedades respecto a la guerra en Irán. Sin embargo, la frase cobra un cariz distinto a la luz de la información publicada por este diario sobre el uso de las bases de Morón y Rota, y su papel dentro del despliegue logístico de Estados Unidos. La pregunta no es tanto si resulta oportuno que el Ejecutivo acepte esta utilización de las bases. La pregunta, más bien, es si la postura de nuestro Gobierno verdaderamente «molesta», o si solo supone una irritación pasajera y sin mayor consecuencia.

Se aprecia, en definitiva, una distancia cada vez mayor entre la relevancia que Sánchez busca dar a la actitud de España ante esta guerra, y el efecto real que tiene ese posicionamiento. Está claro que, debido al tamaño de nuestro país, ninguna acción del Gobierno, ni a favor ni en contra de la guerra, iba a afectar su devenir en lo más mínimo. Si encima, como insiste el propio Ejecutivo, la oposición retórica a la guerra no va a acarrear perjuicio alguno, la actitud de Sánchez va apareciendo como algo puramente simbólico y testimonial. Esto podría satisfacer a quienes sienten un rechazo sincero hacia esta guerra: ya que somos irrelevantes, al menos actuemos como una suerte de Pepito Grillo.

El problema es que esta lectura ubicaría al presidente en una postura idealista que resulta muy difícil de reconciliar con sus acciones del último mes. Uno pensaría, por ejemplo, que un líder que buscase proyectar unos principios pretendidamente nacionales -en su última epístola, Sánchez dice que el «no a la guerra» encierra «la memoria, la dignidad y el compromiso de un país»- intentaría atraer al principal partido de la oposición. En lugar de eso, hemos asistido a un reproche constante al PP, forzando, además, las comparaciones entre Irak en 2003 e Irán en 2026, o entre un Aznar en el poder y un Feijóo fuera de él. El ejercicio encaja perfectamente en el patrón de un político que intenta debilitar al partido de enfrente; casa peor con la imagen de un líder que busca ubicar a su país en el ámbito internacional. Buscar la unidad sería lo propio de quien está mirando hacia afuera, explotar la discordia es más bien señal de quien está mirando hacia adentro.

También resulta asombroso que la carta de Sánchez destacara la «coherencia» de la posición española, cuando sus Gobiernos se han caracterizado justamente por supeditar la coherencia al interés político. Desde la despolitización del CGPJ hasta la amnistía, Sánchez no ha tenido problemas con enmendar su postura siempre que, al hacerlo, obtuviese algún beneficio. Hasta tal punto ha sido así que el oficialismo debió montar hace años todo un argumentario para tratar de explicar esos vaivenes como meros «cambios de opinión». Por ello, el nuevo canto a la coherencia solo puede resultar inverosímil para una gran parte del electorado; y esto ayuda a ilustrar sus límites. Ya no es solo que la postura del Gobierno de España no afecte a «quienes hacen la guerra». Es que, a la luz de las encuestas en Andalucía, tampoco parece que esté afectando mucho a los votantes.

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