Cuando Adolf Hitler se vio obligado a retirar sus tropas de París, empujado por las bayonetas de los aliados desembarcados en Normandía, dio la orden de arrasar la ciudad para evitar que cayera intacta en manos de sus enemigos. Cuenta la leyenda —la realidad siempre es algo más complicada y la resistencia francesa nos da una versión muy diferente— que fue el gobernador militar alemán, el general Dietrich von Choltitz, quien, incumpliendo la orden del führer, salvó de la destrucción a la capital de Francia.
Hace ya muchos años de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, los líderes mundiales han firmado diversos convenios en Ginebra para que algo así no pueda volver a ocurrir. Sin embargo, la humanidad vuelve a vivir una situación parecida. Donald Trump no es Hitler pero, empujado por los mercados y las encuestas electorales en los EEUU, más pronto que tarde se va a ver obligado a poner fin a su guerra contra la República Islámica. Tan frustrado como el dictador alemán, él también amenaza con arrasar Irán antes de marcharse, hasta llevarlo —son palabras textuales— «a la edad de piedra«.
Quiero creer que, al contrario que el malvado führer, el atolondrado magnate no sabe lo que dice. Pero, por si sirve de indicio, sus aviones acaban de destruir un importante puente que comunica Teherán con Karaj, una ciudad situada unos 40 kilómetros al oeste de la capital.
El Pentágono, consciente de lo que los convenios de Ginebra permiten y prohíben hacer, asegura que el puente estaba siendo utilizado para transportar misiles balísticos de corto alcance a lugares desde donde puedan alcanzar Israel. Es, desde luego, una excusa pobre. Habrá otros caminos para llevar los misiles. Pero, al menos, es una excusa. Lo peor llega cuando leemos a Trump en Truth Social: «Nuestros ejércitos, los más grandes y poderosos del mundo (con mucha diferencia) ni siquiera han empezado a destruir lo que queda de Irán. Luego los puentes y después las centrales eléctricas».
Donald Trump rara vez cumple sus amenazas… pero a veces lo hace. Tiene abogados para advertirle de lo que está en juego, pero tiene otros para susurrarle disparates como el que Mike Waltz, su embajador ante las Naciones Unidas, sugería hace algunos días a la cadena CBS: «Cuando tienes un régimen que usa su infraestructura —se refiere a las centrales eléctricas— para reprimir a su propio pueblo, para atacar a sus vecinos o para desarrollar un programa nuclear, esa infraestructura se convierte en un blanco legítimo». Puede que el argumento suene hasta bien pero, traducido al román paladino, lo que Waltz sugiere es que los malos no pueden atacar objetivos civiles… pero los buenos sí. Y no, el derecho internacional humanitario no va de buenos o de malos, sino de ahorrar sufrimientos a los no combatientes.
Al contrario que en París, la decisión de salvar Irán de las iras de Trump ya no está en manos de los militares. Hay tensiones en el Pentágono, que ya se han traducido en la dimisión del almirante Holsey —al parecer disconforme con algunas de las acciones contra la droga en el Caribe— y el inoportuno cese del general George, jefe del Ejército de Tierra norteamericano, en plena guerra contra Irán. Pero, en los tiempos que corren, los jefes militares ya no tienen la independencia de que disfrutaban hace ochenta años. Ahora solo las instituciones democráticas de los EEUU, desde el Congreso a los medios de comunicación, pueden evitar que arda Teherán. Esperemos que estén a la altura.
«Trump rara vez cumple sus amenazas… pero a veces lo hace. Tiene abogados para advertirle de lo que está en juego, pero tiene otros para susurrarle disparates».
Cuando Adolf Hitler se vio obligado a retirar sus tropas de París, empujado por las bayonetas de los aliados desembarcados en Normandía, dio la orden de arrasar la ciudad para evitar que cayera intacta en manos de sus enemigos. Cuenta la leyenda —la realidad siempre es algo más complicada y la resistencia francesa nos da una versión muy diferente— que fue el gobernador militar alemán, el general Dietrich von Choltitz, quien, incumpliendo la orden del führer, salvó de la destrucción a la capital de Francia.
Hace ya muchos años de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, los líderes mundiales han firmado diversos convenios en Ginebra para que algo así no pueda volver a ocurrir. Sin embargo, la humanidad vuelve a vivir una situación parecida. Donald Trump no es Hitler pero, empujado por los mercados y las encuestas electorales en los EEUU, más pronto que tarde se va a ver obligado a poner fin a su guerra contra la República Islámica. Tan frustrado como el dictador alemán, él también amenaza con arrasar Irán antes de marcharse, hasta llevarlo —son palabras textuales— «a la edad de piedra«.
Quiero creer que, al contrario que el malvado führer, el atolondrado magnate no sabe lo que dice. Pero, por si sirve de indicio, sus aviones acaban de destruir un importante puente que comunica Teherán con Karaj, una ciudad situada unos 40 kilómetros al oeste de la capital.
El Pentágono, consciente de lo que los convenios de Ginebra permiten y prohíben hacer, asegura que el puente estaba siendo utilizado para transportar misiles balísticos de corto alcance a lugares desde donde puedan alcanzar Israel. Es, desde luego, una excusa pobre. Habrá otros caminos para llevar los misiles. Pero, al menos, es una excusa. Lo peor llega cuando leemos a Trump en Truth Social: «Nuestros ejércitos, los más grandes y poderosos del mundo (con mucha diferencia) ni siquiera han empezado a destruir lo que queda de Irán. Luego los puentes y después las centrales eléctricas».
Donald Trump rara vez cumple sus amenazas… pero a veces lo hace. Tiene abogados para advertirle de lo que está en juego, pero tiene otros para susurrarle disparates como el que Mike Waltz, su embajador ante las Naciones Unidas, sugería hace algunos días a la cadena CBS: «Cuando tienes un régimen que usa su infraestructura —se refiere a las centrales eléctricas— para reprimir a su propio pueblo, para atacar a sus vecinos o para desarrollar un programa nuclear, esa infraestructura se convierte en un blanco legítimo». Puede que el argumento suene hasta bien pero, traducido al román paladino, lo que Waltz sugiere es que los malos no pueden atacar objetivos civiles… pero los buenos sí. Y no, el derecho internacional humanitario no va de buenos o de malos, sino de ahorrar sufrimientos a los no combatientes.
Al contrario que en París, la decisión de salvar Irán de las iras de Trump ya no está en manos de los militares. Hay tensiones en el Pentágono, que ya se han traducido en la dimisión del almirante Holsey —al parecer disconforme con algunas de las acciones contra la droga en el Caribe— y el inoportuno cese del general George, jefe del Ejército de Tierra norteamericano, en plena guerra contra Irán. Pero, en los tiempos que corren, los jefes militares ya no tienen la independencia de que disfrutaban hace ochenta años. Ahora solo las instituciones democráticas de los EEUU, desde el Congreso a los medios de comunicación, pueden evitar que arda Teherán. Esperemos que estén a la altura.
20MINUTOS.ES – Internacional
