<p><strong>Vamos a hablar en 2026 del final de la serie </strong><i><strong>Perdidos</strong></i><strong>, por qué no</strong>. Hay muchas posibilidades de que no te gustara nada. Pero también de que lo describas de forma errónea (no, no estaban todos muertos y no, la isla no era un purgatorio). Juntando estos dos síntomas parece que deberíamos reabrir el caso. Si el final de <i>Perdidos </i>que desencantó a tantos es una interpretación equivocada del que realmente se emitió,<strong> ¿falló la serie o falló el público?</strong> Siempre recibo la misma respuesta: si <i>Perdidos </i>confundió a tanta gente los culpables serán sus creadores por no haberse explicado bien.</p>
Si siempre te sientes más listo que la película, será que sólo ves películas para tontos. Y si te enfadas con las que son más listas que tú… esto es para ti
Vamos a hablar en 2026 del final de la serie Perdidos, por qué no. Hay muchas posibilidades de que no te gustara nada. Pero también de que lo describas de forma errónea (no, no estaban todos muertos y no, la isla no era un purgatorio). Juntando estos dos síntomas parece que deberíamos reabrir el caso. Si el final de Perdidos que desencantó a tantos es una interpretación equivocada del que realmente se emitió, ¿falló la serie o falló el público? Siempre recibo la misma respuesta: si Perdidos confundió a tanta gente los culpables serán sus creadores por no haberse explicado bien.
Esta semana vimos Eddington (2025), una comedia inspirada en la psicosis colectiva provocada por las redes sociales en épocas de tensión política, en el vendaval de acusaciones, fanatismos y bulos online desatado por una tragedia global (la última pandemia) y una puntual (el asesinato de George Floyd). Al comienzo hipnotiza sin problemas, no es habitual que un director de la estatura de Ari Aster le dedique atención a los titulares de antes de ayer. Pero comete la imprudencia de convertirse en una película distinta cada 20 minutos, cada vez más enrarecida y violenta.
En su tramo final las mentiras y las revelaciones se multiplican y amontonan, el relato se desequilibra tanto como sus protagonistas y parece querer convencernos de una cosa y la contraria a la vez. Eddington me dejó confundido, con la sensación de que la película se había perdido dentro de sí misma, sin saber exactamente qué me acababan de contar, con la sospecha de que Ari Aster tampoco lo tenía muy claro. Días después, gracias a Anxo Couceiro, cuyos mensajes en WhatsApp son más didácticos y están mejor redactados que la mayoría de artículos que leo por ahí, me quedó claro que no estuve a la altura y no supe ver en qué dirección apuntaba Ari Aster. Me distraje, o estuve lento. Fui más tonto que Eddington.
La crítica, profesional o aficionada, nunca afirmaría algo así. El espectro de opiniones que genera toda película va del entusiasmo al desprecio. De las cinco estrellas al tomate podrido. Del abrazo, que se hace de frente, a la mirada despectiva, desde arriba. ¿Cómo se encajan en esas coordenadas las opiniones de los que sienten que la película les viene grande, de los que, como yo, se pierden por el camino? ¿Cómo se puntúa una película que miramos desde abajo?
En nuestros entornos está prohibido parecer idiota. Los críticos nunca han dicho «no entiendo», sino «no se entiende», algo que han heredado las normas no escritas de las redes sociales. Si tus carencias y límites son los mismos año tras año tendrá que ver el que, cada vez que una obra es más grande que tú, o sea, te ofrece una oportunidad de crecer, tu respuesta inmediata sea despreciarla y tacharla de pretenciosa, torpe o vacía. Si siempre te sientes más listo que la película, será que sólo ves películas para tontos. Y si te enfadas con las que son más listas que tú… esta columna es para ti.
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