Hay silencios que protegen. Y hay silencios que matan. En México, el periodista aprende pronto a distinguirlos. Uno se instala en las redacciones cuando cae la noche y alguien deja de contestar al teléfono. Otro aparece después, cuando las amenazas dejan de ser un mensaje anónimo y se convierten en una moto esperando bajo casa, una mirada sostenida demasiado tiempo o una cobertura que nadie quiere firmar. Estado de silencio, el documental estrenado en Movistar Plus hace unos días, retrata el miedo cotidiano con el que conviven decenas de reporteros mexicanos. No necesita recrearse en la sangre para incomodar; solo le hace falta «humanizar», palabra que su director, Santiago Maza, repetirá muchas veces durante una videollamada que unió México con Madrid.
Estado de silencio, estrenado en Movistar Plus hace unos días y producido por Gael García Bernal y Diego Luna, sigue las historias de cuatro periodistas mexicanos que arriesgan su vida en la búsqueda de la verdad. «Lo que se ve en este documental debería ser como el canario en la mina», afirma Santiago Maza, su director
Hay silencios que protegen. Y hay silencios que matan. En México, el periodista aprende pronto a distinguirlos. Uno se instala en las redacciones cuando cae la noche y alguien deja de contestar al teléfono. Otro aparece después, cuando las amenazas dejan de ser un mensaje anónimo y se convierten en una moto esperando bajo casa, una mirada sostenida demasiado tiempo o una cobertura que nadie quiere firmar. Estado de silencio, el documental estrenado en Movistar Plus hace unos días, retrata el miedo cotidiano con el que conviven decenas de reporteros mexicanos. No necesita recrearse en la sangre para incomodar; solo le hace falta «humanizar», palabra que su director, Santiago Maza, repetirá muchas veces durante una videollamada que unió México con Madrid.
A Estado de silencio le basta con enseñar el desgaste. El cansancio. La rutina del terror. Porque quizá lo más inquietante de esta historia no es la violencia, sino la normalidad con la que termina aceptándose. Producido por Gael García Bernal y Diego Luna, este documental sigue las historias de cuatro periodistas mexicanos que arriesgan su vida en la búsqueda de la verdad: María de Jesús Peters, Juan de Dios García, Marcos Vizcarra y Jesús Medina. Y aunque el documental se estrenó hace ahora dos años, lo que en él se denunciaba ha cobrado ahora incluso más protagonismo.
Según el balance de Reporteros sin Fronteras sobre la situación del periodismo, publicado hace unas semanas, la libertad de prensa y, por tanto, el periodismo y sus periodistas viven uno de los momentos más complicados, «posiblemente, el peor del siglo XXI», según Maza. Si bien el derecho a una información fiable y la libertad de prensa están protegidos por el Reglamento Europeo sobre la Libertad de los Medios de Comunicación (EMFA), que entró en vigor en agosto de 2025, numerosos Estados miembros y candidatos lo infringen, señala el informe de RSF. En América, la situación no es mejor. La libertad de prensa en el continente americano ha acentuado su deterioro: desde 2022, ha perdido 14 puntos en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa, un descenso similar al registrado en las dos regiones del mundo más difíciles para el periodismo, Europa del Este y Asia Central, y Oriente Medio y Norte de África. Es decir, el documental de Maza es el testimonio y la historia de cuatro periodistas mexicanos, pero sirve de espejo para un mal mucho más peligroso de lo que la sociedad cree.
«Nos hemos acostumbrado a que cuando un periodista muere o se coarta su libertad de prensa eso sea lo normal», nos explica el director de Estado de silencio. «La realidad es que la situación es peor que hace 20 o 30 años, pero peor aún es que nos parece normal». Y, precisamente, para que lo que se ha normalizado deje de serlo, Santiago Maza obvia las frías estadísticas de asesinatos o desapariciones y decide poner rostro, voz y cotidianidad a la tragedia.
Estado de silencio muestra cómo el compromiso de estos profesionales por reportar e investigar temas como el narcotráfico, la corrupción política, la crisis migratoria y el despojo de tierras los convierte automáticamente en objetivos. Retrata el miedo constante, las amenazas a sus familias, el dolor del exilio forzado y la dolorosa transición en la que dejan de ser solo los narradores de la noticia para convertirse en las víctimas.
Santiago Maza describe el documental con la imagen que lo cierra, la del periodista Jesús Medina, machete en mano, abriéndose paso por una montaña. «El periodismo de hoy es un poco así; es como esta cosa aguerrida de entrar en un territorio que es inhóspito para contar cómo es ese lugar (…) Cuando la amenaza te lleva a huir, el periodista va en sentido opuesto, como un salmón que nada a contracorriente para llegar a la fuente donde están pasando las cosas», explica.
«Nosotros, como ciudadanos, nos tenemos que responsabilizar de darle un rostro al periodismo… y darnos cuenta de que dependemos de ellos para entender qué nos pasa», señala Maza. Porque «para que una sociedad democrática prospere y se pueda enfrentar a aquellas cosas que le puedan pasar, hay que entender la libertad de prensa como el derecho a beber agua limpia», expone. Un derecho por el que velan los periodistas, pero también debe velar la sociedad, porque «ambas partes se necesitan».
Los cuatro periodistas que dan testimonio en Estado de silencio viven desplazados, perseguidos, amenazados o controlados. Algunos decidieron elegir vivir y que su familia viviera antes que ejercer su profesión y vocación, pero, como señala Maza, «cuando un periodista es extraído de su hogar, de su hábitat, para preservar su vida física y la de su familia, se le está matando de muchas maneras, también en su salud mental». De hecho, Maza revela que del montaje final se retiró una escena para él «muy dolorosa» en la que se ve a Marcos Vizcarra trasplantando unas plantas y hablando con el equipo de esa muerte mental y espiritual.
«Los periodistas de hace 50 años eran ese lobo estepario, solo, que se justificaba en el alcoholismo y cuya figura se romantizaba. Hoy, eso ha cambiado, pues los periodistas trabajan más de forma colectiva para dar su lugar a la salud, justamente para no olvidarse de que una información no vale más que la vida o la seguridad de la familia», dice Maza.
Juan de Dios García Davish y María de Jesús Peters, pareja -él, reportero; ella, fotoperiodista-, cubrían de primera mano la crisis migratoria en la frontera sur de México, además de los desplazamientos forzados, el despojo de tierras a comunidades indígenas y la creciente infiltración del crimen organizado en la zona de Chiapas. Un día empezaron a llegar las amenazas. Recibieron llamadas explícitas y frontales de líderes del narcotráfico.
El peligro se volvió tan inminente que se vieron obligados a huir de su hogar y vivir el exilio forzado en California. Estado de silencio expone el fuerte impacto psicológico que sufrieron: María de Jesús confiesa en la cinta haber contemplado el suicidio ante el peso acumulado del miedo constante, la lejanía de su entorno y tener que dejar a su hija a resguardo mientras lidiaba con la enfermedad de su madre. Al regresar tiempo después a Chiapas, ambos constatan que la región está «convulsionada» y controlada por las mafias, impidiéndoles volver a hacer el periodismo de campo que solían realizar.
«Ojalá este documental», sueña su director, «sirva como un canario en las minas»: «Cuando se empieza a debilitar la relación entre el ciudadano y el periodista, siempre producto del cuestionamiento de la autoridad, que no tiene reparo alguno en atacar al periodismo, como es el caso de Donald Trump, pero que replican muchos, empieza a decaer toda esta relación, que es la que mantiene que una ciudadanía pueda prosperar porque está informada».
«Un hoyo negro», lo califica Maza; un hoyo donde «a gobiernos, empresarios, criminales y grupos de crimen organizado les conviene un periodista debilitado». Que el ciudadano vea al periodista como un ser humano y que «entendamos a lo que nos enfrentamos como sociedad si no estamos informados hará que estemos al lado de las personas que nos informan y, justamente, vamos a ver con ojos críticos a aquellas personas que se benefician de la desinformación».
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