Cuando media España celebraba el histórico pase de los chicos de Luis de la Fuente a la gran final del Mundial, me llegaba un escueto mensaje: «Se apagó la sonrisa de Legrá».Ya lo esperaba, porque había estado visitándole durante los últimos días. Manel Berdonce era el mensajero y el hombre que, durante muchos años, ha permanecido permanentemente en la esquina humana de la leyenda del ring. Como yo suelo decir, abandonó su fiero apodo de ‘El Tigre’ para convertirse en el ‘Ángel’ de Pepe Legrá.Los más veteranos y sabios cronistas del boxeo español coincidían con el público y, lo que es aún más importante, con los aficionados al noble arte. Unanimidad absoluta. No habían visto nada igual sobre un cuadrilátero. Los fríos números dicen que llegó a disputar 24 combates en un solo año. Desde que mandó a dormir, en seis asaltos, al marroquí Ben Layachi, no dejó de elevar el deporte de los puños a la categoría de arte.Noticia relacionada general No No Boxeo Una tormenta eléctrica suspende el asalto de José Luis Navarro Jr. al Campeonato de Europa Daniel AragónLe descubrí, como tantos otros, gracias a RTVE, antes de que directivos sin categoría ni siquiera para ser jornaleros del ring, alejados del sentir popular, decidieran imponer la noche oscura. Descubrí a José Adolfo Legrá Utria allá por 1967, cuando destruyó —no se me ocurre otra manera de decirlo— al francés Yves Desmarets en apenas tres asaltos. Me salió del alma, siendo un joven aficionado, un grito: «¡Tenemos un campeón del mundo! ¡Europa se le queda pequeña!».El camino hacia la gloria había comenzado para el ‘Puma de Baracoa’, como le bautizó ese genio malagueño, maestro de todo y hermano mayor de José Luis Garci, Manolo Alcántara.La cita sería en territorio hostil: Porthcawl, Gales, donde le esperaba el campeón del mundo, Howard Winstone . Ahora conocemos bien el ambiente que se respira en esas veladas: «La tierra de mis padres, bravos guerreros, maravillosos patriotas». Ambiente único, sabor británico. Pero aquella era la noche de nuestro cubano más español. ¿Quién mejor que Manolo Alcántara para describir lo ocurrido en su crónica para ‘Marca’?«…Las tablas de la caja de limpiar calzado se han convertido en un trono. Era madera de campeón. El bolero oscuro y desharrapado ostenta ahora el cetro mundial del peso pluma…».He tenido la inmensa fortuna de estar cerca de Pepe Legrá y de quererle mucho: en mi casa, donde siempre traía juguetes a mis hijas; por los pasillos de Telecinco; por la calle… Y era precisamente en la calle, caminando por la Gran Vía madrileña, donde uno se daba cuenta de la magnitud, de la grandeza del personaje.«¡Vamos, Legrá! ¡Eres el más grande! ¡Qué felices nos has hecho a mi padre y a mí, que hemos visto todos tus combates! ¡Legrá, campeón!».Créanme si les digo que no exagero ni un ápice. Es más, me quedo corto. Y él, repartiendo sonrisas a todos, se volvía una y otra vez para que nadie se quedara sin un saludo, un apretón de manos o incluso un abrazo interminable cuando reconocía a quien le llamaba. Una auténtica estrella . Un ídolo de multitudes. El héroe de una España que necesitaba victorias y que sabía disfrutarlas.Aproveché, como les decía, esa cercanía con el mito para hablar mucho de boxeo. Sin ir más lejos, de aquella pelea contra Winstone. Le preguntaba por el ambiente en Gales: un recinto abarrotado, padres e hijos, bien regados de cerveza, animando a muerte a su campeón, mientras él estaba solo frente a su rival, como Héctor frente a Aquiles.«La verdad es que acojonaba un poco, chico», me decía con su inconfundible acento cubano. Luego sonreía y, de inmediato, se ponía muy serio. «Esa noche, Jaime, yo me sentía invencible. Demasiadas botas que limpiar, mucha hambre atrasada… pero mi sueño se hizo realidad. ¡Qué paliza le di, chico!».Otra vez el acento cubano. Otra vez la sonrisa para quitar dramatismo al asunto. Legrá en estado puro. ¿Y cómo era encima del ring? Coincidió Legrá en un gimnasio de Miami con un jovenzuelo dicharachero llamado Cassius Clay, después Mohamed Alí. El sabio entrenador cubano Luis Sarria ya vaticinó que allí había dos futuros campeones, eso sí, con cuarenta kilos de diferencia a favor del ‘Loco de Louisville’.Sin embargo, sobre el altar del cuadrilátero se parecían mucho. Legrá estaba dotado de un juego de piernas prodigioso. Golpeaba siempre en combinaciones; jamás lanzaba un golpe aislado. Y lo que le hacía todavía más temible era un boxeo absolutamente personal, imposible de descifrar. Un fuera de serie.Se nos ha ido Pepe Legrá, directo al cielo de los boxeadores, rodeado del amor de los suyos y por el cariño de todos los aficionados a los que hizo inmensamente felices.Ya estás con mamá Sole.Te queremos. Cuando media España celebraba el histórico pase de los chicos de Luis de la Fuente a la gran final del Mundial, me llegaba un escueto mensaje: «Se apagó la sonrisa de Legrá».Ya lo esperaba, porque había estado visitándole durante los últimos días. Manel Berdonce era el mensajero y el hombre que, durante muchos años, ha permanecido permanentemente en la esquina humana de la leyenda del ring. Como yo suelo decir, abandonó su fiero apodo de ‘El Tigre’ para convertirse en el ‘Ángel’ de Pepe Legrá.Los más veteranos y sabios cronistas del boxeo español coincidían con el público y, lo que es aún más importante, con los aficionados al noble arte. Unanimidad absoluta. No habían visto nada igual sobre un cuadrilátero. Los fríos números dicen que llegó a disputar 24 combates en un solo año. Desde que mandó a dormir, en seis asaltos, al marroquí Ben Layachi, no dejó de elevar el deporte de los puños a la categoría de arte.Noticia relacionada general No No Boxeo Una tormenta eléctrica suspende el asalto de José Luis Navarro Jr. al Campeonato de Europa Daniel AragónLe descubrí, como tantos otros, gracias a RTVE, antes de que directivos sin categoría ni siquiera para ser jornaleros del ring, alejados del sentir popular, decidieran imponer la noche oscura. Descubrí a José Adolfo Legrá Utria allá por 1967, cuando destruyó —no se me ocurre otra manera de decirlo— al francés Yves Desmarets en apenas tres asaltos. Me salió del alma, siendo un joven aficionado, un grito: «¡Tenemos un campeón del mundo! ¡Europa se le queda pequeña!».El camino hacia la gloria había comenzado para el ‘Puma de Baracoa’, como le bautizó ese genio malagueño, maestro de todo y hermano mayor de José Luis Garci, Manolo Alcántara.La cita sería en territorio hostil: Porthcawl, Gales, donde le esperaba el campeón del mundo, Howard Winstone . Ahora conocemos bien el ambiente que se respira en esas veladas: «La tierra de mis padres, bravos guerreros, maravillosos patriotas». Ambiente único, sabor británico. Pero aquella era la noche de nuestro cubano más español. ¿Quién mejor que Manolo Alcántara para describir lo ocurrido en su crónica para ‘Marca’?«…Las tablas de la caja de limpiar calzado se han convertido en un trono. Era madera de campeón. El bolero oscuro y desharrapado ostenta ahora el cetro mundial del peso pluma…».He tenido la inmensa fortuna de estar cerca de Pepe Legrá y de quererle mucho: en mi casa, donde siempre traía juguetes a mis hijas; por los pasillos de Telecinco; por la calle… Y era precisamente en la calle, caminando por la Gran Vía madrileña, donde uno se daba cuenta de la magnitud, de la grandeza del personaje.«¡Vamos, Legrá! ¡Eres el más grande! ¡Qué felices nos has hecho a mi padre y a mí, que hemos visto todos tus combates! ¡Legrá, campeón!».Créanme si les digo que no exagero ni un ápice. Es más, me quedo corto. Y él, repartiendo sonrisas a todos, se volvía una y otra vez para que nadie se quedara sin un saludo, un apretón de manos o incluso un abrazo interminable cuando reconocía a quien le llamaba. Una auténtica estrella . Un ídolo de multitudes. El héroe de una España que necesitaba victorias y que sabía disfrutarlas.Aproveché, como les decía, esa cercanía con el mito para hablar mucho de boxeo. Sin ir más lejos, de aquella pelea contra Winstone. Le preguntaba por el ambiente en Gales: un recinto abarrotado, padres e hijos, bien regados de cerveza, animando a muerte a su campeón, mientras él estaba solo frente a su rival, como Héctor frente a Aquiles.«La verdad es que acojonaba un poco, chico», me decía con su inconfundible acento cubano. Luego sonreía y, de inmediato, se ponía muy serio. «Esa noche, Jaime, yo me sentía invencible. Demasiadas botas que limpiar, mucha hambre atrasada… pero mi sueño se hizo realidad. ¡Qué paliza le di, chico!».Otra vez el acento cubano. Otra vez la sonrisa para quitar dramatismo al asunto. Legrá en estado puro. ¿Y cómo era encima del ring? Coincidió Legrá en un gimnasio de Miami con un jovenzuelo dicharachero llamado Cassius Clay, después Mohamed Alí. El sabio entrenador cubano Luis Sarria ya vaticinó que allí había dos futuros campeones, eso sí, con cuarenta kilos de diferencia a favor del ‘Loco de Louisville’.Sin embargo, sobre el altar del cuadrilátero se parecían mucho. Legrá estaba dotado de un juego de piernas prodigioso. Golpeaba siempre en combinaciones; jamás lanzaba un golpe aislado. Y lo que le hacía todavía más temible era un boxeo absolutamente personal, imposible de descifrar. Un fuera de serie.Se nos ha ido Pepe Legrá, directo al cielo de los boxeadores, rodeado del amor de los suyos y por el cariño de todos los aficionados a los que hizo inmensamente felices.Ya estás con mamá Sole.Te queremos.
Cuando media España celebraba el histórico pase de los chicos de Luis de la Fuente a la gran final del Mundial, me llegaba un escueto mensaje: «Se apagó la sonrisa de Legrá».
Ya lo esperaba, porque había estado visitándole durante los últimos días. Manel Berdonce … era el mensajero y el hombre que, durante muchos años, ha permanecido permanentemente en la esquina humana de la leyenda del ring. Como yo suelo decir, abandonó su fiero apodo de ‘El Tigre’ para convertirse en el ‘Ángel’ de Pepe Legrá.
Los más veteranos y sabios cronistas del boxeo español coincidían con el público y, lo que es aún más importante, con los aficionados al noble arte. Unanimidad absoluta. No habían visto nada igual sobre un cuadrilátero. Los fríos números dicen que llegó a disputar 24 combates en un solo año. Desde que mandó a dormir, en seis asaltos, al marroquí Ben Layachi, no dejó de elevar el deporte de los puños a la categoría de arte.
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Le descubrí, como tantos otros, gracias a RTVE, antes de que directivos sin categoría ni siquiera para ser jornaleros del ring, alejados del sentir popular, decidieran imponer la noche oscura. Descubrí a José Adolfo Legrá Utria allá por 1967, cuando destruyó —no se me ocurre otra manera de decirlo— al francés Yves Desmarets en apenas tres asaltos. Me salió del alma, siendo un joven aficionado, un grito: «¡Tenemos un campeón del mundo! ¡Europa se le queda pequeña!».
El camino hacia la gloria había comenzado para el ‘Puma de Baracoa’, como le bautizó ese genio malagueño, maestro de todo y hermano mayor de José Luis Garci, Manolo Alcántara.
La cita sería en territorio hostil: Porthcawl, Gales, donde le esperaba el campeón del mundo, Howard Winstone. Ahora conocemos bien el ambiente que se respira en esas veladas: «La tierra de mis padres, bravos guerreros, maravillosos patriotas». Ambiente único, sabor británico. Pero aquella era la noche de nuestro cubano más español. ¿Quién mejor que Manolo Alcántara para describir lo ocurrido en su crónica para ‘Marca’?
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«…Las tablas de la caja de limpiar calzado se han convertido en un trono. Era madera de campeón. El bolero oscuro y desharrapado ostenta ahora el cetro mundial del peso pluma…».
He tenido la inmensa fortuna de estar cerca de Pepe Legrá y de quererle mucho: en mi casa, donde siempre traía juguetes a mis hijas; por los pasillos de Telecinco; por la calle… Y era precisamente en la calle, caminando por la Gran Vía madrileña, donde uno se daba cuenta de la magnitud, de la grandeza del personaje.
«¡Vamos, Legrá! ¡Eres el más grande! ¡Qué felices nos has hecho a mi padre y a mí, que hemos visto todos tus combates! ¡Legrá, campeón!».
Créanme si les digo que no exagero ni un ápice. Es más, me quedo corto. Y él, repartiendo sonrisas a todos, se volvía una y otra vez para que nadie se quedara sin un saludo, un apretón de manos o incluso un abrazo interminable cuando reconocía a quien le llamaba. Una auténtica estrella. Un ídolo de multitudes. El héroe de una España que necesitaba victorias y que sabía disfrutarlas.
Aproveché, como les decía, esa cercanía con el mito para hablar mucho de boxeo. Sin ir más lejos, de aquella pelea contra Winstone. Le preguntaba por el ambiente en Gales: un recinto abarrotado, padres e hijos, bien regados de cerveza, animando a muerte a su campeón, mientras él estaba solo frente a su rival, como Héctor frente a Aquiles.
«La verdad es que acojonaba un poco, chico», me decía con su inconfundible acento cubano. Luego sonreía y, de inmediato, se ponía muy serio. «Esa noche, Jaime, yo me sentía invencible. Demasiadas botas que limpiar, mucha hambre atrasada… pero mi sueño se hizo realidad. ¡Qué paliza le di, chico!».
Otra vez el acento cubano. Otra vez la sonrisa para quitar dramatismo al asunto. Legrá en estado puro. ¿Y cómo era encima del ring? Coincidió Legrá en un gimnasio de Miami con un jovenzuelo dicharachero llamado Cassius Clay, después Muhammad Ali. El sabio entrenador cubano Luis Sarria ya vaticinó que allí había dos futuros campeones, eso sí, con cuarenta kilos de diferencia a favor del ‘Loco de Louisville’.
Sin embargo, sobre el altar del cuadrilátero se parecían mucho. Legrá estaba dotado de un juego de piernas prodigioso. Golpeaba siempre en combinaciones; jamás lanzaba un golpe aislado. Y lo que le hacía todavía más temible era un boxeo absolutamente personal, imposible de descifrar. Un fuera de serie.
Se nos ha ido Pepe Legrá, directo al cielo de los boxeadores, rodeado del amor de los suyos y por el cariño de todos los aficionados a los que hizo inmensamente felices.
Ya estás con mamá Sole.
Te queremos.
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