La ‘venganza de J Kbello y la injusticia con Cristina Castaño: la final de Tu cara me suena deja un glorioso ganador y una gran polémica

Antes de la final de Tu cara me suena 13J Kbellome decía: «Para mí, llegar a la final de Tu cara me suena la verdad es que ha sido algo muy fuerte porque sabiendo la calidad que tienen mis compañeros, el nivel que hay de imitación, de cantantes, del contenido que todos y todas hacían… Yo he trabajado muchísimo, y lo bonito de esto es que yo he trabajado desde el orgullo a mis compañeros y desde la energía positiva (…). Muy contento de que la gente haya visto quién es J Kbello en muchísimas facetas. Porque aunque haya sido muchas personas a la vez, siempre he intentado tener esa esencia de J Kbello«. Dejaba muy claro por qué ha participado en Tu cara me suena y por qué ha sido el concursante más veces ganador. Pero también explicaba por qué el talento hay veces que ni se mira.

 Las lágrimas de J Kbello explicaron anoche muchos más que el porqué ha ganado Tu cara me suena mucho antes de que se abrieran las votaciones  

Antes de la final de Tu cara me suena 13J Kbellome decía: «Para mí, llegar a la final de Tu cara me suena la verdad es que ha sido algo muy fuerte porque sabiendo la calidad que tienen mis compañeros, el nivel que hay de imitación, de cantantes, del contenido que todos y todas hacían… Yo he trabajado muchísimo, y lo bonito de esto es que yo he trabajado desde el orgullo a mis compañeros y desde la energía positiva (…). Muy contento de que la gente haya visto quién es J Kbello en muchísimas facetas. Porque aunque haya sido muchas personas a la vez, siempre he intentado tener esa esencia de J Kbello«. Dejaba muy claro por qué ha participado en Tu cara me suena y por qué ha sido el concursante más veces ganador. Pero también explicaba por qué el talento hay veces que ni se mira.

Si analizamos fríamente el quinteto de finalistas que anoche se batía el cobre -con Paula Koops, María Parrado, Martín Savi, Cristina Castaño y J Kbello-, resultaba evidente que el nivel medio de la edición era de los más altos que se recuerdan en los últimos años. No había «relleno» en esa final. Todos y cada uno de ellos habían acumulado méritos suficientes a lo largo de las semanas gracias al criterio combinado del jurado y del público de plató. Sin embargo, al abrir el juego al voto masivo desde casa, las dinámicas cambian y la técnica pura suele pasar a un segundo plano.

No hacía falta esperar a que Manel Fuentes abriera anoche el sobre. La final de Tu cara me suena 13 no tenía suspense sobre el ganador. Lo que tenía era emoción. Y, curiosamente, no era la emoción del triunfo, sino la de la reivindicación, la de la venganza de quien reivindica un sitio que se merece y que no le dan, a saber por qué.

Porque J Kbello ganó Tu cara me suena con un incontestable 51% de los votos, doblando prácticamente a María Parrado (26%) y dejando a Martín Savi con el 23%, pero lo que realmente terminó imponiéndose no fue su imitación de Hugh Jackman ni una temporada prácticamente perfecta. Lo que acabó conquistando al público fueron unas lágrimas que no sonaban a victoria, sino a reparación.

«Todo esto también es gracias a las personas que nunca confiaron en mí, que me dieron muchos palos». La sinceridad de J Kbello es la que muchos querrían tener, pues su caso no es una excepción es, por desgracia, lo habitual.

En una televisión acostumbrada al discurso aprendido del ganador, al agradecimiento protocolario y a la emoción perfectamente empaquetada, J Kbello dejó escapar una verdad incómoda. No habló de superación porque quedara bonito. Habló de cicatrices. Y eso siempre conecta más que cualquier actuación impecable.

Durante toda la edición se ha repetido que era el gran favorito. Lo era. Semana tras semana fue construyendo un recorrido casi inmaculado. Pero esa condición de favorito nunca pareció convertirle en alguien soberbio. Al contrario. Su discurso siempre estuvo más cerca del síndrome del impostor que de la seguridad del vencedor. Quizá por eso sus lágrimas no parecían las de quien consigue un premio, sino las de quien por fin deja de pedir permiso para ocupar un sitio.

Y ahí estuvo también uno de los momentos más bonitos de la noche. Antes incluso de recoger el trofeo ya le decía a María Parrado que, si hubiera ganado ella, habría sentido exactamente la misma felicidad. Después cumplió con los hechos y anunció que compartiría con ella los 30.000 euros del premio. Un gesto que, más allá del titular fácil, resume bastante bien el espíritu que ha tenido esta edición: mucha competencia, pero muy poco ego.

Pero como en todo buen show televisivo que se precie de serlo, la luz del ganador no habría brillado con tanta intensidad si no hubiera estado acompañada por la alargada sombra de la polémica. No hay espectáculo si no hay drama. Y aquí es donde a una se le arquea la ceja de manera inevitable, donde se nos afila el colmillo y nos vemos obligados a ejercer el noble arte de la queja formal en nombre del espectador medio. Hablemos, alto y claro, de lo que le hicieron anoche a Cristina Castaño.

Lo de la actriz gallega en la gran final no fue simplemente una buena actuación; fue un órdago en toda regla, una demostración de fuerza de las que marcan un antes y un después en la historia del programa. Castaño decidió que no había espacio para las medias tintas ni para la contención, optando por tirar la casa por la ventana y meterse en el pellejo de la mismísima Meryl Streep en uno de los momentos más icónicos, desgarradores y vocalmente inaccesibles del cine musical reciente: la mítica escena de The winner takes it all de la película Mamma Mia!

Lo que ocurrió sobre el escenario durante esos minutos fue pura orfebrería teatral y televisiva. La actriz desató las lágrimas de los presentes, erizó la piel de un jurado que ya no sabía qué adjetivos inventarse para hacer justicia a lo que estaba presenciando y puso de manifiesto un despliegue de potencial interpretativo y madurez vocal que, en cualquier universo paralelo regido por la lógica meritocrática, la habría catapultado de manera directa a la pelea final por el trofeo. Las redes sociales ardieron de inmediato. X se convirtió en un clamor unánime que exigía el reconocimiento para una artista que se estaba dejando el alma y la garganta en el último asalto de la competición. Era, por derecho propio, un trabajo merecedor de los máximos honores.

¿Y cuál fue la respuesta? El enésimo jarro de agua fría. En lo que ya podemos catalogar oficialmente como el ‘momento eurovisivo’ de la noche, el veredicto del público asistente y del televoto en esa primera criba fulminante dejó a media España con la boca abierta y cara de no entender absolutamente nada. Para sorpresa mayúscula y disgusto generalizado de la masa internauta, Cristina Castaño se quedaba fuera de la competición definitiva a las primeras de cambio, teniendo que conformarse con una inmerecida y dolorosa cuarta posición con apenas el 19% de los votos.

Un absoluto e inexplicable expediente X. Una desconexión total entre la calidad objetiva de lo ofrecido sobre las tablas y la simpatía o el arrastre popular que los votantes deciden premiar a través de sus teléfonos. Es el eterno talón de Aquiles de este tipo de formatos: cuando dejas una decisión técnica de tal calibre en manos del corazón y no de la cabeza, te arriesgas a que la espectacularidad sea devorada por la pura corriente de afectos.

Afortunadamente, Castaño demostró tener las tablas suficientes como para encajar el golpe sin un solo mal gesto, dándonos a todos una lección de señorío institucional: «El lujo ha sido mío y el agradecimiento es mío para todo el programa, me voy feliz, orgullosa y tremendamente agradecida». No hacía falta añadir una sola coma. A veces, perder de esa manera te hace mucho más grande que levantar un metal dorado ante las cámaras.

Las redes sociales se llenaron de mensajes defendiendo que Cristina Castaño merecía mucho más. Y argumentos no faltaban. Probablemente ha firmado una de las evoluciones interpretativas más completas de la edición. Ha demostrado una versatilidad enorme y anoche regaló uno de esos números que permanecerán en el recuerdo del formato.

Pero el público votó otra cosa.

Y ahí reside precisamente la grandeza -y la frustración- de un concurso que nunca ha pretendido elegir únicamente al mejor imitador, sino al concursante que más ha conseguido emocionar durante toda la temporada.

Porque si algo volvió a demostrar anoche Tu cara me suenaes que los espectadores votan con el corazón mucho más que con el oído.

Y este año el corazón llevaba semanas latiendo al ritmo de J Kbello.

Las lágrimas del gaditano no fueron las del vencedor de un concurso. Fueron las de alguien que necesitaba demostrarse a sí mismo que todos aquellos que un día le dijeron que no servía estaban equivocados. La televisión vive de historias. Y ninguna había sido tan redonda esta temporada como la suya.

Nos queda el gran sabor de boca de haber asistido a una exhibición vocal soberbia por parte de todos los implicados, el debate eterno sobre las injusticias del televoto que alimentará los foros televisivos durante las próximas semanas (insisto, lo de Cristina tardará en olvidarse), y la certeza absoluta de que Antena 3 ha encontrado una mina de oro que sigue dando muestras de una salud de hierro.

Paradójicamente, mientras Cristina Castaño interpretaba The Winner Takes It All, quien terminó llevándoselo todo fue precisamente el concursante que nunca dejó de comportarse como si todavía tuviera algo que demostrar. Ahí estuvo la verdadera victoria de J Kbello. No en el 51% de los votos. Sino en conseguir que, por una noche, hasta quienes no habían apostado por él acabaran emocionándose con sus lágrimas.

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