El pasado agosto fue excepcional incluso para Galicia. Una comunidad acostumbrada a convivir con veranos duros tuvo que enfrentarse a fuegos de una magnitud pocas veces vista. Su virulencia puso al límite a miles de efectivos, desde bomberos y agentes medioambientales hasta miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME). El más devastador fue el de Laroco, declarado en Orense y extendido después a León, que arrasó más de 37.000 hectáreas y se convirtió en el símbolo de una campaña negra en la que ardieron cerca de 119.000.
Con la mirada puesta en la devastadora ola de incendios de 2025, la Xunta reorganiza su estrategia para hacer frente a una amenaza cada vez más compleja
El pasado agosto fue excepcional incluso para Galicia. Una comunidad acostumbrada a convivir con veranos duros tuvo que enfrentarse a fuegos de una magnitud pocas veces vista. Su virulencia puso al límite a miles de efectivos, desde bomberos y agentes medioambientales hasta miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME). El más devastador fue el de Laroco, declarado en Orense y extendido después a León, que arrasó más de 37.000 hectáreas y se convirtió en el símbolo de una campaña negra en la que ardieron cerca de 119.000.
Aquello dejó una certeza incómoda: el enemigo había cambiado. La simultaneidad de los focos, la velocidad con la que avanzaban y la presión sobre unos equipos curtidos tras décadas de experiencia obligaron a revisar viejas certezas. Ahora, con otro verano a las puertas y los primeros incendios de la campaña dejando ya sus primeras cicatrices, la prioridad es evitar que aquella historia vuelva a repetirse. «Los escenarios han cambiado y nosotros tenemos que cambiar con ellos. Ya no basta con estar preparados para responder. Tenemos que adelantarnos y apoyarnos en herramientas que nos permitan tomar decisiones con mayor rapidez», explica el director general de Defensa del Monte, Manuel Francisco Gutiérrez.
La transformación se aprecia nada más cruzar las puertas del Centro de Coordinación Central de Defensa contra los Incendios Forestales, en Santiago de Compostela. Una inmensa pared de pantallas muestra mapas dinámicos, imágenes del territorio, previsiones meteorológicas, recursos desplegados y avisos en tiempo real. Todo converge en XeoCode, la plataforma que actúa como cerebro del sistema. «Con este sistema concentramos toda la información relevante y la compartimos en tiempo real con los centros provinciales y con quienes están trabajando sobre el terreno, para que todos operen con los mismos datos y puedan tomar decisiones de forma coordinada», detalla.
Cuando se produce un aviso, la aplicación localiza automáticamente el punto sobre el mapa, selecciona la cámara más adecuada entre las 241 distribuidas en 111 centros de toda Galicia y ofrece imágenes en directo para comprobar la situación en apenas unos segundos. Así se evita tener que desplazar efectivos únicamente para verificar la incidencia y se agiliza la movilización de recursos desde el primer momento. Esa capacidad, «permite ganar entre 15 y 20 minutos en la fase inicial», un margen que puede marcar la diferencia entre un conato controlado y una emergencia de grandes dimensiones.
«Pero ya ni siquiera eso es suficiente. Si queremos evitar situaciones como las del año pasado, no nos sirve sólo con ganar unos minutos. Tenemos que ser capaces de detectar situaciones de riesgo incluso antes de que aparezcan las primeras llamas», insiste Gutiérrez.
De esa convicción nace una de las principales apuestas del Plan de prevención y defensa contra los incendios forestales de Galicia (Pladiga) para este año: la incorporación de inteligencia artificial al dispositivo.
La herramienta ya se había probado durante la pasada campaña, pero ahora llega mucho más afinada tras haber sido entrenada con miles de imágenes y horas de grabación acumuladas por la red de vigilancia a lo largo de décadas, además de datos obtenidos a partir de quemas prescritas realizadas expresamente para perfeccionar los algoritmos.
«El mayor activo de la lucha contra el fuego en Galicia es la experiencia acumulada durante décadas. La IA bebe precisamente de ella. Cuando detecta una posible incidencia, la compara con toda la información almacenada en nuestro sistema y analiza automáticamente formas, colores, movimiento y comportamiento para determinar si existe una amenaza real o si se trata de un falso aviso. Sólo cuando supera todos esos filtros genera una alerta para que pueda ser revisada por una persona del equipo», afirma.
El director general reconoce que estos sistemas «cada vez tienen menos alucinaciones», pero insiste en que la inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta «al servicio de quienes toman las decisiones» y que la última palabra «siempre debe ser la humana».
Otra de las novedades de esta campaña llegará desde el aire. Tres drones de última generación desarrollados con tecnología gallega se encuentran ya en fase de pruebas. La intención es que puedan manejarse directamente desde Santiago, de manera que el operador señale sobre el mapa el punto que desea inspeccionar y el aparato se dirija automáticamente hacia él para enviar imágenes en tiempo real como apoyo adicional a las cámaras estáticas desplegadas por toda la comunidad.
Además, la Consejería de Medio Rural ha puesto en marcha la aplicación móvil Alume, con la que cualquier ciudadano podrá alertar de la aparición de un incendio y contribuir a acelerar la respuesta. Porque, por sofisticados que sean los sistemas, «la prioridad sigue siendo proteger a las personas».
Algo que subraya especialmente el jefe de la Unidad de Dirección de Extinción (UDES), José Nieto. Estuvo en primera línea durante los momentos más críticos del verano pasado y, aunque se muestra convencido de que Galicia afronta esta campaña mejor preparada, todavía le incomoda que, al recordar aquellos días, la conversación se detenga únicamente en la devastación. «Todos recuerdan lo que el fuego se llevó; nosotros también recordamos las casas que no ardieron y las vidas que no se perdieron. Más de 400 núcleos de población estuvieron amenazados y hubo momentos en los que todo pudo salir mucho peor. Por eso, cuando recordamos episodios como los del pasado agosto, conviene fijarse también en todo aquello que conseguimos arrebatarle al fuego. Esa es, probablemente, la victoria más importante».
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