Chile, cuarenta años después. ¿Cómo se construye un periodista?

Siempre he creído que el periodista nace en la cuna y muere en la tumba. Seguro que hay miles de periodistas que creen que esta frase no tiene ningún sentido. Lo entiendo perfectamente. Empezamos la carrera con ilusión, queremos mejorar el mundo con reportajes, crónicas, análisis, entrevistas. El mundo cambia poco y nosotros cambiamos mucho. Los años no pasan en balde. Reverdecen nuestros sueños que el inconmensurable paso del tiempo acaba marchitando.

Mi cuna como periodista empezó cuando tenía ocho años y mi padre me daba los domingos cinco pesetas en Barcelona para que fuera a comprar La Vanguardia y un puñado de tebeos al quiosco. Aunque me gustaba más coleccionar sellos. Con el tiempo empecé a soñar con los países de mis sellos y creer, en plena adolescencia, que esa profesión, la de periodista, me permitiría viajar, el sueño oculto de mi infancia.

Con 15 años iba cada día al instituto con un periódico debajo del brazo que, confieso, era deportivo. Pero era el alumno mejor informado porque me leía todas las páginas. El coste era de siete pesetas, una cantidad con la que se podía comprar refrescos y algunos dulces. El sacrificio era muy alto.

En el verano de 1975 comencé a trabajar como camarero en la playa del Milagro de Tarragona. Estaba en la época del gateo como futuro periodista y ya tomaba conciencia del mundo en que vivía al devorar las páginas de Internacional. Tuvieron que pasar varios años hasta que hice mi primer viaje en setiembre de 1980 al extranjero con dos compañeros del instituto, que trabajábamos en el mismo bar y nos íbamos de farra a Salou.

Una semana antes del viaje, los generales turcos dieron un golpe de Estado. Mis queridos amigos quisieron cancelar el viaje y me inventé una llamada a la embajada de Turquía. Les dije que me habían asegurado que el país estaba tranquilo. Por nada del mundo quería perderme lo que estaba pasando con los carros de combate en las calles y los soldados con las caras tiznadas de negro.

Cuando aterrizamos la madrugada del sábado 20 de setiembre en Estambul, nos dimos cuenta de que la broma se había acabado: el estado de sitio y el toque de queda imperaban en el país. Pero nosotros necesitábamos una pensión de mala muerte para pasar lo que quedaba de noche y paseamos un par de horas por las calles completamente vacías hasta que unos soldados nos dieron el alto. Tuvimos suerte de que estaban tranquilos y relajados.

En setiembre de 1982, hace 44 años, llegué por primera vez a Israel y los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza, donde el ejército israelí imponía la bota militar sin contemplaciones. Lejos en el tiempo estaba la primera Intifada de las piedras contra las balas, el nacimiento de Hamás, la sangrienta segunda Intifada y todos los desastres habidos y por haber de las últimas cuatro décadas.

Mi bautismo de fuego, el de verdad, fue en Centroamérica a partir de octubre de 1984 cuando ya había concluido mis estudios universitarios. Con todo lo ahorrado durante los tres meses de verano trabajando a destajo y sirviendo paellas a muchos maños, decidí tomarme un año sabático que empecé con un viaje a Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

No conseguí vender un solo reportaje, pero aprendí muchísimo observando como trabajaban los más veteranos. Allí me di cuenta que ser un periodista de conflicto no era ningún juego. O me especializaba de verdad o podían pasar dos cosas: que me matasen en la primera esquina violenta o me fuese a casa encogido por el desaliento.

Sí tengo muy claro que nací como un verdadero periodista en Chile a partir de noviembre de 1986, en un largo viaje que duró tres meses bajo el régimen criminal, cobarde y corrupto del general Augusto Pinochet. Logré la acreditación de prensa internacional como enviado especial de un diario tarraconense, Catalunya Sud, que acababa de nacer, donde publiqué varios reportajes, entre ellos mi primero sobre los desaparecidos, pero nunca me pagaron.

Ese viaje también me supuso conseguir historias periodísticas que publiqué, por primera vez en mí entonces corta vida de reportero, en Heraldo de Aragón en marzo de 1987 y en El País en mayo, dos meses después. Nunca olvidaré las palabras de José Luis Trasobares, subdirector del diario aragonés, cuando me recibió en su despacho: «Me gustan mucho, los vamos a publicar y te lo vamos a pagar». Y así nació mi relación eterna con esta casa.

Mis primeros reportajes en Heraldo de Aragón, hace casi 40 años, se llamaron El Chile que el Papa no verá, coincidiendo con el viaje de Juan Pablo II, y un informe brutal sobre las violaciones de derechos humanos que cubrió toda la contraportada de un diario que tenía la largura de una sábana por aquel entonces.

En El País publiqué una entrevista con uno de los fusileros, Victor Díaz, que había participado en el atentado de Pinochet, hijo de un desaparecido, que había sido detenido, torturado y encarcelado en una prisión de alta seguridad, y un reportaje sobre La Caravana de la Muerte.

La lectura de este reportaje le sirvió al cantante Víctor Manuel, según me confesó años después, para componer una canción única y maravillosa, Mujer de Calama, cuya estrofa central empieza con «Mujer de Calama con tu memoria haremos la siembra para la historia….tejiendo madejas con los recuerdos…». En la entradilla escribí, quizá con el riesgo que se asume cuando uno todavía es joven, que «el escándalo amenaza con salpicar al general Pinochet».

El caso provocaría el desafuero del dictador el 8 de agosto de 2000 aprobado con mayoría absoluta por la Corte Suprema de Chile. El juez Juan Guzmán solicitó el desafuero por existir sospechas fundadas de su participación en los secuestros de 19 prisioneros cuyos restos continuaban en paradero desconocido.

En su resolución judicial, la Corte Suprema, que había rechazado 5.000 recursos de amparo y habeas corpus durante la dictadura, y era muy culpable de las atrocidades cometidas, dictaminó en su resolución histórica que la Ley de Amnistía, que impedía juzgar a los militares implicados en ejecuciones extrajudiciales, sólo podría aplicarse una vez que se hubiese agotado la investigación y se determinase las responsabilidades criminales.

El juez Guzmán ordenó el lunes 29 de enero de 2001 el arresto y el procesamiento criminal de Pinochet como «autor inductor» del homicidio de 57 prisioneros y el secuestro de otros 18 en el caso Caravana de la Muerte.

Setenta y cinco personas perdieron la vida. Un número similar de mujeres quedaron viudas. Algunas madres sufrieron serias perturbaciones mentales o se suicidaron. Más de 120 niños quedaron huérfanos. Tres mujeres de Calama estaban a punto de dar a luz. Sus maridos nunca conocieron a sus hijos que nacieron huérfanos o en una situación legal aún más perversa: hijo de un desaparecido.

Un poema escrito por Rubén Soto, esculpido en el lugar escogido para los fusilamientos de Calama, grita: «¿Dónde están? Sabemos que no son sin saber dónde están. Están con el sol de compañero en la piedad del silencio».

Cuarenta años después he vuelto a Chile con un objetivo: regresar a los lugares donde se produjeron los crímenes, La Serena, Copiapó, Antofagasta y Calama, reencontrarme con los familiares de las víctimas que siguen vivos y recordar que la violencia deja unos traumas imposibles de superar. ¿Quiénes son las víctimas principales? Los «injusticiados», una palabra que inventó José Saramago para mi libro La Caravana de la Muerte que publiqué en 2001, o los familiares que han tardado casi medio siglo en obtener una reparación por parte del estado chileno.

Por este serial pasará Rosa Silva, hija de Mario Silva, ejecutado en Antofagasta, que en diciembre de 1986 me dijo: «Un día ese caso provocará una gran consternación». Y siguiendo su consejo viajé al norte de Chile tras la estela de la Caravana de la Muerte; Marlinda Alcayaga, cuyo padre Carlos Alcayaga, fue fusilado en La Serena, y ella se enteró en el colegio cuando era menor de 10 años; Adi Gamboa, hija de Alfonso Gamboa, ejecutado en Copiapó que solo recuerda escenas puntuales de su vida en la niñez con él; Violeta Berrios, que hoy tiene 88 años, compañera de Mario Argüelles, fusilado en Calama del que se encontraron algunos restos, y otros familiares.

Y también pasará por este serial mi querida Viviana Díaz, la presidenta de la Asociación de Detenidos-Desaparecidos de Chile que luchó hasta conseguir que se celebrase un juicio contra los máximos responsables de las torturas, la ejecución y la desaparición de su padre, tirado al mar en un vuelo de la muerte, y que hoy lamentablemente sufre alzeimer.

 Sí tengo muy claro que nací como un verdadero periodista en Chile a partir de noviembre de 1986, en un largo viaje que duró tres meses bajo el régimen criminal, cobarde y corrupto del general Augusto Pinochet.  

Siempre he creído que el periodista nace en la cuna y muere en la tumba. Seguro que hay miles de periodistas que creen que esta frase no tiene ningún sentido. Lo entiendo perfectamente. Empezamos la carrera con ilusión, queremos mejorar el mundo con reportajes, crónicas, análisis, entrevistas. El mundo cambia poco y nosotros cambiamos mucho. Los años no pasan en balde. Reverdecen nuestros sueños que el inconmensurable paso del tiempo acaba marchitando.

Mi cuna como periodista empezó cuando tenía ocho años y mi padre me daba los domingos cinco pesetas en Barcelona para que fuera a comprar La Vanguardia y un puñado de tebeos al quiosco. Aunque me gustaba más coleccionar sellos. Con el tiempo empecé a soñar con los países de mis sellos y creer, en plena adolescencia, que esa profesión, la de periodista, me permitiría viajar, el sueño oculto de mi infancia.

Con 15 años iba cada día al instituto con un periódico debajo del brazo que, confieso, era deportivo. Pero era el alumno mejor informado porque me leía todas las páginas. El coste era de siete pesetas, una cantidad con la que se podía comprar refrescos y algunos dulces. El sacrificio era muy alto.

En el verano de 1975 comencé a trabajar como camarero en la playa del Milagro de Tarragona. Estaba en la época del gateo como futuro periodista y ya tomaba conciencia del mundo en que vivía al devorar las páginas de Internacional. Tuvieron que pasar varios años hasta que hice mi primer viaje en setiembre de 1980 al extranjero con dos compañeros del instituto, que trabajábamos en el mismo bar y nos íbamos de farra a Salou.

Una semana antes del viaje, los generales turcos dieron un golpe de Estado. Mis queridos amigos quisieron cancelar el viaje y me inventé una llamada a la embajada de Turquía. Les dije que me habían asegurado que el país estaba tranquilo. Por nada del mundo quería perderme lo que estaba pasando con los carros de combate en las calles y los soldados con las caras tiznadas de negro.

Cuando aterrizamos la madrugada del sábado 20 de setiembre en Estambul, nos dimos cuenta de que la broma se había acabado: el estado de sitio y el toque de queda imperaban en el país. Pero nosotros necesitábamos una pensión de mala muerte para pasar lo que quedaba de noche y paseamos un par de horas por las calles completamente vacías hasta que unos soldados nos dieron el alto. Tuvimos suerte de que estaban tranquilos y relajados.

En setiembre de 1982, hace 44 años, llegué por primera vez a Israel y los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza, donde el ejército israelí imponía la bota militar sin contemplaciones. Lejos en el tiempo estaba la primera Intifada de las piedras contra las balas, el nacimiento de Hamás, la sangrienta segunda Intifada y todos los desastres habidos y por haber de las últimas cuatro décadas.

Mi bautismo de fuego, el de verdad, fue en Centroamérica a partir de octubre de 1984 cuando ya había concluido mis estudios universitarios. Con todo lo ahorrado durante los tres meses de verano trabajando a destajo y sirviendo paellas a muchos maños, decidí tomarme un año sabático que empecé con un viaje a Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

No conseguí vender un solo reportaje, pero aprendí muchísimo observando como trabajaban los más veteranos. Allí me di cuenta que ser un periodista de conflicto no era ningún juego. O me especializaba de verdad o podían pasar dos cosas: que me matasen en la primera esquina violenta o me fuese a casa encogido por el desaliento.

Sí tengo muy claro que nací como un verdadero periodista en Chile a partir de noviembre de 1986, en un largo viaje que duró tres meses bajo el régimen criminal, cobarde y corrupto del general Augusto Pinochet. Logré la acreditación de prensa internacional como enviado especial de un diario tarraconense, Catalunya Sud, que acababa de nacer, donde publiqué varios reportajes, entre ellos mi primero sobre los desaparecidos, pero nunca me pagaron.

Ese viaje también me supuso conseguir historias periodísticas que publiqué, por primera vez en mí entonces corta vida de reportero, en Heraldo de Aragón en marzo de 1987 y en El País en mayo, dos meses después. Nunca olvidaré las palabras de José Luis Trasobares, subdirector del diario aragonés, cuando me recibió en su despacho: «Me gustan mucho, los vamos a publicar y te lo vamos a pagar». Y así nació mi relación eterna con esta casa.

Mis primeros reportajes en Heraldo de Aragón, hace casi 40 años, se llamaron El Chile que el Papa no verá, coincidiendo con el viaje de Juan Pablo II, y un informe brutal sobre las violaciones de derechos humanos que cubrió toda la contraportada de un diario que tenía la largura de una sábana por aquel entonces.

En El País publiqué una entrevista con uno de los fusileros, Victor Díaz, que había participado en el atentado de Pinochet, hijo de un desaparecido, que había sido detenido, torturado y encarcelado en una prisión de alta seguridad, y un reportaje sobre La Caravana de la Muerte.

La lectura de este reportaje le sirvió al cantante Víctor Manuel, según me confesó años después, para componer una canción única y maravillosa, Mujer de Calama, cuya estrofa central empieza con «Mujer de Calama con tu memoria haremos la siembra para la historia….tejiendo madejas con los recuerdos…». En la entradilla escribí, quizá con el riesgo que se asume cuando uno todavía es joven, que «el escándalo amenaza con salpicar al general Pinochet».

El caso provocaría el desafuero del dictador el 8 de agosto de 2000 aprobado con mayoría absoluta por la Corte Suprema de Chile. El juez Juan Guzmán solicitó el desafuero por existir sospechas fundadas de su participación en los secuestros de 19 prisioneros cuyos restos continuaban en paradero desconocido.

En su resolución judicial, la Corte Suprema, que había rechazado 5.000 recursos de amparo y habeas corpus durante la dictadura, y era muy culpable de las atrocidades cometidas, dictaminó en su resolución histórica que la Ley de Amnistía, que impedía juzgar a los militares implicados en ejecuciones extrajudiciales, sólo podría aplicarse una vez que se hubiese agotado la investigación y se determinase las responsabilidades criminales.

El juez Guzmán ordenó el lunes 29 de enero de 2001 el arresto y el procesamiento criminal de Pinochet como «autor inductor» del homicidio de 57 prisioneros y el secuestro de otros 18 en el caso Caravana de la Muerte.

Setenta y cinco personas perdieron la vida. Un número similar de mujeres quedaron viudas. Algunas madres sufrieron serias perturbaciones mentales o se suicidaron. Más de 120 niños quedaron huérfanos. Tres mujeres de Calama estaban a punto de dar a luz. Sus maridos nunca conocieron a sus hijos que nacieron huérfanos o en una situación legal aún más perversa: hijo de un desaparecido.

Un poema escrito por Rubén Soto, esculpido en el lugar escogido para los fusilamientos de Calama, grita: «¿Dónde están? Sabemos que no son sin saber dónde están. Están con el sol de compañero en la piedad del silencio».

Cuarenta años después he vuelto a Chile con un objetivo: regresar a los lugares donde se produjeron los crímenes, La Serena, Copiapó, Antofagasta y Calama, reencontrarme con los familiares de las víctimas que siguen vivos y recordar que la violencia deja unos traumas imposibles de superar. ¿Quiénes son las víctimas principales? Los «injusticiados», una palabra que inventó José Saramago para mi libro La Caravana de la Muerte que publiqué en 2001, o los familiares que han tardado casi medio siglo en obtener una reparación por parte del estado chileno.

Por este serial pasará Rosa Silva, hija de Mario Silva, ejecutado en Antofagasta, que en diciembre de 1986 me dijo: «Un día ese caso provocará una gran consternación». Y siguiendo su consejo viajé al norte de Chile tras la estela de la Caravana de la Muerte; Marlinda Alcayaga, cuyo padre Carlos Alcayaga, fue fusilado en La Serena, y ella se enteró en el colegio cuando era menor de 10 años; Adi Gamboa, hija de Alfonso Gamboa, ejecutado en Copiapó que solo recuerda escenas puntuales de su vida en la niñez con él; Violeta Berrios, que hoy tiene 88 años, compañera de Mario Argüelles, fusilado en Calama del que se encontraron algunos restos, y otros familiares.

Y también pasará por este serial mi querida Viviana Díaz, la presidenta de la Asociación de Detenidos-Desaparecidos de Chile que luchó hasta conseguir que se celebrase un juicio contra los máximos responsables de las torturas, la ejecución y la desaparición de su padre, tirado al mar en un vuelo de la muerte, y que hoy lamentablemente sufre alzeimer.

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