Un doloroso corolario

Sánchez sortea su negligencia y omisión presupuestaria preceptuando a Puente a señalar a los trabajadores del centro de control de Atocha. A su modo, también lo ha hecho Sánchez. Como la tragedia es «inasumible» para el gremio del ferrocarril y para el país, pero no para el Gobierno, al menos uno de sus peones ha de pagar. Según el funcionamiento de la organización que dirige Sánchez, el magro consuelo para el trabajador ofrendado es que se le prometa un salvoconducto y retiro dorado cuando pase la tormenta política y judicial. La organización premiaría su sacrificio y calvario, mucho mayor que el del indolente e inconmovible Puente. Para ello necesitaría retener el poder. La organización sólo sobrevivirá si lo conserva.

 No eran necesarios 115 muertos para constatar la quiebra moral de un Gobierno y funcional de un país  

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Sánchez sortea su negligencia y omisión presupuestaria preceptuando a Puente a señalar a los trabajadores del centro de control de Atocha. A su modo, también lo ha hecho Sánchez. Como la tragedia es «inasumible» para el gremio del ferrocarril y para el país, pero no para el Gobierno, al menos uno de sus peones ha de pagar. Según el funcionamiento de la organización que dirige Sánchez, el magro consuelo para el trabajador ofrendado es que se le prometa un salvoconducto y retiro dorado cuando pase la tormenta política y judicial. La organización premiaría su sacrificio y calvario, mucho mayor que el del indolente e inconmovible Puente. Para ello necesitaría retener el poder. La organización sólo sobrevivirá si lo conserva.

CCOO, UGT y otros sindicatos no parecen dispuestos a participar del ritual de expiación. Eso nos traslada a su posición en la lubricada huelga del 11-N, que puede provocar la última cabriola binaria de Sánchez: devolver a los sindicatos al franquismo. Entonces no eran de clase, se organizaban por sectores. Si Sánchez consigue dividir también a los sindicatos y automática e inopinadamente ubica en la «internacional ultraderechista» al del ferrocarril, percutirá en la involución que pilota, aunque asegure librarnos de otra que no existe.

Puente es un actor. El viernes se desempeñó como tal: arremangado, dilatado y persuasivo. Sus palmeros desempolvaron los apuntes de Adamuz. Elogiaron que habló durante mucho rato, aunque lo hiciera para confundir, y criticaron a colegas por repreguntar. Prodigarse vacuo es la técnica que Puente escogió tras el accidente de Adamuz y repite ahora tras el de Urda.

Como en ambos casos las causas obedecen a la falta de inversión y renovación del sistema ferroviario y la dejadez e inoperancia del Ministerio -que desatendió las recomendaciones que la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios hizo en 2022-, la ingrávida y esquiva respuesta es la misma y obliga a leales y pesebreros a retratarse y entregarse a una doctrina que trasciende la gestión. La política en carne viva es ideología, y la ideología exige matar -inmolación- y morir. El error humano consiste en naturalizarla como vehículo de acción política y normalizar el deterioro de los servicios públicos, la asfixia impositiva y el clientelismo como práctica redentora.

El viernes Francisco Pascual escribió aquí: «Los datos [de calidad democrática] son consistentes con una dinámica populista que expulsa de las élites de los partidos a los dirigentes con mayor capacidad y los reemplaza por agitadores, cuando no corruptos. Como el incentivo no es la gestión excelente, sino retener el poder, la gangrena se extiende de los cargos de confianza a los puestos técnicos y los servicios quiebran». No eran necesarios 115 muertos para constatar la quiebra moral de un Gobierno y funcional de un país. Son su doloroso corolario.

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