Alberto II de Mónaco: «La inestabilidad geopolítica no hace menos urgente la crisis climática, pero sí está complicando su ejecución»

Hay entrevistados que necesitan poca presentación y aunque Alberto II de Mónaco (Mónaco, 1958) es uno de ellos, vamos a intentarlo. Hijo de Rainiero de Mónaco y de Grace Kelly, es el príncipe soberano de Mónaco desde 2005, cuando sucedió a su padre. Su nombre completo es Alberto Alejandro Luis Pedro Grimaldi, es el hermano mediano, entre Carolina y Estefanía, y su madrina de bautismo fue la reina Victoria Eugenia. Está casado con Charlene Wittstock, hoy princesa Charlene de Mónaco, con la que tiene dos hijos. Hasta aquí, nadie sorprendido. Sin embargo y pese a ser uno de los jefes de estado más conocidos del mundo, poca gente sabe que Alberto de Mónaco tiene otra ocupación.

 El jefe de Estado de Mónaco impulsa desde hace 20 años una fundación centrada en la regeneración de los océanos y la biodiversidad: «El coste de la inacción será más alto»  

Hay entrevistados que necesitan poca presentación y aunque Alberto II de Mónaco (Mónaco, 1958) es uno de ellos, vamos a intentarlo. Hijo de Rainiero de Mónaco y de Grace Kelly, es el príncipe soberano de Mónaco desde 2005, cuando sucedió a su padre. Su nombre completo es Alberto Alejandro Luis Pedro Grimaldi, es el hermano mediano, entre Carolina y Estefanía, y su madrina de bautismo fue la reina Victoria Eugenia. Está casado con Charlene Wittstock, hoy princesa Charlene de Mónaco, con la que tiene dos hijos. Hasta aquí, nadie sorprendido. Sin embargo y pese a ser uno de los jefes de estado más conocidos del mundo, poca gente sabe que Alberto de Mónaco tiene otra ocupación.

Impulsa desde hace 20 años una Fundación que lleva su nombre y que ha movilizado más de 122 millones de euros para financiar unos 830 proyectos en cerca de un centenar de países. Ha convertido así a la pequeña monarquía mediterránea en un actor de referencia en la financiación de iniciativas relacionadas con los océanos, la biodiversidad, el clima o los recursos hídricos y su actividad sirve como catalizador para atraer capital privado hacia la economía azul y demostrar que la restauración del capital natural es también una oportunidad de negocio. «Tenemos que dejar de enfrentar beneficio económico y protección de la naturaleza», sostiene. «El coste de la inacción será mucho mayor que el de actuar ahora».

España ocupa un lugar destacado en la estrategia de esta Fundación y hace justo 10 años abrió aquí una delegación que lidera Carol Portabella. Alberto de Mónaco ha visitado Madrid con motivo de esta efeméride que, además, coincide con el 150 aniversario de las relaciones diplomáticas entre el Principado y nuestro país. Fue recibido en Zarzuela por los Reyes, Felipe y Letizia, y atiende horas después a Actualidad Económica en el hotel en el que se aloja en la capital española.

¿Cuál cree que ha sido el mayor retorno social y ambiental de la inversión que ha movilizado su fundación en estos 20 años?
Al reflexionar sobre estos últimos veinte años, creo que el mayor logro de la Fundación no es necesariamente uno u otro proyecto concreto. Ha habido iniciativas extraordinarias relacionadas con los océanos, los bosques, la biodiversidad o la lucha contra la contaminación. Pienso, por ejemplo, en Beyond Med, centrado en combatir los plásticos en el Mediterráneo, o en los proyectos desarrollados en las regiones polares. Sin embargo, el principal éxito de la Fundación ha sido su capacidad para generar un efecto multiplicador.
¿A qué se refiere?
Hemos conseguido atraer atención hacia problemas que durante mucho tiempo permanecieron en segundo plano y convertirnos, junto con nuestros socios y otras organizaciones, en una auténtica plataforma internacional de acción para los océanos, la biodiversidad, el clima y también los recursos hídricos, un ámbito del que a menudo se habla menos, pero que es igualmente esencial.
¿Qué huella están dejando?
Hemos apoyado más de 800 proyectos en casi un centenar de países, reuniendo a científicos, ONG, responsables políticos, filántropos y empresas. Y hemos contribuido a ampliar soluciones que, de otro modo, habrían permanecido aisladas.
¿De qué está más orgulloso?
Me siento especialmente orgulloso de que la Fundación haya ayudado a crear un verdadero sentido de acción colectiva. La filantropía ambiental puede actuar como catalizador. Proporciona financiación, por supuesto, pero sobre todo conecta a las personas, aporta credibilidad, acelera iniciativas e inspira a actuar.
Hace falta darle impulso a esa acción colectiva, ¿no?
Llevamos años defendiendo una idea muy simple: nadie puede resolver estos desafíos por sí solo. Científicos, sociedad civil, empresas y responsables políticos deben trabajar juntos para encontrar soluciones para nuestro planeta y su futuro.
¿Qué papel tiene el sector privado?
Implicamos al sector privado, ayudando a movilizar inversión y demostrando que el coste de la inacción será mucho mayor que el coste de actuar ahora. Existen soluciones y debemos escalarlas. Requieren inversiones importantes al principio, pero estoy convencido de que recogeremos sus beneficios en el futuro.
No es habitual que un jefe de Estado impulse personalmente una fundación ambiental. ¿Qué le llevó a dar ese paso?
Soy consciente de que no es algo frecuente, pero responde a dos razones muy claras.
¿Cuáles?
La primera tiene que ver con mi legado familiar. Mis antepasados mantuvieron siempre una relación muy estrecha con la naturaleza. Mi tatarabuelo, el príncipe Alberto I, fue un pionero de la oceanografía y lideró numerosas expediciones científicas. Su interés iba mucho más allá del mar; apoyó investigaciones sobre los orígenes de la humanidad y financió numerosos trabajos científicos, también en España. Mi padre, por su parte, impulsó diversas iniciativas relacionadas con la protección del Mediterráneo. Por tanto, existe una continuidad histórica.
¿Y la segunda?
La segunda razón es la urgencia. Sentí que era necesario hacer más. Mónaco ya desarrollaba numerosas iniciativas a través de distintas instituciones, pero yo quería acelerar determinadas acciones y responder a desafíos que se estaban volviendo cada vez más apremiantes.
¿Cómo se sensibilizó de esa urgencia?
Durante mis viajes observé la creciente presión sobre los ecosistemas terrestres y marinos. Comprendí que, si no actuábamos para frenar el deterioro del mundo natural, estaríamos comprometiendo las condiciones que hacen posible nuestro propio futuro. Estoy muy orgulloso de lo que hemos conseguido como una fundación relativamente pequeña en comparación con otras organizaciones internacionales. Hemos encontrado socios adecuados y construido alianzas sólidas. Además, hemos contribuido a reducir la distancia que existía entre el mundo empresarial, la filantropía y las soluciones ambientales.
¿Qué cliché ha derribado?
Hemos intentado demostrar algo fundamental: si se invierte en soluciones basadas en la naturaleza también se puede generar rentabilidad. Tenemos que dejar de enfrentar beneficio económico y protección del medio ambiente. Las soluciones existen y tiene sentido económico proteger la naturaleza.
Históricamente, la sostenibilidad ha sido vista por muchas compañías como un coste añadido o como una cuestión reputacional. ¿Cómo ha evolucionado la visión de los líderes empresariales?
El cambio ha sido profundo. Hace dos décadas, el compromiso ambiental se percibía a menudo como un gasto, un gesto simbólico o una forma de filantropía. Hoy los líderes económicos más avanzados entienden que la sostenibilidad forma parte de la estrategia empresarial. Es un elemento esencial para la resiliencia y para la competitividad.
¿De qué modo se han convencido?
El cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la presión sobre los recursos naturales ya no son cuestiones abstractas. Afectan directamente a las cadenas de suministro, a las infraestructuras, a la seguridad alimentaria, a los costes energéticos y a la estabilidad social. Cada vez existe una mayor conciencia de que proteger la naturaleza significa proteger los fundamentos mismos de la actividad económica.
¿Falta camino?
Sí. Eso no quiere decir que la transición esté completada. Sigue existiendo una distancia considerable entre los compromisos anunciados y los resultados reales. Pero la gran transformación es que la sostenibilidad ha pasado de estar en los márgenes a ocupar un lugar central en los consejos de administración. Ya no hablamos únicamente de filantropía, sino de gobernanza, innovación, gestión del riesgo y responsabilidad corporativa.
Usted ha impulsado iniciativas como el Monaco Blue Initiative o el Blue Economy and Finance Forum para acercar el capital privado a la protección de los océanos. ¿Cómo se convence al inversor de que es una oportunidad económica?
No se convence a los inversores apelando únicamente a razones morales. Se les convence demostrando que no existe una economía resiliente sin un océano saludable. El océano sostiene sistemas alimentarios, transporte marítimo, infraestructuras costeras, turismo, regulación climática y numerosas cadenas globales de valor. Su protección es una condición necesaria para generar valor a largo plazo. El Blue Economy and Finance Forum nace precisamente con ese objetivo: conectar las cuestiones de gobernanza con emprendedores, inversores y capital. La experiencia de nuestro ReOcean Fund confirma esta visión. Estamos encontrando oportunidades muy interesantes en ámbitos como la reducción de la contaminación marina, la transformación de la acuicultura y los alimentos procedentes del mar, la descarbonización del transporte marítimo, la restauración de ecosistemas marinos y la mejora de los sistemas de datos oceánicos. Son sectores donde la necesidad ambiental y la demanda del mercado convergen de forma cada vez más evidente.
Cada año moviliza a científicos, emprendedores o deportistas en sus grupos de Re.Generation. ¿Por qué cree que es importante implicar a segmentos tan dispares de la sociedad?
Porque ante la emergencia ambiental necesitamos movilizar a todos los actores dispuestos a participar. No solo a instituciones, empresas o científicos, sino también a asociaciones, ciudadanos y deportistas.
¿Qué les aporta un deportista?
Los atletas son referentes para millones de personas. Su compromiso puede convertirse en un poderoso instrumento de sensibilización. Además, ellos mismos tienen interés en preservar el entorno en el que desarrollan su actividad: aire limpio, agua limpia y espacios naturales protegidos. Si queremos impulsar cambios reales debemos transmitir los mensajes adecuados a las audiencias adecuadas. Por eso el deporte es una herramienta tan poderosa. Representa valores como el esfuerzo, el trabajo en equipo, el respeto a las reglas, la solidaridad y el respeto por el entorno natural. Muchos deportistas han asumido ya un papel activo en campañas de concienciación ambiental. Lo vemos también en la colaboración entre mi Fundación y la Fundación Princesa Charlene de Mónaco.
¿Cómo colaboran?
La alianza que formalizamos recientemente combina deporte, educación y protección ambiental, especialmente en torno a la conservación del Santuario Pelagos, una de las áreas más importantes del Mediterráneo para la protección de mamíferos marinos. Estoy muy orgulloso de esta colaboración porque nos permite utilizar el deporte para llamar la atención sobre una biodiversidad extraordinaria. Basta alejarse una hora de la costa de Mónaco en determinadas épocas del año para observar ballenas y delfines en libertad. Es una experiencia extraordinaria y un recordatorio de todo lo que aún merece ser protegido.
Mirando hacia los próximos 20 años, ¿qué debe cambiar para que el capitalismo sea realmente regenerativo?
El principal problema es que seguimos definiendo la transición de forma demasiado limitada. El objetivo de emisiones netas cero es esencial, pero no puede ser nuestro destino final.
¿A qué se refiere?
Necesitamos construir una economía que no se limite a causar menos daño, sino que contribuya activamente a restaurar los sistemas naturales de los que depende nuestra prosperidad. Hoy la restauración sigue estando insuficientemente recompensada, mientras que la destrucción continúa estando infravalorada. Mientras los mercados no asignen un valor adecuado al capital natural, los modelos regenerativos seguirán siendo la excepción.
¿Ve desajuste entre los objetivos, los incentivos y lo que necesitamos?
El verdadero desafío consiste en cambiar las reglas de creación de valor. El Net Zero debe ser el suelo, no el techo. La ambición debe ser construir una economía climáticamente neutra, positiva para la naturaleza y capaz de restaurar las condiciones que hacen posible la vida.
Impulsa herramientas como el Blue Economy Index. ¿No penalizan suficientemente los mercados a las empresas que no se adaptan a la transición ecológica?
Los índices financieros tradicionales incorporan riesgos climáticos y criterios ESG, pero aún no reflejan plenamente el coste de la inacción ecológica.
¿Qué aporta entonces un índice como el Blue Economy Index?
Ayuda a identificar a las empresas y sectores que están contribuyendo realmente a la transición, especialmente en ámbitos vinculados a la salud de los océanos, el uso sostenible de los recursos, el agua o la economía circular.
¿Acabarán pagando un precio quien no se adapte?
Con el tiempo afrontarán una presión creciente a través de la regulación, los costes de los seguros o incluso la reputación. La cuestión es si los mercados anticiparán esta realidad con suficiente rapidez.
¿Cómo está afectando la inestabilidad geopolítica a esta causa?
La inestabilidad geopolítica no hace que la crisis climática sea menos urgente, pero sí hace más difícil su ejecución. Ya no nos enfrentamos a una falta de conocimiento científico. Sabemos qué está en juego, conocemos los riesgos y, en muchos casos, conocemos también las soluciones.
¿Dónde está el cuello de botella?
El desafío consiste ahora en financiarlas e implementarlas a la velocidad y escala necesarias.
¿Qué consecuencias tiene eso sobre los flujos de capital?
En un contexto internacional fragmentado, el capital se vuelve más cauteloso. Como consecuencia, la financiación tiende a dirigirse hacia tecnologías maduras, mercados menos arriesgados y proyectos con retornos más claros a corto plazo.
¿Y qué deja fuera?
Algunas de las necesidades más urgentes: adaptación, protección de la biodiversidad, conservación de los océanos, resiliencia comunitaria y soluciones basadas en la naturaleza.
¿Cómo de importante cree que sigue siendo la filantropía?
Más que nunca. La filantropía suele ser más flexible y está más dispuesta a actuar allí donde otros dudan. Puede apoyar acciones concretas sobre el terreno, mantener la continuidad de proyectos locales y financiar ciencia.
Pero no basta.
Evidentemente no. La filantropía no puede sustituir ni a la financiación pública ni a la inversión privada. La magnitud del desafío es demasiado grande. Pero las crisis climática y de biodiversidad no van a esperar a que la geopolítica se estabilice.
La celebración del 20 aniversario de la Fundación coincide con los 150 años de relaciones diplomáticas entre Mónaco y España. ¿Qué papel desempeña la delegación española?
Estoy particularmente orgulloso de la labor que desarrolla la delegación española. Se ha convertido en un puente capaz de movilizar universidades, medios de comunicación, jóvenes líderes, empresas y actores locales alrededor de desafíos ambientales.
¿Qué destacaría de su actividad?
Su capacidad para conectar ámbitos muy diferentes. Lo vemos en la colaboración con instituciones académicas como IE University, en las exposiciones públicas de nuestros premios de fotografía ambiental o en iniciativas que fomentan la convivencia entre la biodiversidad y las actividades humanas.
¿Tiene también una dimensión diplomática?
Sin duda. En un momento en el que celebramos simultáneamente los veinte años de la Fundación y los 150 años de presencia diplomática de Mónaco en España, demuestra cómo la acción ambiental puede convertirse en una herramienta de diálogo y cooperación en el Mediterráneo.
La Fundación impulsa proyectos como A Blue New Deal for the Balearic Sea, que combinan conservación marina y turismo sostenible. ¿Cómo pueden los grandes destinos turísticos seguir siendo competitivos sin degradar activos naturales?
En lugares como Baleares, el mar no es simplemente un paisaje. Es la base misma de la economía local.
¿Qué implica eso?
Que el agua limpia, los ecosistemas saludables, la biodiversidad y las costas preservadas son elementos esenciales para la calidad de la experiencia turística.
¿Turismo y conservación no son incompatibles?
Al contrario. Debemos demostrar que la protección marina y la economía local pueden reforzarse mutuamente. Eso exige una mejor gestión de la presión costera, de los residuos, una pesca sostenible y áreas marinas realmente eficaces.
¿Quién será más competitivo en el futuro?
En el Mediterráneo y también a escala global, los destinos más competitivos serán aquellos capaces de preservar y regenerar su capital natural.
¿Puede el Mediterráneo convertirse en el gran laboratorio europeo de la economía azul?
El Mediterráneo concentra muchos de los desafíos de nuestro tiempo. Es una de las regiones marinas más presionadas del mundo, con un intenso tráfico marítimo, turismo, pesca, actividad portuaria y desarrollo costero.
Y precisamente por eso…
Precisamente por eso es el laboratorio perfecto. Si somos capaces de desarrollar soluciones eficaces en un entorno tan complejo, podremos replicarlas prácticamente en cualquier lugar del mundo.
A través de Re.Generation trabaja con jóvenes emprendedores y activistas de todo el mundo. ¿Qué ve en ellos que no encontraba en generaciones anteriores?
Lo que más me impresiona es la sinceridad de su compromiso.
¿Qué los hace diferentes?
Entienden que el clima, la biodiversidad, el desarrollo económico y la justicia social están profundamente conectados. Son capaces de trabajar con científicos, empresarios, ONG, inversores, administraciones públicas y comunidades locales.
¿También cambia su forma de liderar?
Sí. Su liderazgo es menos vertical y mucho más colaborativo. Quieren construir coaliciones.
¿Y en el plano económico?
Quizá ahí esté la mayor diferencia. No quieren simplemente reducir el daño. Quieren regenerar.
¿Qué significa eso?
Entienden que la economía debe operar dentro de los límites planetarios y que la prosperidad a largo plazo depende de restaurar ecosistemas, fortalecer comunidades y reconstruir una relación más saludable entre la humanidad y la naturaleza.

 Actualidad Económica. Noticias de Economía Nacional e Internacional

Más Noticias