En cualquier otro marco del siglo, empatar contra el Rayo en Nervión habría desatado la pataleta generalizada del aficionado sevillista. No es que ahora el hincha se conforme con ello, ni que corran tiempos de hambruna deportiva, que los corren. Simplemente, impera la expresión natural de transigir con una realidad irrefutable. Hay unos jugadores que lo dan todo y un equipo que no da para más. Salta a la vista. Y ambos planteamientos validan la figura del entrenador, algo paradójico en un club habituado a triturar técnicos en las últimas campañas. Cómo debe ser el trabajo de Almeyda para haber sido capaz de generar un consenso entre el sevillismo y sus denostados dirigentes. Con los futbolistas bailando en su palma. Alquimia pura. Matías ha pasado de todo en su vida. Los túneles más oscuros. Justo el sanador que le hacía falta a este equipo moribundo con menos recursos cada año y más cantos en el camino. Llegó con la mirada de quien ha cruzado desiertos para devolverle al escudo que no pudo enaltecer como futbolista lo que ha jurado como entrenador. No vino sólo como estratega , aunque hace unos días expresó sus ganas de sentarse a debatir largo y tendido sobre tácticas y fútbol con aquellos que han cuestionado con ligereza su estilo. El mismo con el que ha amarrado 31 puntos en 27 jornadas. Lo que todos, críticos incluidos, habrían firmado con sangre en el mes de agosto.Muy por encima de eso, Almeyda llegó para ser un alquimista . Porque su relevancia en el rendimiento del equipo no se mide sólo en la tabla clasificatoria, sino en la generación de una identidad como grupo que se había esfumado y en el respeto de los rivales (una sola derrota en las ocho jornadas de la segunda vuelta). El técnico argentino ha actuado como una especie de cirujano del ánimo, cosiendo las heridas del endeble vestuario que se encontró para hacerlo fuerte y devolviendo al sevillismo esa fe en los suyos cuando de verdad lo dan todo, por encima del resultado.Bajo su mando, la mística del esfuerzo no es negociable. Es curioso, pero hasta eso le echaron en cara en algún punto del curso, que corran demasiado sus jugadores. Lo que faltaba es que no lo hicieran cuando la calidad rezuma a cuentagotas. Su Sevilla podrá perder, empatar mucho y ganar una vez al mes, pero ya no camina con miedo; el ‘nunca se rinde’ ha dejado de ser un lema de pared para, poco a poco, regresar con el argentino a su hábitat natural en este club, el césped.El alquimista de hoy es aquel que posee la capacidad de transformar situaciones negativas o dolorosas en crecimiento. Alguien que puede convertir la adversidad y la tristeza en fuerza . Los expertos lo asocian con la inteligencia emocional y la resiliencia. No se trata de si el Sevilla es mejor o peor. Lo relevante es que al fin parece un equipo. Almeyda emula a Bukowski con aquello de «no luches contra tus demonios. Tus demonios están aquí para enseñarte lecciones». En cualquier otro marco del siglo, empatar contra el Rayo en Nervión habría desatado la pataleta generalizada del aficionado sevillista. No es que ahora el hincha se conforme con ello, ni que corran tiempos de hambruna deportiva, que los corren. Simplemente, impera la expresión natural de transigir con una realidad irrefutable. Hay unos jugadores que lo dan todo y un equipo que no da para más. Salta a la vista. Y ambos planteamientos validan la figura del entrenador, algo paradójico en un club habituado a triturar técnicos en las últimas campañas. Cómo debe ser el trabajo de Almeyda para haber sido capaz de generar un consenso entre el sevillismo y sus denostados dirigentes. Con los futbolistas bailando en su palma. Alquimia pura. Matías ha pasado de todo en su vida. Los túneles más oscuros. Justo el sanador que le hacía falta a este equipo moribundo con menos recursos cada año y más cantos en el camino. Llegó con la mirada de quien ha cruzado desiertos para devolverle al escudo que no pudo enaltecer como futbolista lo que ha jurado como entrenador. No vino sólo como estratega , aunque hace unos días expresó sus ganas de sentarse a debatir largo y tendido sobre tácticas y fútbol con aquellos que han cuestionado con ligereza su estilo. El mismo con el que ha amarrado 31 puntos en 27 jornadas. Lo que todos, críticos incluidos, habrían firmado con sangre en el mes de agosto.Muy por encima de eso, Almeyda llegó para ser un alquimista . Porque su relevancia en el rendimiento del equipo no se mide sólo en la tabla clasificatoria, sino en la generación de una identidad como grupo que se había esfumado y en el respeto de los rivales (una sola derrota en las ocho jornadas de la segunda vuelta). El técnico argentino ha actuado como una especie de cirujano del ánimo, cosiendo las heridas del endeble vestuario que se encontró para hacerlo fuerte y devolviendo al sevillismo esa fe en los suyos cuando de verdad lo dan todo, por encima del resultado.Bajo su mando, la mística del esfuerzo no es negociable. Es curioso, pero hasta eso le echaron en cara en algún punto del curso, que corran demasiado sus jugadores. Lo que faltaba es que no lo hicieran cuando la calidad rezuma a cuentagotas. Su Sevilla podrá perder, empatar mucho y ganar una vez al mes, pero ya no camina con miedo; el ‘nunca se rinde’ ha dejado de ser un lema de pared para, poco a poco, regresar con el argentino a su hábitat natural en este club, el césped.El alquimista de hoy es aquel que posee la capacidad de transformar situaciones negativas o dolorosas en crecimiento. Alguien que puede convertir la adversidad y la tristeza en fuerza . Los expertos lo asocian con la inteligencia emocional y la resiliencia. No se trata de si el Sevilla es mejor o peor. Lo relevante es que al fin parece un equipo. Almeyda emula a Bukowski con aquello de «no luches contra tus demonios. Tus demonios están aquí para enseñarte lecciones».
En cualquier otro marco del siglo, empatar contra el Rayo en Nervión habría desatado la pataleta generalizada del aficionado sevillista. No es que ahora el hincha se conforme con ello, ni que corran tiempos de hambruna deportiva, que los corren. Simplemente, impera la expresión … natural de transigir con una realidad irrefutable. Hay unos jugadores que lo dan todo y un equipo que no da para más. Salta a la vista. Y ambos planteamientos validan la figura del entrenador, algo paradójico en un club habituado a triturar técnicos en las últimas campañas. Cómo debe ser el trabajo de Almeyda para haber sido capaz de generar un consenso entre el sevillismo y sus denostados dirigentes. Con los futbolistas bailando en su palma. Alquimia pura.
Matías ha pasado de todo en su vida. Los túneles más oscuros. Justo el sanador que le hacía falta a este equipo moribundo con menos recursos cada año y más cantos en el camino. Llegó con la mirada de quien ha cruzado desiertos para devolverle al escudo que no pudo enaltecer como futbolista lo que ha jurado como entrenador. No vino sólo como estratega, aunque hace unos días expresó sus ganas de sentarse a debatir largo y tendido sobre tácticas y fútbol con aquellos que han cuestionado con ligereza su estilo. El mismo con el que ha amarrado 31 puntos en 27 jornadas. Lo que todos, críticos incluidos, habrían firmado con sangre en el mes de agosto.
Muy por encima de eso, Almeyda llegó para ser un alquimista. Porque su relevancia en el rendimiento del equipo no se mide sólo en la tabla clasificatoria, sino en la generación de una identidad como grupo que se había esfumado y en el respeto de los rivales (una sola derrota en las ocho jornadas de la segunda vuelta). El técnico argentino ha actuado como una especie de cirujano del ánimo, cosiendo las heridas del endeble vestuario que se encontró para hacerlo fuerte y devolviendo al sevillismo esa fe en los suyos cuando de verdad lo dan todo, por encima del resultado.
Bajo su mando, la mística del esfuerzo no es negociable. Es curioso, pero hasta eso le echaron en cara en algún punto del curso, que corran demasiado sus jugadores. Lo que faltaba es que no lo hicieran cuando la calidad rezuma a cuentagotas. Su Sevilla podrá perder, empatar mucho y ganar una vez al mes, pero ya no camina con miedo; el ‘nunca se rinde’ ha dejado de ser un lema de pared para, poco a poco, regresar con el argentino a su hábitat natural en este club, el césped.
El alquimista de hoy es aquel que posee la capacidad de transformar situaciones negativas o dolorosas en crecimiento. Alguien que puede convertir la adversidad y la tristeza en fuerza. Los expertos lo asocian con la inteligencia emocional y la resiliencia. No se trata de si el Sevilla es mejor o peor. Lo relevante es que al fin parece un equipo. Almeyda emula a Bukowski con aquello de «no luches contra tus demonios. Tus demonios están aquí para enseñarte lecciones».
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