Aquiles es un toro. Patroclo, un burro macho. Viven en la meseta etíope de Debre Libanos, en la región de Oromía, y suelen pastar juntos. Un toro, un burro… ¿quién podría esperar que su contacto fuera más allá de coincidir en el pastizal y que acabase en una verdadera relación sexual? Nadie lo esperaría pero es lo que ocurre. El sorprendente vínculo de Aquiles y Patroclo acaba de ser descrito por un grupo de investigadores.
Un artículo que se publica en la revista Current Biology describe la inusual asociación entre el toro y el burro. Es lo que ha observado el grupo de científicos que dirige la etóloga de la Universidad de Pisa (Italia) Elisabetta Palagi. El detalle fundamental es que lo que tienen Aquiles y Patroclo es una relación sexual no ocasional sino continuada, sexual y afectiva.
Elegían permanecer cerca… para lamerse, frotarse, acariciarse o realizar montas»
«El comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo está muy extendido en el reino animal; sin embargo, hasta donde sabemos, las observaciones de este tipo de comportamiento entre individuos de familias taxonómicas distintas siguen siendo poco frecuentes», se lee en el artículo.
Lamerse, frotarse o acariciarse con el hocico
El equipo de Palagi ha visto de primera mano cómo Aquiles y Patroclo participaban activamente en interacciones sociosexuales recíprocas, estableciendo así una asociación inusual. Los investigadores realizaban trabajo de campo para otro estudio cuando observaron a Aquiles montando a Patroclo. Ambos dirigían la mayor parte de sus interacciones sociales y sexuales el uno hacia el otro, sin mostrar rechazo.
Lo que sorprendió a los científicos fue ver que el burro no intentaba evitarlo, ni le lanzaba coces, ni mostraba reacción defensiva alguna. «Las interacciones sexuales entre ellos no fueron hechos aislados», señala Palagi. «Lo que realmente nos llamó la atención fue que estas interacciones formaban parte de una relación social muy selectiva y constante entre ambos individuos», explica la etóloga.
Las interacciones formaban parte de una relación social muy selectiva y constante»
Los etólogos registraron todas las interacciones en las que participaban Aquiles o Patroclo. En total, entre el 6 y el 19 de marzo de 2026, observaron 51 montas entre el toro y el burro. «Elegían constantemente permanecer cerca el uno del otro y participaban en diversas conductas de afiliación —como lamerse, frotarse o acariciarse con el hocico—, además de realizar montas de forma recurrente», cuenta André B. da Cruz, biólogo, neurocientífico y otro de los autores del estudio
Ambos animales podrían haber elegido fácilmente parejas de su misma especie y del sexo opuesto, pero optaron el uno por el otro, a pesar de pertenecer a propietarios distintos y de encontrarse únicamente cuando coincidían en el pastizal. «Ocurría en un entorno social donde ambos animales tenían acceso a otras posibles parejas, incluidos individuos de ambos sexos y de su propia especie», señala Da Cruz.
Aunque interpretar este comportamiento resulta complejo, los intentos de monta, sumados a las interacciones afiliativas mutuas y repetidas entre ambos animales, podrían ser un indicador de la calidad de su relación. Prueba de ello, de ese vínculo especial, es que Aquiles montó a otro asno macho en dos ocasiones, y ese animal mostró rechazo y gestos de amenaza.
Una relación social más amplia y selectiva
Los investigadores señalan que estas observaciones tienen implicaciones más amplias para la comprensión del comportamiento sexual como un rasgo social complejo, que trasciende su función reproductiva. «Nos gustaría comprender mejor cómo las relaciones sociales moldean el comportamiento sexual y cómo la flexibilidad conductual permite a los animales desenvolverse en entornos sociales complejos», dice Palagi.
Lo importante es que este comportamiento sexual inusual formaba parte de una relación social más amplia y selectiva. «Nuestras observaciones sugieren que no puede explicarse fácilmente solo por la falta de otras oportunidades de apareamiento», comenta Martina Francesconi, otra de las autoras del estudio y estudiante de doctorado en la UNIPI.
El caso de Aquiles y Patroclo plantea interrogantes relevantes para futuras investigaciones. Sus vínculos sexuales «¿podrían desempeñar un papel en el mantenimiento de las relaciones o en la reducción de la tensión? ¿O surgen, tal vez, de una combinación de motivaciones sociales y sexuales?», se pregunta Palagi.
Ambos animales optaron por tener una relación sexual y afectiva continuada, a pesar de pertenecer a propietarios distintos y de coincidir sólo en el pastizal.
Aquiles es un toro. Patroclo, un burro macho. Viven en la meseta etíope de Debre Libanos, en la región de Oromía, y suelen pastar juntos. Un toro, un burro… ¿quién podría esperar que su contacto fuera más allá de coincidir en el pastizal y que acabase en una verdadera relación sexual? Nadie lo esperaría pero es lo que ocurre. El sorprendente vínculo de Aquiles y Patroclo acaba de ser descrito por un grupo de investigadores.
Un artículo que se publica en la revista Current Biologydescribe la inusual asociación entre el toro y el burro. Es lo que ha observado el grupo de científicos que dirige la etóloga de la Universidad de Pisa (Italia) Elisabetta Palagi. El detalle fundamental es que lo que tienen Aquiles y Patroclo es una relación sexual no ocasional sino continuada, sexual y afectiva.
Elegían permanecer cerca… para lamerse, frotarse, acariciarse o realizar montas»
«El comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo está muy extendido en el reino animal; sin embargo, hasta donde sabemos, las observaciones de este tipo de comportamiento entre individuos de familias taxonómicas distintas siguen siendo poco frecuentes», se lee en el artículo.
Lamerse, frotarse o acariciarse con el hocico
El equipo de Palagi ha visto de primera mano cómo Aquiles y Patroclo participaban activamente en interacciones sociosexuales recíprocas, estableciendo así una asociación inusual. Los investigadores realizaban trabajo de campo para otro estudio cuando observaron a Aquiles montando a Patroclo. Ambos dirigían la mayor parte de sus interacciones sociales y sexuales el uno hacia el otro, sin mostrar rechazo.
Lo que sorprendió a los científicos fue ver que el burro no intentaba evitarlo, ni le lanzaba coces, ni mostraba reacción defensiva alguna. «Las interacciones sexuales entre ellos no fueron hechos aislados», señala Palagi. «Lo que realmente nos llamó la atención fue que estas interacciones formaban parte de una relación social muy selectiva y constante entre ambos individuos», explica la etóloga.
Las interacciones formaban parte de una relación social muy selectiva y constante»
Los etólogos registraron todas las interacciones en las que participaban Aquiles o Patroclo. En total, entre el 6 y el 19 de marzo de 2026, observaron 51 montas entre el toro y el burro. «Elegían constantemente permanecer cerca el uno del otro y participaban en diversas conductas de afiliación —como lamerse, frotarse o acariciarse con el hocico—, además de realizar montas de forma recurrente», cuenta André B. da Cruz, biólogo, neurocientífico y otro de los autores del estudio

Ambos animales podrían haber elegido fácilmente parejas de su misma especie y del sexo opuesto, pero optaron el uno por el otro, a pesar de pertenecer a propietarios distintos y de encontrarse únicamente cuando coincidían en el pastizal. «Ocurría en un entorno social donde ambos animales tenían acceso a otras posibles parejas, incluidos individuos de ambos sexos y de su propia especie», señala Da Cruz.
Aunque interpretar este comportamiento resulta complejo, los intentos de monta, sumados a las interacciones afiliativas mutuas y repetidas entre ambos animales, podrían ser un indicador de la calidad de su relación. Prueba de ello, de ese vínculo especial, es que Aquiles montó a otro asno macho en dos ocasiones, y ese animal mostró rechazo y gestos de amenaza.
Una relación social más amplia y selectiva
Los investigadores señalan que estas observaciones tienen implicaciones más amplias para la comprensión del comportamiento sexual como un rasgo social complejo, que trasciende su función reproductiva. «Nos gustaría comprender mejor cómo las relaciones sociales moldean el comportamiento sexual y cómo la flexibilidad conductual permite a los animales desenvolverse en entornos sociales complejos», dice Palagi.
Lo importante es que este comportamiento sexual inusual formaba parte de una relación social más amplia y selectiva. «Nuestras observaciones sugieren que no puede explicarse fácilmente solo por la falta de otras oportunidades de apareamiento», comenta Martina Francesconi, otra de las autoras del estudio y estudiante de doctorado en la UNIPI.
El caso de Aquiles y Patroclo plantea interrogantes relevantes para futuras investigaciones. Sus vínculos sexuales «¿podrían desempeñar un papel en el mantenimiento de las relaciones o en la reducción de la tensión? ¿O surgen, tal vez, de una combinación de motivaciones sociales y sexuales?», se pregunta Palagi.
20MINUTOS.ES – Ciencia
