Batacazo de Malinin en la final: caídas, fallos y octavo

Se queda frío el pabellón. Se esperaba con ganas la actuación final de Ilia Malinin , tanta había sido la expectación, las cabriolas, la exhibición, lo inverosímil, el desafiar la lógica con sus patines. Pero en el momento en el que ya casi le colgaban la medalla de oro, los nervios, la decepción, la frustración. El peor día de las dos últimas temporadas para la estrella del patinaje artístico actual, dos veces campeón del mundo . Y el mejor para el kazajo Mikhail Shaidorov , que partía quinto y termina como campeón olímpico. Con plata para Kagiyama y bronce para Sato.Hay arte, hay espectáculo, hay fluidez, sincronía, precisión, fuerza, velocidad y destreza. Y con Ilia Malinin el patinaje artístico había entrado en otra dimensión: la exhibición, la locura, romper las normas en pos de un ‘show» que él ha convertido casi en rutina. Con 21 años, el estadounidense acumulaba dos temporadas como el referente en cualquier pista a la que sale y que conquistaba con su forma de entender este deporte. Una estrella del rock.Se juntaban en esta final tres favoritos que defienden tres filosofías sobre el hielo y que hacían de esta lucha por el podio un estudio preciso de hacia dónde se empujan los límites de este deporte. El japonés Kagiyama Yuma , todo precisión, arte y fluidez; el francés Adam Siao Him Fa , capaz de cualquier cosa y que fue de los que recuperó esa voltereta hacia atrás hasta devolverla a la legalidad, pero sufre en cada movimiento; y está Malinin, que parece volar, sin esfuerzo alguno en cada giro, cada vuelta, que se inventa este deporte en cada actuación.Noticias relacionadas estandar Si Del ‘backflip’ al ‘dead loop’, las piruetas prohibidas del deporte Laura Marta estandar Si Milán-Cortina 2026 Curling, el estratégico y matemático deporte que hipnotiza al mundo Laura MartaPero en la final, el caos, los batacazos, las imprecisiones, los errores, todo del revés. Lo decía Javier Fernández: aunque sean los mismos patinadores que en el Mundial, los Juegos Olímpicos es una competición distinta. Y los nervios arrollan y dan al traste con cuatro años de trabajo. Ni Turandot salvó a Kagiyama ni la voltereta hacia atrás rescató a Malinin, contagiado por los fallos de sus rivales y la presión de salir el último y ser la estrella a la que todos quieren ver. Caídas, percances, problemas en las recepciones, saltos a medias y penalizaciones por doquier. Salvo para Shaidorov, entrenado por su hermano, que también fue campeón olímpico, y que no podía parar de llorar cuando se dio cuenta de que nadie alcanzaba sus notas. Ni Malinin.Hace apenas diez años, los saltos cuádruples eran una rareza, una pieza de museo, un movimiento de portentos. El español Javier Fernández terminó su carrera con tres en su programa. Una barbaridad. En estos Juegos de Milán-Cortina 2026, el estadounidense incluía siete en su programa, que ejecutaba como si nada, como si flotara, como si volara. Pero en la final, el ‘Rey del cuádruple’ se transformó en humano, con sus dudas, sus mareos, sus manos a la cara cuando por fin terminó su programa libre, una tortura desde esa primera caída, desde esos primeros cuádruples que acabaron en el suelo, o se quedaron en un triple, o en un doble porque no había fuerzas ni compresión de por qué justo hoy salía todo mal. Quiso regalar un último salto hacia atrás, que no puntúa, que no penaliza, con el que ha acabado de atrapar para este deporte a los reticentes. Ya había acostumbrado al público a esta cabriola y hasta él se siente en deuda si no lo ejecuta para deslumbrar, pero era una estrella que se apagaba conforme se deslizaba sin orden por el hielo hacia el final de su canción. Hay técnica y saltos, pero sin eso, a Malinin le falta expresividad y adoptar el apellido de este deporte, según indican los expertos. Porque si falla lo primero no hay de dónde rescatar puntos.En el banco de espera, la sentencia, 156.33 puntos, decimoquinta plaza que salvó hasta la octava porque fue el mejor, y con mucha distancia, en el programa corto. Pero sus 264.49 puntos se quedan lejos, muy lejos, de los 291.58 que firmó el kazajo, sin hacer ruido, sin saltos hacia atrás, sin errores, sin aspavientos. Se marcha cabizbajo Malinin, al que no le va a consolar ese oro por equipos porque escuecen los errores, las caídas, ver caer el castillo de naipes de un oro que todos le daban. Tiene 21 años y más Juegos por delante, y ya sabe lo que supone una final, que batalla contra la gravedad y siempre sale airoso, y ahora toca aprender qué pasa cuando las cabriolas no salen, cuando la voltereta hacia atrás no sirve, cuando el pabellón no explota con su magia, cuando los nervios te ponen frente al duro hielo y se hace el silencio. Se queda frío el pabellón. Se esperaba con ganas la actuación final de Ilia Malinin , tanta había sido la expectación, las cabriolas, la exhibición, lo inverosímil, el desafiar la lógica con sus patines. Pero en el momento en el que ya casi le colgaban la medalla de oro, los nervios, la decepción, la frustración. El peor día de las dos últimas temporadas para la estrella del patinaje artístico actual, dos veces campeón del mundo . Y el mejor para el kazajo Mikhail Shaidorov , que partía quinto y termina como campeón olímpico. Con plata para Kagiyama y bronce para Sato.Hay arte, hay espectáculo, hay fluidez, sincronía, precisión, fuerza, velocidad y destreza. Y con Ilia Malinin el patinaje artístico había entrado en otra dimensión: la exhibición, la locura, romper las normas en pos de un ‘show» que él ha convertido casi en rutina. Con 21 años, el estadounidense acumulaba dos temporadas como el referente en cualquier pista a la que sale y que conquistaba con su forma de entender este deporte. Una estrella del rock.Se juntaban en esta final tres favoritos que defienden tres filosofías sobre el hielo y que hacían de esta lucha por el podio un estudio preciso de hacia dónde se empujan los límites de este deporte. El japonés Kagiyama Yuma , todo precisión, arte y fluidez; el francés Adam Siao Him Fa , capaz de cualquier cosa y que fue de los que recuperó esa voltereta hacia atrás hasta devolverla a la legalidad, pero sufre en cada movimiento; y está Malinin, que parece volar, sin esfuerzo alguno en cada giro, cada vuelta, que se inventa este deporte en cada actuación.Noticias relacionadas estandar Si Del ‘backflip’ al ‘dead loop’, las piruetas prohibidas del deporte Laura Marta estandar Si Milán-Cortina 2026 Curling, el estratégico y matemático deporte que hipnotiza al mundo Laura MartaPero en la final, el caos, los batacazos, las imprecisiones, los errores, todo del revés. Lo decía Javier Fernández: aunque sean los mismos patinadores que en el Mundial, los Juegos Olímpicos es una competición distinta. Y los nervios arrollan y dan al traste con cuatro años de trabajo. Ni Turandot salvó a Kagiyama ni la voltereta hacia atrás rescató a Malinin, contagiado por los fallos de sus rivales y la presión de salir el último y ser la estrella a la que todos quieren ver. Caídas, percances, problemas en las recepciones, saltos a medias y penalizaciones por doquier. Salvo para Shaidorov, entrenado por su hermano, que también fue campeón olímpico, y que no podía parar de llorar cuando se dio cuenta de que nadie alcanzaba sus notas. Ni Malinin.Hace apenas diez años, los saltos cuádruples eran una rareza, una pieza de museo, un movimiento de portentos. El español Javier Fernández terminó su carrera con tres en su programa. Una barbaridad. En estos Juegos de Milán-Cortina 2026, el estadounidense incluía siete en su programa, que ejecutaba como si nada, como si flotara, como si volara. Pero en la final, el ‘Rey del cuádruple’ se transformó en humano, con sus dudas, sus mareos, sus manos a la cara cuando por fin terminó su programa libre, una tortura desde esa primera caída, desde esos primeros cuádruples que acabaron en el suelo, o se quedaron en un triple, o en un doble porque no había fuerzas ni compresión de por qué justo hoy salía todo mal. Quiso regalar un último salto hacia atrás, que no puntúa, que no penaliza, con el que ha acabado de atrapar para este deporte a los reticentes. Ya había acostumbrado al público a esta cabriola y hasta él se siente en deuda si no lo ejecuta para deslumbrar, pero era una estrella que se apagaba conforme se deslizaba sin orden por el hielo hacia el final de su canción. Hay técnica y saltos, pero sin eso, a Malinin le falta expresividad y adoptar el apellido de este deporte, según indican los expertos. Porque si falla lo primero no hay de dónde rescatar puntos.En el banco de espera, la sentencia, 156.33 puntos, decimoquinta plaza que salvó hasta la octava porque fue el mejor, y con mucha distancia, en el programa corto. Pero sus 264.49 puntos se quedan lejos, muy lejos, de los 291.58 que firmó el kazajo, sin hacer ruido, sin saltos hacia atrás, sin errores, sin aspavientos. Se marcha cabizbajo Malinin, al que no le va a consolar ese oro por equipos porque escuecen los errores, las caídas, ver caer el castillo de naipes de un oro que todos le daban. Tiene 21 años y más Juegos por delante, y ya sabe lo que supone una final, que batalla contra la gravedad y siempre sale airoso, y ahora toca aprender qué pasa cuando las cabriolas no salen, cuando la voltereta hacia atrás no sirve, cuando el pabellón no explota con su magia, cuando los nervios te ponen frente al duro hielo y se hace el silencio.  

Se queda frío el pabellón. Se esperaba con ganas la actuación final de Ilia Malinin, tanta había sido la expectación, las cabriolas, la exhibición, lo inverosímil, el desafiar la lógica con sus patines. Pero en el momento en el que ya casi le colgaban … la medalla de oro, los nervios, la decepción, la frustración. El peor día de las dos últimas temporadas para la estrella del patinaje artístico actual, dos veces campeón del mundo. Y el mejor para el kazajo Mikhail Shaidorov, que partía quinto y termina como campeón olímpico. Con plata para Kagiyama y bronce para Sato.

Hay arte, hay espectáculo, hay fluidez, sincronía, precisión, fuerza, velocidad y destreza. Y con Ilia Malinin el patinaje artístico había entrado en otra dimensión: la exhibición, la locura, romper las normas en pos de un ‘show» que él ha convertido casi en rutina. Con 21 años, el estadounidense acumulaba dos temporadas como el referente en cualquier pista a la que sale y que conquistaba con su forma de entender este deporte. Una estrella del rock.

Se juntaban en esta final tres favoritos que defienden tres filosofías sobre el hielo y que hacían de esta lucha por el podio un estudio preciso de hacia dónde se empujan los límites de este deporte. El japonés Kagiyama Yuma, todo precisión, arte y fluidez; el francés Adam Siao Him Fa, capaz de cualquier cosa y que fue de los que recuperó esa voltereta hacia atrás hasta devolverla a la legalidad, pero sufre en cada movimiento; y está Malinin, que parece volar, sin esfuerzo alguno en cada giro, cada vuelta, que se inventa este deporte en cada actuación.

Pero en la final, el caos, los batacazos, las imprecisiones, los errores, todo del revés. Lo decía Javier Fernández: aunque sean los mismos patinadores que en el Mundial, los Juegos Olímpicos es una competición distinta. Y los nervios arrollan y dan al traste con cuatro años de trabajo. Ni Turandot salvó a Kagiyama ni la voltereta hacia atrás rescató a Malinin, contagiado por los fallos de sus rivales y la presión de salir el último y ser la estrella a la que todos quieren ver. Caídas, percances, problemas en las recepciones, saltos a medias y penalizaciones por doquier. Salvo para Shaidorov, entrenado por su hermano, que también fue campeón olímpico, y que no podía parar de llorar cuando se dio cuenta de que nadie alcanzaba sus notas. Ni Malinin.

Hace apenas diez años, los saltos cuádruples eran una rareza, una pieza de museo, un movimiento de portentos. El español Javier Fernández terminó su carrera con tres en su programa. Una barbaridad. En estos Juegos de Milán-Cortina 2026, el estadounidense incluía siete en su programa, que ejecutaba como si nada, como si flotara, como si volara. Pero en la final, el ‘Rey del cuádruple’ se transformó en humano, con sus dudas, sus mareos, sus manos a la cara cuando por fin terminó su programa libre, una tortura desde esa primera caída, desde esos primeros cuádruples que acabaron en el suelo, o se quedaron en un triple, o en un doble porque no había fuerzas ni compresión de por qué justo hoy salía todo mal.

Quiso regalar un último salto hacia atrás, que no puntúa, que no penaliza, con el que ha acabado de atrapar para este deporte a los reticentes. Ya había acostumbrado al público a esta cabriola y hasta él se siente en deuda si no lo ejecuta para deslumbrar, pero era una estrella que se apagaba conforme se deslizaba sin orden por el hielo hacia el final de su canción. Hay técnica y saltos, pero sin eso, a Malinin le falta expresividad y adoptar el apellido de este deporte, según indican los expertos. Porque si falla lo primero no hay de dónde rescatar puntos.

En el banco de espera, la sentencia, 156.33 puntos, decimoquinta plaza que salvó hasta la octava porque fue el mejor, y con mucha distancia, en el programa corto. Pero sus 264.49 puntos se quedan lejos, muy lejos, de los 291.58 que firmó el kazajo, sin hacer ruido, sin saltos hacia atrás, sin errores, sin aspavientos.

Se marcha cabizbajo Malinin, al que no le va a consolar ese oro por equipos porque escuecen los errores, las caídas, ver caer el castillo de naipes de un oro que todos le daban. Tiene 21 años y más Juegos por delante, y ya sabe lo que supone una final, que batalla contra la gravedad y siempre sale airoso, y ahora toca aprender qué pasa cuando las cabriolas no salen, cuando la voltereta hacia atrás no sirve, cuando el pabellón no explota con su magia, cuando los nervios te ponen frente al duro hielo y se hace el silencio.

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