Cuando hasta el ruido de un avión te hace temblar

Los trabajadores humanitarios a veces creen que pueden con todo, y cómo no lo van a pensar si su labor consiste en ayudar a personas vulnerables en situaciones extremas, si están para eso, si son los encargados de evacuar a miles de refugiados del Cuerno de África que se encuentran retenidos por las autoridades libias en medio de un conflicto activo; asistir a mujeres que han sido violadas cuando cruzaban el desierto en su camino hacia una salida por el Mediterráneo; o atender a refugiados que llegan en patera al borde de la muerte (algunos llegan ya inertes y mueren en brazos de los primeros que los asisten).

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Paula Barrachina da una entrevista después de que 44 migrantes murieran en un centro de detención en Libia. Las atrocidades que presencian los profesionales destinados en zonas de conflicto pueden derivar en ansiedad, estrés postraumático o depresión. Acnur cuenta con un sistema de prevención y consejeros en el terreno para anticiparse y proteger su salud mental  

Los trabajadores humanitarios a veces creen que pueden con todo, y cómo no lo van a pensar si su labor consiste en ayudar a personas vulnerables en situaciones extremas, si están para eso, si son los encargados de evacuar a miles de refugiados del Cuerno de África que se encuentran retenidos por las autoridades libias en medio de un conflicto activo; asistir a mujeres que han sido violadas cuando cruzaban el desierto en su camino hacia una salida por el Mediterráneo; o atender a refugiados que llegan en patera al borde de la muerte (algunos llegan ya inertes y mueren en brazos de los primeros que los asisten).

Pero no, no pueden con todo. Es mucho el horror. El dolor y la sensación de no ser suficiente se traducen en desesperanza, nada tiene sentido, la propia vida no tiene sentido. Y puede aparecer la depresión, el estrés postraumático, las noches sin dormir, los miedos paralizantes. Y hay que pedir ayuda o alguien tiene que estar pendiente para detectar el problema y ayudar.

Mis compañeros son el primer recurso para todo. Son las personas con las que ríes, con las que lloras, con las que utilizas el humor negro… He recogido los trocitos de muchos, y ellos los míos

Retrato de Paula Barrachina
Paula Barrachina, portavoz y directora de Comunicación y Relaciones Externas de Acnur en España

Paula Barrachina (Barcelona, 42 años) suma dos décadas de experiencia en Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados. Tras ejercer entre 2017 y 2019 como jefa de Comunicación y Relaciones Institucionales en Libia, en un momento de grandes hostilidades de la guerra civil iniciada en 2014, a Barrachina le esperaba otro destino. La enviaron a Panamá, a una oficina regional, “era otro contexto muy diferente”, afirma la hoy portavoz y directora de Comunicación y Relaciones Externas de Acnur en España.

Allí no hacía nada más que llorar, no le encontraba sentido a nada, confiesa. No le había dado tiempo a bajar las revoluciones después de todo lo que había presenciado en Libia. “Vi cosas tan atroces que perdí la fe en la humanidad, perdí el sentido de mi vida”, recuerda. “Pensaba que mi trabajo solo era una gota en el mar, solo era un parche. Me afectó mucho”, revela. “Crees que puedes con todo. Pero no”. Se pasó meses sin dormir. Cayó en depresión. Tuvo que estar de baja unos meses, volver a Barcelona, a casa, con su familia y amigos. “Si no voy a cenar con vosotros no es porque no me apetezca, es que no tengo fuerzas ni para meterme en la ducha. La tarea más simple para mí era una montaña”, cuenta que les decía a sus amigos de toda la vida. “Te encuentras en un letargo muy extraño”, describe. Pero ellos la sostuvieron, no la soltaron nunca.

El riesgo de sufrir un episodio de salud mental es mucho más alto en los trabajadores humanitarios que en el resto de la población, asegura Dubravka Suzić, la jefa de la Unidad de Bienestar Psicosocial de Acnur. Mientras que en Europa se estima que entre el 3% y el 8% puede padecer ansiedad, un 31% del personal desplegado en zonas de conflicto refiere este sentimiento. Acnur, la organización que protege los derechos fundamentales de las personas desplazadas y refugiadas, implantó hace ya tres décadas un protocolo para minimizar los casos como el de Barrachina. O si se producen, actuar.

Barrachina, que define Acnur como su casa, su hogar, y que subraya su identificación con la causa que defiende, relata una situación concreta que vivió en su estancia en Libia para visibilizar la cantidad de emociones a las que se exponen los trabajadores en emergencias humanitarias.

Las autoridades libias mantenían retenidos en celdas saturadas a miles de refugiados procedentes de Somalia, Eritrea y Sudán que se dirigían hacia el Mediterráneo para tratar de llegar a Europa. Barrachina y su equipo acordaron en medio del conflicto una pausa humanitaria de dos horas para sacar del centro de detención a los más vulnerables (mujeres embarazadas o niños). Consiguieron liberar a 150, que se subieron a un avión militar con destino Italia. En Roma les esperaban médicos, les iban a realizar chequeos, había ropa limpia para todos, una atención básica inimaginable en las cárceles. “150 personas iban a tener una vida nueva”, resume. “Cuando aterrizamos abracé a Sandra, mi compañera de trabajo y mi amiga. No podía parar de llorar”, recuerda Barrachina, que junto con su colega se tatuó la palabra Oia, el nombre que recibía Trípoli en tiempos de los fenicios, una forma de hermanarse con Sandra. “Eres muy feliz, pero al mismo tiempo sientes culpable por todas las personas que dejas en el centro de detención. Solo has podido llevarte a 150”, añade. “Son muchas emociones, tienes que procesar todo”.

El departamento de Bienestar y Salud Mental de Acnur maneja la foto general de las consecuencias psicológicas a través de las encuestas que realiza a los trabajadores y los datos que recoge, pero resulta fundamental, dice Suzic, emprender acciones realistas en el terreno y no marcarse objetivos que no resulten asequibles. “Hay que dar pasos. Incluso los pasos más pequeños pueden cambiar la vida de una persona. Tenemos que actuar en el terreno, a escala local”, cuenta.

Los consejeros desplegados por Acnur suponen un apoyo importante, pero la red que tejen unos trabajadores con otros es vital. “Son familia”, describe Barrachina. “Suponen el primer recurso para todo. Son las personas con las que ríes, con las que lloras, con las que utilizas el humor negro… He recogido los trocitos de muchos compañeros, y ellos los míos”, cuenta. Los días son muy largos, muy duros, y todos pasan por lo mismo. En función del lugar en el que estén destinados disfrutan de ratos de esparcimiento con sus compañeros de trabajo (familia). Si se encuentran confinados en un campo de refugiados lo más expansivo pasa por juntarse un grupito para cenar y ver una película. O tocar la guitarra, en el caso de Barrachina. “El ocio depende de uno mismo”, resume. En otros contextos, como los trabajadores que se encuentran en Líbano, en Jordania o en Ginebra, se puede hacer una vida mucho más normal.

Está pautado por la organización que cada cuatro o seis semanas en el terreno, depende del nivel de peligrosidad, los trabajadores vuelvan una semana a su lugar de origen, la semana de recuperación la llaman. Resulta, y esto es algo común a casi todos, que tras experimentar picos de cortisol en la zona de conflicto les bajan las defensas cuando regresan a casa y se ponen malos. Nada grave. Un catarro, un virus estomacal, gripe… “¿A ti qué te ha pasado?”, cuenta Barrachina que se preguntan unos a otros. El periodo de descanso no es fácil. No hay una desconexión real. “La responsabilidad la llevas dentro, tatuada”, describe. “Te acuerdas de la gente que has dejado en el lugar del conflicto”, dice para referirse a las personas en el caso de Libia permanecen en celdas, pero también al equipo nacional, a los trabajadores humanitarios del país en cuestión con los que forman equipo y amistad. “Yo tenía el privilegio de volver a Barcelona una semana antes de regresar de nuevo a Libia, pero Farah se quedaba dentro, se me rompía el alma”, recuerda. Farah es una trabajadora nacional que se convirtió en una hermana.

Todo le atemorizaba a Barrachina cuando atravesaba la fase más dura de la depresión, ya de vuelta en Barcelona. “El camión de la basura me asustaba porque me recordaba al ruido de los aviones. Los cazas que sobrevuelan estos días [como preparación para la fiesta de la Hispanidad en Madrid] me recuerdan a cosas que he vivido. Con los fuegos artificiales sigo a día de hoy temblando”, confiesa. En esos meses de depresión y tras meses sin dormir, un día recibió un email. Era Kelly Clements, la alta comisionada adjunta, número dos de Acnur. Querida Paula: Me han dicho que te has cogido un tiempo de descanso. Aquí me tienes para lo que sea… “Esa noche dormí. Me tranquilizó. Respondió al miedo que tenía de no saber si me volverían a llamar, si volvería a trabajar”, asegura. Dejó de sentirse mal por no estar bien. La recuperación estaba más cerca.

Barrachina había perdido la fe en el ser humano. Pero la paradoja, cuenta ya con la perspectiva que da el tiempo, es que fueron los propios humanos: las personas refugiadas que ha conocido en el camino, su familia, sus amigos, los que se la devolvieron.

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