Diana Al Azem: «Hay muchas madres quemadas y reconocerlo no nos hace peores, nos hace más honestas»

Las madres están quemadas. Así lo constata la profesora, escritora y fundadora de la plataforma Adolescencia Positiva, Diana Al Azem, en su libro ‘Madres quemadas. Cómo cuidar sin arder en silencio’ (Plataforma Editorial). «Lo veo, sin duda, en los comentarios de mis amigas, en las familias con las que trabajamos en consulta y en el 90% de mis seguidoras, que son mujeres. Y también lo sé por mí misma, porque lo viví cuando mis hijos eran pequeños y no tenía las herramientas necesarias. Hasta que empecé a soltar, a priorizarme y a entender que eso no era egoísta».En este contexto, surge una pregunta inevitable: ¿Se queman menos los hombres? Según explica Al Azem, no tanto, pero esto tiene una razón puramente biológica: el cerebro de la mujer cambia durante el embarazo, mientras que el del hombre apenas lo hace. «Nosotras estamos siempre pendientes, de salvar, de acoger… tenemos ese instinto que ellos no tienen». Sin embargo, también insiste en que esto no puede justificar que la carga recaiga siempre en la mujer. «La incorporación al mundo laboral no ha venido acompañada de una redistribución real de responsabilidades, y eso hace que muchas mujeres sostengan una carga imposible. No se puede con todo. La corresponsabilidad no es una opción, es una necesidad, sobre todo si tenemos en cuenta que las madres asumen el 71% de la carga mental diaria, desde las comidas hasta las citas médicas o las reuniones del colegio. Por eso, más allá de pedir ayuda, es necesario reentrenar el cerebro y cambiar dinámicas profundamente arraigadas», apunta.Noticia relacionada No No Adolescentes hoscos y ceñudos: El aviso de una experta cuando los hijos dejan de ser cariñosos Carlota FominayaAl Azem ha observado que muchas madres viven en un estado de estrés crónico, con una sensación constante de alerta. « Bajar ese volumen interno empieza por algo tan sencillo como hacer una pausa real, literal, de diez segundos. Detrás de ese agotamiento hay una autoexigencia desmedida: que si tenemos que comer comida orgánica, tener la casa ordenada, nuestras emociones reguladas, una vida social activa, una relación de pareja feliz, un cuerpo recuperado inmediatamente tras el parto y, además, una sonrisa constante. Todo a la vez y sin margen de error. En ese contexto, el autocuidado se convierte en otra exigencia más, cuando en realidad debería ser lo contrario», asegura la autora. Y para eso, también hay método. «No se trata de encontrar una hora perfecta al día para desaparecer entre velas y darse un baño en silencio, sino de integrar pequeños gestos en la rutina cotidiana. Respirar antes de responder, sentarte mientras tus hijos comen, ducharte sin aprovechar para limpiar el baño o permitirte no hacer algo pendiente porque hoy necesitas parar. A veces, cuidarse también es dejar de hacer, porque uno de los mayores ladrones de tiempo no es la agenda, sino la autoexigencia».A todo esto, añade, se suma la culpa, especialmente en aquellas mujeres que trabajan fuera de casa. «Es una culpa que no nace de un daño real, sino del choque entre lo que hemos aprendido y la vida que realmente vivimos. Durante generaciones se ha transmitido la idea de que una buena madre debe estar siempre disponible, aunque la realidad social y económica haya cambiado por completo. Sin embargo, los estudios muestran que la calidad del vínculo con los hijos es mucho más importante que la cantidad de horas compartidas. No se trata de estar todo el tiempo, sino de estar presentes de verdad cuando estamos. Porque si ese tiempo se limita a corregir o regañar, no hay conexión, solo gestión».Hay que tener en cuenta, explica Diana Al Azem, que en la adolescencia, además, es habitual que los hijos busquen más a sus amigos que a sus padres, y eso no significa que el vínculo se haya roto: «Se trata de una etapa evolutiva en la que necesitan construir su propio lugar en el mundo, aunque eso afecte a la relación cotidiana. Por eso, más que estar encima constantemente, lo importante es cuidar ese vínculo de fondo, que es el que realmente sostiene la relación».Aprender a decir ‘no’Otro de los grandes retos de las mujeres, advierte, es aprender a decir ‘no’. «Pero decir ‘no’ incomoda porque conecta con el miedo al rechazo, con la culpa y con la idea de que estamos siendo egoístas. Muchas madres ceden para evitar conflictos o para no generar malestar en sus hijos, pero eso también tiene un coste. El primer paso es tomar conciencia de lo que sentimos cuando decimos sí queriendo decir ‘no’ y preguntarnos qué hay detrás: ¿miedo a que se enfaden?, ¿a decepcionar?, ¿a no ser suficientes? A partir de ahí, toca atravesar ese miedo y sostenerlo, entendiendo que cuidar de una misma también es un valor que se enseña».El conflicto, de hecho, no es el problema, afirma. «Lo que ocurre es que muchas personas lo asocian a gritos, castigos o ruptura del vínculo, cuando en realidad el conflicto es información: dos necesidades diferentes que aparecen al mismo tiempo. La clave no es ganar ni convencer al otro, sino aprender a gestionarlo de otra manera, bajando el tono, hablando más despacio y evitando explicaciones interminables que solo nos desgastan. Y, sobre todo, haciéndonos una pregunta importante: ¿realmente se ha roto la relación o solo ha sido un momento incómodo? Porque muchas veces evitamos el conflicto para mantener una paz momentánea, pero a largo plazo eso implica alejarnos de nosotras mismas».«En las redes sociales parece que todo funciona mejor en la vida de los demás» Diana Al Azem Autora de ‘Madres quemadas’En los últimos tiempos, prosigue Al Azem, todo esto se suma el impacto de las redes sociales, donde parece que todo funciona mejor en la vida de los demás. «En nuestra realidad algunos días nos dormimos y no llegamos, porque nuestro hijo no quiere vestirse, en casa está todo manga por hombro, mientras que en la pantalla aparecen desayunos perfectos con corazones en el café y otras escenas idílicas. Las comparaciones son inevitables, pero también injustas, porque siempre vamos a salir perdiendo. Lo que tenemos que tener en cuenta que lo que vemos es una versión editada de la realidad. Comparar nuestra vida cotidiana con momentos seleccionados de otras familias solo aumenta la sensación de no estar a la altura. Por eso es importante recordar que no somos insuficientes, somos humanas».Y también la relación de pareja cambia con la llegada de los hijos. «Se transforman las prioridades, el tiempo disponible y la energía. No es que desaparezca el amor, es que la relación necesita adaptarse a una nueva realidad. Muchas veces el error está en intentar recuperar lo que había antes, generando frustración y presión. Sin embargo, la clave está en aceptar ese cambio y construir una nueva forma de estar en pareja, más consciente y ajustada al momento vital. Cuando dejamos de luchar contra lo que ya no es, la relación puede encontrar nuevas maneras de sostenerse».MÁS INFORMACIÓN noticia Si ¿Por qué los hombres se niegan a ir a terapia de pareja? (Y cómo convencerlos) noticia Si ¿Por qué unas parejas funcionan y otras no? noticia Si Cómo desterrar la culpa de no pasar ‘tiempo de calidad’ con los hijos noticia Si Cada vez hay más madres a los 40 (y subiendo)En medio de todo esto, concluye Al Azem, hay una verdad que cuesta admitir: no siempre se disfruta de la crianza. «Pero no es porque no puedan más, sino porque llevan demasiado tiempo pudiendo con todo. Hay agotamiento, desconexión, tristeza. Y reconocerlo no nos hace peores madres, nos hace honestas». Las madres están quemadas. Así lo constata la profesora, escritora y fundadora de la plataforma Adolescencia Positiva, Diana Al Azem, en su libro ‘Madres quemadas. Cómo cuidar sin arder en silencio’ (Plataforma Editorial). «Lo veo, sin duda, en los comentarios de mis amigas, en las familias con las que trabajamos en consulta y en el 90% de mis seguidoras, que son mujeres. Y también lo sé por mí misma, porque lo viví cuando mis hijos eran pequeños y no tenía las herramientas necesarias. Hasta que empecé a soltar, a priorizarme y a entender que eso no era egoísta».En este contexto, surge una pregunta inevitable: ¿Se queman menos los hombres? Según explica Al Azem, no tanto, pero esto tiene una razón puramente biológica: el cerebro de la mujer cambia durante el embarazo, mientras que el del hombre apenas lo hace. «Nosotras estamos siempre pendientes, de salvar, de acoger… tenemos ese instinto que ellos no tienen». Sin embargo, también insiste en que esto no puede justificar que la carga recaiga siempre en la mujer. «La incorporación al mundo laboral no ha venido acompañada de una redistribución real de responsabilidades, y eso hace que muchas mujeres sostengan una carga imposible. No se puede con todo. La corresponsabilidad no es una opción, es una necesidad, sobre todo si tenemos en cuenta que las madres asumen el 71% de la carga mental diaria, desde las comidas hasta las citas médicas o las reuniones del colegio. Por eso, más allá de pedir ayuda, es necesario reentrenar el cerebro y cambiar dinámicas profundamente arraigadas», apunta.Noticia relacionada No No Adolescentes hoscos y ceñudos: El aviso de una experta cuando los hijos dejan de ser cariñosos Carlota FominayaAl Azem ha observado que muchas madres viven en un estado de estrés crónico, con una sensación constante de alerta. « Bajar ese volumen interno empieza por algo tan sencillo como hacer una pausa real, literal, de diez segundos. Detrás de ese agotamiento hay una autoexigencia desmedida: que si tenemos que comer comida orgánica, tener la casa ordenada, nuestras emociones reguladas, una vida social activa, una relación de pareja feliz, un cuerpo recuperado inmediatamente tras el parto y, además, una sonrisa constante. Todo a la vez y sin margen de error. En ese contexto, el autocuidado se convierte en otra exigencia más, cuando en realidad debería ser lo contrario», asegura la autora. Y para eso, también hay método. «No se trata de encontrar una hora perfecta al día para desaparecer entre velas y darse un baño en silencio, sino de integrar pequeños gestos en la rutina cotidiana. Respirar antes de responder, sentarte mientras tus hijos comen, ducharte sin aprovechar para limpiar el baño o permitirte no hacer algo pendiente porque hoy necesitas parar. A veces, cuidarse también es dejar de hacer, porque uno de los mayores ladrones de tiempo no es la agenda, sino la autoexigencia».A todo esto, añade, se suma la culpa, especialmente en aquellas mujeres que trabajan fuera de casa. «Es una culpa que no nace de un daño real, sino del choque entre lo que hemos aprendido y la vida que realmente vivimos. Durante generaciones se ha transmitido la idea de que una buena madre debe estar siempre disponible, aunque la realidad social y económica haya cambiado por completo. Sin embargo, los estudios muestran que la calidad del vínculo con los hijos es mucho más importante que la cantidad de horas compartidas. No se trata de estar todo el tiempo, sino de estar presentes de verdad cuando estamos. Porque si ese tiempo se limita a corregir o regañar, no hay conexión, solo gestión».Hay que tener en cuenta, explica Diana Al Azem, que en la adolescencia, además, es habitual que los hijos busquen más a sus amigos que a sus padres, y eso no significa que el vínculo se haya roto: «Se trata de una etapa evolutiva en la que necesitan construir su propio lugar en el mundo, aunque eso afecte a la relación cotidiana. Por eso, más que estar encima constantemente, lo importante es cuidar ese vínculo de fondo, que es el que realmente sostiene la relación».Aprender a decir ‘no’Otro de los grandes retos de las mujeres, advierte, es aprender a decir ‘no’. «Pero decir ‘no’ incomoda porque conecta con el miedo al rechazo, con la culpa y con la idea de que estamos siendo egoístas. Muchas madres ceden para evitar conflictos o para no generar malestar en sus hijos, pero eso también tiene un coste. El primer paso es tomar conciencia de lo que sentimos cuando decimos sí queriendo decir ‘no’ y preguntarnos qué hay detrás: ¿miedo a que se enfaden?, ¿a decepcionar?, ¿a no ser suficientes? A partir de ahí, toca atravesar ese miedo y sostenerlo, entendiendo que cuidar de una misma también es un valor que se enseña».El conflicto, de hecho, no es el problema, afirma. «Lo que ocurre es que muchas personas lo asocian a gritos, castigos o ruptura del vínculo, cuando en realidad el conflicto es información: dos necesidades diferentes que aparecen al mismo tiempo. La clave no es ganar ni convencer al otro, sino aprender a gestionarlo de otra manera, bajando el tono, hablando más despacio y evitando explicaciones interminables que solo nos desgastan. Y, sobre todo, haciéndonos una pregunta importante: ¿realmente se ha roto la relación o solo ha sido un momento incómodo? Porque muchas veces evitamos el conflicto para mantener una paz momentánea, pero a largo plazo eso implica alejarnos de nosotras mismas».«En las redes sociales parece que todo funciona mejor en la vida de los demás» Diana Al Azem Autora de ‘Madres quemadas’En los últimos tiempos, prosigue Al Azem, todo esto se suma el impacto de las redes sociales, donde parece que todo funciona mejor en la vida de los demás. «En nuestra realidad algunos días nos dormimos y no llegamos, porque nuestro hijo no quiere vestirse, en casa está todo manga por hombro, mientras que en la pantalla aparecen desayunos perfectos con corazones en el café y otras escenas idílicas. Las comparaciones son inevitables, pero también injustas, porque siempre vamos a salir perdiendo. Lo que tenemos que tener en cuenta que lo que vemos es una versión editada de la realidad. Comparar nuestra vida cotidiana con momentos seleccionados de otras familias solo aumenta la sensación de no estar a la altura. Por eso es importante recordar que no somos insuficientes, somos humanas».Y también la relación de pareja cambia con la llegada de los hijos. «Se transforman las prioridades, el tiempo disponible y la energía. No es que desaparezca el amor, es que la relación necesita adaptarse a una nueva realidad. Muchas veces el error está en intentar recuperar lo que había antes, generando frustración y presión. Sin embargo, la clave está en aceptar ese cambio y construir una nueva forma de estar en pareja, más consciente y ajustada al momento vital. Cuando dejamos de luchar contra lo que ya no es, la relación puede encontrar nuevas maneras de sostenerse».MÁS INFORMACIÓN noticia Si ¿Por qué los hombres se niegan a ir a terapia de pareja? (Y cómo convencerlos) noticia Si ¿Por qué unas parejas funcionan y otras no? noticia Si Cómo desterrar la culpa de no pasar ‘tiempo de calidad’ con los hijos noticia Si Cada vez hay más madres a los 40 (y subiendo)En medio de todo esto, concluye Al Azem, hay una verdad que cuesta admitir: no siempre se disfruta de la crianza. «Pero no es porque no puedan más, sino porque llevan demasiado tiempo pudiendo con todo. Hay agotamiento, desconexión, tristeza. Y reconocerlo no nos hace peores madres, nos hace honestas».  

Las madres están quemadas. Así lo constata la profesora, escritora y fundadora de la plataforma Adolescencia Positiva, Diana Al Azem, en su libro ‘Madres quemadas. Cómo cuidar sin arder en silencio’ (Plataforma Editorial). «Lo veo, sin duda, en los comentarios de mis amigas, en … las familias con las que trabajamos en consulta y en el 90% de mis seguidoras, que son mujeres. Y también lo sé por mí misma, porque lo viví cuando mis hijos eran pequeños y no tenía las herramientas necesarias. Hasta que empecé a soltar, a priorizarme y a entender que eso no era egoísta».

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