El drama de Mussa entre cientos de africanos varados en la playa del Trampolín: «Mis cuatro amigos murieron tratando de cruzar»

Mussa, de 20 años, está solo en Ceuta pese a encontrarse en una playa abarrotada. Abandonó Malí junto a cuatro amigos. Ya no queda ninguno. «Mis cuatro amigos murieron nadando tratando de llegar a Ceuta», relata sentado en la playa del Trampolín. Lleva una equipación de Los Angeles Lakers y un viejo cortavientos que le regaló un vecino al verlo tiritar.

 Este martes, Marruecos no acepta a nadie a través de la frontera, mientras los inmigrantes que permanecen en Ceuta se enfrentan a la falta de agua, la ausencia de asistencia sanitaria y los robos  

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Mussa, de 20 años, está solo en Ceuta pese a encontrarse en una playa abarrotada. Abandonó Malí junto a cuatro amigos. Ya no queda ninguno. «Mis cuatro amigos murieron nadando tratando de llegar a Ceuta», relata sentado en la playa del Trampolín. Lleva una equipación de Los Angeles Lakers y un viejo cortavientos que le regaló un vecino al verlo tiritar.

Durante dos años malvivió como camarero en distintas ciudades de Marruecos y llegó a dormir entre fogones. La semana pasada surgió la oportunidad de cruzar y los cinco amigos se dirigieron hacia el mar. Mussa fue el único que llegó.

Ahora permanece varado con cientos de africanos en una playa donde la noche del lunes recibieron, de la Cruz Roja, su primera comida en días. Allí duermen, se asean y tratan de proteger sus escasas pertenencias sobre la arena.

«La política migratoria del Gobierno de España pone siempre en el centro los derechos humanos», aseguró este martes el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, al ser preguntado por el amparo legal de las devoluciones de los ciudadanos capturados por el Ejército en las inmediaciones de la playa que presenció este diario el lunes.

Hasta la llegada de la Cruz Roja durante la noche del lunes, ni Mussa ni muchos de los malienses y sudaneses concentrados allí habían recibido alimento alguno de las instituciones españolas. La primera ración consistió en unas galletas, una lata de sardinas, pasta, una baguette y una botella de agua por persona.

Quienes todavía conservaban algo de dinero habían sobrevivido comprando pan en los comercios cercanos. Los demás dependían de la caridad de los vecinos o de lo que conseguían mendigando. Este martes, la cola frente a una de las tiendas se prolongaba casi hasta la esquina. Los que habían logrado cambiar sus dirhams esperaban para comprar una barra.

Algunos llevaban viejos monos de mecánico que les colgaban del cuerpo como camisones, pese a que la temperatura superaba los 35 grados. Otros conservaban el bañador con el que habían cruzado y lo llevaban sobre unos pantalones vaqueros, o acumulaban varias camisetas para no quedarse sin nada.

El argelino Mohammed, con la palabra 'asilo' pintada en su pecho.
El argelino Mohammed, con la palabra ‘asilo’ pintada en su pecho.

Mohammed, uno de los pocos argelinos que permanecen allí, lleva escrita la palabra «asilo» en el pecho con un rotulador y cuenta que pasó «una noche terrible»: «Cuando dormía un africano me robó la bolsa en la que guardaba mi ropa». Ahora solo conserva el bañador, unas chancletas y un trozo de papel con los números de teléfono de su madre y de su hermana en Argelia.

Pide hacer una videollamada a su hermana: «Sara, estoy en un limbo. Lo estamos todos los argelinos. Dile a madrecita que estoy bien».

Los escasos magrebíes son una excepción en una playa ocupada principalmente por africanos subsaharianos. Durante la jornada anterior, los hombres con rasgos magrebíes o árabes habían sido capturados y expulsados por la Legión.

El ministro del Interior elevó a 72.000 el número de personas que habían llegado a Ceuta, frente a una estimación oficial anterior de entre 50.000 y 60.000. Según Grande-Marlaska, 70.000 ya habían retornado. En la arena, sin embargo, permanecen cientos de hombres que no saben cuándo podrán abandonar la playa ni qué ocurrirá con ellos.

Moha, de 19 años, procede de Sudán. Abandonó su país y atravesó a pie el norte de África hasta alcanzar la frontera de Ceuta. Entró el lunes. Su grupo no tiene dinero y la comida repartida por la Cruz Roja es la primera que prueba desde su llegada.

«En España se respetan los derechos fundamentales de los menores y de los mayores. Está fuera de discusión», insistió Grande-Marlaska.

Varios inmigrantes de origen subsahariano, en la playa del Trampolín, junto a una pintada pidiendo asilo.
Varios inmigrantes de origen subsahariano, en la playa del Trampolín, junto a una pintada pidiendo asilo.

En el Trampolín, los hombres se enfrentan a la falta de agua, la ausencia de asistencia sanitaria y los robos. Lavan la ropa directamente en el mar o utilizan las duchas de la playa, cuyo suministro había permanecido interrumpido y fue restablecido este martes.

La reapertura de las duchas coincide con el cese de la presión ejercida por los militares durante los días anteriores. Este martes, Marruecos no acepta a nadie a través de la frontera. Desde el Tarajal y desde una colina próxima pueden verse infantes marroquíes custodiando su lado de la valla.

Entre cientos de hombres apenas hay mujeres. La única visible permanece bajo una sombrilla, embozada con dos telas: una le cubre el pelo y otra oculta su rostro, dejando solo los ojos al descubierto. Viste como un hombre y se encuentra rodeada por varios compañeros. Solo se baja la tela durante unos segundos para beber de una botella que uno de ellos ha llenado en una ducha.

En el discurso oficial, los derechos fundamentales están «fuera de discusión» y España «ha estado a la altura». En la playa del Trampolín, esa política migratoria se traduce en una mujer que oculta su género entre cientos de hombres, ropa lavada en el mar, colas para conseguir una barra de pan y jóvenes aferrados a papeles con los números de teléfono de sus madres.

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