A Gabriel Rufián le hicieron anoche en Salvados algo que probablemente sea mucho más difícil para un político que responder preguntas: le obligaron a callarse y escuchar. Escuchar durante una hora lo que cinco votantes de izquierdas pensaban de la izquierda, de sus dirigentes, de sus batallas, de sus renuncias, de sus miedos y también de él. Y Gabriel Rufián, que pocas veces necesita más de unos segundos para encontrar una frase que atraviese una pantalla, descubrió que a veces el mejor titular es no tener respuesta.
Salvados coloca al portavoz de ERC tras un falso espejo para escuchar sin ser visto a cinco votantes de izquieras. Vivienda, inmigración, seguridad, abstención y unidad acaban desarmando por momentos al político de los grandes titulares
A Gabriel Rufián le hicieron anoche en Salvados algo que probablemente sea mucho más difícil para un político que responder preguntas: le obligaron a callarse y escuchar. Escuchar durante una hora lo que cinco votantes de izquierdas pensaban de la izquierda, de sus dirigentes, de sus batallas, de sus renuncias, de sus miedos y también de él. Y Gabriel Rufián, que pocas veces necesita más de unos segundos para encontrar una frase que atraviese una pantalla, descubrió que a veces el mejor titular es no tener respuesta.
«¿Y qué? Y una vez que no manda la derecha, ¿qué?». La pregunta no la hizo Gonzo. Tampoco Gabriel Rufián. La hizo Lluc, 22 años, votante de ERC, cuando Salvados colocó delante de los cinco participantes uno de esos eslóganes que podrían servir para prácticamente cualquier campaña electoral progresista de los últimos años: «Juntos para que no gobierne la derecha». Y ahí, en aquella pregunta aparentemente sencillísima, estaba escondido medio programa. No basta con impedir. No basta con asustar. No basta con juntar siglas. Después hay que contestar al «¿y qué?». Porque en la historia del Pedro y el lobo, ahora, no es tanto el lobo, como el propio Pedro.
Salvados hizo anoche con Gabriel Rufián un experimento televisivo tan sencillo como efectivo. Gonzo metió al portavoz de ERC detrás de uno de esos falsos espejos que inevitablemente recuerdan a las salas de interrogatorios de las películas. Al otro lado estaban Bea, de 26 años, votante de Podemos en 2019 y abstencionista en 2023; Antonio, pensionista de 74 años y votante de Sumar; Laura, 48 años y votante socialista; Lluc, 22 años y votante de ERC; y Nieves, 72 años y votante de Podemos. Ellos no sabían que Rufián estaba escuchando. Rufián lo escuchaba absolutamente todo.
La idea funcionó porque alteró las reglas de la entrevista política. Rufián está extraordinariamente entrenado para Rufián. Sabe dónde está la cámara, sabe construir una frase, sabe cuándo introducir una palabrota, cuándo lanzar una ironía y cuándo dejar una sentencia preparada para que sobreviva al programa convertida en vídeo de 30 segundos. Él mismo explicó que está «obsesionado con llegar a la gente cabreada» y defendió aquello de que prefiere «estar en TikTok que en bibliotecas»: «La gente en el Metro cuando vuelve de currar no se lee el manifiesto comunista». Su objetivo, dijo, no es que le aplauda quien ya está convencido, sino «entrar en la cabeza del que duda».
Pues Salvados le dio la vuelta al mecanismo. Esta vez el que tenía que escuchar al que duda era él. Y apareció Bea.
Probablemente, el personaje más importante de toda la noche no fue Gabriel Rufián, sino esta joven de 26 años que había votado a Podemos y que en las últimas elecciones decidió quedarse en casa. Cuando el debate cayó en el mantra de la unidad de la izquierda, Bea cuestionó la premisa. La izquierda, vino a recordar, lleva ocho años gobernando unida y durante ese tiempo, a su juicio, ni ha conseguido frenar a la derecha y a la extrema derecha ni ha mejorado suficientemente la vida de la gente. Gabriel Rufián la escuchaba desde el otro lado. «Tiene la puta razón». Y por una vez no pareció una frase fabricada por Rufián para convertirse en un corte de Rufián.
Después la señaló como el problema fundamental que su espacio político debería resolver: joven, desencantada y abstencionista. «Si no somos capaces de que algo le haga ir a votar, nos vamos al carajo». Después resumiría el diagnóstico de otra manera: «Nuestra gente se queda en su casa. Y la derecha ficha».
Ese fue probablemente el mejor instante de Rufián, ante el espejo. Porque Salvados consiguió algo bastante más difícil que conseguir declaraciones de un político: conseguir que escuchara una declaración de un ciudadano. Hubo muchas más.
Los cinco votantes hablaron de Irene Montero, de los personalismos, de las coaliciones imposibles, de la vivienda, de la inmigración, de seguridad, del PSOE, de la extrema derecha y del propio Rufián. Algunos dijeron que le votarían en unas generales; otros no le entregarían el liderazgo de un frente progresista. Cuando el programa colocó su rostro junto al de Irene Montero en un cartel electoral ficticio, la reacción de Rufián fue inmediata: «Qué cabrones». Cuando Lluc reconoció que tampoco lo elegiría a él para encabezar ese proyecto, Rufián sonrió desde la habitación contigua: «No me pilla».
Rufián terminó reconociendo algo que cualquiera que observe la política española conoce perfectamente: «El votante de izquierdas es durísimo». Y quizá ahí esté otra de las claves de la entrega. El programa no reunió cinco militantes para que confirmaran las tesis del invitado. Reunió sensibilidades distintas dentro del mismo espacio político y dejó que aparecieran las contradicciones. Sí, también las contradicciones, y no fueron pocas.
De ahí salió también una de las frases destinadas a convertirse en titular: «Si Sumar, Podemos y la madre que nos parió no nos ponemos de acuerdo, nos merecemos que nos arrasen». Pero lo interesante fue que esa llamada a la unidad quedó inmediatamente enfrentada al «¿y qué?» de Lluc y a la crítica de Bea. Unirse, sí. ¿Para hacer qué?
Gabriel Rufián, además, enfrió en Salvados aquella posibilidad de convertirse en líder de una gran candidatura estatal que él mismo había alimentado durante los últimos meses. «Yo es que no me veo más allá de Cataluña», explicó. Sí abrió la puerta, en cambio, a fórmulas entre ERC y Podemos en Cataluña para «no robarnos votos entre nosotros» e incluso a posibles entendimientos con figuras como Ernest Urtasun o Ada Colau. Sobre esta última dejó otra rufianada: puede haber tenido déficits como alcaldesa, pero «si arrastra un voto, me vale».
Después llegó la vivienda. Y ahí desapareció casi todo el artificio. Los participantes la colocaron entre sus principales preocupaciones y Rufián fue rotundo: «Va a arrasar. De hecho, ya está arrasando a la izquierda». Su tesis es que ningún logro del Gobierno progresista servirá electoralmente si una generación continúa sin poder acceder a una vivienda. Cuando Gonzo le preguntó entonces lo evidente -por qué después de ocho años de gobiernos progresistas no se había solucionado-, Rufián dirigió el foco hacia el PSOE: «Cada vez que puede escoger elige la peor opción». No es el lobo.
Y fue todavía más lejos con Pedro Sánchez. Aseguró que el PSOE «está en el poder, pero no manda», recordó que cuando el presidente aborda el problema de la vivienda se reúne con las grandes constructoras y acabó lanzándole una advertencia: «Usted va a ir fuera por cobardía en lo social». Es la tesis política de Gabriel Rufián resumida en una frase: la izquierda no perderá necesariamente porque la derecha convenza más, sino porque quienes esperaban determinadas transformaciones de la izquierda dejen de creer que vayan a producirse.
Pero el tramo más incómodo llegó después. Inmigración. Seguridad. Orden. Precisamente los terrenos donde parte de la izquierda camina como quien atraviesa un campo de minas.
«Si la gente siente que no está segura, llega Abascal y se lo come todo», afirmó Rufián. Gonzo le recordó entonces uno de sus propios eslóganes: «El que la hace la paga, se llame Antonio, Nikolai o Hassan». Y le lanzó la pregunta que había que lanzar: ¿no está relacionando de esa manera inmigración con inseguridad? Rufián no retrocedió.
Defendió que existe un problema de multirreincidencia -que diferenció de un problema general de delincuencia- y utilizó una comparación destinada inevitablemente a provocar discusión: «El Vaquilla de los 80 era de La Mina de Barcelona. Ahora es de otro sitio». Y preguntó: «¿Eso es racista decirlo?». Para él, hablar de ello no significa culpar al inmigrante de la precariedad, sino disputar un terreno que considera cedido a la extrema derecha.
También dejó una de esas frases que probablemente sobrevivan durante días al programa: «No está de moda el fascismo, sino el hijoputismo». Su argumento es que no existen de repente millones de fascistas, sino millones de personas enfadadas a las que determinados discursos ofrecen un culpable. Y ahí dejó probablemente su reflexión más afortunada de ese bloque: «Hay algo peor que ser pobre, que es echarle la culpa a alguien más pobre».
El Rufián que apareció ante Gonzo es consciente de que la batalla política actual se juega tanto en el Congreso como en un vídeo vertical de 20 segundos. Por eso explicó que responde a quienes denomina «pseudoperiodistas», por eso reivindicó TikTok frente a las bibliotecas y por eso resumió su fórmula comunicativa en «ironía, humor, claridad y ser alguien normal con el que se tomarían una cerveza». Salvados permitió comprobar también la otra cara del fenómeno: hasta qué punto el político termina necesitando permanentemente una frase capaz de circular. Las hubo para todos.
Para el PSOE: la solución frente a la extrema derecha, dijo, no consiste en que toda la izquierda se convierta en PSOE, sino en «someterle». Los socialistas necesitan, según él, un «Pepito Grillo que le recuerde que es de izquierdas».
Para José Luis Rodríguez Zapatero tampoco hubo escapatoria. Gabriel Rufián confirmó que había hablado con él después de su imputación, recordó la buena relación que mantienen y lo que el ex presidente hizo para ayudar a los dirigentes independentistas encarcelados, pero añadió: «Hay que decir la puta verdad y la puta verdad es que hay cosas que no puedes hacer». Aseguró haber leído 14 veces el auto antes de pronunciarse y admitió que, aunque Zapatero pudiera ganar la batalla legal, «la moral es más complicada».
Y para Isabel Díaz Ayuso dejó el último fogonazo. Rufián sostiene que los casos que afectan a dirigentes progresistas desmovilizan mucho más a sus electores que las polémicas de la derecha a los suyos. «Todo este machaque con Ayuso, los áticos…, al votante de derechas le da igual». Y exageró la comparación hasta llevarla a Bin Laden: aunque tuviera siete áticos pagados por él, vino a decir, sus votantes seguirían ahí. Es su interpretación de la distinta respuesta electoral ante los escándalos, no un dato demostrado por el programa.
Pero, pese a todas esas frases, el mejor Rufián de la noche fue curiosamente el Rufián que no hablaba. El que escuchaba.
Porque Salvados encontró una forma muy sencilla de desactivar durante unos minutos la maquinaria del político profesional. Lo colocó detrás de un cristal y delante puso a cinco personas que no necesitaban ganar unas elecciones, ni conseguir un corte para TikTok, ni colocar un titular al día siguiente. Sólo tenían que decir lo que pensaban.
Al final Gabriel Rufián atravesó el espejo y entró en la habitación. Quiso fichar a Bea, aquella joven abstencionista que durante toda la noche había concentrado su atención. «Pues lo tienes complicado», le contestó ella. Y quizá esa fue la mejor conclusión posible.
Porque durante más de una hora Gabriel Rufián había hablado de coaliciones, de Podemos, de Sumar, de ERC, del PSOE, de Sánchez, de Montero, de vivienda, de inmigración, de seguridad, de fascismo, de TikTok, de Ayuso, de Zapatero y hasta de Bin Laden. Pero Salvados había encontrado detrás de un espejo el problema mucho más difícil de resolver: convencer de nuevo a alguien que un día creyó y ahora ya no cree.
Eso no cabe en un eslogan.
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