Antes de la caída estaba el lanzamiento. Después de la caída estaban los bolos en el suelo. Y entre una cosa y la otra, un hombre llamado Culete acababa de firmar uno de esos momentos que explican por qué El Grand Prix sigue siendo uno de los pocos programas capaces de generar televisión completamente imprevisible. No un instante viral buscado, ni una frase ingeniosa preparada para circular por las redes sociales, sino uno de esos accidentes maravillosos que sólo pueden producirse cuando la televisión y un concurso de pueblos deciden aliarse.
Culete, vecino de Quintanar del Rey, convirtió un lanzamiento completamente caótico en una proeza imposible: cayó al suelo, derribó cinco bolos y dejó a Ramón García pronunciando una frase que ya forma parte de la historia del programa: «Nunca había visto un lanzamiento igual en la vida»
Antes de la caída estaba el lanzamiento. Después de la caída estaban los bolos en el suelo. Y entre una cosa y la otra, un hombre llamado Culete acababa de firmar uno de esos momentos que explican por qué El Grand Prix sigue siendo uno de los pocos programas capaces de generar televisión completamente imprevisible. No un instante viral buscado, ni una frase ingeniosa preparada para circular por las redes sociales, sino uno de esos accidentes maravillosos que sólo pueden producirse cuando la televisión y un concurso de pueblos deciden aliarse.
Hay escenas que un realizador sabe que repetirá varias veces porque intuye que el espectador necesitará volver a verlas para comprender qué acaba de ocurrir. Lo sucedido anoche en la prueba de Los Súper Bolos pertenece a esa categoría. No porque fuera especialmente complejo, sino porque el cerebro se niega a aceptar que alguien pueda terminar prácticamente en el suelo y, aun así, completar el lanzamiento más eficaz -y seguramente el más surrealista- que se recuerda en la historia reciente del programa.
No es exageración. Lo dijo el hombre que más autoridad tiene para hacerlo: «Nunca había visto un lanzamiento igual en la vida».
Que Ramón García pronuncie una frase así después de más de tres décadas al frente de El Grand Prix no es un comentario más. Es casi un certificado oficial de que acababa de producirse un momento irrepetible. Porque si alguien ha visto de todo en esa prueba es él. Ha visto lanzamientos perfectos, otros desastrosos, bolas que apenas avanzaban unos metros y otras que parecían proyectiles. Pero nunca algo como lo de Culete.
Y eso que todo empezó con la apariencia de un desastre. El ciudadano de Quintanar del Rey afrontaba una de las pruebas más decisivas del concurso con Secún de la Rosa ejerciendo de padrino. El actor, absolutamente entregado desde el primer minuto, no dejó de animarle. Gritaba, gesticulaba, le empujaba casi con la voz mientras Culete emprendía la carrera hacia el lanzamiento. Lo que ocurrió después fue un pequeño homenaje al caos.
Porque el concursante perdió completamente el equilibrio. No encontraba la bola. No sabía cómo seguir las desquiciadas instrucción de Secún de la Rosa. Se fue al suelo. Le tuvo que levantar Ramón García, que se la jugó al meterse entre la bola, los bolos y Culete. El cuerpo ya estaba cayendo cuando la bola salió despedida de sus manos. En cualquier competición deportiva aquello habría significado el final del intento. En El Grand Prix apenas era el principio.
Mientras Culete terminaba prácticamente sentado sobre el suelo y Secún de la Rosa seguía gritando con la mezcla perfecta de desesperación, nervios y esperanza que sólo provoca este concurso, la bola comenzó un recorrido absolutamente imprevisible.
Entonces empezaron a caer los bolos.
Dos.
Después otro.
Y otro más.
Cinco en total.
Entre ellos, el bolo dorado.
Lo extraordinario del momento no fue únicamente el resultado. Fue la manera en la que se produjo. Porque nadie entendía nada. Ni siquiera quienes estaban viéndolo a pocos metros de distancia parecían capaces de explicar cómo un lanzamiento nacido del desequilibrio absoluto había terminado siendo uno de los más rentables de la noche.
La realización tardó apenas unos segundos en comprender que acababa de encontrar el momento de la temporada. Las repeticiones comenzaron a sucederse casi de inmediato. Cada nueva cámara ofrecía una perspectiva distinta, pero ninguna resolvía el misterio. Cuantas más veces se veía la secuencia, más imposible parecía.
Y entonces llegó la frase que terminó de elevar el momento a la categoría de patrimonio de El Grand Prix: «¡Por culete ha dado!»
Probablemente sea imposible encontrar una sentencia que resuma mejor la esencia de este programa. Porque fuera del contexto de El Grand Prix carece de cualquier lógica. Dentro de él es una explicación perfectamente válida.
La expresión de Ramón García provocó casi tantas carcajadas como el propio lanzamiento. Era la descripción literal de lo sucedido. El concursante había terminado en el suelo y, de una forma que desafía cualquier manual técnico sobre Los Súper Bolos, había conseguido derribar cinco objetivos y llevarse también el más valioso.
Las redes sociales tardaron exactamente lo que dura un cambio de plano en convertir a Culete en leyenda.
«Deberíais subir la tirada entera. Es histórica», reclamaba un espectador. No era una petición exagerada. Era casi una obligación patrimonial. Porque hay momentos que no pertenecen únicamente al programa en el que suceden, sino a la memoria colectiva de la televisión.
Otro resumía el sentimiento general con una frase mucho más sencilla: «Qué panzada a reír. Culeteforever…».
Y quizá ahí esté la clave.
No fue un momento que provocara admiración deportiva. Provocó una carcajada colectiva. De esas que llegan cuando uno presencia algo completamente inesperado. De esas que obligan a rebobinar porque el cerebro necesita confirmar que lo que acaba de ver ha sucedido realmente.
Hubo incluso quien fue un paso más allá (la cuenta oficial de La 1) y escribió lo que probablemente ya piensa buena parte de la audiencia del programa: «Miradlo bien. Se llama Culete: el hombre que pone a temblar a los bolos. Ha nacido una estrella».
Puede parecer una exageración propia de las redes sociales. Pero tampoco tanto.
El Grand Prix siempre ha fabricado héroes improbables. Personas anónimas que durante unos minutos dejan de ser el vecino de un pueblo para convertirse en protagonistas nacionales gracias a una vaquilla, una patata gigante, unos troncos giratorios o una prueba absurda convertida en acontecimiento televisivo.
Eso es precisamente lo que distingue al formato de cualquier otro concurso. Aquí los protagonistas no son famosos que compiten por un premio ni concursantes profesionales entrenados durante meses. Son vecinos que un día deciden representar a su pueblo y terminan regalando escenas imposibles de planificar.
Ningún guionista habría escrito que el héroe de la noche se llamaría Culete. Tampoco que acabaría en el suelo mientras firmaba el mejor lanzamiento de la prueba. Y mucho menos que el propio Ramón García certificaría que jamás había visto algo parecido.
Pero El Grand Prix nunca ha funcionado siguiendo las normas del guion. Su éxito reside precisamente en esa capacidad para convertir el error en espectáculo y el accidente en televisión inolvidable. Cuando todo parece perdido suele aparecer el momento que nadie esperaba.
Anoche ocurrió exactamente eso.
Y, por si el lanzamiento no hubiera sido suficiente para alimentar la leyenda, Quintanar del Rey completó una noche perfecta. El equipo amarillo se convirtió en el tercer ganador de esta edición de El Grand Prix y lo hizo, además, batiendo el récord de puntuación del verano con 42 puntos, una cifra que terminó de redondear una velada que ya había quedado marcada por el surrealista lanzamiento de Culete.
Quizá dentro de unos meses pocos recuerden el marcador exacto. Incluso es posible que el récord termine cayendo. Lo que será mucho más difícil de borrar es la imagen de un concursante cayéndose al suelo mientras la bola seguía su camino hacia los bolos como si el caos fuera, en realidad, la técnica perfecta.
Porque eso es El Grand Prix. Un programa donde el azar todavía manda sobre el algoritmo, donde una caída puede convertirse en una obra de ingeniería involuntaria y donde un vecino conocido como Culete puede salir del plató convertido en icono nacional.
No todos los días nace una estrella de la televisión. Mucho menos una que lo haga cayéndose de culo. Pero, precisamente por eso, el lanzamiento de Culete ya no pertenece sólo a Quintanar del Rey ni a esta edición de El Grand Prix. Pertenece a esa colección de momentos inexplicables que hacen grande a la televisión cuando deja de intentar controlar lo que ocurre y simplemente se limita a encender la cámara.
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