La soberbia puede sobrepasar el rango de mortalidad del pecado incluso cuando está perfectamente justificada. Pero me arriesgaré. La selección española dominó de una manera tan aplastante que literalmente arrolló a la triestrellada Argentina , a cuyo endiosado mesías solo le quedó el llanto, como a Evita.En el estadio de Nueva Jersey se hablaba español en las gradas y en el terreno de juego. Solo rompía la unanimidad el árbitro esloveno que se reivindicó partidario del laissez faire, laissez passer, es decir dejar dar patadas a destiempo. Cuando le dio por cortar el juego de alcantarilla albiceleste, los tobillos españoles estaban severamente dolidos, pero aguantaron embestida tras embestida. En todo caso, de este partido quiero olvidarme de algunos nombres de quienes se proclaman jugadores de fútbol pero que más lo parecen de catch. Espero que tras la derrota cambien de oficio.La llamada «ley de nietos» va a facilitar que no pocos descendientes de segundo o tercer grado de españoles que salieron del país pasen a ostentar nuestra nacionalidad, además de la del país en el que residen. Argentina es el Estado que más «nietos» va a aportar, pero esos nietos fueron noqueados en el estadio yankee por sus abuelos, abuelos jovencísimos como el gran Cubarsí, un chaval con un desparpajo y una seguridad envidiables con el balón en el pie (y estoy convencido que con la play station, si es que sigue existiendo).La selección liderada por Luis de la Fuente en el banquillo y por Rodri en el césped, ilusionó a los españoles de tal forma que agrandamos el campo con nuestros gritos de ánimo. Como escribe J.L. Carr, en ‘Cómo llegamos a la final de Wembley’, a diferencia de los del críquet, los aficionados al fútbol destacan por su emoción, por su entrega apasionada, como ocurrió en la noche de domingo, en la que paralizamos el país con esa «cosa mágica», como la denomina Laurente Mauvignier (En la turba) que es el fútbol. El placer fue de la victoria. Ganar es lo máximo, la esencia y el fin de todo, que dice Philip Roth. El triunfo lo fue de los casi cincuenta millones de (abuelos) españoles. Así nos lo hizo saber el autor del gol, Ferrán Torres, rememorando sin citar al capitán de Sudáfrica en el mundial de rugby de 1995, François Pienaar, que hizo historia con un visionario Nelson Mandela: fue el triunfo de todo un pueblo al servicio de la construcción nacional. Lo cuenta extraordinariamente John Carlin en ‘El factor humano’, aunque algunos prefieran verlo en Invictus.Quizás no errara el maestro Ortega cuando afirmó que el origen del Estado está en el deporte, en cuanto este crea el sentimiento de comunidad, de comunidad nacional, y a fuer que lo hace nuestra selección. Quizá la expresión ‘furia española’, que parece se inventó en los tercios de Flandes, no es la que mejor define al equipo de los abuelos. Lo nuestro es la clase, la conjunción, la velocidad, la destreza, la profundidad, la chispa, el equilibrio, la armonía. ¡Cómo lucen dos estrellas! Gracias a esta generación que nos permite recordar las palabras de Eduardo Galeano: «Somos porque ganamos». La soberbia puede sobrepasar el rango de mortalidad del pecado incluso cuando está perfectamente justificada. Pero me arriesgaré. La selección española dominó de una manera tan aplastante que literalmente arrolló a la triestrellada Argentina , a cuyo endiosado mesías solo le quedó el llanto, como a Evita.En el estadio de Nueva Jersey se hablaba español en las gradas y en el terreno de juego. Solo rompía la unanimidad el árbitro esloveno que se reivindicó partidario del laissez faire, laissez passer, es decir dejar dar patadas a destiempo. Cuando le dio por cortar el juego de alcantarilla albiceleste, los tobillos españoles estaban severamente dolidos, pero aguantaron embestida tras embestida. En todo caso, de este partido quiero olvidarme de algunos nombres de quienes se proclaman jugadores de fútbol pero que más lo parecen de catch. Espero que tras la derrota cambien de oficio.La llamada «ley de nietos» va a facilitar que no pocos descendientes de segundo o tercer grado de españoles que salieron del país pasen a ostentar nuestra nacionalidad, además de la del país en el que residen. Argentina es el Estado que más «nietos» va a aportar, pero esos nietos fueron noqueados en el estadio yankee por sus abuelos, abuelos jovencísimos como el gran Cubarsí, un chaval con un desparpajo y una seguridad envidiables con el balón en el pie (y estoy convencido que con la play station, si es que sigue existiendo).La selección liderada por Luis de la Fuente en el banquillo y por Rodri en el césped, ilusionó a los españoles de tal forma que agrandamos el campo con nuestros gritos de ánimo. Como escribe J.L. Carr, en ‘Cómo llegamos a la final de Wembley’, a diferencia de los del críquet, los aficionados al fútbol destacan por su emoción, por su entrega apasionada, como ocurrió en la noche de domingo, en la que paralizamos el país con esa «cosa mágica», como la denomina Laurente Mauvignier (En la turba) que es el fútbol. El placer fue de la victoria. Ganar es lo máximo, la esencia y el fin de todo, que dice Philip Roth. El triunfo lo fue de los casi cincuenta millones de (abuelos) españoles. Así nos lo hizo saber el autor del gol, Ferrán Torres, rememorando sin citar al capitán de Sudáfrica en el mundial de rugby de 1995, François Pienaar, que hizo historia con un visionario Nelson Mandela: fue el triunfo de todo un pueblo al servicio de la construcción nacional. Lo cuenta extraordinariamente John Carlin en ‘El factor humano’, aunque algunos prefieran verlo en Invictus.Quizás no errara el maestro Ortega cuando afirmó que el origen del Estado está en el deporte, en cuanto este crea el sentimiento de comunidad, de comunidad nacional, y a fuer que lo hace nuestra selección. Quizá la expresión ‘furia española’, que parece se inventó en los tercios de Flandes, no es la que mejor define al equipo de los abuelos. Lo nuestro es la clase, la conjunción, la velocidad, la destreza, la profundidad, la chispa, el equilibrio, la armonía. ¡Cómo lucen dos estrellas! Gracias a esta generación que nos permite recordar las palabras de Eduardo Galeano: «Somos porque ganamos».
La soberbia puede sobrepasar el rango de mortalidad del pecado incluso cuando está perfectamente justificada. Pero me arriesgaré. La selección española dominó de una manera tan aplastante que literalmente arrolló a la triestrellada Argentina, a cuyo endiosado mesías solo le quedó el llanto, como … a Evita.
En el estadio de Nueva Jersey se hablaba español en las gradas y en el terreno de juego. Solo rompía la unanimidad el árbitro esloveno que se reivindicó partidario del laissez faire, laissez passer, es decir dejar dar patadas a destiempo. Cuando le dio por cortar el juego de alcantarilla albiceleste, los tobillos españoles estaban severamente dolidos, pero aguantaron embestida tras embestida. En todo caso, de este partido quiero olvidarme de algunos nombres de quienes se proclaman jugadores de fútbol pero que más lo parecen de catch. Espero que tras la derrota cambien de oficio.
La llamada «ley de nietos» va a facilitar que no pocos descendientes de segundo o tercer grado de españoles que salieron del país pasen a ostentar nuestra nacionalidad, además de la del país en el que residen. Argentina es el Estado que más «nietos» va a aportar, pero esos nietos fueron noqueados en el estadio yankee por sus abuelos, abuelos jovencísimos como el gran Cubarsí, un chaval con un desparpajo y una seguridad envidiables con el balón en el pie (y estoy convencido que con la play station, si es que sigue existiendo).
Noticia relacionada
-
José F. Peláez
La selección liderada por Luis de la Fuente en el banquillo y por Rodri en el césped, ilusionó a los españoles de tal forma que agrandamos el campo con nuestros gritos de ánimo. Como escribe J.L. Carr, en ‘Cómo llegamos a la final de Wembley’, a diferencia de los del críquet, los aficionados al fútbol destacan por su emoción, por su entrega apasionada, como ocurrió en la noche de domingo, en la que paralizamos el país con esa «cosa mágica», como la denomina Laurente Mauvignier (En la turba) que es el fútbol. El placer fue de la victoria. Ganar es lo máximo, la esencia y el fin de todo, que dice Philip Roth. El triunfo lo fue de los casi cincuenta millones de (abuelos) españoles. Así nos lo hizo saber el autor del gol, Ferrán Torres, rememorando sin citar al capitán de Sudáfrica en el mundial de rugby de 1995, François Pienaar, que hizo historia con un visionario Nelson Mandela: fue el triunfo de todo un pueblo al servicio de la construcción nacional. Lo cuenta extraordinariamente John Carlin en ‘El factor humano’, aunque algunos prefieran verlo en Invictus.
Quizás no errara el maestro Ortega cuando afirmó que el origen del Estado está en el deporte, en cuanto este crea el sentimiento de comunidad, de comunidad nacional, y a fuer que lo hace nuestra selección. Quizá la expresión ‘furia española’, que parece se inventó en los tercios de Flandes, no es la que mejor define al equipo de los abuelos. Lo nuestro es la clase, la conjunción, la velocidad, la destreza, la profundidad, la chispa, el equilibrio, la armonía. ¡Cómo lucen dos estrellas! Gracias a esta generación que nos permite recordar las palabras de Eduardo Galeano: «Somos porque ganamos».
RSS de noticias de deportes

