La cita más terrible de First Dates: «Suspendemos la cena. No estamos aquí para sufrir»

<p>Cupido no siempre acierta con sus flechas. En <i><strong>First Dates</strong></i> lo saben bien. Cuando una cita funciona la alegría del equipo es inmensa, pero también es un golpe cuando no ha habido match. Gajes del oficio. El equipo del programa de Mediaset intenta siempre encontrar perfiles que puedan encajar, pero hay muchos factores externos que son más fuertes que una compatibilidad de caracteres. No pasa nada. Cada uno decide si quiere continuar a la otra persona o si se despide con «hasta más ver». La magia de <i><strong>First Dates</strong></i> también es esa, ver cómo son esas primeras citas a ciegas, cómo se comportan, cuáles serán sus decisiones y también ver la gran diversidad de perfiles que acuden al programa. </p>

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 En First Dates hay citas que salen bien y otras que salen mal. El amor es caprichoso y siempre es cosa de dos, así que cuando uno no quiere, no hay nada más que hablar. Sin embargo, pese a todos los años que lleva el dating en antena, pocas veces se ha vivido una cita como la que anoche Carlos Sobera tuvo que cancelar  

Cupido no siempre acierta con sus flechas. En First Dates lo saben bien. Cuando una cita funciona la alegría del equipo es inmensa, pero también es un golpe cuando no ha habido match. Gajes del oficio. El equipo del programa de Mediaset intenta siempre encontrar perfiles que puedan encajar, pero hay muchos factores externos que son más fuertes que una compatibilidad de caracteres. No pasa nada. Cada uno decide si quiere continuar a la otra persona o si se despide con «hasta más ver». La magia de First Dates también es esa, ver cómo son esas primeras citas a ciegas, cómo se comportan, cuáles serán sus decisiones y también ver la gran diversidad de perfiles que acuden al programa.

Las calabazas siempre han existido; enFirst Dates, por supuesto que existen, pero pocas veces se han vivido citas tan tensas como la que anoche tuvo que suspender abruptamente Carlos Sobera. Un mal trago para la candidata, para una de las camareras de First Dates y, probablemente, también para Carlos Sobera.

Lucía, 72 años. Divorciada. Cuatro hijos. «Conservadora y cristina desde que nací. Soy sanadora. Esas curaciones las hago a través de mi creencia en Dios; se me materializa Jesucristo en carne y hueso», se descibrió Lucía mientras esperaba en la barra a quien iba a ser su cita. En el amor le ha ido «regulín». Su hermana se enamoró de su pareja y ahora su hermana está casada con el que fue el segundo marido de Lucía. «Quiero una persona de buen corazón, una persona que entienda mi religión y que tenga el mínimo contacto con mi hermana a ser posible», le confesaba a Sobera.

Entraba en ese instante por la puerta de First Dates, Ramón, 73 años. Empresario y jubilado. Relató en First Dates haberse educado en colegios religiosos, «de los dominicos», con grandes amigos en la iglesia católica. «Soy un fenómeno. Tengo muchas tablas y tengo mucho talento para conquistar a las mujeres«, aseguró. A continuación, First Dates recordaba que Ramón ya había estado anteriormente y emitían el corte en el que le preguntaba a su cita si se masturbaba. ¿Qué podía salir mal con Lucía?

Carlos Sobera ejerció como cana noche de maestro de ceremonias. Ramón estaba encantado con Lucía, pero Lucía ni por asomo. Avisaba Lucía: «No me gusta nada (…) tiene toda la pinta de ser uno de los sin techo en lugar de ser quien les ayuda». Comenzó la cita y todo fue de mal en peor.

Ramón ofrecía a Lucía pagar a escote porque no estaba la cosa para gastar demasiado. «Es que estoy ahorrando para mi dote», le dijo a Lucía con humor. A Lucía no le gustó ni un pelo, le pareció un comentario irrespetuoso y poco digno para una primera cita. Sin embargo, esto iba a ser una minucia con lo que llegaría después, el momento en el que Lucía y Ramón se pusieron hablar de sus creencias. Ramón respeta, pero no comparte: «No estoy de acuerdo en cómo se ha convertido en una franquicia». A Lucía el comentario le hizo cero gracia. La tensión empezó a palparse.

«No me gusta que critique a la Iglesia porque soy muy católica y muy cristiana. He tenido muchas misiones reales con el señor y muchas sanaciones como para que este personaje venga ahora a denigrar a la Iglesia», afirmó detrás de cámara.

Ramón quiso saber más sobre Lucía y le preguntó si tenía hijos, pero Lucía ya estaba muy a la contra. «No es digno de escuchar mi vida», le decía al equipo. Salía del momento con otra pregunta: «¿Tú que crees?». La respuesta de Ramón terminó por reventar por completo la cita: «Aunque no tengas hijos tienes el don de la maternidad dentro de tus células. Yo creo en Dios, y Dios nos ha hecho con dos oídos para escuchar, con una nariz para respirar, con unos ojos para mirar, vosotras con unos pechos para amamantar, un chocho para orinar, para hacer el amor y para tener hijos y, aunque estamos comiendo, un agujerito en la parte de atrás para despojar tus alimentos».

Lucía, incrédula, aprovechaba la visita de la camarera para expresar su malestar asegurando que Ramón le estaba dando «una clase de anatomía». «Noto un poquito de tensión», advirtió la camarera, a lo que Lucía respondió muy clara: «Es que está diciendo unas barbaridades». Ramón no entendía qué había hecho mal. Así que fue directamente Carlos Sobera el que acudió a la mesa para ver qué tal iban.

«Muchos nubarrones negros desatan la tormenta. Y en la cita de Ramón y Lucía iban a caer chuzos de punta». No falló Carlos Sobera. Le preguntó si querían seguir con la cita. Ramón sí quería, pero Lucía vio la escapatoria: «Está usando términos soeces más que hermosos. No estoy a gusto en la cena». Carlos Sobera no lo dudó ni un instante: «Cuando ocurre esto suspendemos la cena y nos vamos. No estamos aquí para sufrir».

Lucía se levantó cual resorte de la mesa y Sobera les llevó a por sus abrigos. Tal era la tensión que había en el ambiente que cuando Ramón quiso ayudar a Lucía a ponerse el abrigo está se apartó y le dijo que no. «Estoy nerviosa porque me ha puesto nerviosa. No me gusta nada, absolutamente nada», confirmaba al equipo. Mientras tanto Ramón se fue con una pregunta en el aire: «¿En qué habré metido la pata?».

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