Nunca antes los niños habían sabido tanto tan pronto. Hablan inglés desde infantil, aprenden robótica en primaria y manejan con soltura la tecnología. Sin embargo, cada vez más docentes y especialistas detectan una paradoja inquietante: muchos menores de entre 6 y 10 años tienen dificultades para hacer algo aparentemente mucho más básico —organizar sus deberes, tolerar un error o tomar pequeñas decisiones cotidianas—. Es lo que algunos expertos llaman infantilización , un fenómeno que no se refiere a que los niños sean más inmaduros por naturaleza, sino a que los adultos estamos retrasando —sin querer— el desarrollo de su autonomía.«La paradoja es que vemos a niños muy estimulados cognitivamente, pero con gran dependencia ejecutiva», explica la maestra y neuroeducadora Paula Lacuesta, divulgadora educativa a través de su proyecto La Pizarra de Paula. «Saben mucho contenido, tocan instrumentos, aprenden idiomas… pero gestionan peor la frustración, la organización o la toma de decisiones básicas de su día a día».De hecho en las aulas y en las consultas educativas aparecen señales cada vez más repetidas: niños que necesitan supervisión constante para empezar una tarea, que responden «no sé» ante actividades que sí saben hacer o que muestran un miedo excesivo a equivocarse.Noticia relacionada general No No Matrescencia: el terremoto invisible que sacude a las madres Soledad BarbacilSegún Lacuesta, estas conductas suelen indicar que el niño está asumiendo menos responsabilidades de las que corresponderían a su edad. «También vemos dependencia excesiva para tareas que ya dominan o una baja tolerancia a la frustración», señala. «Cuando todo ha sido anticipado o resuelto por el adulto, el niño no ha tenido que activar sus funciones ejecutivas».Detrás de este fenómeno, los especialistas señalan un factor clave: la sobreprotección bien intencionada. No se trata de una falta de implicación parental, sino muchas veces de lo contrario. «Influye muchísimo», advierte Lacuesta. «El cerebro desarrolla autonomía practicándola. Cuando el adulto anticipa, resuelve o evita la incomodidad, el niño no tiene que poner en marcha sus recursos». El problema, añade, es que a menudo confundimos sobreprotección con amor. «Queremos evitarles frustraciones, pero esa frustración es precisamente el entrenamiento que necesita su cerebro».Toma de decisionesLa clave, según los expertos, no es dejar solos a los niños ni exigirles independencia repentina, sino acompañar el proceso. «Acompañar es estar disponibles sin hacer por ellos lo que ya pueden hacer», explica Lacuesta. «Si todavía no pueden hacerlo solos, lo que debemos hacer es dividir el proceso en pequeños pasos y guiarles verbalmente». De esta forma, el adulto no sustituye al niño, sino que actúa como un apoyo externo mientras este desarrolla sus habilidades.La autonomía también se entrena en casaLa vida cotidiana ofrece numerosas oportunidades para entrenar esa independencia. Entre los 6 y 8 años, por ejemplo, los niños pueden preparar su mochila, elegir la ropa adecuada o organizar sus deberes con supervisión. Entre los 8 y 10 años ya pueden empezar a planificar su estudio semanal, asumir pequeñas responsabilidades domésticas o tomar decisiones con consecuencias reales.A estos cambios se suman otros factores contemporáneos. Las pantallas, por ejemplo, influyen directamente en el desarrollo de la autorregulación. «Interfieren en el desarrollo de las áreas prefrontales encargadas de la gestión de la frustración», explica Lacuesta. «Si el cerebro se acostumbra a recompensas inmediatas y a estimulación constante, todo lo que requiere esfuerzo sostenido genera rechazo». A ello se añaden ritmos familiares acelerados —que empujan a los adultos a resolver por rapidez— y un creciente temor a que los niños se frustren.El error como gimnasio del cerebroParte de la dificultad para fomentar autonomía reside también en los propios padres. «La ansiedad parental suele venir del miedo al error del hijo», señala Lacuesta. «Pero el error es el gimnasio del cerebro». Por eso suele plantear a las familias una reflexión provocadora: si queremos que nuestros hijos sepan decir no ante presiones importantes en el futuro, debemos empezar antes a entrenar su capacidad de poner límites y asumir responsabilidades.Para avanzar hacia una educación más autónoma, la neuroeducadora propone tres ideas simples pero poderosas: No hacer por el niño lo que puede hacer al 60% por sí mismo; Permitir pequeños errores hoy para evitar inseguridades grandes mañana; Sustituir el «ten cuidado» constante por un mensaje diferente: «confío en ti». MÁS INFORMACIÓN noticia Si Suegras: cómo cortar el ‘cordón umbilical’ con tu hijo cuando la nuera llega a la familia noticia Si Le hablas, te oye, pero no responde. ¿Por qué insistir desde lejos no funciona? noticia Si Este es el nutriente del huevo que mejora la memoria y atención de niños y adolescentes noticia Si Cómo desterrar la culpa de no pasar ‘tiempo de calidad’ con los hijosPorque, como concluye Lacuesta, la autonomía no aparece de golpe. «Es como una escalera: primero construimos el escalón y les ayudamos a subir; después lo construimos para que suban solos; y finalmente les enseñamos a construir sus propios escalones». Nunca antes los niños habían sabido tanto tan pronto. Hablan inglés desde infantil, aprenden robótica en primaria y manejan con soltura la tecnología. Sin embargo, cada vez más docentes y especialistas detectan una paradoja inquietante: muchos menores de entre 6 y 10 años tienen dificultades para hacer algo aparentemente mucho más básico —organizar sus deberes, tolerar un error o tomar pequeñas decisiones cotidianas—. Es lo que algunos expertos llaman infantilización , un fenómeno que no se refiere a que los niños sean más inmaduros por naturaleza, sino a que los adultos estamos retrasando —sin querer— el desarrollo de su autonomía.«La paradoja es que vemos a niños muy estimulados cognitivamente, pero con gran dependencia ejecutiva», explica la maestra y neuroeducadora Paula Lacuesta, divulgadora educativa a través de su proyecto La Pizarra de Paula. «Saben mucho contenido, tocan instrumentos, aprenden idiomas… pero gestionan peor la frustración, la organización o la toma de decisiones básicas de su día a día».De hecho en las aulas y en las consultas educativas aparecen señales cada vez más repetidas: niños que necesitan supervisión constante para empezar una tarea, que responden «no sé» ante actividades que sí saben hacer o que muestran un miedo excesivo a equivocarse.Noticia relacionada general No No Matrescencia: el terremoto invisible que sacude a las madres Soledad BarbacilSegún Lacuesta, estas conductas suelen indicar que el niño está asumiendo menos responsabilidades de las que corresponderían a su edad. «También vemos dependencia excesiva para tareas que ya dominan o una baja tolerancia a la frustración», señala. «Cuando todo ha sido anticipado o resuelto por el adulto, el niño no ha tenido que activar sus funciones ejecutivas».Detrás de este fenómeno, los especialistas señalan un factor clave: la sobreprotección bien intencionada. No se trata de una falta de implicación parental, sino muchas veces de lo contrario. «Influye muchísimo», advierte Lacuesta. «El cerebro desarrolla autonomía practicándola. Cuando el adulto anticipa, resuelve o evita la incomodidad, el niño no tiene que poner en marcha sus recursos». El problema, añade, es que a menudo confundimos sobreprotección con amor. «Queremos evitarles frustraciones, pero esa frustración es precisamente el entrenamiento que necesita su cerebro».Toma de decisionesLa clave, según los expertos, no es dejar solos a los niños ni exigirles independencia repentina, sino acompañar el proceso. «Acompañar es estar disponibles sin hacer por ellos lo que ya pueden hacer», explica Lacuesta. «Si todavía no pueden hacerlo solos, lo que debemos hacer es dividir el proceso en pequeños pasos y guiarles verbalmente». De esta forma, el adulto no sustituye al niño, sino que actúa como un apoyo externo mientras este desarrolla sus habilidades.La autonomía también se entrena en casaLa vida cotidiana ofrece numerosas oportunidades para entrenar esa independencia. Entre los 6 y 8 años, por ejemplo, los niños pueden preparar su mochila, elegir la ropa adecuada o organizar sus deberes con supervisión. Entre los 8 y 10 años ya pueden empezar a planificar su estudio semanal, asumir pequeñas responsabilidades domésticas o tomar decisiones con consecuencias reales.A estos cambios se suman otros factores contemporáneos. Las pantallas, por ejemplo, influyen directamente en el desarrollo de la autorregulación. «Interfieren en el desarrollo de las áreas prefrontales encargadas de la gestión de la frustración», explica Lacuesta. «Si el cerebro se acostumbra a recompensas inmediatas y a estimulación constante, todo lo que requiere esfuerzo sostenido genera rechazo». A ello se añaden ritmos familiares acelerados —que empujan a los adultos a resolver por rapidez— y un creciente temor a que los niños se frustren.El error como gimnasio del cerebroParte de la dificultad para fomentar autonomía reside también en los propios padres. «La ansiedad parental suele venir del miedo al error del hijo», señala Lacuesta. «Pero el error es el gimnasio del cerebro». Por eso suele plantear a las familias una reflexión provocadora: si queremos que nuestros hijos sepan decir no ante presiones importantes en el futuro, debemos empezar antes a entrenar su capacidad de poner límites y asumir responsabilidades.Para avanzar hacia una educación más autónoma, la neuroeducadora propone tres ideas simples pero poderosas: No hacer por el niño lo que puede hacer al 60% por sí mismo; Permitir pequeños errores hoy para evitar inseguridades grandes mañana; Sustituir el «ten cuidado» constante por un mensaje diferente: «confío en ti». MÁS INFORMACIÓN noticia Si Suegras: cómo cortar el ‘cordón umbilical’ con tu hijo cuando la nuera llega a la familia noticia Si Le hablas, te oye, pero no responde. ¿Por qué insistir desde lejos no funciona? noticia Si Este es el nutriente del huevo que mejora la memoria y atención de niños y adolescentes noticia Si Cómo desterrar la culpa de no pasar ‘tiempo de calidad’ con los hijosPorque, como concluye Lacuesta, la autonomía no aparece de golpe. «Es como una escalera: primero construimos el escalón y les ayudamos a subir; después lo construimos para que suban solos; y finalmente les enseñamos a construir sus propios escalones».
Nunca antes los niños habían sabido tanto tan pronto. Hablan inglés desde infantil, aprenden robótica en primaria y manejan con soltura la tecnología. Sin embargo, cada vez más docentes y especialistas detectan una paradoja inquietante: muchos menores de entre 6 y 10 años tienen dificultades … para hacer algo aparentemente mucho más básico —organizar sus deberes, tolerar un error o tomar pequeñas decisiones cotidianas—. Es lo que algunos expertos llaman infantilización, un fenómeno que no se refiere a que los niños sean más inmaduros por naturaleza, sino a que los adultos estamos retrasando —sin querer— el desarrollo de su autonomía.
«La paradoja es que vemos a niños muy estimulados cognitivamente, pero con gran dependencia ejecutiva», explica la maestra y neuroeducadora Paula Lacuesta, divulgadora educativa a través de su proyecto La Pizarra de Paula. «Saben mucho contenido, tocan instrumentos, aprenden idiomas… pero gestionan peor la frustración, la organización o la toma de decisiones básicas de su día a día».
De hecho en las aulas y en las consultas educativas aparecen señales cada vez más repetidas: niños que necesitan supervisión constante para empezar una tarea, que responden «no sé» ante actividades que sí saben hacer o que muestran un miedo excesivo a equivocarse.
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Soledad Barbacil
Según Lacuesta, estas conductas suelen indicar que el niño está asumiendo menos responsabilidades de las que corresponderían a su edad. «También vemos dependencia excesiva para tareas que ya dominan o una baja tolerancia a la frustración», señala. «Cuando todo ha sido anticipado o resuelto por el adulto, el niño no ha tenido que activar sus funciones ejecutivas».
Detrás de este fenómeno, los especialistas señalan un factor clave: la sobreprotección bien intencionada. No se trata de una falta de implicación parental, sino muchas veces de lo contrario. «Influye muchísimo», advierte Lacuesta. «El cerebro desarrolla autonomía practicándola. Cuando el adulto anticipa, resuelve o evita la incomodidad, el niño no tiene que poner en marcha sus recursos». El problema, añade, es que a menudo confundimos sobreprotección con amor. «Queremos evitarles frustraciones, pero esa frustración es precisamente el entrenamiento que necesita su cerebro».
Toma de decisiones
La clave, según los expertos, no es dejar solos a los niños ni exigirles independencia repentina, sino acompañar el proceso. «Acompañar es estar disponibles sin hacer por ellos lo que ya pueden hacer», explica Lacuesta. «Si todavía no pueden hacerlo solos, lo que debemos hacer es dividir el proceso en pequeños pasos y guiarles verbalmente». De esta forma, el adulto no sustituye al niño, sino que actúa como un apoyo externo mientras este desarrolla sus habilidades.
La autonomía también se entrena en casa
La vida cotidiana ofrece numerosas oportunidades para entrenar esa independencia. Entre los 6 y 8 años, por ejemplo, los niños pueden preparar su mochila, elegir la ropa adecuada o organizar sus deberes con supervisión. Entre los 8 y 10 años ya pueden empezar a planificar su estudio semanal, asumir pequeñas responsabilidades domésticas o tomar decisiones con consecuencias reales.
A estos cambios se suman otros factores contemporáneos. Las pantallas, por ejemplo, influyen directamente en el desarrollo de la autorregulación. «Interfieren en el desarrollo de las áreas prefrontales encargadas de la gestión de la frustración», explica Lacuesta. «Si el cerebro se acostumbra a recompensas inmediatas y a estimulación constante, todo lo que requiere esfuerzo sostenido genera rechazo». A ello se añaden ritmos familiares acelerados —que empujan a los adultos a resolver por rapidez— y un creciente temor a que los niños se frustren.
El error como gimnasio del cerebro
Parte de la dificultad para fomentar autonomía reside también en los propios padres. «La ansiedad parental suele venir del miedo al error del hijo», señala Lacuesta. «Pero el error es el gimnasio del cerebro». Por eso suele plantear a las familias una reflexión provocadora: si queremos que nuestros hijos sepan decir no ante presiones importantes en el futuro, debemos empezar antes a entrenar su capacidad de poner límites y asumir responsabilidades.
Para avanzar hacia una educación más autónoma, la neuroeducadora propone tres ideas simples pero poderosas: No hacer por el niño lo que puede hacer al 60% por sí mismo; Permitir pequeños errores hoy para evitar inseguridades grandes mañana; Sustituir el «ten cuidado» constante por un mensaje diferente: «confío en ti».
Porque, como concluye Lacuesta, la autonomía no aparece de golpe. «Es como una escalera: primero construimos el escalón y les ayudamos a subir; después lo construimos para que suban solos; y finalmente les enseñamos a construir sus propios escalones».
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