El camión militar acaba de llegar a la playa cuando uno de los inmigrantes aprovecha el descuido. Se levanta de golpe, rompe el cerco formado alrededor del grupo y echa a correr hacia unas escaleras. Los legionarios salen tras él mientras varios militares piden a los periodistas que intervengan, que le corten el paso, que le plaquen. El hombre, sin embargo, consigue escapar escaleras arriba.
Los policías observan el dispositivo, pero son los militares quienes persiguen a quienes tratan de escapar, interceptan a los inmigrantes y los trasladan del brazo hasta la zona de concentración
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El camión militar acaba de llegar a la playa cuando uno de los inmigrantes aprovecha el descuido. Se levanta de golpe, rompe el cerco formado alrededor del grupo y echa a correr hacia unas escaleras. Los legionarios salen tras él mientras varios militares piden a los periodistas que intervengan, que le corten el paso, que le plaquen. El hombre, sin embargo, consigue escapar escaleras arriba.
La escena ocurre junto al espigón que linda con los almacenes San Pablo, uno de los puntos de concentración habilitados en Ceuta para reunir a los inmigrantes localizados por el Ejército antes de conducirlos hacia la frontera con Marruecos. Allí, magrebíes, subsaharianos y ciudadanos de otros países permanecen sentados contra el muro, rodeados por legionarios y bajo la supervisión de una pareja de agentes de la Policía Nacional.
Los policías observan el dispositivo, pero son los militares quienes persiguen a quienes tratan de escapar, interceptan a los inmigrantes y los trasladan del brazo hasta la zona de concentración. Los propios soldados reconocen, fuera de los cauces oficiales, cuál es el destino de los grupos.
«Te podría mentir, pero los llevamos a la frontera«, admite el teniente al mando.
Los militares, visiblemente molestos por la presencia de periodistas, sostiene que las personas reunidas en la playa han aceptado regresar «voluntariamente». Sin embargo, el concepto de voluntariedad resulta cuanto menos difuso. Algunos imploran que no los obliguen a marcharse, otros lloran y varios tratan directamente de escapar cuando los legionarios se aproximan.
Las imágenes de inmigrantes realizando requiebros para esquivar a los soldados se repiten. Quienes escapan escaleras arriba tienen a militares persiguiendoles. Algunos consiguen zafarse. Otros vuelven junto a militares sujetándolos por el brazo y conduciéndolos de nuevo hasta el grupo sentado junto al espigón.
Uno de los subsaharianos es abordado por varios legionarios que intentan atraerlo mediante un ardid hacia el punto de concentración. El hombre se percata de sus intenciones, amaga hacia un lado y los esquiva con un rápido cambio de dirección.
Otro inmigrante de Yemen se arrodilla sobre el suelo y empieza a rezar. Un militar vestido con una camiseta de la Infantería de Marina trata de levantarlo y llevárselo mientras le grita: «Vamos, hostia. Vamos, hostia».
A pocos metros, otro hombre es conducido con las manos colocadas a la espalda. El responsable del grupo al que pertenece tampoco puede marcharse. Entre los concentrados hay magrebíes, subsaharianos y dos hombres con pasaporte yemení que piden clemencia y ruegan que no los envíen a la frontera.
Los inmigrantes llegan a la playa desde distintos puntos de Ceuta acompañados por pequeños grupos de legionarios. La mayoría de los soldados no porta armas, aunque sí las llevan algunos mandos y suboficiales. Una pareja de policías nacionales permanece en la zona y supervisa las actuaciones, pero son los militares quienes ejecutan las persecuciones y mantienen a los grupos rodeados.
El dispositivo no se limita a la playa. El Ejército ha distribuido puntos de vigilancia por toda la ciudad para localizar a inmigrantes que caminan por las calles y dirigirlos hacia el lugar de concentración junto a los almacenes San Pablo.
Uno de esos puestos se encuentra junto a la oficina de turismo, al lado de la Capitanía General. Una soldado permanece sola junto a un vehículo militar con un walkie-talkie en la mano. Al otro lado de un pequeño puente aparecen dos jóvenes sin calcetines y vestidos únicamente con ropa de verano.
La militar los observa y avisa por la emisora antes de dirigirse hacia ellos. Discute con ambos en árabe mientras otro hombre se suma a la conversación. Los dos jóvenes terminan dándose la vuelta y se alejan a paso ligero.
Los soldados no están contentos con la presencia de las cámaras. «Nos cuesta mucho hacer esto y vosotros lo estáis complicando«, reprocha un suboficial.
Los legionarios también impiden que los periodistas hablen con las personas concentradas en la playa. Cada intento de aproximarse al grupo provoca nuevas advertencias para que se deje de grabar o se mantenga la distancia, mientras el Ejército continúa defendiendo que los regresos se producen de manera «voluntaria».
«Incluso los de aquí, que muchos nacieron allí, están ayudando» en esto, afirma uno de los participantes en el dispositivo, mientras llegan nuevos grupos escoltados por militares.
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