Los dos ejércitos antagónicos de Irán, el país que vive en guerra contra el mundo desde 1980

<p>¿Cómo son las fuerzas armadas de un país que lleva en la inminencia de la guerra contra el mundo desde el 22 de septiembre 1980? Ese día, Irak invadió Irán en una mezcla de conflicto territorial y jactancia personal del tirano Sadam Hussein. E <strong>Irán, con el triple de población y un PIB que era un 70% mayor que el de su rival, tardó varios meses en estabilizar los frentes y pasar a la ofensiva</strong>. Nunca ganó la guerra aunque sobrevivió. ¿Por qué? Porque el Artesh, el antiguo Ejército Imperial, había implosionado en la caída del Shah y, sobre todo, durante la Revolución Islámica de 1979. Su lugar lo había ocupado una milicia hiperideologizada pero sin formación militar, la de los <i>pasardan</i>, la Guardia Revolucionaria que en 2026 reprime en el interior y actúa como ejército de élite en el exterior.</p>

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 El Artesh, el antiguo Ejército Imperial, fue purgado y marginado por las milicias de la Revolución Islámica. Hoy, las dos estructuras resisten en tensión.  

¿Cómo son las fuerzas armadas de un país que lleva en la inminencia de la guerra contra el mundo desde el 22 de septiembre 1980? Ese día, Irak invadió Irán en una mezcla de conflicto territorial y jactancia personal del tirano Sadam Hussein. E Irán, con el triple de población y un PIB que era un 70% mayor que el de su rival, tardó varios meses en estabilizar los frentes y pasar a la ofensiva. Nunca ganó la guerra aunque sobrevivió. ¿Por qué? Porque el Artesh, el antiguo Ejército Imperial, había implosionado en la caída del Shah y, sobre todo, durante la Revolución Islámica de 1979. Su lugar lo había ocupado una milicia hiperideologizada pero sin formación militar, la de los pasardan, la Guardia Revolucionaria que en 2026 reprime en el interior y actúa como ejército de élite en el exterior.

Javier Gil Guerrero, profesor de la Universidad de Navarra y autor del libro La sombra del Ayatolá. Una historia de la República Islámica de Irán (Ciudadela Libros, 2025), empieza la historia moderna de las fuerzas armadas iraníes a partir de la liquidación por ruina del Imperio Británico y del abandono de sus bases en el Golfo Pérsico en 1971. En ese año, en un momento de pánico en Occidente por la influencia de la URSS y China y el éxito del nacionalismo árabe, el shah Reza Pahlaví se ofreció al Gobierno de Estados Unidos «como gendarme de la región».

«El shah no era un lacayo de Occidente como se ha dicho sino un político nacionalista cuyos intereses coincidieron con los de Estados Unidos en un momento dado y que se aprovechó de ello», explica Gil Guerrero. «Nixon le ofreció un cheque en blanco. Estados Unidos dio acceso al Ejército Imperial a toda la tecnología y en la cantidad que necesitara, incluidos los cazas F14 que no había compartido aún con sus aliados europeos». Con esa ventaja, el Artesh se convirtió en el ejército más poderoso de Oriente Próximo en los años 70 y actuó en el exterior en Omán y en Etiopía y, a través de la disuación, en Irak, a cuyo Gobierno forzó a un acuerdo desventajoso en su conflicto con los kurdos en 1975. En realidad, el proyecto nuclear de Irán ya nació en los años del Shah y ya se encontró con la oposición de Estados Unidos.

¿Por qué ese ejército moderno y amplio no defendió la monarquía y su proyecto laico en 1978? Porque su lealtad se dirigía al rey, no al sistema, como ocurre en Turquía. Y, cuando el rey enfermó, mostró debilidad primero y miedo después y cuando empezó a preparar su huida, los generales temieron por su posición, se dividieron en bandos y empezaron a pactar con los revolucionarios.

«El Ejército Imperial estaba basado en las tropas de reemplazo. Los soldados tenían mucha presión, la gente los insultaba por la calle después de la represión de septiembre de 1978, y los generales no estaban seguros de cuál iba a ser su comportamiento», cuenta Gil Guerrero. Ni siquiera EEUU respaldaba una bunkerización del viejo Irán prooccidental. El enviado del presidente Carter, Robert Huyser, viajó a Teherán para que el Artesh se integrara en la irreversible Revolución Islámica y para que actuara como un contrapeso en su interior.

Vana esperanza. El 1 de febrero de 1979, cuando Ruhollah Jomeini regresó a Irán, el Ejército se declaró neutral como una forma de supervivencia. Los seguidores de Jomeini no aceptaron la reconciliación. El Artesh quedó relegado a la defensa de las fronteras nacionales y el proyecto de la República Islámica se apoyó en las nuevas milicias revolucionarias, los pasdaran, que se quedaron con «el verdadero monopolio de la violencia». Para los antiguos oficiales del Shah no hubo compasión. Las purgas y ejecuciones se sucedieron tras el intento de golpe de Estado de 1980.

Llegamos al 20 de septiembre de ese año, el día en el que David, Irak, invadió a Goliat, Irán. «Durante los primeros años de la guerra, hubo un conflicto permanente entre la Guardia Revolucionaria y el Ejército», explica Gil Guerrero. De la guerra de 1980-1988 es conocida su crueldad: los bombardeos contra la población civil, el uso de bombas químicas, la represión interna y, sobre todo, el sacrificio de cientos de miles de soldados adolescentes que marchaban a la guerra pensando que los esperaba el paraíso de los musulmanes. «Irak siempre fue más prudente en el sacrificio humano y Sadam Hussein, que fue quien empezó la guerra, buscó una paz negociada ya desde 1980. Si la guerra duró ocho años fue por el empeño de Khomeini», explica Gil Guerrero, que habla también de «la visión romántica del chiísmo sentimental y el culto al martirio» del que participaban los pasdaran.

«Los militares hicieron lo que pudieron por evitar la carnicería, también porque sabían que así no se ganaba la guerra. Los ayatolas, por su parte, se dieron cuenta de que no tenían apoyos externos y de que no podían arriesgar sus aviones ni sus tanques. Así que combatieron con aquello que les sobraba: con gente«, dice Gil Guerrero. El conflicto interno con el Ejército lo ganaron las milicias, por supuesto. En 1988, cuando la guerra había reducido en un 45% el PIB y 200.000 iraníes habían muerto, llegó la paz que no fue una derrota ni una victoria, pero que la Revolución Islámica contó como un episodio de heroísmo supremo.

«En Irán, la guerra de 1980 se llama La Guerra Impuesta y La Guerra contra el Resto del Mundo. El hecho de que no acabara en derrota, por primera vez en 200 años, se convirtió en un motivo de orgullo patriótico», cuenta Gil Guerrero.

A pesar de la carnicería, los pasardan no perdieron prestigio ni influencia. En los años 90, el Gobierno del presidente Rafsanyaní empleó a los veteranos de las milicias en la construcción de nuevas infraestructuras. La Guardia Revolucionaria, en ese momento, empezó a mutar en un conglomerado empresarial paraestatal que ha atraído a los oportunistas y a los codiciosos desde entonces. Al mismo tiempo, conservaba y profesionalizaba su poder militar. Son los guardias de la Revolución los que manejan la tecnología punta y los que se encargan de la represión cuando el reto a la República Islámica es más serio. Sus miembros ya no se unen en grupos de descamisados armados a bordo de un pick up. Visten uniformes, están jerarquizados y mandan sobre sus réplicas en el exterior: Hezbolá, Hamas, Hutíes… ¿Y el Artesh? El Artesh sobrevive y es un ejército regular más o menos convencional, no muy poderoso.

¿Qué capacidad tiene entonces Irán de defenderse? «Creo que tiene unas fuerzas armadas especializadas muy adaptada a las guerras asimétricas», dice Gil Guerrero. O sea: la República Islámica de Irán no ganará sus guerras pero será un calvario para quien la desafíe. «Más o menos es eso, sí. Alguna vez hemos hablado de Irán como un puercoespín, armado de púas. Osea, de misiles».

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