De momento no hay colas. En la primera mañana de atención presencial para entregar las solicitudes de la regularización masiva, la oficina de la Seguridad Social de la madrileña calle Cedaceros -habilitada para el trámite extraordinario- no está operativa a estos efectos. El personal de la oficina subraya que su labor no es informativa sino de recepción de las solicitudes, para lo que estarán disponibles cuando termine su horario de atención habitual.
Colas frente a oficinas que aún no aceptan solicitudes, fallos telemáticos en el sistema y trabas con el idioma entorpecen la regularización de las personas que han solicitado una cita previa para entregar su documentación de forma presencial en las oficinas de Correos, Seguridad Social y Extranjería
De momento no hay colas. En la primera mañana de atención presencial para entregar las solicitudes de la regularización masiva, la oficina de la Seguridad Social de la madrileña calle Cedaceros -habilitada para el trámite extraordinario- no está operativa a estos efectos. El personal de la oficina subraya que su labor no es informativa sino de recepción de las solicitudes, para lo que estarán disponibles cuando termine su horario de atención habitual.
«Por la tarde, nos han dicho que por la tarde», señala un grupo de mujeres ecuatorianas que portan carpetillas azules de plástico con su documentación. Es una carpetilla parecida a la que cargan algunas personas que hacen cola frente al consulado de Colombia, localizado en la siguiente esquina.
«De momento veo el proceso con mucha negatividad: conseguir los documentos está siendo muy difícil y las asociaciones con las que he hablado dicen que no pueden ayudarme», expresa una joven de 30 años que prefiere no decir su nombre: «Me gustaría conseguir los papeles».
Desde hoy, las personas que hayan solicitado una cita previa -imprescindible para realizar el trámite de forma presencial- podrán acudir a las oficinas de Correos, Seguridad Social y Extranjería para realizar el trámite. El Gobierno calcula que 500.000 personas van a beneficiarse de esta medida, si bien hay estimaciones que elevan la cifra hasta el millón.
Sea como fuere, el procedimiento no está siendo tan sencillo. La treintañera que nos atiende mientras espera para entrar al consulado recuerda que hace dos semanas acudió a la representación de su país para informarse sobre cómo conseguir el certificado de antecedentes penales. «Pero me dieron información diferente», explica. Hoy sale del consulado con una tira de papel en la que constan las instrucciones.
Entre las oficinas de representación extranjera que están expidiendo este certificado con diligencia se encuentra el consulado de Marruecos. «Antes de que se anunciara la regularización, el país tardaba en mandarlo un mes. Ahora, las personas que lo solicitan vienen a recogerlo en dos semanas; a veces menos», explica un trabajador que vigila la entrada a la sala en la que los ciudadanos marroquís pueden recoger este documento.
Además del certificado de penales, las personas que no sean ni hayan sido solicitantes de asilo, que no tengan hijos o personas dependientes a cargo ni una oferta de trabajo, tendrán que presentar un informe de vulnerabilidad rellenado por una de las entidades colaboradoras de extranjería.
Steve y Lady (33 años) llevan siete meses en España y tendrán que cruzar el país para lograr ese informe. «Hay asociaciones que dicen que sólo atienden a sus usuarios y muchas no saben qué pasos tienen que dar. Una nos dijo que debemos solicitarlo en el Ayuntamiento de Alicante, que es donde estamos empadronados», cuentan. Antes de venir a Madrid, donde viven de alquiler en un piso en Carabanchel, llegaron a Alicante con un visado de turista que luego caducó, por lo que este procedimiento les supone «una oportunidad» para «conocer un país nuevo» y cómo es vivir en él, cuentan.
Eduard Granderson abandona la sucursal de Correos número 27 de Barcelona, en la Rambla Guipúzcoa, con un semblante de satisfacción tras una hora y cuarto de tramitación de documentos. Este venezolano de 38 años llegó en octubre a España porque la situación en su país «sigue estando fea y tardará varios años en arreglarse». En su elección pesaron «tres razones»: el idioma, un hermano afincado en la capital catalana desde hace tiempo y su gran pasión por la Liga de fútbol. «Soy del Real Madrid, ya asumía que venía a terreno enemigo», bromea.
«Todo ha sido muy sencillo, realicé los trámites mediante el certificado electrónico, pero este último paso he preferido hacerlo presencialmente para estar más seguro», explica Eduard, que a su llegada a España empezó a tramitar el asilo político para venezolanos, pero que, en cuanto se empezó a hablar de la regularización extraordinaria para migrantes, vio que su objetivo de radicarse en Barcelona iba a ser «bastante más fácil» de lo que esperaba.
Licenciado en Ingeniería de sistemas, realiza actualmente un curso de programación del Servicio Público de Empleo de Cataluña y, con los papeles en regla, espera poder trabajar lo antes posible. «Venimos a este país a sumar», reivindica.
Esta sucursal de Correos de La Verneda i La Pau, barrio de clase trabajadora y con un alto índice de población extranjera, es una de las 13 de la ciudad (además de tres oficinas de la Seguridad Social) que desde hoy prestan servicios de atención presencial para la regularización. Carolina Venegas, chilena de 50 años, ha acudido a las 9.15 horas con sus hijas Florencia y Javiera Núñez, de 18 y 19, y casi han pasado dos horas hasta su salida. En su caso, la cara de satisfacción no es completa, ya que no han podido presentar el informe de vulnerabilidad sellado. «Nos pasamos el jueves y el viernes enteros al teléfono con los Servicios Sociales municipales y no ha habido manera de tenerlo firmado», explican. También aseguran que se pusieron en contacto con varias de las entidades colaboradoras designadas por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, pero «apenas sabían de lo que les estábamos hablando«.
Llegaron a España en febrero de 2020, justo antes de la pandemia de covid, porque el padre iba a cursar un máster por dos años en Barcelona. Los retrasos a causa de la crisis sanitaria y que la tercera hermana hubiera iniciado estudios universitarios llevaron a que decidiesen quedarse en Barcelona, pero hasta el momento los visados solicitados por el progenitor no han servido para poder llegar a la reagrupación familiar anhelada.
«Tengo ganas de trabajar, sentirme útil y hacer cosas por los demás», dice Carolina, que ha realizado tareas de limpieza, pero que ofrece su «larga experiencia como profesora especializada en desarrollo motor».
«No hemos vuelto a Santiago desde 2021 y nos gustaría poder hacerlo una vez tengamos los papeles», expresan. Eso sí, ven su futuro en España, donde creen que «se vive mejor porque hay mucha más seguridad«. «Además, aquí estudio algo que me gusta y que en mi país no existe», señala Florencia en alusión a un Grado medio de Guía en naturaleza y tiempo de ocio.
El goteo de gente que entra y sale es «muy similar» al de otro lunes cualquiera, señala un empleado de la sucursal de Correos 27. Las largas colas, en cambio, se repiten como a finales de la semana pasada en otros puntos de Barcelona, como la Oficina de Atención a la Ciudadanía de la plaza Sant Miquel, o en el recinto ferial de La Farga de L’Hospitalet de Llobregat, donde el Ayuntamiento ha centralizado las peticiones de miles de personas para obtener la documentación necesaria antes del último paso para regularizar su situación.
En Valencia Acull, Felipe lleva desde primera hora de la mañana dando información a las decenas de personas que se concentran a las puertas. Contrasta esta imagen con la de la Oficina de Extranjería, apenas a unas calles, en el mismo barrio de Orriols. Allí no hay nadie y la atención con cita previa arranca a partir de las 16 horas. Melinda, cubana, llega despistada buscando el certificado de vulnerabilidad. «Llevamos toda la mañana dado tumbos de un lado para otro», cuenta. El conserje la dirige a los servicios sociales o a una entidad colaboradora. «Claro, allí nos los manda a toca para acá, sin darles más información», lamenta Felipe.
A su alrededor se agrupa un grupo de marroquís a los que Fátima traduce. Apenas hablan castellano. Ellos ha ido a las oficinas de Ayuntamiento y han solicitado ese certificado, pero no comprenden que ese solo sea el primer paso.
«Es la puerta B de la regularización, la más laxa, porque todo el que no tenga papeles es vulnerable», insiste Felipe. En Valencia Acull no admitirán peticiones hasta el jueves, «porque no tenemos claro cómo hay que certificar esa situación, el Real Decreto no deja dudas y no queremos equivocarnos», insiste.
El estrés de las personas a las que se le abre la puerta a una vida mejor no entiende muchas veces de plazos. Ni de papeles, porque cada historia es única. Laura pidió en La Palmas la regularización por protección internacional, pero ahora vive en Torrent y sabe que esta es la vía más rápida.
La vulnerabilidad es el trámite que está colapsando. «No solo hay que presentar la solicitud, sino que hay que hacer entrevistas de seguimiento individual de cada caso. Y eso lleva un tiempo», explica de nuevo a todos Felipe. Él sabe que esa tarea va a recaer en las entidades colaboradoras.
También está colapsado el Ayuntamiento de Valencia y las colas rodean el edificio trasero. «Ya no podemos atender más hoy, lo siento mucho», decía una funcionaria a las 12 de la mañana a una cola en la que aún estaban un centenar de personas. Alguna busca también el certificado de empadronamiento especial, porque viven en habitaciones compartidas. En los casos que hablan castellano, es más fácil. Para quien no, todo es más complicado porque no hay traductores más allá del teléfono móvil.
Por eso algunos alcaldes ya han manifestado sus quejas. En Valencia hace días que hay colgado un cartel que remite cualquier consulta a la Oficina de Extranjería. «¿Cómo se hace este proceso sin tener en cuenta a los ayuntamientos y sin clarificar algunos extremos del Real Decreto que son vagos y sin claridad? Si toda esta gente se volcará en las puertas de las delegaciones de Gobierno otro gallo cantaría», lamentaba la alcaldesa de Valencia, María José Catalá.
En Zaragoza se han registrado largas colas desde primera hora de la mañana tanto a las puertas del Ayuntamiento como en la Delegación del Gobierno. En el consistorio, la fila obtener la documentación necesaria para iniciar el trámite de la regularización, daba la vuelta al casi todo el edificio, con personas esperando desde la madrugada. Unas 15.000 personas podrán acogerse a esta medida en Aragón.
Es el caso de Clement, un ghanés de 35 años que lleva 10 viviendo en España. Asegura no entender muy bien el español, pero expresa en inglés su ilusión por obtener legalizar su estancia en el país. Desde su llegada a la Península asegura que no ha parado de moverse de ciudad en ciudad, en busca de una estabilidad que «es imposible conseguir si no tienes papeles». Al llegar a Zaragoza consiguió trabajo en un matadero, en el que recibe un sueldo que le permite ayudar a los familiares que permanecen en África. «Espero que este proceso nos ayude a mejorar nuestras condiciones de vida y poder empezar a prosperar de verdad», explica antes de pedirle a un amigo que le guarde el sitio para ir a por una botella de agua.
Al caminar alrededor de la larga fila, el cansancio entre quienes esperan es más que palpable. Nadie sabe el tiempo que le puede quedar apoyado en la fachada del Ayuntamiento, mientras que en el interior los funcionarios no dan abasto para tramitar con agilidad tal volumen de solicitudes.
Además, el hartazgo se ve aumentado ante el enorme revuelo mediático que está teniendo el Real Decreto anunciado por el Gobierno de Pedro Sánchez. Un grupo de personas de Colombia, que prefiere no dar su nombre, asegura estar «molesto» por sufrir esa exposición. «Parece que somos animales que venimos aquí a aprovecharnos, cuando la realidad es que hemos venido a España a trabajar y aportar al desarrollo del país como cualquier persona que haya nacido aquí», indica una mujer sentada sobre su mochila.
Todos ellos han llegado a la plaza del Pilar a las 4 de la mañana, tienen a decenas de personas por delante en la cola y nadie les ha dado una estimación del tiempo que les queda. «Llevamos muchas horas aquí, no sabemos si vamos a conseguir hoy la documentación y encima tenemos que estar aguantando comentarios en redes sociales de gente que no tiene ni idea», denuncia otro al escuchar la conversación.
A otros, sin embargo, la espera se les está haciendo más amena. Elmer es de Nicaragua, tiene 28 años y dice que él no tiene problema en invertir el tiempo que sea necesario en este proceso. Lleva 8 meses en la capital de Aragón, a la que llegó porque varios de sus familiares llevan más de 12 años residiendo en la ciudad y ya tienen sus papeles. No tiene prisa porque «después de haber trabajado de mil cosas en esta etapa, ahora voy a poder encontrar una mayor estabilidad y para eso puedo esperar el tiempo que haga falta». La fila es tan larga, que él está más cerca del Ebro que de la puerta del Ayuntamiento.
A escasos metros, otra fila de inmigrantes rodea la Delegación del Gobierno. Ellos ya han hecho todos los trámites y podrán iniciar hoy mismo la regularización de su situación. Sin embargo, está habiendo varios problemas para tramitar la documentación de forma correcta al existir trabas con el idioma de los solicitantes, lo que lleva a la aparición de errores en sus papeles.
A la Oficina Única de Extranjería en Murcia han acudido varios ciudadanos a informarse de cómo realizar este procedimiento. Es el caso de Suat, procedente de Marruecos, que quiere que su hijo, que lleva ocho años residiendo en España, regularice su situación administrativa. «Yo tengo papeles, pero mi hijo no puede trabajar y ahora vengo a preguntar -sin cita previa, asegura- para saber cómo arreglar su situación». «Me enteré por la televisión y por TikTok y vengo a pedir información porque quiero conseguirlo», explica.
Una de las caras más conocidas que ha desfilado por la Oficina ha sido la de Howard Sant Roos, jugador del UCAM Murcia de baloncesto de origen cubano. Aunque no ha acudido a regularizar su situación -pues lleva casi cinco años en España y acaba de recibir el pasaporte español- explica que tiene a «amigos y familiares que están haciendo el proceso». «Lo hemos conocido por la televisión y las redes sociales. Es como más se informa la gente para llevarlo a cabo y poder hacerlo bien», ha señalado.
A pesar de que no les ha preguntado todavía cómo han sido para ellos los trámites, Roos ha señalado no estar seguro de que «sea tan sencillo como parece». «Sobre todo porque todo el mundo quiere beneficiarse. Es mucha gente y el mismo proceso. Eso lleva tiempo», ha dicho.
Por último, Abdoul, también marroquí y eesidente en Archena desde hace siete años, considera que el proceso «ha sido fácil», pues «toda la gente ha sido muy amable». Además, comenta que «tenía todos los documentos listos» y que sólo ha tenido que entregar el empadronamiento. «Si lo tienes ya es suficiente», ha asegurado.
En esta línea, Abdoul comenta que es la primera vez que intenta regularizar su situación, que se enteró de dicha medida por la televisión y que conoce a «mucha gente» que quiere beneficiarse de ella. «Estoy muy contento. Han abierto muchas puertas para la gente», ha finalizado.
En Galicia no se han visto grandes colas, pero el problema se ha concentrado en Vigo, donde la jornada ha amanecido con un atasco mucho más difícil de detectar, incrustado en los ordenadores. En el primer día del proceso, nada ha terminado de arrancar y los primeros en llegar apenas han conseguido completar expedientes porque el sistema no ha respondido, no ha escaneado documentos, no ha guardado datos y ha obligado a reiniciar una y otra vez sin que el trámite avanzara.
Diana, venezolana de 44 años, ha llegado a las 7.30 horas y sobre las 13.00 horas seguía en el mismo punto, con un taco de documentos en una mano y su hija de seis meses en la otra, esperando frente a una ventanilla que no ha podido hacer nada por ella. «Cumplo todos los requisitos desde hace años, siempre lo he tenido todo preparado, pero cada vez que me tocaba presentar el arraigo cambiaban la ley y me quedaba fuera; esta es la cuarta vez y ahora que por fin puedo, el sistema está colapsado», ha explicado. Su caso no tiene fisuras sobre el papel, con dos años cotizados en hostelería, vida laboral acreditada, carnet de conducir homologado, documentación apostillada, su marido con residencia y su hija mayor ya regularizada. «Solo faltamos mi hija pequeña y yo, tengo todo, absolutamente todo», ha insistido, mientras recolocaba unos documentos que no ha podido entregar.
El fallo ha generado un efecto inmediato. Las citas estaban fijadas cada 20 minutos, pero si la primera no ha salido, el resto ha quedado atrapado detrás y la mañana se ha ido acumulando sin margen de recuperación, con usuarios esperando sin saber si su turno se mantendría o se perdería en el circuito.
Desde CCOO, el diagnóstico ha sido más amplio y apunta a un arranque precipitado tanto en lo técnico como en lo organizativo. «Se ha puesto en marcha con formación a última hora y, en muchos casos, telemática, sin tiempo real para que los trabajadores pudieran practicar con el sistema», critica Isaac de las Heras, del sindicato en Correos, que sitúa el origen del colapso en la combinación de un programa nuevo implantado sin fase de pruebas y un volumen de citas elevado desde primera hora.
A eso se suma, según detalla, un despliegue limitado que ha concentrado la presión en pocos puntos. «Correos tiene más de 2.300 oficinas en toda España y se han habilitado en torno a 300 o 350; en la provincia solo Vigo y Pontevedra, lo que obliga a mucha gente a desplazarse y genera cuellos de botella desde el inicio». El representante sindical apunta además a la falta de refuerzos específicos y a la ausencia de un periodo de rodaje previo que habría permitido ajustar fallos antes del arranque real, aunque introduce un matiz de previsión. «Es un proceso muy complejo, con mucho volumen y muchos requisitos, y los primeros días suelen ser de ajuste. Lo normal es que con el paso de las jornadas y la práctica el sistema se estabilice y acabe funcionando con normalidad».
Mientras tanto, la espera se ha sostenido en historias concretas. Diana, entre papeles y la niña en brazos, lo ha resumido con una mezcla de cansancio y determinación. «Es una pena que pase esto, pero me quedaré aquí lo que haga falta. Es una oportunidad única y al final esto es mi vida».
A unos metros, Pedro y Amanda, brasileños de 29 años y con tres en España, aguardaban con dos hijos pequeños que correteaban intentando matar las horas muertas entre la espera y el cansancio. «Trabajamos en negro porque tenemos que llevar comida a casa, o trabajas o pides ayuda y nosotros preferimos trabajar», han explicado, él en construcción y ella en limpieza. Salieron de Brasil por la inseguridad y ahora buscan estabilidad. «Vinimos a España para trabajar y vivir tranquilos, queremos los papeles para hacerlo legalmente, cotizar y tener respaldo si pasa algo».
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