El fútbol italiano y europeo llora a uno de sus más grandes. Franco Baresi, emblemático capitán del AC Milan de los años 80 y 90 y considerado uno de los mejores defensas de la historia, ha fallecido a los 66 años. Ha sido el propio club milanés quien ha comunicado la noticia en sus redes sociales: «La historia completa del AC Milan está de luto por la muerte de Franco Baresi. Su ejemplo y su integridad quedarán grabados para siempre en el ADN del Club, al igual que su icónica camiseta con el número 6», ha escrito en X.Nacido en Travagliato, en la provincia de Brescia, el 8 de mayo de 1960, Baresi fue el paradigma del futbolista de un solo club. Con apenas catorce años realizó una prueba en el Inter de Milán, que lo descartó; el Milan, en cambio, lo acogió y allí desarrolló toda su carrera, veinte temporadas, hasta convertirse en el segundo jugador con más partidos en la historia de la entidad —719 encuentros— por detrás de Paolo Maldini. Asumió el brazalete de capitán a los 22 años y no lo soltaría durante quince temporadas, hasta su retirada en 1997, cuando el club decidió retirar para siempre su dorsal, el número 6.Su leyenda es inseparable de la del mejor Milan de todos los tiempos. Cuando Silvio Berlusconi asumió la presidencia en 1986 y colocó a Arrigo Sacchi en el banquillo, el equipo, comandado por Baresi desde la última línea, inició una era de dominio nacional y continental. Jugador y entrenador se compenetraron para hacer de la conocida como ‘trampa del fuera de juego’ un revolucionario mecanismo defensivo colectivo. Baresi actuaba como el cerebro de la zaga, levantando el brazo para ordenar a la línea adelantarse al unísono y dejar al rival en posición ilegal.Con el trío neerlandés formado por Marco van Basten, Ruud Gullit y Frank Rijkaard, y una defensa histórica que completaban Tassotti, Costacurta y un jovencísimo Maldini, los rossoneri conquistaron dos Copas de Europa consecutivas, ante el Steaua de Bucarest en 1989 y ante el Benfica en 1990. Tras la marcha de Sacchi, Fabio Capello mantuvo la hegemonía y sumó una tercera Copa de Europa, la de 1994, en una final inolvidable ante el FC Barcelona. En total, seis Scudetti y tres entorchados europeos, entre otros muchos títulos, para un líbero elegante y anticipador que dirigía la zaga con un simple gesto del brazo para reclamar el fuera de juego.Con la selección italiana su historia tuvo tanto de gloria como de tragedia. Formó parte del plantel campeón del mundo en 1982, en España, todavía como suplente, y años más tarde se consolidó como titular indiscutible. En el Mundial de 1990, disputado en casa, fue pieza clave de una defensa que encadenó cinco partidos sin encajar y firmó un récord de imbatibilidad de 518 minutos, hasta la eliminación en semifinales ante Argentina en la tanda de penaltis. La herida definitiva llegaría cuatro años después.En Estados Unidos 1994, ya como capitán, Baresi protagonizó una gesta que engrandece aún más su figura: se lesionó el menisco en la fase de grupos y, contra todo pronóstico, reapareció semanas después para disputar la final ante Brasil con una actuación colosal, anulando a Romário. Tras 120 minutos sin goles bajo el calor de Pasadena, el título se decidió en los penaltis, y Franco, como capitán valiente, quiso lanzar el primero: su disparo se marchó por encima del larguero. Se derrumbó junto al poste y rompió a llorar en brazos de Sacchi tras los fallos posteriores que dieron la Copa a Brasil, una imagen del dolor deportivo que quedó grabada en la retina del mundo. Aquella final perdida, confesaría después, le pesó más que todos sus triunfos.Retirado en 1997, Baresi permaneció ligado de por vida al Milan —fue elegido «Milanista del Siglo» por la afición en 1999 y, desde 2020, ejercía como vicepresidente honorario de la entidad—. Su último año estuvo marcado por la enfermedad: el pasado verano fue operado y se le diagnosticó un nódulo por el que siguió tratamiento oncológico, un trance que afrontó con la misma discreción y entereza que definieron su vida dentro y fuera del campo. Deja el recuerdo de un capitán irrepetible, un símbolo de lealtad y elegancia, y el estándar con el que todavía hoy se mide a los grandes defensas. El fútbol italiano y europeo llora a uno de sus más grandes. Franco Baresi, emblemático capitán del AC Milan de los años 80 y 90 y considerado uno de los mejores defensas de la historia, ha fallecido a los 66 años. Ha sido el propio club milanés quien ha comunicado la noticia en sus redes sociales: «La historia completa del AC Milan está de luto por la muerte de Franco Baresi. Su ejemplo y su integridad quedarán grabados para siempre en el ADN del Club, al igual que su icónica camiseta con el número 6», ha escrito en X.Nacido en Travagliato, en la provincia de Brescia, el 8 de mayo de 1960, Baresi fue el paradigma del futbolista de un solo club. Con apenas catorce años realizó una prueba en el Inter de Milán, que lo descartó; el Milan, en cambio, lo acogió y allí desarrolló toda su carrera, veinte temporadas, hasta convertirse en el segundo jugador con más partidos en la historia de la entidad —719 encuentros— por detrás de Paolo Maldini. Asumió el brazalete de capitán a los 22 años y no lo soltaría durante quince temporadas, hasta su retirada en 1997, cuando el club decidió retirar para siempre su dorsal, el número 6.Su leyenda es inseparable de la del mejor Milan de todos los tiempos. Cuando Silvio Berlusconi asumió la presidencia en 1986 y colocó a Arrigo Sacchi en el banquillo, el equipo, comandado por Baresi desde la última línea, inició una era de dominio nacional y continental. Jugador y entrenador se compenetraron para hacer de la conocida como ‘trampa del fuera de juego’ un revolucionario mecanismo defensivo colectivo. Baresi actuaba como el cerebro de la zaga, levantando el brazo para ordenar a la línea adelantarse al unísono y dejar al rival en posición ilegal.Con el trío neerlandés formado por Marco van Basten, Ruud Gullit y Frank Rijkaard, y una defensa histórica que completaban Tassotti, Costacurta y un jovencísimo Maldini, los rossoneri conquistaron dos Copas de Europa consecutivas, ante el Steaua de Bucarest en 1989 y ante el Benfica en 1990. Tras la marcha de Sacchi, Fabio Capello mantuvo la hegemonía y sumó una tercera Copa de Europa, la de 1994, en una final inolvidable ante el FC Barcelona. En total, seis Scudetti y tres entorchados europeos, entre otros muchos títulos, para un líbero elegante y anticipador que dirigía la zaga con un simple gesto del brazo para reclamar el fuera de juego.Con la selección italiana su historia tuvo tanto de gloria como de tragedia. Formó parte del plantel campeón del mundo en 1982, en España, todavía como suplente, y años más tarde se consolidó como titular indiscutible. En el Mundial de 1990, disputado en casa, fue pieza clave de una defensa que encadenó cinco partidos sin encajar y firmó un récord de imbatibilidad de 518 minutos, hasta la eliminación en semifinales ante Argentina en la tanda de penaltis. La herida definitiva llegaría cuatro años después.En Estados Unidos 1994, ya como capitán, Baresi protagonizó una gesta que engrandece aún más su figura: se lesionó el menisco en la fase de grupos y, contra todo pronóstico, reapareció semanas después para disputar la final ante Brasil con una actuación colosal, anulando a Romário. Tras 120 minutos sin goles bajo el calor de Pasadena, el título se decidió en los penaltis, y Franco, como capitán valiente, quiso lanzar el primero: su disparo se marchó por encima del larguero. Se derrumbó junto al poste y rompió a llorar en brazos de Sacchi tras los fallos posteriores que dieron la Copa a Brasil, una imagen del dolor deportivo que quedó grabada en la retina del mundo. Aquella final perdida, confesaría después, le pesó más que todos sus triunfos.Retirado en 1997, Baresi permaneció ligado de por vida al Milan —fue elegido «Milanista del Siglo» por la afición en 1999 y, desde 2020, ejercía como vicepresidente honorario de la entidad—. Su último año estuvo marcado por la enfermedad: el pasado verano fue operado y se le diagnosticó un nódulo por el que siguió tratamiento oncológico, un trance que afrontó con la misma discreción y entereza que definieron su vida dentro y fuera del campo. Deja el recuerdo de un capitán irrepetible, un símbolo de lealtad y elegancia, y el estándar con el que todavía hoy se mide a los grandes defensas.
El fútbol italiano y europeo llora a uno de sus más grandes. Franco Baresi, emblemático capitán del AC Milan de los años 80 y 90 y considerado uno de los mejores defensas de la historia, ha fallecido a los 66 años. Ha sido el propio … club milanés quien ha comunicado la noticia en sus redes sociales: «La historia completa del AC Milan está de luto por la muerte de Franco Baresi. Su ejemplo y su integridad quedarán grabados para siempre en el ADN del Club, al igual que su icónica camiseta con el número 6», ha escrito en X.
Nacido en Travagliato, en la provincia de Brescia, el 8 de mayo de 1960, Baresi fue el paradigma del futbolista de un solo club. Con apenas catorce años realizó una prueba en el Inter de Milán, que lo descartó; el Milan, en cambio, lo acogió y allí desarrolló toda su carrera, veinte temporadas, hasta convertirse en el segundo jugador con más partidos en la historia de la entidad —719 encuentros— por detrás de Paolo Maldini. Asumió el brazalete de capitán a los 22 años y no lo soltaría durante quince temporadas, hasta su retirada en 1997, cuando el club decidió retirar para siempre su dorsal, el número 6.
Su leyenda es inseparable de la del mejor Milan de todos los tiempos. Cuando Silvio Berlusconi asumió la presidencia en 1986 y colocó a Arrigo Sacchi en el banquillo, el equipo, comandado por Baresi desde la última línea, inició una era de dominio nacional y continental. Jugador y entrenador se compenetraron para hacer de la conocida como ‘trampa del fuera de juego’ un revolucionario mecanismo defensivo colectivo. Baresi actuaba como el cerebro de la zaga, levantando el brazo para ordenar a la línea adelantarse al unísono y dejar al rival en posición ilegal.
Con el trío neerlandés formado por Marco van Basten, Ruud Gullit y Frank Rijkaard, y una defensa histórica que completaban Tassotti, Costacurta y un jovencísimo Maldini, los rossoneri conquistaron dos Copas de Europa consecutivas, ante el Steaua de Bucarest en 1989 y ante el Benfica en 1990.
Tras la marcha de Sacchi, Fabio Capello mantuvo la hegemonía y sumó una tercera Copa de Europa, la de 1994, en una final inolvidable ante el FC Barcelona. En total, seis Scudetti y tres entorchados europeos, entre otros muchos títulos, para un líbero elegante y anticipador que dirigía la zaga con un simple gesto del brazo para reclamar el fuera de juego.
Con la selección italiana su historia tuvo tanto de gloria como de tragedia. Formó parte del plantel campeón del mundo en 1982, en España, todavía como suplente, y años más tarde se consolidó como titular indiscutible. En el Mundial de 1990, disputado en casa, fue pieza clave de una defensa que encadenó cinco partidos sin encajar y firmó un récord de imbatibilidad de 518 minutos, hasta la eliminación en semifinales ante Argentina en la tanda de penaltis. La herida definitiva llegaría cuatro años después.
En Estados Unidos 1994, ya como capitán, Baresi protagonizó una gesta que engrandece aún más su figura: se lesionó el menisco en la fase de grupos y, contra todo pronóstico, reapareció semanas después para disputar la final ante Brasil con una actuación colosal, anulando a Romário. Tras 120 minutos sin goles bajo el calor de Pasadena, el título se decidió en los penaltis, y Franco, como capitán valiente, quiso lanzar el primero: su disparo se marchó por encima del larguero.
Se derrumbó junto al poste y rompió a llorar en brazos de Sacchi tras los fallos posteriores que dieron la Copa a Brasil, una imagen del dolor deportivo que quedó grabada en la retina del mundo. Aquella final perdida, confesaría después, le pesó más que todos sus triunfos.
Retirado en 1997, Baresi permaneció ligado de por vida al Milan —fue elegido «Milanista del Siglo» por la afición en 1999 y, desde 2020, ejercía como vicepresidente honorario de la entidad—. Su último año estuvo marcado por la enfermedad: el pasado verano fue operado y se le diagnosticó un nódulo por el que siguió tratamiento oncológico, un trance que afrontó con la misma discreción y entereza que definieron su vida dentro y fuera del campo.
Deja el recuerdo de un capitán irrepetible, un símbolo de lealtad y elegancia, y el estándar con el que todavía hoy se mide a los grandes defensas.
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