A media tarde, en una gran estación de carga rápida a las afueras de Shanghái, una docena de conductores esperan en silencio mientras sus coches eléctricos recuperan autonomía. En las gasolineras cercanas no hay tanto movimiento. A más de 6.000 kilómetros, el Estrecho de Ormuz lleva muchos meses convertido en el epicentro de una guerra que ha sacudido los mercados energéticos. Sobre el papel, China tenía todos los números para ser una de las grandes víctimas. Es el mayor importador mundial de crudo y buena parte de los barriles que alimentan su gigantesca maquinaria industrial llegan de Oriente Próximo. Pero la superpotencia asiática ha terminado convirtiendo una de sus mayores vulnerabilidades en una inesperada ventaja.
El mayor importador mundial de crudo esquiva el golpe de Ormuz gracias a años de reservas y diversificación mientras Washington intenta cortar el salvavidas económico chino de Irán
A media tarde, en una gran estación de carga rápida a las afueras de Shanghái, una docena de conductores esperan en silencio mientras sus coches eléctricos recuperan autonomía. En las gasolineras cercanas no hay tanto movimiento. A más de 6.000 kilómetros, el Estrecho de Ormuz lleva muchos meses convertido en el epicentro de una guerra que ha sacudido los mercados energéticos. Sobre el papel, China tenía todos los números para ser una de las grandes víctimas. Es el mayor importador mundial de crudo y buena parte de los barriles que alimentan su gigantesca maquinaria industrial llegan de Oriente Próximo. Pero la superpotencia asiática ha terminado convirtiendo una de sus mayores vulnerabilidades en una inesperada ventaja.
Un informe reciente de la consultora geopolítica The Asia Group sostiene que China ha sido la «clara ganadora» de la crisis provocada por la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán y el posterior bloqueo de Ormuz.
Cerca del 80% del petróleo y casi el 90% del gas natural licuado que atravesaban el estrecho tenían como destino Asia. Japón, Corea del Sur y otras economías de la región se encontraron de repente expuestas a un brutal shock de suministro. China también. La diferencia es que llevaba dos décadas preparándose precisamente para un escenario parecido.
El resultado de esa preparación se mide en depósitos, minas, paneles solares, reactores nucleares y millones de coches eléctricos. China llegó a la guerra con reservas suficientes para cubrir entre 90 y 110 días de importaciones de crudo. Solo en 2025 elevó sus compras de 11,1 a 11,6 millones de barriles diarios y más del 80% de ese incremento acabó almacenado. Al mismo tiempo, instaló 315 gigavatios de nueva capacidad solar, más de la mitad de toda la añadida en el mundo. «China capeó el impacto inicial mejor que cualquier otro país de la región», concluye el informe de Asia Group.
El gran escudo energético chino sigue siendo el combustible más contaminante. Más de la mitad de su consumo energético procede todavía del carbón, que extrae masivamente dentro de sus fronteras. Pero sobre esa vieja base fósil, Pekín ha levantado a toda velocidad una nueva economía electrificada. Eólica, solar, hidroeléctrica y nuclear ganan terreno, mientras la expansión del vehículo eléctrico va reduciendo poco a poco la exposición al petróleo.
Desde principios de siglo, los estrategas chinos hablan del «dilema de Malaca»: la vulnerabilidad que supone depender de hidrocarburos que deben atravesar estrechos y rutas marítimas dominadas por la Marina estadounidense. La invasión rusa de Ucrania y las sanciones occidentales contra Moscú reforzaron después la vieja obsesión de que, si algún día China se enfrentaba a una crisis internacional grave, Washington podía intentar estrangular sus suministros. La respuesta del Gobierno de Xi Jinping fue acumular reservas, elevar la producción doméstica, electrificar el transporte y multiplicar las vías de entrada de energía desde Rusia y Asia Central.
La guerra de Irán ha servido como la primera gran prueba. Cuando desaparecieron millones de barriles del Golfo, China hizo justo lo contrario de lo que muchos operadores esperaban. Redujo sus importaciones marítimas, recurrió a los inventarios, rebajó la actividad de sus refinerías y restringió las exportaciones de gasolina, diésel y combustible de aviación para priorizar el mercado interno. A lo que se suma que ha seguido comprando el sancionado crudo ruso.
Antes de la guerra, China adquiría hasta el 90% de las exportaciones iraníes de petróleo. Los volúmenes se han desplomado desde el inicio del conflicto, pero el comercio no ha desaparecido. El año pasado, los envíos iraníes a China rondaron los 1,4 millones de barriles diarios, según la firma de seguimiento marítimo Kpler.
Pero ese crudo apenas aparece en las estadísticas oficiales: desde que EEUU reimpuso las sanciones en 2019, las grandes petroleras estatales chinas se han mantenido al margen y son las refinerías privadas, atraídas por los fuertes descuentos, las que absorben buena parte de los cargamentos.
Para sortear las restricciones, el petróleo iraní llega desde hace tiempo rebautizado como procedente de Malasia y de Indonesia. Las operaciones se pagan además en yuanes y atraviesan una opaca cadena de intermediarios, navieras y comerciantes difícil de rastrear, un circuito prácticamente cerrado que permite a Teherán seguir colocando su crudo en el mayor mercado energético de Asia.
Ahí es donde Washington quiere golpear ahora. Donald Trump está trasladando parte de la presión desde el campo militar al financiero. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció esta semana una ofensiva para cortar «cada salvavidas económico» que mantenga a flote al régimen iraní. La advertencia alcanza directamente a China: cualquier entidad que ayude a transformar el petróleo iraní en dinero puede quedar bajo sanciones estadounidenses y quienes faciliten el lavado de fondos se arriesgan a ser expulsados del sistema del dólar.
Trump, según Bessent, está llamando personalmente a dirigentes extranjeros para exigirles que reduzcan sus relaciones con Teherán. Está por ver si Washington, más allá de castigar a pequeñas navieras o refinerías chinas, se atreve a sancionar a grandes bancos del gigante asiático.
La guerra también ha regalado a Pekín otro dividendo. Cada país que intenta reducir su exposición al petróleo y al gas del Golfo termina entrando en un mercado industrial dominado por China. Las exportaciones chinas de vehículos eléctricos aumentaron más de un 110% interanual en mayo y los envíos de paneles solares crecieron un 60% el mes anterior. Cuanto mayor es la preocupación por la seguridad energética, mayor es la demanda de baterías, coches eléctricos, paneles y componentes que las fábricas chinas producen a una escala difícil de igualar.
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