Septiembre no rompe parejas, destapa lo que el verano ya no puede esconder

Septiembre no siempre trae consigo nuevos comienzos. Para algunas parejas, la vuelta al colegio, al trabajo y a la rutina supone también enfrentarse a conversaciones que llevaban meses —o incluso años— posponiendo. La convivencia intensiva del verano puede hacer más visibles determinados problemas, pero, según la terapeuta relacional especializada en trauma Sheila Carrasco, no es necesariamente la causa de la crisis . «El problema rara vez es la convivencia estival, sino las dinámicas disfuncionales que se activan al sentirnos amenazados». La vuelta a la normalidad puede funcionar así como una especie de espejo. Durante el año, el trabajo, los horarios, los hijos y las obligaciones permiten mantener determinados conflictos en un segundo plano. El verano cambia el escenario: más tiempo juntos, menos rutinas y unas expectativas, en ocasiones demasiado altas, sobre lo que deberían ser las vacaciones en pareja.«Durante el año, el ritmo frenético nos permite aplazar las conversaciones difíciles. Cuando llega el verano , muchas parejas proyectan falsas esperanzas creyendo que unas vacaciones libres de estrés arreglarán su desconexión », explica Carrasco. El problema aparece cuando la pareja comprueba que, pese al descanso y al tiempo compartido, las dificultades continúan. «Cuando descubren que los mismos conflictos siguen presentes, aparece una profunda sensación de decepción. Lo que cambia no es la relación, sino que ya no quedan excusas para seguir evitando el problema», señala.Los datos apuntan además a que septiembre concentra tradicionalmente un incremento de las consultas relacionadas con las rupturas. Según la información facilitada en la nota, la Asociación Española de Abogados de Familia (AEAFA) ha registrado históricamente un aumento del 30% en las consultas de divorcio en estas fechas, mientras que el Consejo General del Poder Judicial suele contabilizar más de 16.000 demandas de divorcio en el tercer trimestre del año. Pero, ¿qué ocurre exactamente cuando una discusión aparentemente insignificante termina convirtiéndose en una batalla? Para Carrasco, muchas de las grandes crisis no comienzan por aquello que se está discutiendo —el dinero, los hijos o quién hace qué en casa—, sino por la manera en la que ambos reaccionan cuando se sienten amenazados.La terapeuta identifica cinco estrategias que pueden aparecer de forma automática cuando la pareja entra en ese « modo alerta »: querer tener razón a toda costa, intentar controlar al otro, desahogarse sin filtros, devolver el golpe y amurallarse o desaparecer emocionalmente. Son comportamientos que pueden parecer justificados en mitad de una discusión, pero que terminan alejando todavía más a la pareja. «Ninguna de estas estrategias nos acerca, pero en pleno conflicto nos parecen justificadas porque son mecanismos de supervivencia que aprendimos en el pasado», explica Carrasco.Las trampas que convierten discusión en guerraPor eso, antes de intentar resolver el problema, la experta propone algo aparentemente sencillo: parar . «Muchas de las peores discusiones no ocurren entre dos adultos racionales, sino entre dos sistemas nerviosos intentando protegerse», advierte. Cuando aparece la sensación de amenaza, el cerebro prioriza la supervivencia frente a la empatía y la capacidad de escuchar al otro queda temporalmente comprometida. Su propuesta para romper esa dinámica es la denominada «Pausa Formal»: interrumpir la conversación cuando empieza a escalar y retomarla en un plazo máximo de 24 horas, cuando ambos hayan recuperado la calma.MÁS INFORMACIÓN noticia No El éxito de los campamentos para adultos: «Nunca pude ir cuando era pequeña» noticia No Sin cobertura móvil ni Internet: Los destinos más elegidos entre quienes viajan en autocaravana noticia No Ana Mena rompe a llorar en pleno concierto tras su ruptura con Óscar Casas noticia No Cuánto dinero cobra una viuda de la pensión de su marido en España: cuantías y requisitos«Volver a hablar cuando el cuerpo ya no está en alerta no significa ceder ni dar la razón; significa crear las condiciones necesarias para que la conversación pueda construir en lugar de destruir», afirma. La idea, por tanto, no pasa necesariamente por discutir menos, sino por aprender a discutir de otra manera. Septiembre puede convertirse así en un momento incómodo, pero también en una oportunidad para dejar de atribuir la crisis exclusivamente al cansancio, las vacaciones, los hijos o la falta de tiempo y preguntarse qué dinámica se está repitiendo dentro de la relación. Porque, como resume Carrasco, «lo importante es disponer del espacio y del acompañamiento adecuados para comprender qué está ocurriendo y aprender nuevas formas de relacionarse». Septiembre no siempre trae consigo nuevos comienzos. Para algunas parejas, la vuelta al colegio, al trabajo y a la rutina supone también enfrentarse a conversaciones que llevaban meses —o incluso años— posponiendo. La convivencia intensiva del verano puede hacer más visibles determinados problemas, pero, según la terapeuta relacional especializada en trauma Sheila Carrasco, no es necesariamente la causa de la crisis . «El problema rara vez es la convivencia estival, sino las dinámicas disfuncionales que se activan al sentirnos amenazados». La vuelta a la normalidad puede funcionar así como una especie de espejo. Durante el año, el trabajo, los horarios, los hijos y las obligaciones permiten mantener determinados conflictos en un segundo plano. El verano cambia el escenario: más tiempo juntos, menos rutinas y unas expectativas, en ocasiones demasiado altas, sobre lo que deberían ser las vacaciones en pareja.«Durante el año, el ritmo frenético nos permite aplazar las conversaciones difíciles. Cuando llega el verano , muchas parejas proyectan falsas esperanzas creyendo que unas vacaciones libres de estrés arreglarán su desconexión », explica Carrasco. El problema aparece cuando la pareja comprueba que, pese al descanso y al tiempo compartido, las dificultades continúan. «Cuando descubren que los mismos conflictos siguen presentes, aparece una profunda sensación de decepción. Lo que cambia no es la relación, sino que ya no quedan excusas para seguir evitando el problema», señala.Los datos apuntan además a que septiembre concentra tradicionalmente un incremento de las consultas relacionadas con las rupturas. Según la información facilitada en la nota, la Asociación Española de Abogados de Familia (AEAFA) ha registrado históricamente un aumento del 30% en las consultas de divorcio en estas fechas, mientras que el Consejo General del Poder Judicial suele contabilizar más de 16.000 demandas de divorcio en el tercer trimestre del año. Pero, ¿qué ocurre exactamente cuando una discusión aparentemente insignificante termina convirtiéndose en una batalla? Para Carrasco, muchas de las grandes crisis no comienzan por aquello que se está discutiendo —el dinero, los hijos o quién hace qué en casa—, sino por la manera en la que ambos reaccionan cuando se sienten amenazados.La terapeuta identifica cinco estrategias que pueden aparecer de forma automática cuando la pareja entra en ese « modo alerta »: querer tener razón a toda costa, intentar controlar al otro, desahogarse sin filtros, devolver el golpe y amurallarse o desaparecer emocionalmente. Son comportamientos que pueden parecer justificados en mitad de una discusión, pero que terminan alejando todavía más a la pareja. «Ninguna de estas estrategias nos acerca, pero en pleno conflicto nos parecen justificadas porque son mecanismos de supervivencia que aprendimos en el pasado», explica Carrasco.Las trampas que convierten discusión en guerraPor eso, antes de intentar resolver el problema, la experta propone algo aparentemente sencillo: parar . «Muchas de las peores discusiones no ocurren entre dos adultos racionales, sino entre dos sistemas nerviosos intentando protegerse», advierte. Cuando aparece la sensación de amenaza, el cerebro prioriza la supervivencia frente a la empatía y la capacidad de escuchar al otro queda temporalmente comprometida. Su propuesta para romper esa dinámica es la denominada «Pausa Formal»: interrumpir la conversación cuando empieza a escalar y retomarla en un plazo máximo de 24 horas, cuando ambos hayan recuperado la calma.MÁS INFORMACIÓN noticia No El éxito de los campamentos para adultos: «Nunca pude ir cuando era pequeña» noticia No Sin cobertura móvil ni Internet: Los destinos más elegidos entre quienes viajan en autocaravana noticia No Ana Mena rompe a llorar en pleno concierto tras su ruptura con Óscar Casas noticia No Cuánto dinero cobra una viuda de la pensión de su marido en España: cuantías y requisitos«Volver a hablar cuando el cuerpo ya no está en alerta no significa ceder ni dar la razón; significa crear las condiciones necesarias para que la conversación pueda construir en lugar de destruir», afirma. La idea, por tanto, no pasa necesariamente por discutir menos, sino por aprender a discutir de otra manera. Septiembre puede convertirse así en un momento incómodo, pero también en una oportunidad para dejar de atribuir la crisis exclusivamente al cansancio, las vacaciones, los hijos o la falta de tiempo y preguntarse qué dinámica se está repitiendo dentro de la relación. Porque, como resume Carrasco, «lo importante es disponer del espacio y del acompañamiento adecuados para comprender qué está ocurriendo y aprender nuevas formas de relacionarse».  

Septiembre no siempre trae consigo nuevos comienzos. Para algunas parejas, la vuelta al colegio, al trabajo y a la rutina supone también enfrentarse a conversaciones que llevaban meses —o incluso años— posponiendo. La convivencia intensiva del verano puede hacer más visibles determinados problemas, pero, según … la terapeuta relacional especializada en trauma Sheila Carrasco, no es necesariamente la causa de la crisis. «El problema rara vez es la convivencia estival, sino las dinámicas disfuncionales que se activan al sentirnos amenazados». La vuelta a la normalidad puede funcionar así como una especie de espejo. Durante el año, el trabajo, los horarios, los hijos y las obligaciones permiten mantener determinados conflictos en un segundo plano. El verano cambia el escenario: más tiempo juntos, menos rutinas y unas expectativas, en ocasiones demasiado altas, sobre lo que deberían ser las vacaciones en pareja.

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