<p>Como ya ocurrió con el gas tras la invasión rusa de Ucrania, una crisis de suministro ha vuelto a poner el foco en la soberanía energética de Europa. La presidenta de la Comisión Europea, <strong>Ursula von der Leyen</strong>, anunció <a href=»https://www.elmundo.es/economia/2026/03/10/69affde6e4d4d8f71b8b4573.html» target=»_blank»>el martes</a> una nueva estrategia europea para desarrollar reactores nucleares modulares pequeños (SMR, por sus siglas en inglés). También adelantó la creación de medidas para movilizar inversiones privadas en este campo. No sería la primera vez que la escasez de petróleo y una crisis geopolítica sirven como catalizador para impulsar el desarrollo de fuentes alternativas: la crisis de los 70 aceleró la nuclear en todo el mundo.</p>
Europa refuerza su apuesta por las centrales nucleares de pequeño tamaño en busca de reforzar su soberanía energética
Como ya ocurrió con el gas tras la invasión rusa de Ucrania, una crisis de suministro ha vuelto a poner el foco en la soberanía energética de Europa. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció el martes una nueva estrategia europea para desarrollar reactores nucleares modulares pequeños (SMR, por sus siglas en inglés). También adelantó la creación de medidas para movilizar inversiones privadas en este campo. No sería la primera vez que la escasez de petróleo y una crisis geopolítica sirven como catalizador para impulsar el desarrollo de fuentes alternativas: la crisis de los 70 aceleró la nuclear en todo el mundo.
Esta es la tesis de un informe publicado por BBVA Research hace unos días. Eso sí, incluso aunque en esta ocasión se hable de una tecnología más madura y de instalación más sencilla, del análisis histórico también se extrae que las perturbaciones geopolíticas «no desencadenan automáticamente transiciones energéticas, las aceleran si hay alternativas escalables y viables económicamente». Por este motivo, es clave tomar medidas en el corto plazo, pero sin perder de vista el medio y el largo.
«Es imperativo destacar que el análisis histórico demuestra que la diversificación no es una respuesta lineal a la volatilidad de los precios, sino un proceso multidimensional donde convergen la percepción del riesgo, la madurez de la tecnología y la voluntad política», ilustra el documento. «Crucialmente, no es el precio actual lo que parece impulsar la diversificación estructural» de fuentes energéticas, apuntan, sino «la percepción de un riesgo de suministro sostenido». Es decir, un caso puntual de una subida de precios puede ser temporal, pero este tipo de episodios, precisamente, hacen que se vean más probables otras futuras disrupciones, que es lo que remodela los incentivos de las inversiones a largo plazo.
Así, el documento recoge dos ejemplos en los que el porcentaje de generación energética con combustibles fósiles cayó. El primero, tras las crisis petrolíferas de los años 70, la década de la expansión nuclear. «La energía nuclear creció desde niveles insignificantes a principios de los 70 a alrededor del 6% o el 7% de todo el suministro energético a mediados de los 90«, recoge el documento, que recuerda que la expansión de esta fuente continuó incluso cuando los precios del petróleo comenzaron a caer.
En el caso de las renovables, su aportación se mantuvo estable desde el cambio de milenio hasta aproximadamente 2005, cuando al mismo tiempo cayó el precio de las instalaciones solares y eólicas y se incrementó la volatilidad fósil. El hecho de que el desarrollo no ocurriese junto al de la nuclear sirve para ejemplificar cómo la transición no ocurre únicamente por el golpe geopolítico, sino que debe ir acompañada de una madurez tecnológica.
Julián Cubero, economista líder del clúster de Economía del Cambio Climático de BBVA Research y uno de los autores del informe, incide en esta idea en conversación con EL MUNDO. «Al final se trata de precios relativos», explica. Los productos derivados de los combustibles fósiles se encarecen cuando hay una percepción de que la disponibilidad va a ser menor «y eso abarata lo que no es fósil«. «Las crisis geopolíticas con derivada energética tienen ese componente: le hacen percibir a los agentes económicos -a los inversores, a los consumidores, a los Gobiernos- que la escasez, el encarecimiento de energía fósil puede estar ahí para quedarse. Y eso incentiva y abarata relativamente lo que no es fósil», afirma Cubero.
Esto no quiere decir que todo el planeta vaya a virar hacia alternativas nucleares o renovables, pero sí que en determinadas geografías se aprecie la soberanía que aportan estas tecnologías, siempre que estén lo suficientemente desarrolladas y haya capacidad para potenciarlas. O, en el caso de Europa, también todos los elementos tangenciales necesarios para aprovechar su energía, como son las redes o el almacenamiento. «El coste marginal de la energía hidroeléctrica, solar o eólica es reducidísimo y ya es rentable», contextualiza Cubero, por lo que «en tiempos normales la energía renovable ya es más barata». «Lo que hay que mejorar es su dificultad de disponibilidad y de gestión con baterías y con redes eléctricas suficientes que acompañen esos precios».
La clave, eso sí, está en saber medir la apuesta en el medio y el largo plazo, porque las inversiones son grandes tanto en el aspecto económico como en el temporal. Más allá de la fotovoltaica -que también tiene sus plazos y sus necesidades de gestión y conexión-, casi todas estas obras requieren de varios años para su instalación. Esto es especialmente evidente en la nuclear y la hidroeléctrica, que incluso con los reactores modulares, pueden conllevar una década de obras.
«El sector energético, sea fósil o no y, sobre todo, si es renovable o nuclear, es intensísimo en capital«, detalla Cubero. «Son inversiones a largo plazo, unos periodos de maduración larguísimos en los cuales la regulación pública tiene mucho que ver», explica. «España es líder en renovables y más que lo podría ser si las redes fueran acompañando suficientemente el desarrollo y no supusieron en algún caso un problema de cuello de botella».
«Los incentivos funcionan si se sostienen en el medio y largo plazo», sostiene Cubero. Hay un ejemplo evidente en el mismo conflicto en Oriente Próximo: los oleoductos y gasoductos. Varios de ellos se construyeron, precisamente, para evitar el aislamiento en caso de un cierre de Ormuz. De vuelta a Europa, Cubero aporta un matiz: «El problema es que a lo mejor lo que necesitamos no son más carreteras para evitar Ormuz, sino más redes eléctricas en Europa y más baterías. Y ahí, pasada la alarma, seguramente habría que pensar en políticas en ese sentido».
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