Sobrevivir desde el caos: Almeyda no escucha y sigue

La frase era ligada a otro argentino que ocupó no hace mucho el banquillo en Nervión. Amigo también del caos, aunque bastante más torpe en el mensaje y el discernimiento de la dimensión del Sevilla , un club muy grande en una transición fatal. Por ahí, sin duda, no toma el compatriota Almeyda el ‘no escucho y sigo’ de Sampaoli. El ahora entrenador del Sevilla se queda con la rebeldía. Si ello suena a piropo, lo llamaremos cabezonería. Ambas valen para contar el camino que el jefe del vestuario, con toda la connivencia de sus superiores y de un limitadísimo plantel entregado a sus preceptos, ha elegido para buscar la salvación del Sevilla, el peor del siglo de largo. Un Sevilla desquiciado, en gran cuota por su entrenador, sí, pero al que ya condenan hasta sus propios canteranos, presos de nervios incontrolables, y un estamento arbitral que se ha cruzado definitivamente como síntoma inequívoco y peligrosísimo del que es serio candidato al descenso por endeblez en el campo y los despachos. El técnico replica muchos errores. Insiste una y otra vez en fallas que lastiman a su equipo. Pero cuando ya no se ve nada por el parabrisas, suele encontrar la luz y salir del túnel. Almeyda es como el yin y el yang. Todo lo malo y lo bueno, el planteamiento suicida y la solución, el problema y la vía de escape. La supervivencia en tensión. Sobre todo ello, prima la fe del grupo en su idea. El trabajo mental del argentino se lleva la nota más alta de su libreto. Tiene ganado al vestuario y lo ha convertido en una piña contra lo imposible, contra sus propios desatinos tácticos.Almeyda hace tiempo que dejó de creer en la aptitud del proyecto para entregarse en alma a la actitud con el sí de todo el equipo, hasta de los que no juegan y de los que fallan un domingo tras otro. Ayer el estratega se equivocó otra vez con el dibujo de salida, extrañísimo, todo un galimatías táctico, insistiendo en las marcas abiertas por todo el campo y con un piloto rojo que se encendió pronto en la derecha: Azpilicueta y Juanlu se montaban en el lateral, se estorbaban. La sobreexcitación del canterano le llevó a realizar dos entradas fuera de toda lógica sobre el alavesista Youssef que acabaron con la expulsión del quinteño a los 16 minutos de partido. Dramático.El Sevilla se vio con uno menos con casi todo el partido por delante, jugándose la vida. Y ahí, paradojas, apareció el Almeyda entrenador y la garra del equipo desde un 4-4-1 para en inferioridad numérica comerse a su adversario. Sow puso el 1-0 antes del descanso. La afición aplaudía el derroche físico por el escudo. La reacción era de mucho mérito, pero todos sabían que ese esfuerzo pasaría la pertinente factura. Faltaba saber cuándo. Al poco de arrancar el segundo acto, el Alavés ya tenía metido al Sevilla en su área. Cambios obligados como el de Carmona por el accidentado Azpilicueta empeoraron a los locales. Toni Martínez empató y el VAR anuló otro a Boyé en fuera de juego después de que el argentino le hiciera un siete al reaparecido Nianzou.Con el Sevilla solicitando la respiración asistida comenzó el dañino show de Iosu Galech Apezteguía y todo su séquito arbitral. Almeyda y los suyos ya habían reclamado un penalti sobre Agoumé que nadie quiso ver. El equipo estaba muerto, no podía más, y en esas, avistando un interminable tiempo añadido de 12 minutos, el árbitro expulsó a Almeyda desatando la ira y la impotencia por indefensión del argentino. El entrenador eligió discutir, no marcharse del campo y pedir explicaciones como si no hubiera un mañana, en la misma cara del árbitro. Apeló al caos para que no se jugara más. Y así fue. Al más puro estilo Bilardo, nada bielsista, amarrando un punto de oro y el golaveraje contra un rival directo. Contra su propio sino, porque le va a costar caro. La afición lo despidió al grito de «Almeyda, Almeyda». El debate trasciende a la idoneidad de cambiar al entrenador o no. Es el único que agita a este muerto para que no se caiga. El caos. No escucha y sigue. Y ahora es mártir también. La frase era ligada a otro argentino que ocupó no hace mucho el banquillo en Nervión. Amigo también del caos, aunque bastante más torpe en el mensaje y el discernimiento de la dimensión del Sevilla , un club muy grande en una transición fatal. Por ahí, sin duda, no toma el compatriota Almeyda el ‘no escucho y sigo’ de Sampaoli. El ahora entrenador del Sevilla se queda con la rebeldía. Si ello suena a piropo, lo llamaremos cabezonería. Ambas valen para contar el camino que el jefe del vestuario, con toda la connivencia de sus superiores y de un limitadísimo plantel entregado a sus preceptos, ha elegido para buscar la salvación del Sevilla, el peor del siglo de largo. Un Sevilla desquiciado, en gran cuota por su entrenador, sí, pero al que ya condenan hasta sus propios canteranos, presos de nervios incontrolables, y un estamento arbitral que se ha cruzado definitivamente como síntoma inequívoco y peligrosísimo del que es serio candidato al descenso por endeblez en el campo y los despachos. El técnico replica muchos errores. Insiste una y otra vez en fallas que lastiman a su equipo. Pero cuando ya no se ve nada por el parabrisas, suele encontrar la luz y salir del túnel. Almeyda es como el yin y el yang. Todo lo malo y lo bueno, el planteamiento suicida y la solución, el problema y la vía de escape. La supervivencia en tensión. Sobre todo ello, prima la fe del grupo en su idea. El trabajo mental del argentino se lleva la nota más alta de su libreto. Tiene ganado al vestuario y lo ha convertido en una piña contra lo imposible, contra sus propios desatinos tácticos.Almeyda hace tiempo que dejó de creer en la aptitud del proyecto para entregarse en alma a la actitud con el sí de todo el equipo, hasta de los que no juegan y de los que fallan un domingo tras otro. Ayer el estratega se equivocó otra vez con el dibujo de salida, extrañísimo, todo un galimatías táctico, insistiendo en las marcas abiertas por todo el campo y con un piloto rojo que se encendió pronto en la derecha: Azpilicueta y Juanlu se montaban en el lateral, se estorbaban. La sobreexcitación del canterano le llevó a realizar dos entradas fuera de toda lógica sobre el alavesista Youssef que acabaron con la expulsión del quinteño a los 16 minutos de partido. Dramático.El Sevilla se vio con uno menos con casi todo el partido por delante, jugándose la vida. Y ahí, paradojas, apareció el Almeyda entrenador y la garra del equipo desde un 4-4-1 para en inferioridad numérica comerse a su adversario. Sow puso el 1-0 antes del descanso. La afición aplaudía el derroche físico por el escudo. La reacción era de mucho mérito, pero todos sabían que ese esfuerzo pasaría la pertinente factura. Faltaba saber cuándo. Al poco de arrancar el segundo acto, el Alavés ya tenía metido al Sevilla en su área. Cambios obligados como el de Carmona por el accidentado Azpilicueta empeoraron a los locales. Toni Martínez empató y el VAR anuló otro a Boyé en fuera de juego después de que el argentino le hiciera un siete al reaparecido Nianzou.Con el Sevilla solicitando la respiración asistida comenzó el dañino show de Iosu Galech Apezteguía y todo su séquito arbitral. Almeyda y los suyos ya habían reclamado un penalti sobre Agoumé que nadie quiso ver. El equipo estaba muerto, no podía más, y en esas, avistando un interminable tiempo añadido de 12 minutos, el árbitro expulsó a Almeyda desatando la ira y la impotencia por indefensión del argentino. El entrenador eligió discutir, no marcharse del campo y pedir explicaciones como si no hubiera un mañana, en la misma cara del árbitro. Apeló al caos para que no se jugara más. Y así fue. Al más puro estilo Bilardo, nada bielsista, amarrando un punto de oro y el golaveraje contra un rival directo. Contra su propio sino, porque le va a costar caro. La afición lo despidió al grito de «Almeyda, Almeyda». El debate trasciende a la idoneidad de cambiar al entrenador o no. Es el único que agita a este muerto para que no se caiga. El caos. No escucha y sigue. Y ahora es mártir también.  image

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