Un trineo, dos cuerdas indestructibles, dos motores de avión que te has encontrado en el trastero y una tarde tontorrona. No te hace falta más para emular una de las escenas más memorables de la venerada por unos, repudiada por otros, Star Wars: la amenaza fantasma. ¿Un niño considerado «el elegido» corriendo a más de 800 km/h por el desierto con una tartana intregaláctica? Cómo no amar las carreras de vainas. Cómo no.
A finales del siglo XX, LucasArts sorprendió a la industria con Star Wars Episode I: Racer (1999), un clásico de las carreras de vainas (podracing) inspirado en la emblemática escena de La amenaza fantasma. Sin embargo, el universo de la velocidad galáctica contra otras razas alienígenas se reactiva con el anuncio oficial de Star Wars: Galactic Racer.
Ambientado tras los eventos de El retorno del Jedi, este juego expande el concepto original al incorporar no solo podracers, sino también landspeeders, speeder bikes y los nuevos skimspeeders. Muchos vehículos que corren más que un tanque desembragado cuesta abajo, pero ninguno tan peligroso como las vainas de carreras que, asemejadas a la vida real, imponen tanto o más que estas invenciones.
Mete primera y… a 300
Cuando George Lucas presentó la carrera de Boonta Eve en Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma, no solo introdujo un evento deportivo digno de las mentes más perversas y cojas de cordura, sino que presentó a los fans de esta saga algo que no sabían que necesitaban.
Estas carreras de vainas (o pods) las protagonizaban una amalgama de maravillas de la ingeniería ensambladas de aquella manera donde podrías encontrar dos reactores descomunales que marchan al frente, encargados de generar el empuje (o incluso 4, como Ben Quadrinnaros) que están unidos entre sí únicamente por un haz de energía gravitatoria o de plasma, una especie de acoplamiento de energía que absorbe las tensiones.
Todo ello unido con cables que conectan los motores directamente a la cabina, una cápsula diminuta y abierta donde el piloto maneja los mandos con las medidas de seguridad justas.
A velocidades que superan los 800 kilómetros por hora en cañones estrechos y desiertos llenos de amenazas en formas de obstáculos o moradores de las arenas con armas de largo alcance, la conducción de estos aparatos se convierte en una pesadilla muy pero que muy entretenida.
Al no existir un chasis rígido, cada motor puede moverse de forma ligeramente independiente si se topa con turbulencias o impactos de viento. Si un cable se rompe, la cabina pierde toda la estabilidad y el vehículo se desintegra al instante. Y si crees que barrabasadas como estas sólo pertenecen a la ficción, la realidad siempre te dice: «Siéntate y espera, que te enseño».
Unas vainas de carreras realistas (más o menos)
Traer el diseño exacto de una vaina de carreras a la Tierra es complicado, porque aquí sí que se tiene en cuenta la densidad del aire y la gravedad terrestre.
En nuestro planeta, si atamos una cabina ligera a dos motores de avión mediante cables flexibles, el primer problema técnico sería la falta de rigidez estructural. Si una ráfaga de viento desvía el motor izquierdo solo unos milímetros, la tensión del cable cambiaría bruscamente, haciendo que el vehículo entrara en un efecto de péndulo incontrolable que terminaría en un accidente catastrófico, como un remolque de coche mal equilibrado con la carga que porta.
Hay coches que han llegado a records de velocidad, pero ni de lejos a los 800 km/h que consigue el joven Anakin con su vaina. El Fiat Mefistófele de Sir Ernest Eldridge en 1924 fue modificado con un chasis de carreras Fiat de 1908 y le metió un motor de avión de seis cilindros Fiat A.12 de 21.7 litros, usado en bombarderos de la Gran Guerra.
El coche era tan largo y violento que parecía sacado del mismísimo infierno. Logró el récord mundial de velocidad a 234,98 km/h, que hoy día se puede conseguir de una manera más común, pero era otra época.
También en 1933, Sir Malcolm Campbell equipó una de las versiones de su famoso bólido The Blue Bird con un motor Rolls-Royce R de 36,7 litros, un motor V12 sobrealimentado diseñado para hidroaviones de carrera, superando los 430 km/h.
Sin embargo, si traducimos el concepto de «dos motores de avión atados a una cabina para rodar por el suelo a velocidades absurdas», la humanidad ya ha construido vehículos prácticamente idénticos. El ejemplo más perfecto y radical de la historia es el Thrust SSC (Supersonic Car).
En 1997, este monstruo británico se convirtió en el primer y único vehículo terrestre en romper oficialmente la barrera del sonido, alcanzando los 1.228 km/h. Observando el diseño del Thrust SSC, es fundamentalmente una vaina de carreras adaptada a la física real. Consta de dos gigantescos motores turbofán Rolls-Royce Spey (los mismos que utilizaban los aviones de caza McDonnell Douglas F-4 Phantom II) montados a los lados de una cabina central estrechísima, que hace las veces de trineo.
La gran diferencia técnica con la ficción es que, para evitar que el aire destruyera el vehículo por las vibraciones, los ingenieros tuvieron que unir los motores y la cabina con un chasis de acero y fibra de carbono ultra rígido en lugar de cables flexibles.
Otro paralelismo histórico digno de mención son los aviones de carreras o hidroaviones de los años 30 (como el Supermarine S.6B), que eran básicamente un motor Rolls-Royce de aviación descomunal con alas diminutas y un asiento para el piloto, diseñados con el único fin de pulverizar récords de velocidad.
Asimismo, los entusiastas del drag racing (carreras de aceleración) desarrollaron los llamados Jet Cars, vehículos que despojan al coche de su transmisión tradicional y le montan una turbina de avión de combate directamente en la parte trasera del chasis, convirtiendo el automóvil en un trineo sobre ruedas impulsado por puro empuje de gases.
Igual no es necesario imaginar un haz de luz con forma de rayo tractor que une dos piezas de motor vete-tú-a-saber-cómo en una galaxia muy lejana. Seguramente con un leve vistazo al pasado podemos asegurar que las vainas de carreras ya estaban inventadas, pero no como aparecen en La Amenaza Fantasma, con sus trayectorias insanas, sus maniobras alucinantes y su inconsciencia hecha realidad. Todas ellas serían por derecho de ley, unas vainas locas.
Las carreras de vainas de Star Wars: la Amenaza Fantasma son un peligro para sus pilotos y nadie cabal querría ir a 800 km/h en esos vehículos.
Un trineo, dos cuerdas indestructibles, dos motores de avión que te has encontrado en el trastero y una tarde tontorrona. No te hace falta más para emular una de las escenas más memorables de la venerada por unos, repudiada por otros, Star Wars: la amenaza fantasma. ¿Un niño considerado «el elegido» corriendo a más de 800 km/h por el desierto con una tartana intregaláctica? Cómo no amar las carreras de vainas. Cómo no.
A finales del siglo XX, LucasArts sorprendió a la industria con Star Wars Episode I: Racer (1999), un clásico de las carreras de vainas (podracing) inspirado en la emblemática escena de La amenaza fantasma. Sin embargo, el universo de la velocidad galáctica contra otras razas alienígenas se reactiva con el anuncio oficial de Star Wars: Galactic Racer.

Ambientado tras los eventos de El retorno del Jedi, este juego expande el concepto original al incorporar no solo podracers, sino también landspeeders, speeder bikes y los nuevos skimspeeders. Muchos vehículos que corren más que un tanque desembragado cuesta abajo, pero ninguno tan peligroso como las vainas de carreras que, asemejadas a la vida real, imponen tanto o más que estas invenciones.
Mete primera y… a 300
Cuando George Lucas presentó la carrera de Boonta Eve en Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma, no solo introdujo un evento deportivo digno de las mentes más perversas y cojas de cordura, sino que presentó a los fans de esta saga algo que no sabían que necesitaban.
Estas carreras de vainas (o pods) las protagonizaban una amalgama de maravillas de la ingeniería ensambladas de aquella manera donde podrías encontrar dos reactores descomunales que marchan al frente, encargados de generar el empuje (o incluso 4, como Ben Quadrinnaros) que están unidos entre sí únicamente por un haz de energía gravitatoria o de plasma, una especie de acoplamiento de energía que absorbe las tensiones.
Todo ello unido con cables que conectan los motores directamente a la cabina, una cápsula diminuta y abierta donde el piloto maneja los mandos con las medidas de seguridad justas.

A velocidades que superan los 800 kilómetros por hora en cañones estrechos y desiertos llenos de amenazas en formas de obstáculos o moradores de las arenas con armas de largo alcance, la conducción de estos aparatos se convierte en una pesadilla muy pero que muy entretenida.
Al no existir un chasis rígido, cada motor puede moverse de forma ligeramente independiente si se topa con turbulencias o impactos de viento. Si un cable se rompe, la cabina pierde toda la estabilidad y el vehículo se desintegra al instante. Y si crees que barrabasadas como estas sólo pertenecen a la ficción, la realidad siempre te dice: «Siéntate y espera, que te enseño».
Unas vainas de carreras realistas (más o menos)
Traer el diseño exacto de una vaina de carreras a la Tierra es complicado, porque aquí sí que se tiene en cuenta la densidad del aire y la gravedad terrestre.
En nuestro planeta, si atamos una cabina ligera a dos motores de avión mediante cables flexibles, el primer problema técnico sería la falta de rigidez estructural. Si una ráfaga de viento desvía el motor izquierdo solo unos milímetros, la tensión del cable cambiaría bruscamente, haciendo que el vehículo entrara en un efecto de péndulo incontrolable que terminaría en un accidente catastrófico, como un remolque de coche mal equilibrado con la carga que porta.
Hay coches que han llegado a records de velocidad, pero ni de lejos a los 800 km/h que consigue el joven Anakin con su vaina. El Fiat Mefistófele de Sir Ernest Eldridge en 1924 fue modificado con un chasis de carreras Fiat de 1908 y le metió un motor de avión de seis cilindros Fiat A.12 de 21.7 litros, usado en bombarderos de la Gran Guerra.

El coche era tan largo y violento que parecía sacado del mismísimo infierno. Logró el récord mundial de velocidad a 234,98 km/h, que hoy día se puede conseguir de una manera más común, pero era otra época.
También en 1933, Sir Malcolm Campbell equipó una de las versiones de su famoso bólido The Blue Bird con un motor Rolls-Royce R de 36,7 litros, un motor V12 sobrealimentado diseñado para hidroaviones de carrera, superando los 430 km/h.

Sin embargo, si traducimos el concepto de «dos motores de avión atados a una cabina para rodar por el suelo a velocidades absurdas», la humanidad ya ha construido vehículos prácticamente idénticos. El ejemplo más perfecto y radical de la historia es el Thrust SSC (Supersonic Car).
En 1997, este monstruo británico se convirtió en el primer y único vehículo terrestre en romper oficialmente la barrera del sonido, alcanzando los 1.228 km/h. Observando el diseño del Thrust SSC, es fundamentalmente una vaina de carreras adaptada a la física real. Consta de dos gigantescos motores turbofán Rolls-Royce Spey (los mismos que utilizaban los aviones de caza McDonnell Douglas F-4 Phantom II) montados a los lados de una cabina central estrechísima, que hace las veces de trineo.

La gran diferencia técnica con la ficción es que, para evitar que el aire destruyera el vehículo por las vibraciones, los ingenieros tuvieron que unir los motores y la cabina con un chasis de acero y fibra de carbono ultra rígido en lugar de cables flexibles.
Otro paralelismo histórico digno de mención son los aviones de carreras o hidroaviones de los años 30 (como el Supermarine S.6B), que eran básicamente un motor Rolls-Royce de aviación descomunal con alas diminutas y un asiento para el piloto, diseñados con el único fin de pulverizar récords de velocidad.
Asimismo, los entusiastas del drag racing (carreras de aceleración) desarrollaron los llamados Jet Cars, vehículos que despojan al coche de su transmisión tradicional y le montan una turbina de avión de combate directamente en la parte trasera del chasis, convirtiendo el automóvil en un trineo sobre ruedas impulsado por puro empuje de gases.

Igual no es necesario imaginar un haz de luz con forma de rayo tractor que une dos piezas de motor vete-tú-a-saber-cómo en una galaxia muy lejana. Seguramente con un leve vistazo al pasado podemos asegurar que las vainas de carreras ya estaban inventadas, pero no como aparecen en La Amenaza Fantasma, con sus trayectorias insanas, sus maniobras alucinantes y su inconsciencia hecha realidad. Todas ellas serían por derecho de ley, unas vainas locas.
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