Tenemos que hablar de Kevin

Cada verano, en las sierras de Sintra, entre eucaliptos y la bruma que sube del Atlántico, se reúnen las personas que deciden cuánto vale el dinero. Lo hacen casi en secreto, en un palacio rodeado de jardines, mientras el resto del mundo paga su hipoteca, llena el depósito o mira con inquietud el extracto del banco sin saber que su suerte se está discutiendo allí, en susurros, entre tazas de café. El foro del Banco Central Europeo es eso, el lugar donde unos pocos hablan en voz baja de algo que nos afecta a todos.

 Cada verano, en las sierras de Sintra, entre eucaliptos y la bruma que sube del Atlántico, se reúnen las personas que deciden cuánto vale el dinero. Lo hacen ca  

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Cada verano, en las sierras de Sintra, entre eucaliptos y la bruma que sube del Atlántico, se reúnen las personas que deciden cuánto vale el dinero. Lo hacen casi en secreto, en un palacio rodeado de jardines, mientras el resto del mundo paga su hipoteca, llena el depósito o mira con inquietud el extracto del banco sin saber que su suerte se está discutiendo allí, en susurros, entre tazas de café. El foro del Banco Central Europeo es eso, el lugar donde unos pocos hablan en voz baja de algo que nos afecta a todos.

Este año hay un invitado nuevo, y nadie termina de entenderlo. Como en aquella película —y antes la novela de Lionel Shriver—, Tenemos que hablar de Kevin, donde una madre intenta descifrar a un hijo que se le ha vuelto ininteligible, los economistas observamos a Kevin Warsh, flamante presidente de la Reserva Federal, buscando pistas sobre quién es de verdad. Llegó al cargo prometiendo bajar tipos, convencido de que la inteligencia artificial abarataría el mundo y haría desaparecer la inflación. La realidad le ha recibido con los precios al 4,2%, encendidos por la energía y la guerra de Irán. El profeta de la rebaja preside hoy una Fed que coquetea con lo contrario.

Su primer gesto fue retirar las promesas sobre el rumbo futuro de los tipos. Warsh prefiere la penumbra, cree que un banco central que se compromete por adelantado pierde su única arma verdadera, la incertidumbre. Y quizá tenga razón. Pero conviene salir del personaje y mirar la idea, porque el debate se ha empobrecido. Solo se discute si los tipos sirven para frenar la inflación. Y es cierto que contra una inflación de oferta —la del petróleo, la de la guerra— el tipo de interés es un instrumento romo. Así, por ejemplo, encarecer el crédito no devuelve el gas a su precio. Quien defienda subidas apoyándose solo en eso, pierde. Peor es defender bajadas o calificar las subidas de error histórico.

Hay, sin embargo, otra función de la que casi nadie habla, y es, probablemente, la que de verdad importa. Llamémosla disciplina. Cuando el dinero es gratis durante demasiado tiempo, ocurren dos cosas silenciosas, casi imperceptibles, como la humedad que pudre una viga sin que nadie la vea. La primera, la deuda deja de doler. Un Estado que se financia a coste cero tiene menos motivos para mirarse las cuentas, y el ajuste se aplaza hasta que lo impone el mercado, que siempre cobra más caro que la prudencia voluntaria. La segunda es más íntima y nos toca a todos: el dinero barato empuja al ahorrador hacia el riesgo. Quien no encuentra rentabilidad en lo seguro la busca donde no debe, y así se inflan las burbujas que después lloramos. Lo vimos en 2008. Lo volveremos a ver si lo olvidamos.

Por eso defiendo la última subida en la Eurozona, o al menos no deshacerla. No porque vaya a doblegar el precio de la luz —no lo hará—, sino porque un sistema que ha olvidado lo que cuesta el dinero necesita que se lo recuerden. El tipo de interés es el suelo que mantiene honesta a una economía con tendencia a la euforia. La disciplina no es un castigo, es la forma adulta de la libertad.

Warsh, paradójicamente, podría entenderlo mejor que nadie. Su empeño en adelgazar el balance de la Fed nace de la intuición sana de que el dinero fácil corrompe despacio a las instituciones que lo administran. Su drama es que la criatura que iba a salvarle —esa IA que prometía precios bajos para siempre— se le ha vuelto, como el Kevin de la ficción, indescifrable.

Quizá de eso trate Sintra este año. No de adivinar el próximo cuarto de punto. Más bien de recordar que los tipos no son solo una palanca contra la inflación. Son el idioma con el que una economía se dice a sí misma la verdad. Y llevamos demasiado tiempo, a ambos lados del Atlántico, mintiéndonos en voz baja.

Francisco Rodríguez Fernández es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas

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