Vacas-cabra, olivares cortafuegos o pastorear los incendios: así es el paisaje antillamas

Desde el año pasado, 28 vacas cachenas, conocidas como vacas-cabra por su agilidad para moverse por el monte y su dieta, pastan en las 678 hectáreas del monte vecinal de Vincios, en Gondomar (Pontevedra). No están solas: las acompañan cabras y ovejas, que se alimentan entre pinos y eucaliptos. Llegaron después del incendio de 2017, que arrasó el 82% del monte y llevó a la comunidad de vecinos a replantearse su gestión. “No hay otra solución económica ni medioambiental para prevenir los incendios que no sea pasar por el ganado”, resume José Taboada, coordinador del monte vecinal.

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 Ganan terreno estrategias como el uso del ganado, la agricultura tradicional o, incluso, dejar actuar incendios en zonas muy concretas y bajo control  

Desde el año pasado, 28 vacas cachenas, conocidas como vacas-cabra por su agilidad para moverse por el monte y su dieta, pastan en las 678 hectáreas del monte vecinal de Vincios, en Gondomar (Pontevedra). No están solas: las acompañan cabras y ovejas, que se alimentan entre pinos y eucaliptos. Llegaron después del incendio de 2017, que arrasó el 82% del monte y llevó a la comunidad de vecinos a replantearse su gestión. “No hay otra solución económica ni medioambiental para prevenir los incendios que no sea pasar por el ganado”, resume José Taboada, coordinador del monte vecinal.

Dos años antes, otro gran fuego, que arrasó 7.800 hectáreas en la Sierra de Gata (Extremadura), dio origen al proyecto Mosaico, que impulsa iniciativas de los agentes sociales para prevenir los incendios. Una de sus principales aportaciones son los cortafuegos productivos: plantaciones de olivar, cerezo o castaño que crean un paisaje más discontinuo, dificultando la propagación del fuego y, al mismo tiempo, generan la actividad económica en el medio rural.

Estas dos iniciativas muestran que es posible buscar soluciones para prevenir incendios apoyándose en la naturaleza y aprovechar los recursos existentes. Con la ventaja añadida de que fijan población en zonas muy vacías. Pero nadie tiene la receta definitiva. Lo que sí existe es un diagnóstico de la situación que se repite hasta la saciedad: “Venimos de un sistema en el que la vegetación no se acumulaba porque el territorio tenía un uso agrícola y ganadero, un modelo que está desapareciendo”, explica Lluís Brotons, investigador del CSIC en el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF).

Fernando Pulido, coordinador del proyecto Mosaico y profesor de Biología en la Universidad de Extremadura, considera que se avanzaría si se pagara al agricultor por el servicio que prestan sus cultivos como cortafuegos. Un modelo similar al que se sigue en el resto de los sectores productivos: “te recompensan por lo que aportas y es lo que marcaría la diferencia entre que un cultivo sea rentable o no, por ejemplo, un olivar, y que siga ahí o no”.

“En el momento en el que la sociedad asuma esto, habremos empezado a ganar la batalla”, remacha. El proyecto Mosaico ha desarrollado unas 300 iniciativas, algunas ya existían y otras han partido desde cero. Tras su implantación en la Sierra de Gata y Las Hurdes, el proyecto sigue adelante en La Vera.

Pero para que este modelo prospere y deje de depender del voluntarismo, hace falta financiación. Ya se han coseguido pagos para pastores y sus rebaños, pero no es algo generalizado y no existe nada parecido para los agricultores. La Comunidad de Madrid, por ejemplo, abona unos 5.000 euros anuales a los ganaderos que llevan a sus cabras y ovejas a pastar a un área designada como cortafuegos en la sierra. Y en Andalucía existe la Red de Áreas Pasto-Cortafuegos (RAPCA), que remunera a los ganaderos en función del servicio que prestan.

Reto de gestión

El reto es gestionar esta nueva realidad, que cada año es más común. “Nunca habíamos tenido los bosques mediterráneos expuestos durante una semana a temperaturas como las actuales”, comenta Brotons.

Es lo que están haciendo en el monte vecinal de Gondomar (Galicia), donde han cambiado la forma de gestionar el bosque con resultados visibles. “El territorio empieza a vivir gracias a la introducción del ganado”, afirma José Taboada. Antes del incendio, el bosque se dedicaba a la explotación maderera, pero aquel fuego cambió el panorama y decidieron que así no podían seguir. “La madera ya no es el único objetivo, ahora los árboles están más separados, entra luz y crecen plantas. Mantienes la biodiversidad y tienes una doble producción: madera y ganado”, describe.

Los cortafuegos verdes han llegado también allí con la plantación de frondosas, que permiten partir el monte en dos y crear una discontinuidad para que las llamas lo tengan más complicado.

Los científicos también se plantean si las herramientas que se están utilizando son las adecuadas. Y se preguntan qué más se podría hacer. Brotons aboga por abrir el debate sobre la posibilidad de aprovechar algunos incendios ya declarados, lo que se conoce como pastorear el fuego. “Se trata de no apagarlos en determinadas zonas donde sea beneficioso que el monte se queme, porque el fuego siempre ha sido un elemento natural de regeneración del bosque”, explica Jordi Oliveres, especialista del GRAF del Cuerpo de Bomberos de Catalunya e investigador de la Universidad Politécnica de Catalunya. No son quemas prescritas ―fuegos que se encienden de forma intencionada por técnicos como prevención―, sino de planificar de antemano qué áreas podrían dejarse arder sin riesgo.

Solo se aplicaría a incendios de baja o media intensidad y siempre bajo supervisión. El objetivo no es “dejar arder el bosque”, sino aprovechar esas llamas para realizar un trabajo que habría que llevar a cabo en otro momento con quemas prescritas, señala Oliveres. De esa forma se podría reducir el combustible acumulado, favorecer determinadas especies o crear zonas con menor continuidad de vegetación, más difíciles de quemar. Este enfoque ya figura en el Plan Estratégico de Incendios del Valle de Arán, en el Pirineo leridano. “Debemos ser conscientes que esta propuesta no es fruto de una decisión en caliente, sino consecuencia de una planificación estratégica y consensuada”, puntualiza.

El difícil mantenimiento

Uno de los mayores problemas con los que se topan los especialistas que intentan cambiar la dinámica actual de abandono del monte es conseguir que las iniciativas sobrevivan y no se queden en experiencias aisladas. Lo hace con una idea clara: colocar en el centro a los agentes sociales del territorio, los grandes olvidados en la prevención de incendios. “Es fácil reconocer la labor del bombero o del piloto del helicóptero, pero no la de las personas anónimas”, plantea.

Lo primero que hace el equipo de Pulido es detectar si en un territorio existen sectores económicos, asociaciones, colectivos o ayuntamientos con capacidad para reducir el riesgo de incendio. “Nos ponemos en marcha para ayudarles a que mantengan sus explotaciones cuidadas y promover de esa forma lo que llamamos cortafuegos productivos para recuperar ese mosaico de paisaje que dejó de existir”, aclara Pulido.

Al mismo tiempo, tratan de sustituir los cortafuegos convencionales ―franjas de terreno desbrozadas que necesita un mantenimiento continuo― por una actividad económica que mantengan a raya el combustible vegetal.Estas zonas se convierten a su vez en puntos estratégicos desde donde combatir los incendios con mayor seguridad.

Todo ello se complementa con la ganadería extensiva que es “una aliada maravillosa”, concreta Diana Pascual, investigadora del CREAF y miembro del proyecto europeo Life PYRENEES4CLIMA, que busca una comunidad de montaña resistente al clima en los Pirineos. El problema es que su labor “no está reconocida por la Política Agraria Común [PAC]”.

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