La soledad del disciplinado

Hay ocasiones en que ir a la contra es osado y genera una enorme soledad. La disciplina, en sentido amplio, es una de esas cosas que no tiene buena prensa en estos tiempos. Ni en educación (ahí están los resultados PISA) ni en política (poco que motivar ahí) ni en economía. El BCE ha subido los tipos otro cuarto de punto, hasta el 2,50%, y lo hizo tres meses después de la primera subida de junio. La guerra de Irán tiene el combustible por las nubes y el paro en España sigue en el 10%. Pero es la decisión es correcta porque hay muchas cosas que se nos están yendo de las manos y la deuda es una de ellas, sobre todo la pública.

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Hay ocasiones en que ir a la contra es osado y genera una enorme soledad. La disciplina, en sentido amplio, es una de esas cosas que no tiene buena prensa en estos tiempos. Ni en educación (ahí están los resultados PISA) ni en política (poco que motivar ahí) ni en economía. El BCE ha subido los tipos otro cuarto de punto, hasta el 2,50%, y lo hizo tres meses después de la primera subida de junio. La guerra de Irán tiene el combustible por las nubes y el paro en España sigue en el 10%. Pero es la decisión es correcta porque hay muchas cosas que se nos están yendo de las manos y la deuda es una de ellas, sobre todo la pública.

Pero esa disciplina tiene mala prensa desde hace tiempo. Evoca recortes y a aquellos hombres de negro que venían de Bruselas. Ningún político gana votos hablando de deber, y cualquier llamada a la contención se interpreta enseguida como falta de sensibilidad social. Es una ausencia de responsabilidad y un exceso de buenismo que explica muchas cosas que hoy lamentamos. Cumplir con lo que toca cuando el coste llega hoy y el beneficio no se verá nunca tiene algo de romántico, de causa perdida que uno defiende igual. Con la estabilidad de precios pasa eso mismo, que cuando se consigue nadie repara en ella.

Los números no invitan a la complacencia. En agosto la inflación de la Eurozona subió al 3,3% y la energía se encareció un 14,3% en un año. En España la tasa armonizada llegó al 4,5%. Es cierto que la subyacente se mantiene contenida, en torno al 2,4%, y quien prefiera esperar tiene ahí su argumento. Pero conviene recordar lo que costó dominar los precios en 2022 como para fiarse otra vez de la palabra transitorio.

Luego está la deuda, de la que se habla poco para lo que pesa. Desde el 7 de julio el bono norteamericano a 30 años no baja del 5%, algo que no ocurría con esa persistencia desde 2007, y en agosto el Tesoro tuvo que duplicar sus recompras de bonos largos para calmar las aguas. No está bastando. Nuestro bono a diez años ronda el 3,8%, niveles de 2023. Funcas estima que la factura de intereses de la deuda española pasará de 60.000 millones en 2030, cerca de un 50% más que en 2025. Entre el rearme, las pensiones y cada nuevo paquete de ayudas, los gobiernos siguen gastando con una alegría que los mercados ya han empezado a cobrar.

Se dirá que subir tipos encarece precisamente esa deuda. Así es y debe serlo. La alternativa sale mucho más cara. Si Fráncfort se frenara por miedo a lo que pagan los Estados, estaría admitiendo que la política monetaria se pliega al Tesoro, y a partir de ahí los inversores exigirían una prima por desconfianza que ningún banco central puede bajar por decreto. El tipo oficial se revisa cada seis semanas. Una reputación perdida cuesta años recuperarla.

Las reglas fiscales europeas se han suspendido y reinterpretado tantas veces que ya nadie las teme. Queda el precio del dinero, que es lo único que no admite prórrogas, y por eso incomoda tanto.

Tampoco es cuestión de dar a entender que esto vaya a terminar bien por fuerza. Con déficits altos a los dos lados del Atlántico, el mercado de bonos puede romperse por el eslabón más débil, y en el euro sabemos cuáles son. Razón de más para que el BCE no dé la impresión de estar atado.

Los disciplinados pueden tener pocos amigos mientras el tiempo es apacible, pero tal vez sean los únicos a los que podamos mirar de frente ante la tormenta. Y las nubes negras ya se ven. Tampoco es que los manás fiscales (como el del Plan de Recuperación) hayan traído transformación alguna. Más pronto que tarde, los gobiernos díscolos serán disciplinados en los mercados. Y pagarán los de siempre. Por ahora, la mayoría de los gobiernos prefieren dejarle la disciplina al banco central y reprocharle después que no tenga corazón.

Francisco Rodríguezes catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.

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