Europa sabe que ya está inmersa en una guerra híbrida, especialmente contra Rusia. No quiere encender demasiado las alarmas y aunque Bruselas mantiene la cautela, cada vez son más las muestras de una especie de conflicto frío que mezcla distintos componentes. Drones, ciberataques, injerencias electorales o desinformación son partes de un todo que tiene su vertiente puramente militar en la invasión de Putin en Ucrania. Pero el efecto contagio a toda la UE ya es una realidad: tanto es así que la CIA ha avisado de posibles ataques con drones a Francia, Italia o España.
Según adelantó El Mundo, los cuerpos de inteligencia ya saben que la lejanía geográfica del conflicto ucraniano no asegura la tranquilidad, aunque el presidente francés, Emmanuel Macron, negó esas advertencias. La Comisión Europea, por su parte, apuntó que trabaja desde la tranquilidad y que los Estados miembros tiene a disposición «diferentes herramientas» para hacer frente a los ataques híbridos. Eso sí, asumen que en esa carrera, la Unión va por detrás.
Y es que la estrategia es coordinada, con actores como Rusia, China, Bielorrusia o incluso Israel cercando los intereses europeos. Según un reciente informe del Servicio de Investigación del Parlamento Europeo (EPRS), este conjunto de agresiones «busca desestabilizar las instituciones democráticas, debilitar la cohesión social y poner a prueba los sistemas de seguridad comunitarios mientras se mantiene estratégicamente por debajo del umbral de un conflicto armado directo». Es decir, no hay choques militares… pero eso no quiere decir que no haya guerra.
El impacto de estas tácticas en la denominada «zona gris» se ha manifestado con especial dureza en la infraestructura crítica europea, donde el documento identifica 152 incidentes kinéticos atribuidos a Rusia entre enero de 2022 y febrero de 2026, entre los que se incluyen daños a cables submarinos de datos, interferencias a señales de navegación GPS y actos de sabotaje en redes comerciales y de transporte. A esta presión física se añaden ciberataques contra administraciones públicas, así como campañas masivas de manipulación de información dirigidas por redes de bots e inteligencia artificial para erosionar el apoyo a Ucrania y minar la confianza en los procesos electorales de la región.
En ese escenario de tensión, la UE y la OTAN han acelerado su transición desde una postura meramente defensiva hacia un modelo basado en la disuasión y el castigo, desplegando Equipos de Respuesta Rápida Híbrida, aplicando sanciones específicas y reforzando la coordinación en materia de inteligencia y defensa. Sin embargo, analistas de seguridad y el propio Parlamento Europeo sostienen que las medidas actuales aún resultan insuficientes para frenar estas campañas, por lo que reclaman una estrategia más proactiva que combine la imposición de costes directos a los causantes, la neutralización de redes hostiles y la consolidación de iniciativas defensivas en el flanco este de la Unión.
Fuentes diplomáticas de varios países consultadas por 20minutos explican que hace falta una estrategia en todos los frentes porque esto es la «guerra total», dicen, existencial sobre todo en algunos países fronterizos con Rusia o que están en el punto de mira de Putin, como es el caso de los Bálticos. Las mismas fuentes insisten en que no ven plausible un ataque militar puro de Moscú sobre esos países, pero aseguran que ya no hace falta esa vía para desestabilizar las democracias. La guerra, dicen, se ha modernizado… y el Kremlin es experto en esas nuevas artes.
Los gobiernos de los países nórdicos también van en esa línea, con la importancia estratégica del Ártico en términos comerciales -con rutas marítimas que serán clave en el futuro- o con la presencia de materias primas críticas. Ahí son muchas las voces ya que piden anticiparse: la UE necesita dominar su zona de influencia para que Rusia o China no ganen terreno en ella. Al mismo tiempo, las fuentes avisan de que Putin ha encontrado un punto en el que la OTAN sabe que no puede responder para no escalar hacia un posible conflicto armado: es lo que hace, inciden, Moscú con los drones en espacios aéreos europeos, en países como Lituania, Polonia o Rumanía. Hacen un símil: Rusia abre la puerta hacia la tensión casi bélica sin necesidad de tirarla abajo a golpes.
Los oponentes estratégicos de Europa también juegan con el miedo, y en Bruselas piden que los países no se dejen intimidar. «Tenemos que estar vigilantes ya que vemos en la información de inteligencia que Rusia está preparando más actos de sabotaje, ataques contra nuestra democracia, para dividir nuestra sociedad, para intimidar a nuestra sociedad para que se abstengan de ayudar a Ucrania», alertó por ejemplo este mismo lunes la Alta Representante de la UE, Kaja Kallas. Reclamó además que el bloque comunitario sea «reactivo» antes de que esos ataques tengan lugar.
En general, la seguridad ya no es, digamos, analógica, no depende solo de lo que pasa en el campo de batalla. La red y la tecnología mandan en ese conflicto. «Tenemos que analizar, por supuesto, cuáles son las infraestructuras críticas y qué tipo de riesgos existen. Estamos estableciendo ahora obligaciones claras cuando se trata de infraestructuras críticas, como la energía, las finanzas, el agua y el transporte, de modo que ahora tenemos que evaluar los riesgos de estos servicios, qué tipo de riesgos existen. La ciberseguridad es una parte muy crucial de nuestra seguridad cotidiana», comentó al respecto en una entrevista con este medio la vicepresidenta de la Comisión Europea encargada de la Soberanía Tecnológica, Henna Virkkunen.
El papel de la desinformación
Por su parte, Javier Carbonell, analista de política europea en el European Policy Centre (EPC) en Bruselas sostiene que la desinformación es otra pata muy importante de la guerra híbrida. «Se han identificado, solo en 2025, unos 10.000 canales de difusión de desinformación», explica. «Tenemos claro el número, pero no tanto cuál es la magnitud del efecto» sobre el día de los ciudadanos, reconoce. Asume Carbonell además que la UE se está preparando bien, pero se da la circunstancia de que «la magnitud del problema es mucho mayor que el ritmo al que se toman las decisiones» en Europa.
En este sentido, cree el analista que falta concienciación ciudadana. «Tú lo que necesitas para protegerte ante esto no es que una institución sea fuerte, sino que el periodismo sea fuerte, que la sociedad civil sea fuerte, que los ciudadanos estén, digamos, informados y no tengan un cabreo enorme con el sistema político con el que que cualquier cosa que les vaya a decir que el sistema está mal les atraiga», expone. Esa desinformación y esas injerencias, en general, «no movilizan tanto» como otros temas como la vivienda o el coste de la vida.
Carbonell expresa, por tanto, que se trata de una mezcla complicada. Y pone un ejemplo. «Existe una creciente conciencia de que hay ataques de Rusia sobre las elecciones» en diferentes países europeos, «pero no creo que esto sea a nivel popular especialmente importante, ni sea la principal forma de cómo vemos la desinformación«. En general, termina, «la gente está preocupada por desinformación, pero sobre todo por la desinformación en los demás y no en ellos mismos. Y esto dificulta bastante lidiar con este tema».
La conclusión es que Europa todavía no está preparada para la guerra híbrida que ya está afrontando. Ha dado pasos en la buena dirección, pero se trata de un conflicto multipolar; va de armas, pero de armas modernas, de las que no someten a la gente al ruido de cañones, sino a clics, a mensajes invasivos o a manipulaciones. No se trata de ataques con metralla, sino a la suspensión de la luz, el agua, la energía o las redes. Es, para muchos expertos, la guerra total. Y necesita de una defensa total.
Los expertos consultados por 20minutos avisan de que queda mucho camino para hacer frente a la ofensiva de Rusia, China o Israel sobre los intereses de la UE.
Europa sabe que ya está inmersa en una guerra híbrida, especialmente contra Rusia. No quiere encender demasiado las alarmas y aunque Bruselas mantiene la cautela, cada vez son más las muestras de una especie de conflicto frío que mezcla distintos componentes. Drones, ciberataques, injerencias electorales o desinformación son partes de un todo que tiene su vertiente puramente militar en la invasión de Putin en Ucrania. Pero el efecto contagio a toda la UE ya es una realidad: tanto es así que la CIA ha avisado de posibles ataques con drones a Francia, Italia o España.
Según adelantó El Mundo, los cuerpos de inteligencia ya saben que la lejanía geográfica del conflicto ucraniano no asegura la tranquilidad, aunque el presidente francés, Emmanuel Macron, negó esas advertencias. La Comisión Europea, por su parte, apuntó que trabaja desde la tranquilidad y que los Estados miembros tiene a disposición «diferentes herramientas» para hacer frente a los ataques híbridos. Eso sí, asumen que en esa carrera, la Unión va por detrás.
Y es que la estrategia es coordinada, con actores como Rusia, China, Bielorrusia o incluso Israel cercando los intereses europeos. Según un reciente informe del Servicio de Investigación del Parlamento Europeo (EPRS), este conjunto de agresiones «busca desestabilizar las instituciones democráticas, debilitar la cohesión social y poner a prueba los sistemas de seguridad comunitarios mientras se mantiene estratégicamente por debajo del umbral de un conflicto armado directo». Es decir, no hay choques militares… pero eso no quiere decir que no haya guerra.
El impacto de estas tácticas en la denominada «zona gris» se ha manifestado con especial dureza en la infraestructura crítica europea, donde el documento identifica 152 incidentes kinéticos atribuidos a Rusia entre enero de 2022 y febrero de 2026, entre los que se incluyen daños a cables submarinos de datos, interferencias a señales de navegación GPS y actos de sabotaje en redes comerciales y de transporte. A esta presión física se añaden ciberataques contra administraciones públicas, así como campañas masivas de manipulación de información dirigidas por redes de bots e inteligencia artificial para erosionar el apoyo a Ucrania y minar la confianza en los procesos electorales de la región.
En ese escenario de tensión, la UE y la OTAN han acelerado su transición desde una postura meramente defensiva hacia un modelo basado en la disuasión y el castigo, desplegando Equipos de Respuesta Rápida Híbrida, aplicando sanciones específicas y reforzando la coordinación en materia de inteligencia y defensa. Sin embargo, analistas de seguridad y el propio Parlamento Europeo sostienen que las medidas actuales aún resultan insuficientes para frenar estas campañas, por lo que reclaman una estrategia más proactiva que combine la imposición de costes directos a los causantes, la neutralización de redes hostiles y la consolidación de iniciativas defensivas en el flanco este de la Unión.
Fuentes diplomáticas de varios países consultadas por 20minutos explican que hace falta una estrategia en todos los frentes porque esto es la «guerra total», dicen, existencial sobre todo en algunos países fronterizos con Rusia o que están en el punto de mira de Putin, como es el caso de los Bálticos. Las mismas fuentes insisten en que no ven plausible un ataque militar puro de Moscú sobre esos países, pero aseguran que ya no hace falta esa vía para desestabilizar las democracias. La guerra, dicen, se ha modernizado… y el Kremlin es experto en esas nuevas artes.
Los gobiernos de los países nórdicos también van en esa línea, con la importancia estratégica del Ártico en términos comerciales -con rutas marítimas que serán clave en el futuro- o con la presencia de materias primas críticas. Ahí son muchas las voces ya que piden anticiparse: la UE necesita dominar su zona de influencia para que Rusia o China no ganen terreno en ella. Al mismo tiempo, las fuentes avisan de que Putin ha encontrado un punto en el que la OTAN sabe que no puede responder para no escalar hacia un posible conflicto armado: es lo que hace, inciden, Moscú con los drones en espacios aéreos europeos, en países como Lituania, Polonia o Rumanía. Hacen un símil: Rusia abre la puerta hacia la tensión casi bélica sin necesidad de tirarla abajo a golpes.
Los oponentes estratégicos de Europa también juegan con el miedo, y en Bruselas piden que los países no se dejen intimidar. «Tenemos que estar vigilantes ya que vemos en la información de inteligencia que Rusia está preparando más actos de sabotaje, ataques contra nuestra democracia, para dividir nuestra sociedad, para intimidar a nuestra sociedad para que se abstengan de ayudar a Ucrania», alertó por ejemplo este mismo lunes la Alta Representante de la UE, Kaja Kallas. Reclamó además que el bloque comunitario sea «reactivo» antes de que esos ataques tengan lugar.
En general, la seguridad ya no es, digamos, analógica, no depende solo de lo que pasa en el campo de batalla. La red y la tecnología mandan en ese conflicto. «Tenemos que analizar, por supuesto, cuáles son las infraestructuras críticas y qué tipo de riesgos existen. Estamos estableciendo ahora obligaciones claras cuando se trata de infraestructuras críticas, como la energía, las finanzas, el agua y el transporte, de modo que ahora tenemos que evaluar los riesgos de estos servicios, qué tipo de riesgos existen. La ciberseguridad es una parte muy crucial de nuestra seguridad cotidiana», comentó al respecto en una entrevista con este medio la vicepresidenta de la Comisión Europea encargada de la Soberanía Tecnológica, Henna Virkkunen.
Por su parte, Javier Carbonell, analista de política europea en el European Policy Centre (EPC) en Bruselas sostiene que la desinformación es otra pata muy importante de la guerra híbrida. «Se han identificado, solo en 2025, unos 10.000 canales de difusión de desinformación», explica. «Tenemos claro el número, pero no tanto cuál es la magnitud del efecto» sobre el día de los ciudadanos, reconoce. Asume Carbonell además que la UE se está preparando bien, pero se da la circunstancia de que «la magnitud del problema es mucho mayor que el ritmo al que se toman las decisiones» en Europa.
En este sentido, cree el analista que falta concienciación ciudadana. «Tú lo que necesitas para protegerte ante esto no es que una institución sea fuerte, sino que el periodismo sea fuerte, que la sociedad civil sea fuerte, que los ciudadanos estén, digamos, informados y no tengan un cabreo enorme con el sistema político con el que que cualquier cosa que les vaya a decir que el sistema está mal les atraiga», expone. Esa desinformación y esas injerencias, en general, «no movilizan tanto» como otros temas como la vivienda o el coste de la vida.
Carbonell expresa, por tanto, que se trata de una mezcla complicada. Y pone un ejemplo. «Existe una creciente conciencia de que hay ataques de Rusia sobre las elecciones» en diferentes países europeos, «pero no creo que esto sea a nivel popular especialmente importante, ni sea la principal forma de cómo vemos la desinformación«. En general, termina, «la gente está preocupada por desinformación, pero sobre todo por la desinformación en los demás y no en ellos mismos. Y esto dificulta bastante lidiar con este tema».
La conclusión es que Europa todavía no está preparada para la guerra híbrida que ya está afrontando. Ha dado pasos en la buena dirección, pero se trata de un conflicto multipolar; va de armas, pero de armas modernas, de las que no someten a la gente al ruido de cañones, sino a clics, a mensajes invasivos o a manipulaciones. No se trata de ataques con metralla, sino a la suspensión de la luz, el agua, la energía o las redes. Es, para muchos expertos, la guerra total. Y necesita de una defensa total.
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