Alemania se nos cae, toda Europa temblará

14 de octubre de 1966: Autoridades del franquismo y de la República Federal alemana inauguran en Madrid la exposición «Alemania y su industria». La muestra exhibía la musculatura tecnológica que los germanos desarrollaron en el ámbito industrial. Era el exponente del llamado «milagro alemán» que, tras los desastres del nazismo, logró levantar un país arrasado por la Segunda Guerra Mundial en tiempo récord.

Su artífice, el primer canciller de la nueva Alemania, Konrad Adenauer, cofundador en 1949 de la Unión Demócrata Cristiana, la CDU. Adenauer y su ministro Ludwig Erhard impulsaron un sistema liberal con fuerte base social que, con el apoyo financiero del Plan Marshall, aceleró la recuperación, convirtiéndolo en la envidia de Europa. A esa Alemania fueron entre los años 60 y 70 más de 600.000 españoles en busca de trabajo, compatriotas en su mayoría con baja cualificación inicial que contribuyeron a su desarrollo.

Desde entonces hasta hoy, Alemania y su potencia industrial y económica han sido el referente dentro y fuera de nuestro continente. Referente también político con sus racionales acuerdos con los socialdemócratas del SPD, el partido más antiguo de Alemania, muy influyente en la izquierda europea.

Este modelo de gestión e inteligencia política vigente desde hace casi sesenta años es el que parece venirse abajo a tenor de los últimos comicios electorales que registran un alarmante crecimiento de la más radical y peligrosa de las ultraderechas europeas. El avance de la AFD, Alternativa para Alemania, en los comicios de la Alta Sajonia y Mecklemburgo-Pomerania trae consigo una debacle en la CDU, formación a la que pretenden sustituir, del mismo modo que Vox trata de comerse en España al Partido Popular.

La AFD no solo es un partido populista, xenófobo y racista benévolo con el pasado nazi; sus líderes son además profundamente eurófobos y prorrusos. No cabe mayor amenaza para el proyecto europeo en un momento crítico. Está en juego, además del presupuesto comunitario, el futuro de nuestra defensa, frente a la indisimulada provocación del Kremlin y el desprecio de Washington, la política energética y la industrial que ha de afrontar el empuje de la tecnología china. La industria del automóvil germana, hasta ahora la más potente y prestigiosa del planeta y uno de los motores de la pujanza exportadora alemana, encara actualmente una profunda crisis estructural. 150.000 empleos van a ser eliminados en los próximos meses por su lenta transición a la producción de vehículos eléctricos, el desarrollo tardío del software y los mayores costes de producción que los asiáticos. Un caldo de cultivo idóneo para los mensajes básicos del populismo, formulando siempre soluciones banales a problemas complejos.

Aquella CDU vigorosa de Adenauer que puso en pie a Alemania la encabeza hoy un presidente sujeto con alfileres dentro de su propia formación por no ser capaz de frenar a la ultraderecha. Friedrich Merz se mantiene a duras penas en el cargo sin que se vislumbre un liderazgo alternativo que le plante cara a tan diabólica situación.

No todo, sin embargo, es negativo: Alemania, tras unos años de atonía económica, crecerá en 2026 seis décimas más de lo previsto y se plantará en el 1,8% del PIB, lo que no es poco para los tiempos que corren. Según el Instituto de Investigación Económica de Múnich, la inyección de dinero público y una mejora en las exportaciones compensan los efectos de la crisis energética provocada por la guerra de Irán. Ojalá levante cabeza; si Alemania se nos cae, toda Europa temblará.

 La crisis industrial, el avance de la AfD y la debilidad de la CDU ponen a prueba el modelo que convirtió a Alemania en la gran potencia económica y política de Europa.  

14 de octubre de 1966: Autoridades del franquismo y de la República Federal alemana inauguran en Madrid la exposición «Alemania y su industria». La muestra exhibía la musculatura tecnológica que los germanos desarrollaron en el ámbito industrial. Era el exponente del llamado «milagro alemán» que, tras los desastres del nazismo, logró levantar un país arrasado por la Segunda Guerra Mundial en tiempo récord. 

Su artífice, el primer canciller de la nueva Alemania, Konrad Adenauer, cofundador en 1949 de la Unión Demócrata Cristiana, la CDU. Adenauer y su ministro Ludwig Erhard impulsaron un sistema liberal con fuerte base social que, con el apoyo financiero del Plan Marshall, aceleró la recuperación, convirtiéndolo en la envidia de Europa. A esa Alemania fueron entre los años 60 y 70 más de 600.000 españoles en busca de trabajo, compatriotas en su mayoría con baja cualificación inicial que contribuyeron a su desarrollo.

Desde entonces hasta hoy, Alemania y su potencia industrial y económica han sido el referente dentro y fuera de nuestro continente. Referente también político con sus racionales acuerdos con los socialdemócratas del SPD, el partido más antiguo de Alemania, muy influyente en la izquierda europea.

Este modelo de gestión e inteligencia política vigente desde hace casi sesenta años es el que parece venirse abajo a tenor de los últimos comicios electorales que registran un alarmante crecimiento de la más radical y peligrosa de las ultraderechas europeas. El avance de la AFD, Alternativa para Alemania, en los comicios de la Alta Sajonia y Mecklemburgo-Pomerania trae consigo una debacle en la CDU, formación a la que pretenden sustituir, del mismo modo que Vox trata de comerse en España al Partido Popular. 

La AFD no solo es un partido populista, xenófobo y racista benévolo con el pasado nazi; sus líderes son además profundamente eurófobos y prorrusos. No cabe mayor amenaza para el proyecto europeo en un momento crítico. Está en juego, además del presupuesto comunitario, el futuro de nuestra defensa, frente a la indisimulada provocación del Kremlin y el desprecio de Washington, la política energética y la industrial que ha de afrontar el empuje de la tecnología china. La industria del automóvil germana, hasta ahora la más potente y prestigiosa del planeta y uno de los motores de la pujanza exportadora alemana, encara actualmente una profunda crisis estructural. 150.000 empleos van a ser eliminados en los próximos meses por su lenta transición a la producción de vehículos eléctricos, el desarrollo tardío del software y los mayores costes de producción que los asiáticos. Un caldo de cultivo idóneo para los mensajes básicos del populismo, formulando siempre soluciones banales a problemas complejos.

Aquella CDU vigorosa de Adenauer que puso en pie a Alemania la encabeza hoy un presidente sujeto con alfileres dentro de su propia formación por no ser capaz de frenar a la ultraderecha. Friedrich Merz se mantiene a duras penas en el cargo sin que se vislumbre un liderazgo alternativo que le plante cara a tan diabólica situación. 

No todo, sin embargo, es negativo: Alemania, tras unos años de atonía económica, crecerá en 2026 seis décimas más de lo previsto y se plantará en el 1,8% del PIB, lo que no es poco para los tiempos que corren. Según el Instituto de Investigación Económica de Múnich, la inyección de dinero público y una mejora en las exportaciones compensan los efectos de la crisis energética provocada por la guerra de Irán. Ojalá levante cabeza; si Alemania se nos cae, toda Europa temblará.

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