Con el corazón ‘partío’

La cuna o el destino, lo dado o lo elegido, las raíces o la vida cotidiana, Argentina o España. Para los miles de argentinos nacionalizados españoles , decidir con quién vamos el domingo, en la final del Mundial de Fútbol que enfrentará en Nueva York a las selecciones de los dos países de nuestros pasaportes, es un auténtico dilema que nos tiene, como dice la canción, con el corazón ‘partío’.Todos sabemos que el fútbol, otro factor común en ambas culturas, porque hay más que menos, va mucho más allá del deporte. Ni que hablar cuando juega el equipo que representa a toda una nación y se trata de un Mundial. Los colores de la camiseta de repente se tornan los de nuestra identidad, y esos jóvenes sudorosos, tatuados, musculados y veloces parecen llevar en sus carreras detrás del balón parte de nuestros sueños y luchas, deseos de reparación y promesas de futuro. Es imposible no emocionarse con ellos, no sentir en cada patada a la portería que estamos también nosotros tirando los dados de una suerte que de alguna manera nos incluye, no ver en su esfuerzo y su alegría un espejo de momentos propios de caídas y logros anónimos.Llegar para Argentina es algo grande. El camino está minado y además hay francotiradores apostados aquí y allá que mezclan el fútbol con la política, los prejuicios, los odios, las deudas y la sed de revancha histórica. Aún para quienes no somos futboleros -sí, se puede ser argentina y no llevarlo en la sangre- el Mundial nos sienta frente al televisor con el pecho estrangulado y nos levanta del sillón con cada gol o falta grave, tira de sensaciones y emociones ignoradas o desconocidas y hace recuperar banderas que no solemos enarbolar. Es bonita la unión que propicia la selección, ese cálido espacio compartido de ir todos a una, por una vez, sin fisuras, de que el apoyo y el festejo sean unánimes y no necesiten explicación ni excusas. Pero este domingo muchos conciudadanos de quienes leéis estas palabras estaremos disfrutando un poco menos, empañada la cita por el desgarro que hay siempre en el reparto de afectos y lealtades ante una encrucijada clave. Los hispano argentinos tenemos el alma dividida.Por un lado la ocupa España. Más allá de la lotería geográfica del nacimiento y el asidero emocional que deja la infancia, esta es nuestra tierra escogida, donde muchos hemos construido una familia propia, una carrera, gran parte de nuestra vida adulta. El agradecimiento a la hospitalidad de un país que ha sabido acoger a tantos es hondo y real, como también los lazos con los amigos y compañeros de aquí que construyen las vivencias de cada día. La Roja, además, encarna en este certamen un necesario modelo de trabajo en equipo y de jóvenes comprometidos con la excelencia deportiva, pero sobre todo con poner por encima los valores colectivos y el fin común, y esto debe ser un ejemplo para todos. Los hispano argentinos hemos alentado cada uno de sus partidos y avances con convicción, y sobre todo con orgullo.En paralelo está la siempre pasional, intensa y polémica Argentina, nuestra adorada Argentina, tan suya hasta en el fútbol. Sobre todo en el fútbol. El campo de juego es una representación de nuestra garra arrasadora y también de nuestro sino: hay talento, fuerza y conocimiento, pero se sufre mucho, muchísimo, y en el desenlace, casi de entre las cenizas, se sale, se recupera, se crece, se salva y se gana -no voy a entrar en cómo, no es una columna futbolera ni lo pretende-. Imposible no alentar a los chicos de Scaloni -él mismo en pugna, como ha reconocido, porque vive en Mallorca-, no dejarse arrastrar por la inalienable y sentida pertenencia a la enorme albiceleste.Uno es de donde elige, pero jamás, jamás puede renunciar o negar sus orígenes. Somos seres construidos a partir de ambas experiencias y mundos. La gran mayoría de mis compatriotas argentinos no puede o no quiere evitar decantarse, en este duelo último, por la patria natal (ahí estuvo Messi, en su juventud, eligiendo vestir la azul y blanca aunque viva desde hace muchos años en España), en una balanza que se inclina por los sentimientos y una fidelidad que casi sale de las vísceras. Unos cuantos, no obstante, intentan refugiarse en la loable máxima deontológica deportiva de «que gane el mejor» y se acercan al partido definitivo con el estómago estrujado. Otros pensamos, como dice mi amiga Sole, que esto es como tener que elegir entre un hijo biológico y uno adoptivo. Queremos, anhelamos, que ambos sean felices y vemos méritos en ambos. Hay cuestiones en la vida que no tienen solución, y esta es una de ellas, aunque haya una obsesión estos días por intimarnos a pronunciarnos, a cantar el voto, a elegir susto o muerte. En realidad, nosotros ya hemos ganado. Gane quien gane en Nueva York, ya tenemos la copa. La cuna o el destino, lo dado o lo elegido, las raíces o la vida cotidiana, Argentina o España. Para los miles de argentinos nacionalizados españoles , decidir con quién vamos el domingo, en la final del Mundial de Fútbol que enfrentará en Nueva York a las selecciones de los dos países de nuestros pasaportes, es un auténtico dilema que nos tiene, como dice la canción, con el corazón ‘partío’.Todos sabemos que el fútbol, otro factor común en ambas culturas, porque hay más que menos, va mucho más allá del deporte. Ni que hablar cuando juega el equipo que representa a toda una nación y se trata de un Mundial. Los colores de la camiseta de repente se tornan los de nuestra identidad, y esos jóvenes sudorosos, tatuados, musculados y veloces parecen llevar en sus carreras detrás del balón parte de nuestros sueños y luchas, deseos de reparación y promesas de futuro. Es imposible no emocionarse con ellos, no sentir en cada patada a la portería que estamos también nosotros tirando los dados de una suerte que de alguna manera nos incluye, no ver en su esfuerzo y su alegría un espejo de momentos propios de caídas y logros anónimos.Llegar para Argentina es algo grande. El camino está minado y además hay francotiradores apostados aquí y allá que mezclan el fútbol con la política, los prejuicios, los odios, las deudas y la sed de revancha histórica. Aún para quienes no somos futboleros -sí, se puede ser argentina y no llevarlo en la sangre- el Mundial nos sienta frente al televisor con el pecho estrangulado y nos levanta del sillón con cada gol o falta grave, tira de sensaciones y emociones ignoradas o desconocidas y hace recuperar banderas que no solemos enarbolar. Es bonita la unión que propicia la selección, ese cálido espacio compartido de ir todos a una, por una vez, sin fisuras, de que el apoyo y el festejo sean unánimes y no necesiten explicación ni excusas. Pero este domingo muchos conciudadanos de quienes leéis estas palabras estaremos disfrutando un poco menos, empañada la cita por el desgarro que hay siempre en el reparto de afectos y lealtades ante una encrucijada clave. Los hispano argentinos tenemos el alma dividida.Por un lado la ocupa España. Más allá de la lotería geográfica del nacimiento y el asidero emocional que deja la infancia, esta es nuestra tierra escogida, donde muchos hemos construido una familia propia, una carrera, gran parte de nuestra vida adulta. El agradecimiento a la hospitalidad de un país que ha sabido acoger a tantos es hondo y real, como también los lazos con los amigos y compañeros de aquí que construyen las vivencias de cada día. La Roja, además, encarna en este certamen un necesario modelo de trabajo en equipo y de jóvenes comprometidos con la excelencia deportiva, pero sobre todo con poner por encima los valores colectivos y el fin común, y esto debe ser un ejemplo para todos. Los hispano argentinos hemos alentado cada uno de sus partidos y avances con convicción, y sobre todo con orgullo.En paralelo está la siempre pasional, intensa y polémica Argentina, nuestra adorada Argentina, tan suya hasta en el fútbol. Sobre todo en el fútbol. El campo de juego es una representación de nuestra garra arrasadora y también de nuestro sino: hay talento, fuerza y conocimiento, pero se sufre mucho, muchísimo, y en el desenlace, casi de entre las cenizas, se sale, se recupera, se crece, se salva y se gana -no voy a entrar en cómo, no es una columna futbolera ni lo pretende-. Imposible no alentar a los chicos de Scaloni -él mismo en pugna, como ha reconocido, porque vive en Mallorca-, no dejarse arrastrar por la inalienable y sentida pertenencia a la enorme albiceleste.Uno es de donde elige, pero jamás, jamás puede renunciar o negar sus orígenes. Somos seres construidos a partir de ambas experiencias y mundos. La gran mayoría de mis compatriotas argentinos no puede o no quiere evitar decantarse, en este duelo último, por la patria natal (ahí estuvo Messi, en su juventud, eligiendo vestir la azul y blanca aunque viva desde hace muchos años en España), en una balanza que se inclina por los sentimientos y una fidelidad que casi sale de las vísceras. Unos cuantos, no obstante, intentan refugiarse en la loable máxima deontológica deportiva de «que gane el mejor» y se acercan al partido definitivo con el estómago estrujado. Otros pensamos, como dice mi amiga Sole, que esto es como tener que elegir entre un hijo biológico y uno adoptivo. Queremos, anhelamos, que ambos sean felices y vemos méritos en ambos. Hay cuestiones en la vida que no tienen solución, y esta es una de ellas, aunque haya una obsesión estos días por intimarnos a pronunciarnos, a cantar el voto, a elegir susto o muerte. En realidad, nosotros ya hemos ganado. Gane quien gane en Nueva York, ya tenemos la copa.  

La cuna o el destino, lo dado o lo elegido, las raíces o la vida cotidiana, Argentina o España. Para los miles de argentinos nacionalizados españoles, decidir con quién vamos el domingo, en la final del Mundial de Fútbol que enfrentará en Nueva York … a las selecciones de los dos países de nuestros pasaportes, es un auténtico dilema que nos tiene, como dice la canción, con el corazón ‘partío’.

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