¿Criogenizarías al niño más peligroso del manganime en la vida real?: 36 años del final de ‘Akira’

¿Cuántas veces hemos visto en el cine, los cómics o los videojuegos que un personaje ultrapoderoso, bueno o malo, termina congelado? Es un cliché que nunca pasa de moda: el monstruo indetenible, el mutante incontrolable o el superhombre que no podemos destruir porque, bueno, «seríamos igual de monstruosos». Entonces lo metemos en una cápsula de criogenización, lo mandamos a dormir y cruzamos los dedos para que no despierte… hasta que despierta (porque siempre despierta) y comienza la catástrofe.

El pasado junio se cumplieron 36 años del final de Akira, uno de los mangas más influyentes de todos los tiempos, creado por Katsuhiro Otomo. Su adaptación animada en 1988 es una joya visual y narrativa que elevó el anime a otro nivel. Pero más allá de las motos voladoras, la violencia apocalíptica y la estética cyberpunk que marcó a generaciones, hay una idea central fascinante: la criogenización de Akira, un niño con poderes psíquicos tan peligrosos que el gobierno decide no matarlo, sino suspenderlo en un estado de animación detenida. Es decir, criogenizarlo.

Cumple las expectativas. Ni vivo ni muerto, solamente tieso. Y no es una locura, ya que Otomo se basó en un sistema de la vida real para evitar que este niño del demonio la volviera a liar con otro protoapocalipsis. La historia ocurre en Neo-Tokio, una megaciudad reconstruida tras la Tercera Guerra Mundial.

Kaneda, líder de una pandilla de moteros, es testigo del despertar del poder de su amigo Tetsuo, quien, tras un accidente, adquiere habilidades psíquicas incontrolables. El gobierno teme que Tetsuo repita el desastre que causó Akira años atrás, la destrucción de la Tokio original.

La solución es guardar a Akira criogenizado en una instalación subterránea sellada, como una bomba biológica dormida. Aunque esta obra sea ficción pura, su sistema de mantenimiento de la criogenización está inspirado en una tecnología real y que usamos mucho en nuestro día a día.

El sueño de burlar la muerte a -273,15 °C

Desde los albores de la humanidad, conservar la vida más allá de los límites biológicos ha sido un anhelo constante. La criogenización, que es el proceso de conservar organismos a temperaturas extremadamente bajas para detener su actividad biológica, ha pasado de la especulación científica a una tecnología experimental con aplicaciones médicas, militares y futuristas.

Hoy, el concepto sigue atrapado entre la ciencia rigurosa y la ciencia ficción, pero sus fundamentos físicos son innegables. Al enfriar tejidos o cuerpos completos hasta temperaturas cercanas al cero absoluto, conocido como 0 K o -273,15 °C, se busca detener por completo la degradación celular, en espera de futuros avances médicos capaces de revertir el daño original o resucitar al individuo.

El problema es que el cero absoluto como tal aún es inalcanzable. Se ha llegado a unos 0,0000000001K, que pensarás: «¿Eso no es prácticamente cero absoluto?». La rigurosidad de la ciencia busca el cero literal, no una aproximación muy cercana. Un cero absoluto ‘absoluto’. Los métodos de criopreservación avanzan gracias a gases como el helio líquido (4,2 K) o nitrógeno líquido (77 K). Este vídeo de Quantum Fracture ahonda precisamente en la casi obtención de ese anhelado ‘cero absoluto’ mediante láseres, pero efectivamente, es un ‘casi’. Nunca un cero absoluto total.

Uno de los pioneros de la criopreservación fue Robert Ettinger, que en 1962 propuso congelar cuerpos humanos a la espera de una cura futura. Desde entonces, los avances han sido reales, aunque muy limitados. Por ejemplo, hoy se pueden conservar órganos, embriones o células. Pero un cuerpo humano entero sigue siendo un desafío monumental, sobre todo por la formación de cristales de hielo que revientan las células como globos. Pero con Akira, esto no sucede.

El vaso Dewar: el verdadero héroe técnico

La tecnología que mantiene a Akira en su cápsula está basada en el vaso Dewar, un invento de James Dewar en 1892. A simple vista, es un termo, pero para las temperaturas de conservación de Akira, es un termo con esteroides. Está compuesto por dos recipientes, uno dentro de otro, separados por un vacío que actúa como un superaislante térmico. Las paredes internas están recubiertas de material reflectante (como plata o aluminio), lo que reduce la transferencia de calor por radiación.

La clave está en las tres formas en que el calor puede transferirse: conducción, convección y radiación. El vacío elimina la conducción y la convección y los recubrimientos metálicos bloquean la radiación. Resultado: los líquidos criogénicos en su interior, como el helio o nitrógeno líquido, pueden conservarse durante mucho tiempo sin calentarse.

Pero hay un detalle importante: el vaso Dewar no congela. Solo mantiene frío lo que ya está congelado. En el caso de Akira, lo que se usa es un criostato, un sistema más complejo basado en el vaso Dewar, que permite mantener estable a largo plazo un cuerpo humanoide a temperaturas criogénicas.

¿Qué pasaría si congeláramos un Akira real?

Imaginemos que hoy decidimos criogenizar a un niño con capacidades psíquicas porque nos ha pillado el día torcido. Técnicamente, sí podríamos congelarlo. El problema es que no podríamos revivirlo.

Los tejidos biológicos se destruyen durante el proceso de congelación debido a la expansión del agua en forma de hielo. Los científicos intentan minimizar esto con compuestos llamados crioprotectores, como el DMSO o el glicerol, pero aun así, la congelación de un cuerpo entero sin daños irreversibles es, hoy por hoy, ciencia ficción.

Además, aunque lográramos mantener un cuerpo intacto, nos queda un problema aún más complejo: el cerebro. Las sinapsis, la red neuronal que almacena recuerdos, pensamientos y personalidad, es extremadamente sensible. No sabemos si podría preservarse sin pérdida significativa, y mucho menos si sería posible «despertarla» en el futuro.

La cápsula de Akira en la película está dotada de controles de temperatura sofisticadísimos, sistemas y medidas de seguridad que hacen pensar en laboratorios de física avanzada. No es casualidad. Muchas instalaciones reales de investigación usan versiones avanzadas de criostatos, especialmente para experimentar con materiales superconductores que solo funcionan por debajo de los 4 K.

Esto da un aire de verosimilitud a lo que vemos en Akira, aunque no deja de ser una fantasía. Sin embargo, la obra de Otomo se adelanta a debates bioéticos que hoy estamos empezando a tener: ¿Es moral preservar un cuerpo indefinidamente? ¿Quién paga por esa conservación? ¿Qué pasa si alguien despierta en un mundo completamente distinto? ¿Y si ese alguien es peligroso?

Muchas preguntas que hoy en día dan lugar a respuestas que convencen a unos y desagradan a otros. La obra Akira se sitúa en un futuro lejano y distópico donde, seguramente, disponen de una tecnología viable para la criogenización humana y esos debates ya están más que hablados.

Como siempre suele pasar, mejor dejar estos aspectos para la ficción. Bastante mal lo pasamos metiendo la mano en el congelador para coger un helado que no encontramos, como para que nos congelen el cuerpo entero.

 No recuerdo la cantidad de veces en la que una serie o película de dibujos animados, cómics o videojuegos tenemos a un personaje congelado en el hielo o criogenizado…  

¿Cuántas veces hemos visto en el cine, los cómics o los videojuegos que un personaje ultrapoderoso, bueno o malo, termina congelado? Es un cliché que nunca pasa de moda: el monstruo indetenible, el mutante incontrolable o el superhombre que no podemos destruir porque, bueno, «seríamos igual de monstruosos». Entonces lo metemos en una cápsula de criogenización, lo mandamos a dormir y cruzamos los dedos para que no despierte… hasta que despierta (porque siempre despierta) y comienza la catástrofe.

El pasado junio se cumplieron 36 años del final de Akira, uno de los mangas más influyentes de todos los tiempos, creado por Katsuhiro Otomo. Su adaptación animada en 1988 es una joya visual y narrativa que elevó el anime a otro nivel. Pero más allá de las motos voladoras, la violencia apocalíptica y la estética cyberpunk que marcó a generaciones, hay una idea central fascinante: la criogenización de Akira, un niño con poderes psíquicos tan peligrosos que el gobierno decide no matarlo, sino suspenderlo en un estado de animación detenida. Es decir, criogenizarlo.

Akira
AkiraCOMPUTERHOY

Cumple las expectativas. Ni vivo ni muerto, solamente tieso. Y no es una locura, ya que Otomo se basó en un sistema de la vida real para evitar que este niño del demonio la volviera a liar con otro protoapocalipsis. La historia ocurre en Neo-Tokio, una megaciudad reconstruida tras la Tercera Guerra Mundial.

Kaneda, líder de una pandilla de moteros, es testigo del despertar del poder de su amigo Tetsuo, quien, tras un accidente, adquiere habilidades psíquicas incontrolables. El gobierno teme que Tetsuo repita el desastre que causó Akira años atrás, la destrucción de la Tokio original. 

La solución es guardar a Akira criogenizado en una instalación subterránea sellada, como una bomba biológica dormida. Aunque esta obra sea ficción pura, su sistema de mantenimiento de la criogenización está inspirado en una tecnología real y que usamos mucho en nuestro día a día.

De Neo-Tokyo a Neo-Manhattan: Todo lo que Hollywood va a cambiar en 'Akira'
Animación de la película ‘Akira’Prime Video

El sueño de burlar la muerte a -273,15 °C

Desde los albores de la humanidad, conservar la vida más allá de los límites biológicos ha sido un anhelo constante. La criogenización, que es el proceso de conservar organismos a temperaturas extremadamente bajas para detener su actividad biológica, ha pasado de la especulación científica a una tecnología experimental con aplicaciones médicas, militares y futuristas. 

Hoy, el concepto sigue atrapado entre la ciencia rigurosa y la ciencia ficción, pero sus fundamentos físicos son innegables. Al enfriar tejidos o cuerpos completos hasta temperaturas cercanas al cero absoluto, conocido como 0 K o -273,15 °C, se busca detener por completo la degradación celular, en espera de futuros avances médicos capaces de revertir el daño original o resucitar al individuo.

El problema es que el cero absoluto como tal aún es inalcanzable. Se ha llegado a unos 0,0000000001K, que pensarás: «¿Eso no es prácticamente cero absoluto?». La rigurosidad de la ciencia busca el cero literal, no una aproximación muy cercana. Un cero absoluto ‘absoluto’. Los métodos de criopreservación avanzan gracias a gases como el helio líquido (4,2 K) o nitrógeno líquido (77 K). Este vídeo de Quantum Fracture ahonda precisamente en la casi obtención de ese anhelado ‘cero absoluto’ mediante láseres, pero efectivamente, es un ‘casi’. Nunca un cero absoluto total.

El Cold Atom Lab (CAL) es la primera instalación en órbita que produce nubes de átomos "ultrafríos", que pueden alcanzar una fracción de grado por encima del cero absoluto: -459ºF (-273ºC), la temperatura más fría que puede alcanzar la materia y en la que los átomos detienen su actividad por completo.
El Cold Atom Lab (CAL) es la primera instalación en órbita que produce nubes de átomos ultrafríos, que pueden alcanzar una fracción de grado por encima del cero absoluto: -459ºF (-273ºC), la temperatura más fría que puede alcanzar la materia y en la que los átomos detienen su actividad por completo.

Uno de los pioneros de la criopreservación fue Robert Ettinger, que en 1962 propuso congelar cuerpos humanos a la espera de una cura futura. Desde entonces, los avances han sido reales, aunque muy limitados. Por ejemplo, hoy se pueden conservar órganos, embriones o células. Pero un cuerpo humano entero sigue siendo un desafío monumental, sobre todo por la formación de cristales de hielo que revientan las células como globos. Pero con Akira, esto no sucede.

El vaso Dewar: el verdadero héroe técnico

La tecnología que mantiene a Akira en su cápsula está basada en el vaso Dewar, un invento de James Dewar en 1892. A simple vista, es un termo, pero para las temperaturas de conservación de Akira, es un termo con esteroides. Está compuesto por dos recipientes, uno dentro de otro, separados por un vacío que actúa como un superaislante térmico. Las paredes internas están recubiertas de material reflectante (como plata o aluminio), lo que reduce la transferencia de calor por radiación.

La clave está en las tres formas en que el calor puede transferirse: conducción, convección y radiación. El vacío elimina la conducción y la convección y los recubrimientos metálicos bloquean la radiación. Resultado: los líquidos criogénicos en su interior, como el helio o nitrógeno líquido, pueden conservarse durante mucho tiempo sin calentarse.

Pero hay un detalle importante: el vaso Dewar no congela. Solo mantiene frío lo que ya está congelado. En el caso de Akira, lo que se usa es un criostato, un sistema más complejo basado en el vaso Dewar, que permite mantener estable a largo plazo un cuerpo humanoide a temperaturas criogénicas. 

Estructura de un vaso Dewar o vaso de vacío. Por dentro, una capa interior, luego vacío y una capa exterior. Entre las capas de vacío hay una capa reflectante.
Estructura de un vaso Dewar o vaso de vacío. Por dentro, una capa interior, luego vacío y una capa exterior. Entre las capas de vacío hay una capa reflectante.www.energyenciclopedia.com

¿Qué pasaría si congeláramos un Akira real?

Imaginemos que hoy decidimos criogenizar a un niño con capacidades psíquicas porque nos ha pillado el día torcido. Técnicamente, sí podríamos congelarlo. El problema es que no podríamos revivirlo.

Los tejidos biológicos se destruyen durante el proceso de congelación debido a la expansión del agua en forma de hielo. Los científicos intentan minimizar esto con compuestos llamados crioprotectores, como el DMSO o el glicerol, pero aun así, la congelación de un cuerpo entero sin daños irreversibles es, hoy por hoy, ciencia ficción.

Además, aunque lográramos mantener un cuerpo intacto, nos queda un problema aún más complejo: el cerebro. Las sinapsis, la red neuronal que almacena recuerdos, pensamientos y personalidad, es extremadamente sensible. No sabemos si podría preservarse sin pérdida significativa, y mucho menos si sería posible «despertarla» en el futuro.

La cápsula de Akira en la película está dotada de controles de temperatura sofisticadísimos, sistemas y medidas de seguridad que hacen pensar en laboratorios de física avanzada. No es casualidad. Muchas instalaciones reales de investigación usan versiones avanzadas de criostatos, especialmente para experimentar con materiales superconductores que solo funcionan por debajo de los 4 K.

Esto da un aire de verosimilitud a lo que vemos en Akira, aunque no deja de ser una fantasía. Sin embargo, la obra de Otomo se adelanta a debates bioéticos que hoy estamos empezando a tener: ¿Es moral preservar un cuerpo indefinidamente? ¿Quién paga por esa conservación? ¿Qué pasa si alguien despierta en un mundo completamente distinto? ¿Y si ese alguien es peligroso?

Muchas preguntas que hoy en día dan lugar a respuestas que convencen a unos y desagradan a otros. La obra Akira se sitúa en un futuro lejano y distópico donde, seguramente, disponen de una tecnología viable para la criogenización humana y esos debates ya están más que hablados. 

Como siempre suele pasar, mejor dejar estos aspectos para la ficción. Bastante mal lo pasamos metiendo la mano en el congelador para coger un helado que no encontramos, como para que nos congelen el cuerpo entero.

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