Está guapísima. Tiene esa belleza relajada de las mujeres felices. Mientras me maravillaba con sus posados de photocall -embarazada de su tercer hijo, promocionando La Odisea- recordé aquel tiempo en que Anne Hathaway era la celebrity más detestada.
Hace poco más de una década, Anne Hathaway era una de las mujeres más odiadas de Internet. Hoy aquel rechazo resulta casi incomprensible
Está guapísima. Tiene esa belleza relajada de las mujeres felices. Mientras me maravillaba con sus posados de photocall -embarazada de su tercer hijo, promocionando La Odisea– recordé aquel tiempo en que Anne Hathaway era la celebrity más detestada.
«¿Realmente odiamos a Anne Hathaway?», tituló The New York Times allá por 2013. «Por qué eres tan irritante», escribió The New Yorker. Fue elegida la estrella más insoportable, Twitter estaba lleno de hathahaters (como se hacían llamar sus detractores).
Internet acumulaba odio mientras ella sumaba éxitos.
Acababa de ganar un Oscar por Los Miserables, la habían nominado a otro y había protagonizado películas tan populares como Princesa por sorpresa o El diablo viste de Prada. Su pecado era parecer demasiado perfecta. Buena actriz, guapa, de sonrisa amable… Aquello sonaba falso.
No había escándalos ni meteduras de pata, simplemente lo hacía todo bien. «Nos encanta la autenticidad; por eso existen miles de realities. Y entonces aparece Anne Hathaway. Todo lo que hace parece gestionado, calculado o ensayado», explicó entonces el escritor y crítico de cine Neal Gabler.
Ya lo dijo Gilles Lipovetsky (La era del vacío): estamos en una sociedad narcisista obsesionada con la autenticidad. «Hay que entregar en cualquier ocasión la propia personalidad y emociones, expresar el sentimiento íntimo, sin lo cual se cae en el vicio imperdonable de la frialdad», escribió el filósofo. Y así, mientras odiábamos a la poco natural Hathaway, adorábamos a la espontánea Jennifer Lawrence: tropezándose en las galas, diciendo tacos.
Aquellos años recogieron lo peor de la cultura de los paparazzi de los 90 -ávida por sacar las intimidades y defectos de las estrellas- y la primera época del Internet de masas: la eclosión de las webs de cotilleo y los blogs, los inicios del odio en redes.
Hathaway no fue la única. Algún día tendremos que disculparnos con todas las celebridades a las que hicimos picadillo en los primeros años de este siglo. Keira Knightley -otra actriz que acabó apartándose del foco- contó cómo en aquella época una decena de paparazzi la esperaban a diario en su puerta. Todos los días le gritaban «puta». Esperaban la foto.
Hoy resulta incomprensible que odiáramos a Anne Hathaway. Que insultaran a Keira Knightley cada mañana. Mientras lo pensaba, no dejaba de preguntarme si habrá alguna actriz a quien ahora estemos depellejando sin ser conscientes, si tal vez, dentro de una década, miraremos atrás y diremos: cómo pudimos ser tan crueles.
Seguro que la hay.
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