Ted Chiang, el profeta de la ciencia ficción: «Hay que dejar de ver la IA como algo tecnológico y empezar a verla como un peligro político»

Durante años, y con únicamente dos libros de relatos –La historia de tu vida (Alamut, 2015) y Exhalación (Sexto Piso, 2020)– Ted Chiang (Nueva York, 1967) ha sido presentado como el gran profeta literario de la inteligencia artificial. Un lugar común tan repetido como engañoso, pues sus cuentos no intentan anticipar el futuro ni sus ensayos describen el próximo salto tecnológico, lo que realmente le interesa al escritor son las personas. O, mejor dicho, eso que sucede cuando una innovación altera nuestra forma de entender la libertad, la responsabilidad o el sentido vital. Por eso, la inteligencia artificial no ocupa el centro de su obra, es apenas el escenario donde se representa un conflicto mucho más antiguo entre el humanismo y el poder.

 El escritor estadounidense, considerado el gran profeta literario de la IA y autor de una obra tan poco prolífica como influyente, advierte desde el Festival Celsius de Avilés del creciente peligro de sucumbir a la deshumanización. «La relación actual entre tecnología y capitalismo se ha vuelto destructiva para las personas»  

Durante años, y con únicamente dos libros de relatos –La historia de tu vida (Alamut, 2015) y Exhalación (Sexto Piso, 2020)– Ted Chiang (Nueva York, 1967) ha sido presentado como el gran profeta literario de la inteligencia artificial. Un lugar común tan repetido como engañoso, pues sus cuentos no intentan anticipar el futuro ni sus ensayos describen el próximo salto tecnológico, lo que realmente le interesa al escritor son las personas. O, mejor dicho, eso que sucede cuando una innovación altera nuestra forma de entender la libertad, la responsabilidad o el sentido vital. Por eso, la inteligencia artificial no ocupa el centro de su obra, es apenas el escenario donde se representa un conflicto mucho más antiguo entre el humanismo y el poder.

Si cuando visitó Madrid hace cinco años advertía de que «el enemigo del humanismo es valorar a las personas por su productividad», hoy Chiang cree que el debate ha cambiado de escala. O, quizá, que por fin ha mostrado su verdadero rostro. «Debemos dejar de pensar en la inteligencia artificial como un proyecto tecnológico y empezar a verla como un proyecto político peligroso cuyo objetivo consiste en desplazar la autonomía de los individuos hacia estructuras centralizadas de poder», sostiene el escritor, con quien charlamos en Avilés, en el marco del siempre impactante y único Festival Celsius. «Todas estas tecnologías, independientemente de cómo funcionen técnicamente, tienen algo en común, reducen la autonomía de las personas. Cada vez decidimos menos cosas por nosotros mismos«.

Chiang no habla de hipotéticos robots conscientes ni de máquinas rebeldes, sino de repartidores, conductores de Uber o empleados de Amazon cuya jornada viene dictada por un algoritmo. Pero también de consumidores seducidos por aplicaciones que prometen liberarlos de la carga de decidir. «Hace unos años imaginábamos máquinas que decidían siguiendo una lógica objetiva, y la pregunta era si debíamos dejar que tomaran decisiones por nosotros. Pero ésas no son las máquinas que nos venden, las de ahora toman decisiones en beneficio de las empresas que las fabrican y ahí ya no hay un debate filosófico interesante, sino simplemente capitalismo», lamenta.

Esa mirada política explica también su creciente desconfianza hacia Silicon Valley, no porque crea que la tecnología conduzca inevitablemente a un futuro peor, sino porque piensa que el modelo económico que hoy la gobierna ha terminado deformando sus posibilidades. «Conozco gente que empezó en la industria tecnológica porque quería construir cosas extraordinarias. Diez años después, el objetivo era desarrollar un producto para que Google lo comprara y todos se hicieran ricos«. El cambio, asegura Chiang, que además de escritor y pensador trabaja como diseñador técnico de software, ha sido profundo. «Durante los noventa y los primeros años dos mil existía la sensación de que internet mejoraba cada año. Ahora sucede justo lo contrario, la relación entre tecnología y capitalismo se ha vuelto profundamente destructiva para las personas».

Sin embargo, reducir a Chiang a un ensayista preocupado por los excesos tecnológicos –por más que sus piezas se publiquen en revistas como The New Yorker o The Atlantic– sería un error, pues su verdadero territorio sigue siendo la ficción. O, más exactamente, ese extraño lugar donde un problema filosófico acaba convirtiéndose en una experiencia íntima, humana. Sus relatos, explica, nacen casi siempre de una paradoja lógica, una hipótesis científica o un experimento mental y a través de la literatura terminan hablando del amor, la pérdida o la identidad.

«La ciencia ficción nos recuerda que ningún futuro es inevitable, y esa idea, por sí sola, ya resulta profundamente valiosa»

«La ciencia ficción es un género genial para dramatizar experimentos mentales. Los filósofos plantean preguntas muy abstractas, pero la ficción permite construir un mundo donde esas preguntas dejan de ser abstractas porque afectan directamente a alguien», reflexiona. «Mi trabajo consiste en pensar qué personaje podría implicarse emocionalmente en esa idea y en qué situación tendría que verse para que esa cuestión fuera clave para su vida. Cuando consigues eso, lo abstracto gana peso emocional».

Quizá por eso rechaza con tanta naturalidad la vieja idea de que la ciencia ficción sirve para predecir el futuro. En realidad, sostiene, nunca ha sido ésa su función. «Mientras que durante buena parte de la historia apenas había cambios mínimos cada siglo, después de la Revolución industrial cada generación comprendió que sus hijos vivirían en un mundo distinto del suyo. La ciencia ficción es el género que nace para enfrentarse a esa realidad, no intenta adivinar cómo será el año 2050, lo que hace es ayudarnos a pensar que el futuro siempre puede ser diferente del presente». Más que imaginar lo que ocurrirá, asegura, le interesa recordarnos que las cosas podrían haber sucedido de otra manera. «Vivimos rodeados de discursos que presentan el mundo actual como inevitable, pero la ciencia ficción nos recuerda que no, que siempre existen alternativas. Y esa idea, por sí sola, ya resulta profundamente valiosa».

La misma paciencia con la que construye sus ficciones parece gobernar también su forma de entender el oficio. En tres décadas apenas ha publicado dos libros de relatos y durante mucho tiempo esa lentitud fue para él casi una fuente de culpa. «Me preguntaba si realmente era escritor», confiesa entre risas. «Mi colega Gene Wolfe decía que un verdadero escritor escribiría incluso en la parte trasera de una camioneta circulando por la autopista. Y yo pensaba: ‘Entonces quizá no soy un verdadero escritor’».

«Soy ateo, pero creo que la sensación de descubrir que existe un orden profundo en el universo puede ser compartida por un creyente y por un científico»

Con los años ha aprendido a mirar esa inseguridad con cierta indulgencia. No porque haya dejado de desear escribir más deprisa, sino porque ha comprendido que la literatura no admite una única forma de ejercerse. «Todavía me gustaría escribir más rápido, pero he acabado aceptando que no existe una sola manera de ser escritor. Escribir despacio también es una forma válida de escribir». Hay una frase que resume toda una ética del trabajo y que parece desafiar la obsesión contemporánea por la productividad. «Escribir no es una carrera, no gana quien termina antes. Cada escritor tiene su propio ritmo y cuando acabas un libro, los lectores seguirán ahí».

Ted Chiang
Ted Chiang ayer en Avilés.Jorge Peteiro

No deja de resultar significativo que quien más ha reflexionado sobre el peligro de medir el valor de las personas por su rendimiento reivindique precisamente la lentitud como un modo legítimo de estar en el mundo. Aunque rechace convertirla en un gesto de resistencia cultural, su defensa de los procesos frente a los resultados termina enlazando con la misma preocupación humanista que recorre sus ensayos. Quizá por eso sus relatos vuelven una y otra vez sobre preguntas que tradicionalmente pertenecían a la filosofía o incluso a la teología. La historia de tu vida, El infierno es la ausencia de Dios o Setenta y dos letras no hablan tanto de Dios como del sentido, del tiempo, del libre albedrío o de las distintas formas de comprender el universo. Chiang sonríe cuando se le pregunta si escribir ficción constituye para él una manera secular de hacer teología.

«Supongo que sí», admite. «Me interesa la religión como una forma de entender el universo. No soy religioso, pero siento mucha curiosidad por la manera en que las personas religiosas encuentran sentido al mundo«. Recuerda entonces que durante siglos nadie vio contradicción alguna entre ciencia y fe. Isaac Newton, señala, estudiaba las leyes de la naturaleza porque creía que era la mejor forma de acercarse a Dios. «Cuando un científico hace un descubrimiento importante siente una especie de asombro. Yo soy ateo, pero creo que ese sentimiento no está tan lejos de la experiencia religiosa. La sensación de descubrir que existe un orden profundo en el universo puede ser compartida por un creyente y por un científico».

De ahí que le interese mucho más la comprensión que el control, una idea que atraviesa prácticamente toda su obra. Sus personajes descubren una y otra vez que conocer mejor el mundo no implica dominarlo y, sin embargo, nunca dejan de intentar comprenderlo. «La ciencia parte de una premisa muy sencilla: el universo es comprensible para la razón. Pero eso no significa que algún día vayamos a tener todas las respuestas, sino que siempre podremos entender un poco más», afirma. La distinción le parece esencial porque, a su juicio, la ingeniería y las grandes empresas han terminado sustituyendo el deseo de comprender por la obsesión de controlar. «Para un científico, comprender ya es un fin en sí mismo, el control puede llegar después, o quizá nunca llegue, pero eso no hace menos valioso el conocimiento. De ahí el peligro de dejar la tecnología o la polítca en manos de empresarios y no de científicos o humanistas«.

«No es lo mismo el afán de comprensión que el de control. De ahí el peligro de dejar la tecnología o la política en manos de empresarios y no de científicos o humanistas»

En el fondo, toda su conversación parece regresar una y otra vez a esa misma frontera, la que separa la ciencia de la ingeniería, la literatura del producto, la curiosidad del beneficio, la autonomía de la obediencia. Por eso resulta casi inevitable preguntarse por su optimismo. La respuesta, como casi todas las suyas, desconfía de las simplificaciones. «No me gusta entender el optimismo como la idea de que todo va a salir bien y tampoco el pesimismo como la certeza de que todo irá mal. Creo que debemos preocuparnos precisamente porque nuestras acciones pueden cambiar el resultado. Podemos evitar los peores escenarios, pero sólo si actuamos».

Después hace una pausa inusualmente larga, más que las muchas que salpican sus respuestas, y confiesa que es una persona propensa a la depresión y que esa inclinación le obliga a recordarse constantemente por qué merece la pena seguir adelante. «Intento decirme que la vida merece ser vivida, que hay cosas hermosas en estar vivos. La vida también es difícil, por supuesto, pero no tanto como para que no merezca el esfuerzo«, remacha sonriente.

Tal vez en esa verdad tan sencilla, que no simple, resida la verdadera paradoja de Ted Chiang. Muchos lectores consideran inquietantes sus ficciones porque desmantelan nuestras certezas, cuestionan la idea de progreso y nos obligan a aceptar que existen límites que nunca podremos superar; sin embargo, pocas obras contemporáneas transmiten una confianza tan obstinada en la inteligencia humana, en la capacidad de comprender y en la responsabilidad moral de elegir qué hacemos con ese conocimiento. Al final, la tecnología nunca ha sido su verdadero tema. Su tema, desde el principio, siempre ha sido el mismo, cómo seguir siendo humanos en un mundo empeñado en convencernos de que ya no hace falta serlo.

 Noticias de Cultura

Más Noticias