DAU, la experiencia cinematográfica más bizarra y desmedida del siglo alcanza la gloria en el infierno estalinista (*****)

Antes que una película, DAU es una exageración. Pero, ¿qué es realmente DAU? Sobre el papel, la última de las producciones que completa el proyecto que dio sus primeros pasos en 2009 es sencilla de explicar y hasta de presentar. La narración ocupa cuatro décadas de la extinta la Unión Soviética desde 1928 hasta 1968 y está inspirada en la historia, o martirologio, de los físicos soviéticos que contribuyeron al desarrollo de la bomba atómica. Todo gira, desde el propio título, alrededor de la vida del científico Lev Landau (apodado Dau). Pero en realidad hay más. Mucho más. La película que ayer se vio en Venecia da por clausurado, en una entrega de tres horas y cuarto de duración, un proyecto desmedido desde su nacimiento que quería ser cine, claro, pero también muchas más cosas. Y todas, casi por definición, indefinibles.

 El director ruso Ilya Khrzhanovsky completa su mastodóntica obra magna con un prodigio visceral más allá de la sátira, la carne y el propio cine. A su lado, Stéphane Brizé sigue su periplo por las grietas del capitalismo con Un bon petit soldat (***)  

Antes que una película, DAU es una exageración. Pero, ¿qué es realmente DAU? Sobre el papel, la última de las producciones que completa el proyecto que dio sus primeros pasos en 2009 es sencilla de explicar y hasta de presentar. La narración ocupa cuatro décadas de la extinta la Unión Soviética desde 1928 hasta 1968 y está inspirada en la historia, o martirologio, de los físicos soviéticos que contribuyeron al desarrollo de la bomba atómica. Todo gira, desde el propio título, alrededor de la vida del científico Lev Landau (apodado Dau). Pero en realidad hay más. Mucho más. La película que ayer se vio en Venecia da por clausurado, en una entrega de tres horas y cuarto de duración, un proyecto desmedido desde su nacimiento que quería ser cine, claro, pero también muchas más cosas. Y todas, casi por definición, indefinibles.

Durante tres años (hasta 2011), el director Ilya Khrzhanovsky y un ejército de técnicos, creadores y actores (que en verdad no eran tales salvo excepciones) vivieron en una especie de Gran Hermano estalinista, show de Truman consciente, experimento sociológico inconsciente, estado de trance a un paso de Apocalypse now o paráfrasis de lo que Charlie Kaufman imaginara en Synecdoche, New York, donde un director teatral sueña con la posibilidad de reproducir entera la ciudad de Nueva York en un escenario, incluido el propio teatro en el que se reproduce entera la ciudad de Nueva York… La idea de DAU fue filmar en estado de encierro y de forma continuada sin pausas ni mucho menos vacaciones en unas condiciones en las que el pasado se dejaba asaltar por el presente, la realidad por la ficción, la experiencia de la vida por la del cine. De ahí surgieron, 14 películas y seis series extraídas de las más de 700 horas filmadas en celuloide.

Hasta el momento, de manera reglada y con estreno en cine, se habían visto dos: la brutal y genial DAU. Natasha, de dos horas y media de duración, y la extenuante DAU. Degeneration, que se prolonga hasta alcanzar la longitud de casi una jornada laboral estándar. El resto estaba depositado, por así decirlo, en una página web creada al efecto (también en Filmin, por cierto) y que, directamente, dinamita cualquier idea preconcebida hasta la fecha de casi todo: ni es solo cine ni es solo televisión ni es solo arte ni es solo nada. Solo pura desmedida. La leyenda se encargó del resto. Que si se formaron familias durante el rodaje, que si las escenas de sexo a fuer de reales acabaron en violación, que si la locura lo presidió todo, que si se trataba de reproducir exactamente la Unión Soviética en un imposible salto temporal…

Lo que el miércoles se vio en Venecia es a la vez un resumen de todo lo anterior y una culminación con aspecto ella misma de bomba nuclear. Se vuelve a utilizar el resultado de aquella experiencia única y descabellada y, a la vez, se suma nuevo metraje, mucho de él registrado en Berlín. Perdido el efecto de sorpresa de las anteriores entregas, lo que queda ahora es pura ensoñación tintada de materiales tan nobles como la sangre, el semen, el barro, el ruido y la furia.

La película navega su primera mitad por el escenario irreal de un país en construcción donde un grupo de científicos pugna por su independencia. El idealista Dau desea descubrir las leyes de universo, mientras el partido solo aspira a utilizar su conocimiento para la construcción del arma más letal del universo. A medida que la brutalidad, la violencia y el asco se imponen, el científico busca una tabla de salvación entre los restos de una vida desesperada y esencialmente corrupta. Poco a poco, nuestro héroe de una revolución imposible irá perdiendo su identidad, sus ideales y su propia capacidad de amar.

Ilya Khrzhanovsky abandona buena parte de los muchos gestos gratuitos de todo lo pasado para concentrarse en un relato que convierte la propia ruina del protagonista en puesta en escena, en rito, en eucaristía, en un estado alterado de la la conciencia cinematográfica. Con una capacidad deslumbrante para la gigantomaquia visual, DAU avanza (sobre todo en su primera mitad) por los escombros de un mundo que se desmorona como lo haría la más cruel y absurda de las metáforas absurdas y crueles. DAU comparte con The Brutalist, de Brady Corbet, la ambición por robar al cine cualquier gesto de dignidad impostada. Y con lo demás, se niega a compartir nada. Es cine espectacular para desnudar hasta los huesos la impostura de cualquier intento de espectacularidad. DAU, decíamos, no es tanto una película como una exageración, pero una exageración que nos retrata en nuestra más íntima y diminuta ridiculez. ¿Y si el estalinismo de entonces no fuera sino un simple aviso para el que está a punto de regresar? Y así.

Vincent Lindon y Alba Rohrwacher en la presentación de "Un bon petit soldat".
Vincent Lindon y Alba Rohrwacher en la presentación de «Un bon petit soldat».TIZIANA FABIAFP

Por lo demás, la sección oficial se completó con un nuevo trabajo del francés Stéphane Brizé en complicidad casi sindical con un enorme, de nuevo, Vincent Lindon. Tras ocuparse de un hombre parado en La ley del mercado, un sindicalista en En guerra y un empresario con dolor de conciencia en Un nuevo mundo, corre turno y es ahora una jefa de recursos humanos la que se somete al escrutinio siempre enérgico y siempre eléctrico del director. Un momento, ¿tan bueno es Lindon que puede dar vida a una mujer? ¿No es esto acaso apropiación? Algo se nos estaba escapando y ese algo es alguien. Brizé vuelve a trabajar con Alba Rohrwacher tras Fuera de temporada y la actriz italiana vuelve a demostrar por qué es una de las mejores intérpretes del momento. Ella es, en efecto, la jefa de recursos humanos.

De nuevo, la efectividad de la dirección y el sentido del ritmo y de la indignación se imponen en una relato esencialmente brillante. Un bon petit soldat cuenta la historia de una mujer furiosamente entregada a su trabajo y comprometida con él con un sentido de la moral, la justicia y el amor propio a prueba de ironías. Cree en el esfuerzo, cree en el mérito, cree en sí misma. Pronto descrubrirá que el dinero si algo tiene es poder de cambio y es capaz de liquidificar, es decir convertir en líquido contante y sonante, todo lo que toca. Y lo primero de todo, la ética, la educación y el respeto. Ya son tres cosas.

El trabajo de Alba Rohrwacher, escoltado por Lindon (su jefe), es tan radiante que disimula perfectamente lo que se antojan huecos de un guion demasiado permisivo con lo inverosímil. Para que las piezas encajen, hay una cierta tendencia a la parodia que no está del todo justificada y, más grave, a las situaciones increíbles. Sea como sea, una vez más queda demostrado que o acabamos con el capitalismo o el capitalismo acaba con nosotros. Estamos en lo segundo.

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