Confesiones de una tía insoportable

Nunca llamo para preguntar qué tal. No lo hago en situaciones normales, pero tampoco me prodigo demasiado cuando pasa alguna cosa que merezca la pregunta. No lo hago con mis amigas más cercanas ni con conocidos de esos que te marcan hoy y se te olvidan mañana para retornar a la memoria sin motivo aparente unos años después. Qué bonitos, esos comebacks espontáneos, ¿verdad? No lo hago ni con mis padres, francamente, puedo pasar semanas sin saber si siguen vivos y tan pichi. Claro, que ellos tampoco lo hacen conmigo…

 Todos tenemos una tara y supongo que la mía es, simple y llanamente, que tengo un lado misántropo que nadie se espera cuando me conoce, tan sonriente siempre, tan maja. ¡Desengañaos!  

Nunca llamo para preguntar qué tal. No lo hago en situaciones normales, pero tampoco me prodigo demasiado cuando pasa alguna cosa que merezca la pregunta. No lo hago con mis amigas más cercanas ni con conocidos de esos que te marcan hoy y se te olvidan mañana para retornar a la memoria sin motivo aparente unos años después. Qué bonitos, esos comebacks espontáneos, ¿verdad? No lo hago ni con mis padres, francamente, puedo pasar semanas sin saber si siguen vivos y tan pichi. Claro, que ellos tampoco lo hacen conmigo…

Todos tenemos una tara y supongo que la mía es, simple y llanamente, que tengo un lado misántropo que nadie se espera cuando me conoce, tan sonriente siempre, tan sociable, tan maja. ¡Desengañaos! Hablando con alguien no hace mucho me salió una frase de esas que componen un buen epitafio: «Lo que más me gusta en la vida es que me dejen en paz». Solo que es falso de toda falsedad, para qué nos vamos a engañar, aunque refunfuñe.

El otro día intenté sobreponerme a mi propia sociopatía y pregunté de la nada a mi mejor-amiga-de-la-infancia qué tal el estreno de su hijo pequeño en el cole. Saboreaba yo las mieles de los buenos propósitos cumplidos cuando llegó la respuesta: «Sara, empieza el año que viene. Tiene tres meses menos que tu hija, irán juntos». A todo esto, tenía un audio suyo simpatiquísimo y lleno de jugosos cotilleos sin contestar desde el 13 de agosto.

«Para una vez que te interesas…», suspiró mi mejor-amiga-a-secas cuando se lo conté. Lo tiene asumido, la pobre. A la serie Se tiene que morir mucha gente he llegado tarde pero de bruces. ¿La niñita malencarada que mete cizaña desde la conciencia a Anna Castillo para que sea, sin lugar a dudas y aunque intente evitarlo, la peor amiga de la historia? C’est moi!

Esta salida del armario mía en edición nacional ya la vio venir el algoritmo, como tantas otras cosas. Andaba yo pasando de reel en reel, seguramente repantigada en el váter -ya que andamos de confesiones…-, cuando en pantalla apareció una psicóloga -digo yo que sería psicóloga, ¿no lo son todas, últimamente?- desgranando las «señales de que eres insoportable y nadie te lo dice». De ocho, cuatro eran mi viva imagen, tres se daban un aire y una, la última, no me pegaba nada (¿disfrutáis mínimamente de mi compañía a pesar de todo, verdad? ¡¿Verdad?!).

Si aquello fuera un test de la Súper Pop la solución vendría, impía, en un recuadro fosforito monísimo, quizá adornada con algún emoticono cuqui pero revelador: míratelo, tía, porque eres insufrible.

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