De rastrear bombas a vigilar la red eléctrica desde el aire: la segunda vida de Javier, el ex cabo primero jubilado a la fuerza a los 45 años

A los dieciocho, Francisco Javier Gracia supo que su futuro iba a estar en las Fuerzas Armadas. Ingresó para cumplir el servicio militar obligatorio -«lo mítico de la época»-, pero muy pronto se dio cuenta de que aquello era lo suyo. En Tudela (Navarra), su ciudad, lo castrense corre por las venas. Allí se encuentra el Polígono de Bardenas, el único campo de tiro aéreo con fuego real del Ejército del Aire y un activo especialmente relevante para la OTAN. El ex cabo primero pasó 23 años y cuatro meses en su perímetro. «Allí estaba como controlador aéreo. Coordinaba las comunicaciones y la trayectoria de hasta 20 aviones al día, que entraban en el circuito por escuadrones de cuatro en cuatro para disparar bombas reales», recuerda con precisión militar.

 Colgó el uniforme de las Fuerzas Armadas por imperativo legal en 2023. Hoy, pilota aeronaves no tripuladas para controlar miles de kilómetros de tendido eléctrico y prevenir incendios forestales  

A los dieciocho, Francisco Javier Gracia supo que su futuro iba a estar en las Fuerzas Armadas. Ingresó para cumplir el servicio militar obligatorio -«lo mítico de la época»-, pero muy pronto se dio cuenta de que aquello era lo suyo. En Tudela (Navarra), su ciudad, lo castrense corre por las venas. Allí se encuentra el Polígono de Bardenas, el único campo de tiro aéreo con fuego real del Ejército del Aire y un activo especialmente relevante para la OTAN. El ex cabo primero pasó 23 años y cuatro meses en su perímetro. «Allí estaba como controlador aéreo. Coordinaba las comunicaciones y la trayectoria de hasta 20 aviones al día, que entraban en el circuito por escuadrones de cuatro en cuatro para disparar bombas reales», recuerda con precisión militar.

Hacia el 2015 la tecnología de las aeronaves no tripuladas se cruzó en su camino. Su unidad necesitaba pilotos de drones y se presentó voluntario. ¿Su cometido? Uno de alto riesgo. «Cuando se lanzaban bombas reales en los entrenamientos y alguna no explotaba, mandábamos el dron por seguridad para inspeccionar el terreno antes de enviar a una persona. Era como asegurar un campo de minas», cuenta sobre aquellos días.

Entre entrenamientos, maniobras y misiones, fue pasando el tiempo hasta que llegó a los 45 años, una barrera infranqueable a partir de la cual los militares de Tropa y Marinería -más de 77.000 a nivel nacional, según datos oficiales del Ministerio de Defensa- ven finalizado su compromiso de larga duración con las Fuerzas Armadas. Aquellos que para entonces no han accedido a la condición de permanente y que cuenten con al menos 18 años de servicio, pasan a ser reservistas de especial disponibilidad, por lo que perciben una asignación mensual que se queda en unos 600 euros netos, compatible con la prestación por desempleo y la retribución de un trabajo, siempre que no sea del sector público.

En España, la edad media del personal de Tropa y Marinería ha ido aumentando desde la profesionalización del Ejército en 2002. Hoy, ronda los 34 años. Anualmente, arededor de un millar de efectivos cuelgan el uniforme por imperativo legal al cumplir la edad límite. Pero no es fácil enfrentarse al mercado laboral a los 45 años, sobre todo cuando hay cargas familiares y con una especialización que, a veces, dista mucho de lo que reclama el mercado laboral civil. «Dejarlo a los 45 años al principio me mató. Saber pegar tiros fuera del Ejército no te sirve para nada», comparte.

El salto a un puesto administrativo dentro de las Fuerzas Armadas tampoco es un camino de rosas. «En mi especialidad éramos doscientos los que nos jubilábamos para nueve plazas. O te matas a estudiar o tienes muchísima suerte. Es como una oposición». Por eso el tudelano buscó su propia salida en el sector privado. Y tuvo viento de cola.

Era 2023 y la compañía navarra FuVeX, pionera en drones para inspección aérea de largo alcance, instaló su base de pilotos en su Tudela natal. Envió su currículum y al día siguiente fue contratado. Y así, después de más de dos décadas siendo un primus inter pares pasó a ser Javi el Militar. Fue el primer empleado con un pasado castrense de toda la plantilla, hoy ya son tres. En su caso, además de un trabajo, recuperó su voluntad de servicio público.

Cuando recibe a EL MUNDO son las diez de la mañana. El encuentro se ha organizado por coordenadas porque su oficina se desplaza cada día, esta vez a campo abierto, en algún punto de Arganda del Rey (Madrid). ¿La misión? Revisar una de las parcelas de tendido eléctrico de Naturgy, con la que FuVex mantiene un contrato para inspeccionar desde el aire casi 40.000 kilómetros de líneas.

«Tenemos una autonomía de 8 kilómetros de revisión, que es lo que da la batería del dron», explica. Luego toca descargar y analizar los datos que ha recopilado la aeronave. Así cada día, hasta peinar toda la red.

El objetivo principal es detectar los llamados «puntos calientes». «En la imagen térmica, cuanto más blanco aparece un elemento, mayor es su temperatura. Un aislador que sale blanco nos indica un punto caliente con sobretemperatura extrema, al borde de producir un chispazo o una avería grave», explica. Cuando registan uno de estos, el sistema se lo notifica a Naturgy para que sus operarios se hagan cargo, evitando eventuales apagones o devastadores incendios.

El dron incorpora un sensor LiDAR que recopila millones de puntos en tres dimensiones, lo que también permite crear un «gemelo digital» exacto y tridimensional de toda la red. Además, se emplea para coloca dispositivos «salvapájaros» reflectantes en los cables. Con los drones es posible balizar tendidos que cruzan ríos o desfiladeros de difícil acceso, labores en las que antes se jugaban la vida los operarios. Según datos del proyecto, los drones salen un 80% más económicos y reducen drásticamente los riesgos de las tradicionales revisiones mediante helicópteros tripulados.

El tudelano conserva su condición de reservista, pero ya no lamenta el cambio. «Lo que hago ahora, de algún modo, también es servir al país», asegura. ¿Echa de menos la adrenalina de la vida militar? «No. Me tocaron los Balcanes, el Perejil, el Prestige… pero cuando estás en una aldea recóndita de Galicia y sabes que tu vuelo ayuda a que sus pocos vecinos no se queden sin luz, te sientes verdaderamente útil».

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