Dominique Lagorgette, filóloga: “La solidaridad entre mujeres es la única forma de conquistar más derechos”

La palabra puta es probablemente el insulto más lanzado contra las mujeres y ha sido así por siglos. Esta idea defiende Dominique Lagorgette, catedrática francesa de Lingüística en la Universidad de Saboya Mont Blanc, en Borgoña. Desde hace más de dos décadas, la filóloga de 58 años investiga la evolución del francés desde la Edad Media hasta la actualidad, con un interés particular por la violencia verbal.

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 La catedrática francesa acaba de publicar en español el libro ‘Puta. Historia de una palabra y un estigma’, tras más de dos décadas de investigación  

La palabra puta es probablemente el insulto más lanzado contra las mujeres y ha sido así por siglos. Esta idea defiende Dominique Lagorgette, catedrática francesa de Lingüística en la Universidad de Saboya Mont Blanc, en Borgoña. Desde hace más de dos décadas, la filóloga de 58 años investiga la evolución del francés desde la Edad Media hasta la actualidad, con un interés particular por la violencia verbal.

En Puta. Historia de una palabra y un estigma (Altamarea, 2026), publicado originalmente en Francia hace dos años y traducido ahora al español, Lagorgette reconstruye once siglos de historia de una de las palabras más utilizadas para disciplinar a las mujeres. A partir de textos literarios, canciones populares, diccionarios y expedientes judiciales, demuestra que nunca fue solo un término destinado a las trabajadoras sexuales.

Pregunta. Mientras las aventuras sexuales masculinas suelen leerse como una prueba de virilidad, las femeninas se asocian a la impureza. ¿Qué nos dice esa doble moral?

Respuesta. A los hombres se les ha enseñado que la sexualidad es una prueba de virilidad y poder. Así que tener relaciones sexuales fuera del matrimonio es una forma de demostrar que la tienen, que son tipos poderosos. Por eso la fascinación por el sexo y las mujeres que controlan el sexo, como las trabajadoras sexuales.

Por un lado, para ellos es útil tener mujeres con las que tener relaciones sexuales. Y, por otro, las castigan. Están en una especie de dinámica de agresión y fascinación.

P. En el libro cuenta que nombres como Margot acabaron convirtiéndose en Francia en sinónimo de prostituta. Además, casi siempre se asociaban a mujeres pobres. ¿El estigma de la prostitución ha sido también una cuestión de clase?

R. Influye el género y la clase. Los hombres consideraban que cualquier mujer sin marido necesitaba dinero. Se asumía que no estaba lo bastante educada o no tenía la fortaleza moral suficiente para controlar su sexualidad según los principios cristianos. Aunque a menudo digamos lo contrario, en Europa en general, el modelo moral sigue siendo el cristiano. Mucha gente cree que la religión ha dejado de influir en nuestra manera de ver el mundo, pero no es así.

La superioridad social hacía que muchos hombres sintieran que podían hacer lo que quisieran con una mujer que no perteneciera a su clase, y esa lógica no ha desaparecido. Cuando es pobre, se sigue creyendo que pueden actuar con impunidad porque difícilmente podrá ser escuchada.

Ahora, gracias al movimiento MeToo, muchas mujeres responden con un “te creemos” cuando otra denuncia una agresión sexual. Sin embargo, todavía se buscan excusas para el agresor: que la víctima llevaba determinada ropa o que había bebido.

P. La palabra ha sobrevivido casi mil años mientras cambiaban las leyes y el papel social de las mujeres. Expresiones como “hijo de puta” se usa incluso con un sentido admirativo. ¿Qué nos dice esa permanencia?

R. “Hijo de puta” es uno de los primeros insultos que aparecen en la literatura medieval. Ya entonces estaban presentes los mismos estigmas: la mujer que no se ajusta al ideal de la monogamia merece ser castigada. En el fondo, este insulto transmite la idea de que, si eres una mala persona, es porque eres hijo de una mala mujer. La responsabilidad del comportamiento del hombre recae sobre una mujer, que la madre transmitió su mala conducta a su hijo mediante la educación o fue heredada biológicamente. Durante siglos se creyó que los defectos morales pasaban de padres a hijos como si fueran rasgos genéticos.

Al mismo tiempo, cuando alguien dice “¡Qué hijo de puta!” para celebrar una jugada brillante o una ocurrencia ingeniosa, el insulto deja de ser ofensivo. Yo los llamo “insultos solidarios”. Expresan admiración y cercanía. El hecho de utilizar una palabra tan tabú demuestra el grado de confianza entre quienes hablan.

P. Fueron mayoritariamente hombres quienes nombraron a las prostitutas, escribieron y legislaron sobre ellas. ¿La palabra es también una respuesta a quién ha tenido el poder de definirlas?

R. Efectivamente. Creo que muchos ocultan su actividad extramatrimonial de esa manera. Es una enorme hipocresía. El Estado francés sostiene que el modelo de 2016 busca proteger a las mujeres. No hablo de las personas víctimas de trata, hablo de las trabajadoras sexuales independientes, que viven en condiciones muy difíciles y soportan un estigma constante que no lo perpetúan solo los hombres.

Las mujeres también reproducen los prejuicios porque temen lo que pueda ocurrirles a sus hijas, hermanas o amigas. Creo que la palabra clave es el respeto. La solidaridad entre mujeres es la única forma de conquistar más derechos.

P. ¿Y cuál es su opinión sobre las feministas abolicionistas?

R. Entiendo su razonamiento. Quieren protegerlas de los riesgos de un trabajo peligroso. Sin embargo, las asociaciones de trabajadoras sexuales sostienen que, con la penalización de los clientes, en Francia se han incrementado las agresiones. Se ven obligadas a asumir más riesgos porque los buenos van menos y terminan trabajando en lugares más aislados. Entiendo la posición, pero la pregunta es qué hacemos con las mujeres que ejercen el trabajo sexual, porque muchas consideran que es un trabajo.

P. Usted sostiene que cualquier mujer puede ser llamada puta. Si tienen muchas parejas, son putas; pero si no desean tener sexo, son reprimidas; o si envejecen, ridículas. En resumen, que ninguna puede escapar del juicio social. ¿Es así?

R. Definitivamente. Cuando eres niña y adolescente, se vigila que te comportes correctamente. Si eres una mujer soltera, algunas mujeres en pareja pueden verte como una amenaza. Y si estás casada, existe la sospecha de que traiciones a tu marido. Lo más interesante ocurre con la vejez. Se asumía que las mujeres mayores dejaban de ser relevantes porque ya no podían tener hijos y tampoco resultaban sexualmente atractivas. Pero las generaciones actuales de mujeres de 50, 60 o 70 años disfrutan de su vida afectiva y sexual, y eso incomoda. Existe gran hostilidad hacia las que envejecen sin ajustarse al papel tradicional. El control social acompaña a las mujeres en todas las etapas de su vida. Y cuando hablo de control social, también hablo de control político.

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