Las izquierdas pactan una candidatura conjunta al Senado, las derechas alcanzan un acuerdo para maximizar sus resultados en esa misma cámara… ¿simetría, juego de espejos? No del todo. Es evidente, por ejemplo, que la situación de los socios menores en estos acuerdos es muy distinta.
«Para Vox sigue siendo una victoria que el PP lo reconozca como un aliado plenamente normal»
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Las izquierdas pactan una candidatura conjunta al Senado, las derechas alcanzan un acuerdo para maximizar sus resultados en esa misma cámara… ¿simetría, juego de espejos? No del todo. Es evidente, por ejemplo, que la situación de los socios menores en estos acuerdos es muy distinta.
Al coordinar tan claramente su estrategia con la del PSOE, la izquierda populista desdibuja su perfil y su discurso; pero, por encima de todo, renuncia a castigar al partido de Pedro Sánchez por los escándalos de corrupción de los últimos años. Esto ya se ha naturalizado, pero no está de menos recordar lo extraño que resulta. Una cosa es que Sumar/Frente Amplio no tenga problema con adaptarse a lo que el PSOE es en términos ideológicos -sobre todo, el PSOE de ahora-.
Otra cosa es que no tenga problema con lo que el partido de Sánchez ha hecho en el poder. Y eso es justamente lo que transmiten los movimientos de las últimas semanas: que el resto de partidos de izquierdas ha decidido no pasar factura al PSOE por los casos de Ábalos, Cerdán, Zapatero, Leire… Cuando se justifica la decisión de ir juntos al Senado, o de mantener listas propias para el Congreso, las razones que se aportan son ideológicas o de puro pragmatismo organizativo. Se omite cualquier reparo ante la idea pactar con un partido lastrado por graves escándalos. Esto no deja de ser irónico en un espacio cuya refundación post15M, la que mejores resultados ha dado a la extrema izquierda en democracia, se apoyó fuertemente en el rechazo a la corrupción del bipartidismo.
Las tornas han cambiado tanto que, quince años después de la primera acampada en Sol, Frente Amplio renuncia a la que podría ser una baza importante en estas elecciones: presentarse como la izquierda limpia, en contraste explícito con la socialista. Una baza que los de Ada Colau entregan a sus dos competidores por el voto de izquierdas: Podemos… y el propio PSOE. Porque el mensaje que se transmite implícitamente es que la limpieza viene a dar igual. Lo importante es no ser de derechas. La bula que adquieren Pedro Sánchez y los socialistas ante los votantes que sigan identificándose con la izquierda oficial es, en este aspecto, prácticamente ilimitada. Y aquí hay una clara desorientación estratégica, pero también hay ceguera ideológica. El discurso sobre la eterna resistencia de unos poderes fácticos conservadores a los avances del progresismo tiene tanto predicamento en la izquierda radical, que esta parece haber aceptado las denuncias de lawfare del PSOE sin pestañear. Quienes podrían aprovecharse de los escándalos de los socialistas no solo renunciaron a ello, sino que potenciaron el discurso que exculpaba esos escándalos. Para alivio de los propios socialistas, claro.
Las coordenadas de un acuerdo PP-Vox son muy distintas. Incluso retirando candidatos propios para maximizar el resultado de Feijóo, los de Abascal pueden mantener cierta credibilidad como partido corrector de los populares. Sus votantes parecen haber decidido que esa credibilidad se demostrará en el gobierno de la nación, y no -curiosamente- en cualquiera de los gobiernos autonómicos y municipales donde ambos partidos ya han colaborado. No hay un castigo que exigir, sino solo un cambio que preparar. La aparente simetría entre las dos coaliciones se rompe aquí: una de ellas acude con ocho años de Gobierno a sus espaldas, y la otra con ocho años de oposición sobre las suyas. Y luego está el desfase entre los respectivos procesos de normalización de cada bloque. Para Vox sigue siendo una victoria que el PP lo reconozca como un aliado plenamente normal. Justo lo que Sánchez hizo con Pablo Iglesias hace muchos años.
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