Una boda, una asesina, un novio que desaparece horas antes de llegar al altar y una muerta que regresa cuando nadie, absolutamente nadie, la espera. Para construir uno de los acontecimientos más importantes de los más de 900 capítulos de La Promesa, Josep Císter necesitó tres meses, un seudónimo, una caravana estratégicamente colocada, una furgoneta para entrar y salir sin ser vistos y un pacto de silencio que sólo conocían «siete u ocho personas». Ni siquiera buena parte del equipo sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
El creador de la serie revela a EL MUNDO cómo concibió tres meses antes del rodaje la inesperada aparición de Ana Garcés, por qué sólo un puñado de personas conoció su regreso y cómo una boda rodada en plena ola de calor se convierte en el punto de partida de una nueva etapa de la ficción: «Curro no se quiere quedar a vivir en ese palacio con Leocadia»
Una boda, una asesina, un novio que desaparece horas antes de llegar al altar y una muerta que regresa cuando nadie, absolutamente nadie, la espera. Para construir uno de los acontecimientos más importantes de los más de 900 capítulos de La Promesa, Josep Císter necesitó tres meses, un seudónimo, una caravana estratégicamente colocada, una furgoneta para entrar y salir sin ser vistos y un pacto de silencio que sólo conocían «siete u ocho personas». Ni siquiera buena parte del equipo sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
Porque la boda de Curro y Ángela emitida anoche en el prime time de La 1 escondía un secreto mucho mayor que el enlace: el regreso de Jana, interpretada por Ana Garcés, meses después de que su muerte sacudiera la serie.
«No podía saberlo nadie», revela Císter a EL MUNDO horas antes de la emisión, con la condición de que el secreto permaneciera guardado hasta que los espectadores pudieran descubrirlo. «Parecía una película de espías todo el rato».
La idea no nació, sin embargo, de la voluntad de recuperar a uno de los personajes más importantes de la historia de La Promesa. Nació de un problema de guion. Císter tenía la boda, tenía a Curro y Ángela dispuestos a casarse y tenía la bomba que debía estallar inmediatamente antes: Curro descubre, gracias a una carta escrita por Pía, que Leocadia, la mujer que está a punto de convertirse en su suegra, fue quien asesinó a su hermana Jana. La propia trama planteada para los capítulos especiales coloca al personaje ante una decisión imposible: casarse con Ángela sabiendo quién es su madre o permitir que la sed de venganza destruya el enlace.
«Siempre que ocurre un evento de estos procuro que el evento me haga palanca, que más allá de la propia boda mueva más tramas», explica el creador. Y así apareció la pregunta: ¿qué pasaría si Curro descubriera justo antes de casarse que su futura suegra es la asesina de Jana?
Josep Císter, nominado hace unos días por cuarta vez a un Emmy, esta vez por Valle Salvaje, escribió inicialmente la secuencia de una forma mucho más sencilla. Curro llegaba a la iglesia, se plantaba ante Ángela y terminaba comprendiendo que ella no era responsable de los crímenes de su madre. «Lo que haya hecho su madre no me puede afectar. Ángela es la persona a la que quiero». Fin del dilema. O eso creyó. Cuando terminó el capítulo, la bombilla de Císter se encendió de nuevo. Saltaron chispas.
«Creo que me falta algo», se dijo. Le faltaba que el espectador entendiera por qué Curro, destrozado por lo que acababa de descubrir, era capaz de pronunciar el «sí, quiero». Y entonces apareció Jana.
El creador imaginó a Curro ante el altar, mirando a Leocadia, incapaz de responder al sacerdote. La cámara se desplazaría y, de repente, Jana estaría allí. No realmente, sino en la imaginación de su hermano. Una especie de fantasma del pasado que vuelve para que el futuro avance. Sería ella quien le daría el último empujón para seguir adelante. «Dije: esto es de puta madre», recuerda.
El siguiente paso fue llamar a Ana Garcés. «Le dije: ‘Ana, te va a parecer una locura lo que te voy a contar. Necesitaría que vinieses a rodar una cosa que tengo en la cabeza'». Císter quiso enviarle primero el guion para que decidiera. No hizo falta. La respuesta de la actriz fue inmediata: «No tengo que leer nada. Ya te digo ahora mismo que sí».
A partir de entonces comenzó otra historia: conseguir que nadie descubriese que Ana Garcés había vuelto a La Promesa.
El capítulo se rodó a principios de julio, pero Josep Císter llevaba aproximadamente tres meses preparando la sorpresa. Sólo informó a responsables imprescindibles de producción, maquillaje, peluquería, dirección y Bambú Producciones, la productora de la serie. «Siete u ocho personas. No más». Y hubo una medida todavía más extrema: Jana apareció en la orden de trabajo bajo un seudónimo, para que ni siquiera quienes manejaban la documentación del rodaje pudieran descubrir quién iba a presentarse en el set.
Císter acompañó personalmente a Garcés a las pruebas necesarias. El vestuario que luciría en su aparición se confeccionó expresamente para ella. Y el día de la grabación llegó el momento más delicado: meter a una de las actrices más reconocibles de la serie en mitad de un rodaje multitudinario sin que nadie la viera.
La solución fue una caravana colocada junto a la iglesia aparentemente para facilitar los preparativos de la novia. Císter llegó con Garcés en una furgoneta hasta la misma puerta y consiguieron introducirla directamente. «Yo no sé cómo la gente no se enteró. Te lo juro», reconoce.
Hasta que llegó la hora de rodar. Con prácticamente todo el equipo reunido, el creador fue a buscar a la actriz, la cogió de la mano y apareció con ella ante sus compañeros: «Chicos, en esta boda faltaba alguien».
«El equipo se quedó loco. Había gente llorando, alucinada. Se quedaron todos en shock». La emoción también alcanzó a la actriz. Durante el trayecto hasta el rodaje repetía a Císter que estaba «muy nerviosa» por reencontrarse con quienes habían sido sus compañeros. «Aquí somos una pequeña familia y todos los actores que se han ido han dejado un gran recuerdo. Ana, por supuesto, también».
El regreso de Jana no es un truco destinado únicamente a provocar el impacto del espectador. Císter insiste en que necesitaba narrativamente su presencia. Jana es la respuesta al dilema de Curro: gracias a esa aparición imaginada comprende que amar a Ángela no significa perdonar a Leocadia.
Y ahí se encuentra la verdadera función de estos capítulos especiales. Para el creador son momentos «catalizadores»: acontecimientos enormes que sirven para empujar muchas otras historias a la vez.
La boda lo hace prácticamente con todas. Mientras Curro afronta la verdad sobre Leocadia, Manuel y Julieta viven su primera noche de pasión; el banquete queda amenazado por una desgracia en las cocinas; Martina intenta impedir que Jacobo abandone La Promesa y María y Samuel terminan besándose pese a la imposibilidad de su relación. Pero el movimiento decisivo será el de Curro.
Josep Císter adelanta a EL MUNDO que aceptar a Ángela pese a descubrir la verdad sobre Leocadia no significa que esté dispuesto a continuar viviendo bajo el mismo techo que la asesina de su hermana. «Curro, después de haberse casado, no quiere decir que se quiera quedar a vivir en ese palacio con esa señora».
Y deja otra pista mucho mayor: las consecuencias de lo ocurrido conducirán a La Promesa hasta un rodaje internacional realizado fuera de España. No desvela dónde ni qué personajes estarán implicados. Sólo hasta ahí puede contar.
Si esconder a Ana Garcés fue complicado, rodar la boda tampoco resultó precisamente sencillo. Todo el vestuario femenino fue confeccionado por el equipo que dirige Tania Álvarez, incluido un vestido de novia realizado prácticamente «cuenta por cuenta», según Císter. Y el convite se grabó en el Palacio del Rincón durante la ola de calor de julio.
Con decenas de figurantes y actores vestidos como exige una boda de 1917, combatir las temperaturas se convirtió en parte del rodaje. Hubo bolsas de hielo en los pies, agua fría y todos los medios posibles para soportar unas jornadas que Císter define como «muy exigentes».
Nada quedó a la improvisación. El director Miguel Conde y Císter habían planificado durante meses unas secuencias para las que incluso se compuso música expresamente. Y, curiosamente, después de imaginarlo, escribirlo, prepararlo y rodarlo, no fue en el set donde su creador sintió el verdadero impacto. Fue en la sala de montaje.
«Cuando veo el acto final, ese día me emocioné de verdad», confiesa. «Pensé: ‘Ostras, qué gran trabajo ha hecho todo el equipo'». Todavía ahora, después de haber visto la boda «mil veces», asegura que continúa emocionándose. Su voz lo confirma.
Quizá ahí esté el secreto de La Promesa. En una ficción diaria que, tras superar los 900 episodios, sigue empeñada en trabajar determinados acontecimientos como si fueran capítulos de una producción semanal de prime time. La serie cerró agosto con un 12,5% de cuota media y 828.000 espectadores lineales y continúa siendo el contenido más visto de RTVE Play.
Pero para Císter esta boda no termina cuando Curro y Ángela abandonan la iglesia entre pétalos. Es justo al contrario. La boda sólo era la palanca. Jana tenía que volver una última vez para permitir que su hermano avanzase. Y ese «sí, quiero» es, en realidad, el comienzo de la siguiente historia.
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