
Desde hace varias semanas rondan publicaciones en redes, artículos en medios y contenidos diversos sobre el toples, sobre que las mujeres están dejando de hacerlo y sobre el porqué. Entre lo más repetido: el miedo, mayor entre las más jóvenes, a ser grabadas, fotografiadas y difundidas en internet sin su consentimiento. Se habla de móviles, de cámaras diminutas, incluso de las “gafas de pervertido” Meta. ¿Está pasando? Sí y no. No se puede afirmar que en España esté habiendo una gran caída de esta práctica: es una sensación, pero no hay datos que lo refrenden. Tampoco se puede sostener que haya hombres con dispositivos por todas partes cometiendo lo que puede suponer un delito. Pero el miedo está ahí, es real, y no es solo a eso. Es también a la reacción de quienes hay alrededor y a no cumplir con unos parámetros estéticos cada vez más elevados, extendidos e imposibles.
No hay cifras que señalen una gran caída de la práctica del toples, pero hay una percepción extendida de que está ocurriendo. Las mujeres hablan del miedo a ser grabadas, de presión estética y una reacción social cada vez más negativa
Desde hace varias semanas rondan publicaciones en redes, artículos en medios y contenidos diversos sobre el toples, sobre que las mujeres están dejando de hacerlo y sobre el porqué. Entre lo más repetido: el miedo, mayor entre las más jóvenes, a ser grabadas, fotografiadas y difundidas en internet sin su consentimiento. Se habla de móviles, de cámaras diminutas, incluso de las “gafas de pervertido” Meta. ¿Está pasando? Sí y no. No se puede afirmar que en España esté habiendo una gran caída de esta práctica: es una sensación, pero no hay datos que lo refrenden. Tampoco se puede sostener que haya hombres con dispositivos por todas partes cometiendo lo que puede suponer un delito. Pero el miedo está ahí, es real, y no es solo a eso. Es también a la reacción de quienes hay alrededor y a no cumplir con unos parámetros estéticos cada vez más elevados, extendidos e imposibles.
Qué está pasando con el toples es una realidad compleja y supone responder a una cuestión social, cultural y política. Aquí, lo hacen cuatro especialistas y los relatos de más de un centenar de mujeres que han participado en este reportaje.
¿Está desapareciendo en España?
Casi cada año se habla del fin del toples en medios de toda Europa, pero a pesar de este runrún incesante en España no ha habido a lo largo del tiempo estudios que pongan cifras a esta percepción subjetiva pero extendida. El dato disponible más reciente es el de la encuesta de YouGov del pasado año: recogió que en España el 37% lo hacía a menudo, el 13% de vez en cuando, el 9% una o dos veces y el 40% nunca.
Son varios puntos por debajo respecto a un estudio de casi una década antes. El de Ifop, el Instituto Francés de Opinión Pública, que ha ido recogiendo esta práctica sobre todo dentro, pero también fuera de sus fronteras. Para España, la última información es de 2017: se analizaron ocho países ―Italia, España, Francia, Alemania, Países Bajos, Reino Unido, Estados Unidos y Canadá―, y situó a las españolas en el top del toples, con un 49% ―el 31% de forma regular y el 18% de vez en cuando―, muy por encima de la media (22%).
Siento que hay un círculo vicioso: hay menos mujeres haciendo toples porque se sienten más inseguras y otras mujeres ven que hay menos haciéndolo y se animan menos
María, 44 años
Las siguientes actualizaciones de ese barómetro, de 2021 y 2023, apuntaron a un descenso generalizado en Europa y a que se había convertido en algo que hacen, sobre todo, mujeres de más de 40 años. Mar, catalana, vive en Argentina y ha vuelto estos días a pasar unas semanas con su familia. Su observación es muy distinta de la de hace un par de décadas: “Todas las que lo hacemos somos de más de 35 o 40″.
No es la única que lo cree. Tienen esa percepción más de la mitad de las 117 mujeres que han respondido para este reportaje. Y también más de la mitad han hecho alusión a lo que se posiciona en los medios como la principal razón para no quitarse la mitad del bikini: que alguien les haga una foto, que las graben.
Las gafas de Meta y los móviles
Las gafas de Meta son el centro del debate, quizás porque hace pocas semanas que están a la venta y quizás porque suponen un objeto concreto para explicar un miedo que no es nuevo. Decenas de mujeres han contestado que llevan pensando en ello uno, dos, tres años. “Desde el auge de las cámaras en los móviles”, dice Neus. ¿Pero sucede y sucede de forma masiva?
Hago toples pero se me cruza el pensamiento de que algún imbécil me haga una foto y la comparta con sus amigos
Andrea, 29 años
Por un lado, no existen cifras de que esta sea una práctica extendida. Desde el Ministerio del Interior explican que “en el sistema estadístico de criminalidad no puede precisarse que las denuncias que se ponen por imágenes capturadas y difundidas sin consentimiento estén vinculadas a casos concretos en playas o piscinas”. Al menos, de momento, no hay una alerta, ni interna ni pública, sobre esto.
Sin embargo, cuando una idea empieza a moverse por las redes, y más cuando es recogida por influencers o comunicadoras, empieza a cobrar apariencia de hecho incontestable, generando un miedo que, siendo tan legítimo como razonable, no termina de encajar con la realidad, no al menos con los datos disponibles hasta ahora. Muchas de las mujeres de este reportaje han explicado que “lo de las gafas en las playas” lo supieron “hace poco” porque se viralizó en redes.
¿Esto significa que no pasa? No. Sí ocurre. A este diario han llegado una docena de testimonios de mujeres a las que desde hace años ―entre 2008 y 2025― algún hombre hizo una foto mientras tomaba el sol y subió a la red, o compartió con compañeros de trabajo o amigos.
Y fuera de la casuística concreta de playas o piscinas, el sexpreading ―compartir imágenes sexualizadas sin consentimiento― es uno de los delitos que más preocupa a especialistas e instituciones desde hace varios años. Solo por apuntar algunos casos, conocidos, la socióloga Rosa Cobo señala “los grupos de decenas, cientos y hasta miles de hombres que se han destapado y que habían hecho fotos a sus amigas, sus vecinas o sus novias y las subían a grupos privados de distintas redes sociales. Hay una especie de obsesión masculina por llenar la red de cuerpos femeninos, la materia prima de la pornografía“.
Si alguien sexualiza mi pecho no es culpa mía y si me está grabando sin mi consentimiento está cometiendo un delito
Lorena, 38 años
Silvia Semenzin, también socióloga, va a los años ochenta: “Entonces, el toples entró como un acto de rebeldía y de libertad sexual. Hoy no tienes control sobre el cuerpo, la mirada no se queda en la playa y esa libertad sexual no va de la mano con una seguridad que internet no nos ofrece”.
A Semenzin le gustaría saber, como a todas, el alcance de todo esto. También a Eva Cruells, psicóloga, investigadora y consultora en políticas públicas de género, que insiste en que es tiempo ya de “tener una investigación en profundidad” sobre esto.
Ella, una de las creadoras de Fembloc, la organización de atención a víctimas de violencia machista digital, expone que lo que ya perciben, “tanto en talleres como en prácticas con muchas jóvenes”, es “que ese terror sexual que acuñó Nerea Barjola está pasando a lo digital”.
Cada vez da más miedo todo. Sé que es contraproducente y que coartamos nuestra propia libertad. Sé también lo que pretenden humillándonos. Es muy complicado
Ana, 37 años
En el libro Microfísica sexista del poder. El caso Alcàsser y la construcción del terror sexual (Virus, 2018), Barjola teorizó sobre “ese sentimiento de amenaza o el peligro que sobreviene en determinadas circunstancias en las que, a priori, no está ocurriendo nada, pero que, sin embargo, encienden la alarma del terror sexual”. Que no viene de la nada.
Cruells alude al informe Generación expuesta: jóvenes frente a la violencia sexual digital (2024), que concluyó que el 60,6% de los y las jóvenes habían sufrido algún tipo de violencia sexual digital, entre ellas el sexpreading; y un 70% consideraba importante aprender a gestionar la privacidad, sobre todo tomando conciencia de los riesgos.
Y aquí, dice, aunque “todavía no se ha hecho una correlación directa con la práctica diaria, sí se describe un contexto social de temor a perder el control de la propia imagen”, algo que el Gobierno prevé regular con una legislación específica, pero que, mientras, “empieza a tener consecuencias en los hábitos”.
¿Cuáles? La autocensura, y la experta cree que “hay que distinguir” entre censura autoimpuesta y la conciencia.
María Luisa tiene 64 años y no piensa mucho en si alguien la graba: “Siempre ha habido mirones en la barandilla de la Concha [San Sebastián]. Quizás algún día alguien me diga que me ha visto en internet en la categoría de abuelitas follables y le tenga que contestar que viva en vez de mirar”.
Pero Mónica, con 58, de manera casi “imperceptible” ya no se quita la parte de arriba: “Como mucho en la toalla, pero no paseo ni voy al agua en tetas. Mis amigas también. Han cambiado los tiempos y hay conciencia del peligro que suponen las redes y de la impunidad de los espías”.
“Al final”, señala Semenzin, “hacer frente a la violencia se deja a una posición individual: cada una tiene que decidir si plantarle cara o autocensurarse, en vez de buscar soluciones culturales o políticas”. Cruells añade que esto es “una transmisión de la cultura de la violación del plano físico al digital”.
Voy a seguir haciendo toples sí o sí. No quiero que la posibilidad de que alguien pueda fotografiarme estropee algo que me gusta tanto y que he hecho siempre, sola, en pareja y con amigas, y que además es legado de mi madre.
Irene, 36 años
Dice que “otra vez, incluso desde posiciones más de izquierdas, hay un discurso en el que la responsabilidad de lo que sucede a las mujeres recae de nuevo en ellas, y su seguridad depende de su comportamiento”. “No podemos volver ahí después del largo trabajo que se ha hecho desde el feminismo”, subraya. Y esa afirmación sirve también para ese otro trabajo, también largo, que se ha hecho con los ideales de belleza. Y que tampoco termina de consolidarse.
La presión estética: los imposibles pechos perfectos
“No creo que los hombres ni las fotos que nos puedan hacer de las tetas tengan que ver en la ecuación. Creo que es algo que nos hemos impuesto nosotras porque nos da vergüenza en general nuestro cuerpo”. Lo dice Nora, que tiene 27 años.
Habla de la presión estética constante con la que prácticamente ha crecido su generación: “Expuestas constantemente a cuerpos, vientres, piernas y tetas perfectas. Solo quedarte en bikini ya es sentirte vulnerable porque crees que tienes que ser perfecta. Quedarte además en toples revela algo mucho más difícil de arreglar, ni en el gimnasio puedes”. Solo en el quirófano.
La Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética estima que alrededor del 85% de las operaciones estéticas en España se realizan en mujeres y las operaciones de pecho son las más demandadas desde hace años.
No hago toples por distintos motivos, el principal y diría de más peso es por no tener unas tetas de las que sentirme orgullosa
Aurora, 67 años
Al otro lado hay algo que señala Tatiana, ya en sus 40: “La vergüenza de no tener tetas normativas, pequeñas o no tan grandes. Cuando tienes tetas muy grandes, SIEMPRE te miran”, escribe por Instagram. Esa presión, con pechos pequeños, medianos o grandes, no es nueva.
Ángela, con 40, jamás lo ha enseñado por “la creencia absurda de que la perfección existe y la lectura errónea de que una no lo es”; Carmen, de 43, “por tener las tetas que llegan al ombligo sin sujetador”. Otras, como Alicia, lo siguen haciendo “para que las nuevas generaciones sean conscientes de que hay muchos tipos de cuerpos y de tetas, y que todos son perfectos y válidos”.

¿Pero quién decide qué es la perfección? Un “canon hegemónico” que, recuerda la teórica Rosa Cobo, “ha sido históricamente creado por ellos. Y en la medida en que tenemos más inseguridad, necesitamos más validación”. Una que nunca va a llegar porque el baremo es prácticamente imposible.
Más aún en ciertas circunstancias, como las de Lucía (y las de las aproximadamente 360.000 mujeres que paren cada día en el mundo). En su caso “los complejos se mezclan con la hostilidad”, la que ella recibió después “de embarazos y lactancias”. Esas “miradas chungas” hicieron que dejara de hacer toples “del todo”. Y esas “miradas chungas” son la tercera cosa de la que más habla una gran parte de las mujeres.
Quién está alrededor
Rafaela, a mitad de sus 50, afirma que “se siente esa incomodidad de los de al lado o en frente. Cada vez [el toples] es más escaso y más pudoroso”. Ella lo nota desde hace tres o cuatro años, como si se caminara “silenciosa y peligrosamente hacia la República de Gilead”, el país ficticio que Margaret Atwood inventó para El cuento de la criada.
El mismo al que hizo alusión en su Instagram hace unos días la directora de escena y dramaturga Marta Eguilior. En la piscina del hotel RIU en Chiclana, en Cádiz, le pidieron que se tapara porque no se podía hacer toples.
No creo que sea casualidad que estuviera más cómoda hace 10 años con la última gran oleada del feminismo que ahora con este aire imperante de conservadurismo y metaglasses.
Merche, 40 años
Ismael Rodrigo, el presidente de la Federación Española de Naturismo, recuerda con cierta ironía que el delito de escándalo público acabó en 1988 y que en España se puede estar “ya no en toples, sino desnudo, en cualquier playa o piscina pública o comunitaria”. Aún así, decenas de mujeres han descrito cómo “cada vez te miran peor”, hablan de “miradas inquisitoriales” que antes no veían, “cuchicheos” que antes no escuchaban o directamente quienes “se acercan a decirte que te tapes”.
Varias, con profesiones como médicas, juezas o profesoras de instituto o universidad, añaden ese “creer” que si alguien las ve les “restará credibilidad” en su trabajo. Otras de cómo son incapaces de hacer toples en sus pueblos o ciudades de origen, pero sí en cualquier otra parte. Este factor, el de sentirse bajo escrutinio, para muchas, es el que más las condiciona.
“Más si eres latina, como yo. Para nosotras hacer toples es rarísimo; en muchos países latinoamericanos está prohibido. Yo llegué de México hace 12 años y hago, pero siempre pensé que la gente miraba mal y ahora noto que ya no son solo ideas mías”, dice Margarita, recién cumplidos los 30.
Muchas veces me pregunto hasta qué punto ese miedo a ser juzgada es mío y hasta qué punto me lo han impuesto los demás. Es un juicio silencioso, pero sin duda presente
Cristina, 46 años
Cobo, la investigadora, afirma que está directamente relacionado con “el viento cultural y político que está soplando influenciado por la extrema derecha, una vuelta a cierto puritanismo”, que cree que “no se está valorando lo suficiente en el cambio de costumbres, en la jerarquización de algunos valores y prácticas”.
Algunas tan aparentemente triviales como hacer toples y que hablan, sin embargo, de un cambio que, mirado de cerca, no es sutil. Y que las 117 mujeres que han compartido su percepción con este periódico no quieren que se produzca. Una de ellas, Eva, mandó un mensaje con una posdata que va tal cual, incluido el corazón:
Sigo viendo a muchas señoras de más de 60 haciendo toples en la piscina municipal. Ojalá el mundo me permita ser ellas dentro de 30 años 💜
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