El verano que ya no existe

Europa inventó el verano. No la estación, naturalmente, que llevaba algunos millones de años esperándonos. Fue esa peculiar institución según la cual durante unas semanas el calor suspendía las obligaciones ordinarias de la vida. Las ciudades se vaciaban, las fábricas reducían su actividad y las carreteras se llenaban de familias persiguiendo el mar. Incluso quienes seguían trabajando aceptaban que agosto pertenecía a otra categoría del tiempo. Era una interrupción voluntaria. Lo inquietante es que ahora el verano empieza a interrumpir la economía por su cuenta.

 Europa inventó el verano. No la estación, naturalmente, que llevaba algunos millones de años esperándonos. Fue esa peculiar institución según la cual durante unas semanas el cal  

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Europa inventó el verano. No la estación, naturalmente, que llevaba algunos millones de años esperándonos. Fue esa peculiar institución según la cual durante unas semanas el calor suspendía las obligaciones ordinarias de la vida. Las ciudades se vaciaban, las fábricas reducían su actividad y las carreteras se llenaban de familias persiguiendo el mar. Incluso quienes seguían trabajando aceptaban que agosto pertenecía a otra categoría del tiempo. Era una interrupción voluntaria. Lo inquietante es que ahora el verano empieza a interrumpir la economía por su cuenta.

Europa occidental ha vivido el junio y julio conjuntamente más cálidos desde que existen registros de Copernicus y, en España, julio ha igualado el máximo histórico de la serie de Aemet. Podemos contemplar estos episodios como una sucesión de anomalías meteorológicas, incendios y noches imposibles o hacernos una pregunta menos inmediata. ¿Qué sucede cuando nuestras ciudades, infraestructuras, horarios y formas de producir fueron concebidos para un clima que lentamente está dejando de existir?

Un estudio publicado en Nature Communications estimó que las grandes olas de calor analizadas en Europa provocaron pérdidas económicas de entre el 0,3% y el 0,5% del PIB, con diferencias regionales considerables y efectos que se propagaron a través de las cadenas de producción y comercio. La OIT calcula que, a escala mundial, el estrés térmico podría hacer desaparecer en 2030 el equivalente al 2,2% de las horas trabajadas No resulta difícil entender por qué. El cuerpo humano también es capital, aunque resulte algo antipático expresarlo así.

Algo parecido ocurre con el capital físico. Una vivienda que necesita refrigeración durante más meses sigue siendo la misma vivienda, aunque prestar el mismo servicio resulte más caro. Una plaza sin sombra continúa figurando como espacio público incluso cuando a las cuatro de la tarde nadie quiere atravesarla. El capital no desaparece, se deprecia.

También los paisajes contienen economía. El Rin no es solamente el río romántico que pintó Turner y cantó Byron. Es una arteria industrial por la que circulan carbón, productos químicos, combustibles y materias primas. Cuando baja demasiado su caudal, los barcos deben reducir su carga y transportar lo mismo cuesta más. Las centrales necesitan agua para refrigerarse, las redes eléctricas afrontan picos de demanda y los cultivos, a diferencia de nosotros, no pueden refugiarse en una habitación climatizada. Quizá por eso calculamos mal el precio del calor. Contamos las hectáreas quemadas, las cosechas perdidas y los daños asegurados porque son visibles. Mucho más difícil resulta contabilizar la productividad que nunca llegó a producirse, la hora que hubo que desplazar, la infraestructura que necesita una inversión adicional o el turista que decide que agosto en el Mediterráneo ya no era exactamente lo que buscaba.

España encierra aquí una pequeña ironía. Durante décadas algunas de nuestras costumbres fueron contempladas como pintorescas supervivencias de una sociedad poco moderna. Persianas, toldos, patios interiores, calles estrechas, pausas en las horas centrales y una vida desplazada hacia la noche parecían pertenecer a un país que todavía no había aprendido a organizar correctamente su tiempo. Contenían siglos de adaptación a un clima que el edificio de cristal había decidido ignorar.

El verano europeo fue siempre algo más que meteorología. Thomas Mann mandó a sus personajes a la montaña. Visconti hizo languidecer a Aschenbach frente al Adriático y Camus convirtió el sol en una presencia capaz de pesar sobre la conducta humana.

Nosotros hicimos algo todavía más improbable. Convertimos el verano en una institución económica. Le asignamos vacaciones, horarios, cosechas, temporadas turísticas y hasta una determinada manera de trabajar.

Seguimos esperando que después de cada ola de calor regrese el verano que recordamos. Pero adaptarse consiste precisamente en dejar de esperarlo. Habrá que cambiar viviendas, redes, ciudades, horarios e infraestructuras y recuperar también alguna sabiduría que habíamos confundido con atraso. n

Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas

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