Por fuera, no llamaban la atención. Eran naves industriales anónimas, levantadas en polígonos alejados de los núcleos urbanos, en esos no-lugares donde el trasiego constante de camiones y mercancías convierte cualquier actividad en algo aparentemente rutinario. Factorías discretas, ocultas de las miradas ajenas, pero estratégicamente situadas junto a grandes autopistas para facilitar la logística y el transporte. Su propia estructura evidenciaba su carácter temporal: estaban concebidas para ser desmontadas y trasladadas con rapidez. Según la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, podían ser desmanteladas y reubicadas en otro punto «en solo una semana», transportadas en caravanas de tráilers y listas para reanudar la producción casi de inmediato. Sin embargo, el verdadero secreto se encontraba tras sus paredes. En el interior, explican los investigadores, aquellas instalaciones eran auténticas «fábricas dentro de fábricas dentro de fábricas». Cada espacio estaba compartimentado y aislado del resto mediante sistemas de insonorización y control de olores y humedad que impedían detectar desde el exterior cualquier indicio de la actividad. Todo estaba diseñado para funcionar con precisión industrial y pasar desapercibido. Algunas de las plantas trabajaban las veinticuatro horas del día, organizadas en tres turnos de ocho horas, con una producción ininterrumpida y a un ritmo frenético.
Por fuera, no llamaban la atención. Eran naves industriales anónimas, levantadas en polígonos alejados de los núcleos urbanos, en esos no-lugares donde el trasiego constante de
Por fuera, no llamaban la atención. Eran naves industriales anónimas, levantadas en polígonos alejados de los núcleos urbanos, en esos no-lugares donde el trasiego constante de camiones y mercancías convierte cualquier actividad en algo aparentemente rutinario. Factorías discretas, ocultas de las miradas ajenas, pero estratégicamente situadas junto a grandes autopistas para facilitar la logística y el transporte. Su propia estructura evidenciaba su carácter temporal: estaban concebidas para ser desmontadas y trasladadas con rapidez. Según la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, podían ser desmanteladas y reubicadas en otro punto «en solo una semana», transportadas en caravanas de tráilers y listas para reanudar la producción casi de inmediato. Sin embargo, el verdadero secreto se encontraba tras sus paredes. En el interior, explican los investigadores, aquellas instalaciones eran auténticas «fábricas dentro de fábricas dentro de fábricas». Cada espacio estaba compartimentado y aislado del resto mediante sistemas de insonorización y control de olores y humedad que impedían detectar desde el exterior cualquier indicio de la actividad. Todo estaba diseñado para funcionar con precisión industrial y pasar desapercibido. Algunas de las plantas trabajaban las veinticuatro horas del día, organizadas en tres turnos de ocho horas, con una producción ininterrumpida y a un ritmo frenético.
Los trabajadores, además, residían en las propias instalaciones. Según la UCO, lo hacían en condiciones extremadamente precarias, «casi de semiesclavitud», sin apenas abandonar el recinto y sometidos a largas jornadas de trabajo. El rendimiento económico de esta maquinaria clandestina era enorme. Cada jornada salían de las líneas de producción alrededor de ocho millones de cigarrillos, el equivalente a unas 400.000 cajetillas diarias. La organización obtenía así unos beneficios cercanos a los 2,5 millones de euros al día. De esa cantidad, alrededor de dos millones correspondían a impuestos especiales que nunca llegaban a las arcas públicas, convirtiendo el fraude fiscal en una de las principales fuentes de ganancias de la red.
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