La izquierda no ha conseguido ponerse de acuerdo para concurrir unida a las elecciones del 29 de noviembre, pero anoche Gabriel Rufián e Irene Montero demostraron en La Revuelta que todavía quedan asuntos sobre los que es posible alcanzar grandes consensos. Por ejemplo, cuánto debería puntuar «comer un coño, una polla o un culo» en las preguntas clásicas de David Broncano. Lo de la vivienda, la unidad de la izquierda, los pactos electorales y el futuro de España podía esperar. Había que reformar urgentemente el baremo sexual del programa. Y ahí sí que no hubo líneas rojas, vetos ni negociaciones frustradas. Ahí hubo entendimiento. Ahí hubo programa común. Ahí hubo, por fin, una izquierda capaz de ponerse de acuerdo.
Los candidatos de ERC y Podemos visitaron a David Broncano para explicar por qué había fracasado la unidad de la izquierda, pero acabaron protagonizando un delirante debate sobre sexo oral. Y fue entonces cuando llegó lo mejor de la entrevista
La izquierda no ha conseguido ponerse de acuerdo para concurrir unida a las elecciones del 29 de noviembre, pero anoche Gabriel Rufián e Irene Montero demostraron en La Revuelta que todavía quedan asuntos sobre los que es posible alcanzar grandes consensos. Por ejemplo, cuánto debería puntuar «comer un coño, una polla o un culo» en las preguntas clásicas de David Broncano. Lo de la vivienda, la unidad de la izquierda, los pactos electorales y el futuro de España podía esperar. Había que reformar urgentemente el baremo sexual del programa. Y ahí sí que no hubo líneas rojas, vetos ni negociaciones frustradas. Ahí hubo entendimiento. Ahí hubo programa común. Ahí hubo, por fin, una izquierda capaz de ponerse de acuerdo.
Durante unos minutos, La Revuelta dejó de ser La Revuelta para convertirse en una versión parlamentaria de La isla de las tentaciones. Faltaban Sandra Barneda, las hogueras, las imágenes de las villas y a David Broncano diciéndoles «tengo más imágenes para ti», pero el nivel de conversación no habría desentonado en República Dominicana. Y eso que Rufián y Montero habían acudido a hablar de política. O eso se suponía.
La noche comenzó con los dos candidatos dispuestos a «agasajar» al presentador. «Oro, incienso y mirra», respondió Broncano, que todavía no sabía que los Reyes Magos de la izquierda iban a terminar llevándole una propuesta de reforma integral de sus preguntas sexuales.
Rufián apareció cargado de regalos. Aceite de Jaén, por si al presentador le hacía falta una salida profesional; su propio maletín del Congreso, con la Constitución incluida, por si algún día acababa siendo diputado del PSOE; un despertador para Abascal, porque, según él, nunca está a las nueve en el Congreso -«la España que madruga, mis cojones»-; y una fotografía de Pablo Casado para Alberto Núñez Feijóo, por si perdía las elecciones. Montero aportó unas rodilleras para Santiago Abascal o Feijóo, a los que acusó de estar arrodillados ante Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Empezaba fuerte la entrevista.
También hubo una correa para el perro que Pedro Sánchez le había regalado simbólicamente a Broncano el pasado jueves. El mensaje era que, si quería que bajasen los alquileres, tendría que tener al presidente bien atado. La metáfora daba para mucho más de lo que finalmente dio. Porque, si algo quedó claro anoche, es que el PSOE era el perro al que había que «sujetar, someter y controlar». Otra cosa era quién conseguía ponerse de acuerdo para llevar la correa.
Y entonces llegó la política. O, mejor dicho, llegó el momento de explicar por qué aquello que se había presentado como una gran oportunidad para unir a la izquierda había terminado con una izquierda que seguía sin estar unida.
David Broncano hizo lo que tenía que hacer. Preguntó dónde se había torcido todo. Preguntó por la decepción de los votantes. Preguntó por qué no había sido posible alcanzar un acuerdo. Y los dos invitados respondieron con una mezcla de resignación, justificaciones y advertencias sobre lo que podría suceder si ganaban PP y Vox. Una especie de Pedro y el lobo que Rufián se encargó de representar.
Montero aseguró que lo habían intentado todo, incluso unas primarias, y señaló las diferencias sobre los pactos con el PSOE. Rufián explicó que su intención nunca había sido integrar a todos bajo el paraguas socialista, sino ofrecer una alternativa a quienes no querían votar al PSOE. Ambos insistieron en que había que sumar, aunque cada cual siguiera sumando por su cuenta.
La paradoja era formidable: habían ido juntos a un programa de televisión para explicar por qué no habían podido ir todos juntos a unas elecciones.
Y Broncano, que el jueves anterior había tenido delante a un Pedro Sánchez al que apenas dejó terminar algunas respuestas, volvió a demostrar que su problema no es necesariamente la falta de preguntas, sino qué hace después con ellas. Las lanza, encuentra una posible grieta y, cuando la conversación podría ponerse verdaderamente interesante, cambia de asunto, introduce una broma o permite que el diálogo se desvíe. No es un entrevistador político y tampoco pretende serlo. Pero si decide sentar a los candidatos en plena precampaña, el espectáculo no debería servir para dejar las contradicciones sin explorar. Y eso que, esta vez, los invitados iban con más ganas de jugar.
Con Sánchez, el presentador había parecido un torbellino incapaz de permanecer quieto el tiempo suficiente para escuchar. Con Rufián y Montero, estuvo más dispuesto a dejarles hablar, aunque eso tampoco garantizó una conversación especialmente brillante. Los invitados llegaron con los mensajes bastante aprendidos, los regalos preparados y una complicidad política que no siempre se tradujo en química televisiva. Más que dos políticos que no tenían nada que perder, por momentos parecían dos políticos empeñados en no perder el control del discurso. Hasta que llegaron las preguntas clásicas.
Primero, Broncano recuperó aquella cuestión sobre si sus invitados se consideraban más machistas o más racistas. Rufián no tuvo contemplaciones: «Es una mierda de pregunta». Y el presentador, lejos de molestarse, reconoció que sabía que había gente a la que no le gustaba. Montero explicó que se había revisado más el machismo que el racismo y dejó una reflexión sobre esos hombres que presumen de haberse deconstruido y resultan ser unos aliados bastante cuestionables. Que a nadie se le olvide que estas entrevistas también forman parte de la campaña.
Después llegó el dinero. Rufián contó que tenía unos 40.000 euros, más que el año anterior gracias a la publicación de un libro. Montero no dio una cifra concreta. Hasta ahí, todo dentro de la normalidad de las preguntas clásicas. Pero quedaba el sexo. Y se acabó la normalidad. Llegó la orgía.
Montero quiso saber cuánto puntuaba el sexo oral. Broncano explicó su particular sistema de valoración y la candidata de Podemos decidió que aquello necesitaba una revisión urgente. Propuso conceder 1,5 puntos al sexo oral porque, según explicó sin el menor rodeo, resultaba mucho más difícil encontrar a un hombre que practicase bien el cunnilingus. De hecho, la frase la pudo decir más alto, pero no más claro: «Es difícil encontrar un gombre que te coma bien el coño». Pues mira, como lema de campaña y como punto del programa de Podemos no se le puede poner ni un pero.
El presentador se sumó al razonamiento y reconoció la desigualdad histórica entre las prácticas de sexo oral a hombres y mujeres. Rufián, que no estaba dispuesto a quedarse fuera de semejante reforma, quiso saber qué pasaba entonces «con comer culos».
Aquello ya no era una entrevista. Era una comisión parlamentaria para la reforma del Código Sexual de Broncano. Con sus enmiendas a la totalidad, sus reivindicaciones históricas y su correspondiente negociación sobre el reparto de puntos.
Montero había encontrado una desigualdad que corregir. Rufián había abierto un nuevo capítulo del debate. Broncano estaba encantado. Y los tres parecían bastante más cómodos discutiendo las reglas del sexo que las reglas de una coalición electoral. «No me esperaba unas aportaciones tan valiosas a este tema», les agradeció el presentador.
Pero la sentencia de la noche la pronunció el propio Rufián: «Esta es la mejor parte de la entrevista». Y tenía razón.
No porque el sexo sea más importante que la vivienda, ni porque una conversación sobre prácticas sexuales resulte necesariamente más interesante que una discusión sobre el futuro de la izquierda. Sino porque, por primera vez en buena parte de la entrevista, los dos invitados parecían haber abandonado el argumentario. Montero estaba espontánea, provocadora y desinhibida. Rufián recuperaba su rapidez para el comentario inesperado. Y Broncano encontraba ese terreno absurdo en el que se mueve mucho mejor que cuando intenta ejercer de moderador de un debate electoral.
Montero todavía tuvo tiempo de explicar que, durante una campaña, sus prioridades son «comer, dormir y follar», aunque el orden puede cambiar. Rufián reivindicó la importancia de dormir. Por fin un programa de mínimos asumible para cualquier formación política. Aunque, viendo cómo han terminado las negociaciones de la izquierda, tampoco convendría confiar demasiado en que se pusieran de acuerdo sobre el orden.
El contraste con la visita de Pedro Sánchez resultaba inevitable. El presidente había acudido el jueves a La Revuelta con la intención de mostrar una imagen cercana, relajada y alejada de la solemnidad institucional. Rufián y Montero llegaron con otra ventaja: podían permitirse un lenguaje, unas bromas y unas salidas de tono que difícilmente encajarían en una entrevista al presidente del Gobierno. Pero la soltura no fue constante. Durante buena parte de la conversación se impuso la campaña; cuando apareció el sexo, apareció el entretenimiento. Y eso dice bastante de los invitados, pero también del programa.
Porque La Revuelta funciona cuando sucede algo que no estaba previsto. Cuando una pregunta aparentemente absurda desencadena una respuesta todavía más absurda. Cuando Broncano deja de intentar conducir la conversación hacia una trascendencia que no siempre sabe gestionar y permite que sus invitados se metan solos en el jardín. El problema llega cuando la actualidad política se convierte en una sucesión de mensajes electorales salpicados de chistes, sin suficiente tensión para ser una buena entrevista ni suficiente locura para ser un gran espectáculo.
Anoche hubo asuntos que merecían mucho más recorrido. La frustrada unidad de la izquierda, las diferencias entre los dos candidatos sobre inmigración, la vivienda, las acusaciones contra Íñigo Errejón o el temor a un Gobierno de PP y Vox. Incluso apareció la posibilidad de que La Revuelta no sobreviviera a un cambio político en RTVE. Grison dejó una de sus habituales cargas de profundidad: «Si gana la derecha nos expropian el programa y si gana la izquierda nos expropian los bienes».
Pero la televisión, que tiene una habilidad extraordinaria para desmontar las mejores estrategias de comunicación, decidió que lo memorable de aquella noche no iba a ser una propuesta electoral. Fue el sexo oral.
Y quizá esa sea la mayor ironía de todo lo sucedido. Rufián y Montero no lograron explicar de manera especialmente convincente cómo recomponer una izquierda que se presenta dividida más allá de la manida frase de «que voten a quien quieran, pero que voten progresismo», pero sí consiguieron que Broncano reconsiderase la puntuación de sus relaciones sexuales. No es exactamente el acuerdo histórico que necesitaban sus votantes, pero por algún sitio había que empezar.
Al final, La isla de las tentaciones y La Revuelta no están tan lejos. En una, las parejas prometen que van a mantenerse unidas y terminan separándose. En la otra, los partidos prometen que van a unirse y terminan cada uno por su lado.
Eso sí, anoche hubo una diferencia fundamental: en La Revuelta, cuando dejaron de hablar de fidelidad política y empezaron a hablar de sexo, por fin saltó la chispa. Ahora, queremos una hoguera de confrontación.
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