La última lección de Morante entre la apoteosis de los otros en El Puerto de Santa María

Alcanzó Morante de la Puebla la última etapa en El Puerto de Santa María con el último y definitorio No hay billetes de sus cuatro tardes y el deber más que cumplido de no haberse reservado nada, yendo más allá de los límites con la suerte para otros -como volvió a ocurrir nuevamente-, exhibiendo siempre su magisterio. Sucede a veces que, a fuerza de ver lo extraordinario a diario, parece sólo bueno, cuando lo bueno en Morante resulta inalcanzable para el común de los mortales. Todas las tardes han sucedido cosas sensacionales -más allá de los premios, la faena imposible del día 1- con el denominador común de un valor que asusta. De una osadía que a mí, en concreto, me aterra. Ese ofrecimiento del cuerpo desde el sitio abrasador de la pureza, la fe y la inmolación. Y una capacidad, ahora mismo, inalcanzable.

 El maestro despide su tarde final dejando la huella del toreo frente al triunfo entusiasta de Borja Jiménez y David de Miranda con los toros extraordinarios de Matilla  

Alcanzó Morante de la Puebla la última etapa en El Puerto de Santa María con el último y definitorio No hay billetes de sus cuatro tardes y el deber más que cumplido de no haberse reservado nada, yendo más allá de los límites con la suerte para otros -como volvió a ocurrir nuevamente-, exhibiendo siempre su magisterio. Sucede a veces que, a fuerza de ver lo extraordinario a diario, parece sólo bueno, cuando lo bueno en Morante resulta inalcanzable para el común de los mortales. Todas las tardes han sucedido cosas sensacionales -más allá de los premios, la faena imposible del día 1- con el denominador común de un valor que asusta. De una osadía que a mí, en concreto, me aterra. Ese ofrecimiento del cuerpo desde el sitio abrasador de la pureza, la fe y la inmolación. Y una capacidad, ahora mismo, inalcanzable.

No sabría calcular el altísimo porcentaje de toros con los que, en este verano portuense, se ha tenido que fajar y meter para hacer faenas impensables. No ya en él hace X años, sino en todo el escalafón actual. Camino de los 47 años y 30 de alternativa… A todo esto, saltó Expléndido -que de espléndido no tenía nada- para exigir la enésima lección sobre la piedra angular de un valor inquebrantable. El toro de Matilla remató arriba en todos los burladeros, soltó la cara siempre, se soltó 20 veces, desparramó la vista más. Su expresión no inducía a nada -esa cabeza cornidelantera- y su movimiento tampoco. Morante se empleó en cinco verónicas y media de pura fe y mucha espera. Y, antes y después de dos puyazos corridos, dejó a Juan José Domínguez que le diera mucha capa. Más que dejar, se lo ordenó.

Borja Jiménez y David de Miranda salen a hombros
Borja Jiménez y David de Miranda salen a hombrosCIRCUITOS TAURINOS

Pensaba yo, un día más, que le duraría un santiamén, máxime después de que en el primer doblón, se llevase la muleta puesta, en inoportuno desarme. ¡Quiá! Aquella cosa que sólo se quería ir, con su nula clase y su pobre fijeza, a las 20.21 estaba metida en el canasto morantista. A base de dejársela puesta, tres series consecutivas de derechazos, armaron el edificio de otra faena increíble, toreando además -esto no hace falta decirlo, pero tampoco sobra- como Dios. Consintió y tragó más aún por la izquierda, por donde la espera se hacía incierta, tan mirón Expléndido. Y, sin embargo, los naturales brotaron gloriosos, por aquí, por la misma barriga toreando con el corazón. Ya rajado y huido totalmente el toro -pasada un punto la faena en su querer-, hubo de matarlo en la querencia. La estocada fue cabal como la oreja. La gente se había enterado -no sé si del todo- de la importancia.

A las 21.00, arrastraban también sin una oreja a un toro muy bravo, humillador y repetidor, por las dos manos, llamado Principal. Y a las 21.28 le daban las dos a David de Miranda. Pedidos todos los trofeos con entusiasmo por la misma gente que, una hora antes, le costaba la misma vida. Pero, superadas las comparaciones absurdas con el maestro, hay que entrar en la de los jóvenes gallos: la faena de Jiménez, con muchísimo mejor material, sucedió ligera, sin orden, embarullada; la de Miranda, con un toro a menos, ideal para lo suyo, contó con estructura y, sobre todo, aplomo. Es decir, valor. Y eso se vio también en el soberbio volapié del onubense [y en todo lo demás] frente al pinchazo del espartinero. DM domina las cercanías -hay más verdad en su exposición- y BJ quiere dominar la curva -se queda demasiado en la tabla del cuello-. Del trazo hablaremos otro día. En definitiva, y con desiguales armas, estuvo mejor David en su estoicismo -el arrimón último y las bernadinas de infarto- que Borja en su, ahora mismo, no se sabe qué. A ese Expléndido había que cuajarlo.

A las 21.54, Morante de la Puebla recogía una ovación de despedida a su póquer de tardes tras despenar a un altón cuarto, que, muy sangrado en el caballo -se rozó la tragedia equina al derribar-, se desfondó entre los últimos pasajes de torería del maestro en su derecha. La espada no funcionó en esta ocasión.

Borja Jiménez montó un alboroto con el capote a las 22.00 horas. Desde la suerte porta gayola, las caleserinas, un lío con la plaza en pie. Y el galleo y el quite por chicuelinas. Menudo lote completó Gestor con su clase, menos bravo pero con un ritmo caro a pesar del despropósito del inicio de faena. Que entusiasmó al personal entre los acordes, ridículos, del Concierto de Aranjuez. BJ se superó ahora, pero cada serie era de un modo y ninguna pensada para el toro, venido abajo antes de hora. Hirvió El Puerto. Y, pese a no volver a pasar con la espada -un pinchazo, otro hondo- le dieron la oreja, llave de la puerta grande.

Cuando parecía que ya habían salido todos los toros buenos de Matilla, saltó el sexto, Venturoso, excepcional. Qué categoría de embestida. David de Miranda se entonó algo más con la mano izquierda -por la derecha es una escayola- y se le fue entero en una faena kilométrica. Una estocada, una oreja. Vale.

A las 22.45, Morante salía andando con la huella del toreo; los otros, a hombros como apoteosis final. La vida.

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